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Encierro

Por Enrique Balbo Falivene | Fotografía: Antony Crossfield

“… hay algo en mi alma que no comprendo…”
Frankenstein (1818). Mary Shelley

 

Desde hacía años que soñaba con caer desplomado: infarto de miocardio, edema cerebral, septicemia generalizada por herida cortante; en la calle, en un autobús, en una fiesta, en una plaza, en cualquier lugar. Me daba igual. Los amigos pagarían los gastos del entierro y tolerarían las frases hechas: “no sufrió”; “nuestras vidas dependen de una arteria de cinco milímetros”; “esto era imposible de prevenir”; “todos estamos en manos de Dios”. Ja.

Pero no; el problema yacía en la forma en que dirigía mis deseos, culpaba al universo de mis faltas cuando en realidad había algo dentro de mí que desconocía y que guiaba mis actos. Claro que esto no podía saberlo. Ese algo fue lo que me mató y mi muerte fue bien diferente a todo lo que hubiera podido imaginar.

El lector ya se estará preguntando cómo es posible que un muerto redacte este manuscrito. Lo que sigue es una transcripción del diario que llevé desde el descubrimiento; son, en realidad, las páginas que no tuve el valor de arrancar.

Episodio 3. Día 5.  

El último de mis amigos murió el viernes de madrugada. En el entierro había mucha gente;  tenía una familia numerosa a la que detestaba.

Me he sentido desolado. Éramos cinco amigos, de siempre, de toda la vida. Ya no queda ninguno. Tengo setenta y tres años. Me pregunto cómo y con quién compartiré los años que me queden. He vuelto a casa arrastrando los pies, apoyándome en las paredes, haciendo un esfuerzo por respirar.

Episodio 9. Día 12.

El diagnóstico ha sido demoledor. Mi mujer tiene un tumor en el páncreas: no le quedan más de tres meses.

No puedo hacer otra cosa que acompañarla. Lleva tanta morfina en el cuerpo que ni siquiera me reconoce. No asisto a una moribunda, asisto a un recuerdo. Cuarenta años juntos, cuarenta años de amor, lucha, fatiga, que van a desaparecer en un instante.

Episodio 13. Día 21.

Jamás me he sentido tan solo. La casa me ha quedado enorme. No sé qué hacer. Casi no como, sólo bebo agua. Me pregunto cómo es que no he muerto: jamás me he cuidado, mi vida ha sido disipada, he tomado todo tipo de drogas; bebo como un cosaco y fumo como un carretero.

Mi cabeza, curiosamente, está bien; lo recuerdo todo.

Episodio 19. Día 36.

Mis días se han limitado al sofá. Paso las jornadas en penumbras mirando un desconchado en la pared. Creo que es un mapa de Baleares: Mallorca, Menorca, Ibiza y Formentera. O eso parece. Duermo a ratos. Me cuesta abandonar esta horizontalidad.

Episodio 25. Día 43.

He vaciado el salón, he quitado todos los objetos inútiles. Sólo conservo el sofá. El mueble ejerce una extraña atracción sobre mi anatomía. Paso el día tumbado; una brisa surge desde sus adentros y me calienta los riñones. No me deja mover. Es agradable.

Episodio 32. Día 51.

Dejé el salón para ir a buscar unos ladrillos al patio. La casa está ganada por las plantas del jardín. Una enredadera ha entrado en la cocina y está por todas partes. Hay vida entre los platos y las alacenas; pronto las ratas lo roerán todo. Hay caracoles en las zonas húmedas, moscas y larvas en los deshechos, insectos; unos se alimentan de los otros, todos participan del festín. Es un ecosistema en el que no intervengo, es probable que esta casa desaparezca sumida en el caos de la naturaleza. Pronto.

Episodio 36. Día 61.

Con los ladrillos empecé a levantar un muro alrededor del sofá. Cuando termine quedaremos, el sofá y yo, encriptados. No sé por qué lo he hecho; es como si una voz dirigiera mis actos. Pero, aunque sospecho que este será mi descanso, siento que estoy al principio de algo.

Estoy más vivo que nunca; dicen que quien levanta una pared piensa en el futuro. Dicen.

Episodio 37. Día 63.

Aquí dentro es difícil respirar. Pero por fortuna soy mal albañil: hay agujeros entre los ladrillos que permiten la entrada de aire fresco.

Hace dos días que no ingiero sólidos, aun así no me siento nada mal. Extraño el alcohol y el tabaco. Extraño a mi mujer.

La oscuridad es casi total. El calor que sube desde el sofá hacia mi cintura es cada vez mayor. No consigo explicar esto; quizá sea la posición que mantengo: la cripta está tan ajustada a los laterales del sofá que me impide cualquier movimiento.

Episodio 39. Día 67.

Un crac de madera me despertó: la estructura del sofá ha cedido arrastrándome hacia el interior. El suelo de madera tampoco resistió el peso y las tablas podridas por la carcoma se abrieron.

Estoy en la oscuridad, lleno de tierra y polvo, en los bajos de la casa. Sólo escucho a lo lejos el corretear de las ratas. Es el final. Poder descansar para siempre en los sótanos me arranca una sonrisa. Estos cimientos, de tierra, madera y ladrillo, serán mi tumba. 

Episodio 41. Día 69.

Una viga maestra ha caído a mi lado y se ha partido. Tengo una astilla clavada en el párpado y un golpe en el hombro. Me giro para quitarme la viga y veo al final de un corredor una luz que parpadea. Me arrastro hacia allí clavando las uñas en la tierra, reptando como una serpiente. Tengo la fe de un náufrago, la espalda llagada, un ojo cerrado.

Episodio 42. Día 70.

Arribo a una habitación en la que puedo estar de pie. Me duelen los huesos de permanecer en el suelo frío, me cuesta retomar la posición erguida, la columna cruje y el sonido se esparce por la catacumba. Es una cámara con luz, tres rejillas que dan a la calle permiten renovar el aire; hay una mesa contra la pared, una silla, un quinqué, unos paquetes de folios y una pluma. Me siento, respiro hondo y empiezo a escribir.

Episodio (?). Día (?).

Aquí abajo, mientras escribo, se han presentado todos. Mi mujer viene por las noches, me acaricia el pelo, susurra algo y se va. Mis amigos están siempre, cada uno con sus historias y sus pesares. He visto a mi padre, con una gorra y gafas de sol, conducir su camión por una carretera helada; he visto a mi madre en un aula dando una clase y a todos los alumnos aplaudiendo; he visto un accidente de tráfico con los pasajeros ensangrentados; he visto la primera rata que maté y todas las ratas que perseguí en mi vida; he visto la revolución, los trabajadores de la mina, a los pintores del siglo de oro, a un contratista rumano y a un editor francés. He visto Japón y un atún rojo que lloraba; vi mi vida y la de los demás, vi un desierto, una flor y una ciudad oculta dentro de una montaña de chocolate, pan y vino.

Aquí abajo, en el sótano de esta casa, estaba el tesoro; he caminado toda mi vida por encima, pisándolo. Ahora puedo salvar ese error. Tengo todo el tiempo del mundo.

 

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