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Fin de fiesta

Por Enrique Balbo Falivene | Imagen: Justin Novak

A raíz del extraño rumbo de los acontecimientos he de confesar -y no pretendo ser paternalista ni sentar las bases en este embrollo-, que no creo en asociaciones, grupos, tropas o cofradías; defiendo el valor del individuo ante la masa que se mueve por emocional inercia; además, y con esto concluyo la sentencia, a los grandes actos hay que verlos desde fuera. Esta es una de las razones que me hace venir cada primavera a Navarra, a la fiesta del espárrago.

Aquí, en el pueblo de Dicastillo, una aldea medieval de quinientas almas y calles estrechas, en la falda sur del Montejurra, justifico mis principios: cada espárrago conserva su carácter, cada espárrago, en Mayo, asienta sus valores como individuo.

Este año ha sido especial por dos razones; Juan, agricultor, responsable de mi devoción por el espárrago navarro, obtuvo el tercer premio en el certamen; la segunda, menos agradable que la primera, fue la que desencadenó el demonio que Juan tenía encerrado en su bien asentada cabeza.

Pero antes de adentrarme en los sucesos encuentro conveniente hacer un alto para explicar cómo se cultiva tan noble alimento y que esfuerzos requiere; esto prefigurará al lector el carácter de Juan y, quizá, del pueblo navarro.

Necesita dos o tres años antes de la cosecha. Se plantan las zarpas y se las cubre con tierra; el primer año se recortan y se vuelven a cubrir. Es importante la incidencia del sol, por ello se cubren con plásticos; se recogen de noche o al alba, de lo contrario el espárrago se pone verde o morado perdiendo su sabor y consistencia. A la hora de cosechar se recogen de a uno y a mano. Es un trabajo que requiere paciencia, brío y un gran conocimiento del medio y los elementos.

Cierro el paréntesis y vuelvo a Juan, vuelvo al relato. Después de la entrega de premios y la degustación, ya tarde por la noche, nos acercamos a la destilería Zoco a tomar un pacharán. Lo interrogué; no tenía el entusiasmo del premiado.

–Tuve un sueño –suspiró–. Me vi en un quirófano mientras me abrían la cabeza; vi al cirujano y sus asistentes, el rodar de la camilla y las luces en el techo, dos enfermeras; sentí los pinchazos, la anestesia y como un taladro me agujereaba los huesos del cráneo…

–Un sueño, sólo un sueño –afirmé intentando el consuelo.

–No, fue algo más, lo sé; fue una voz que me hablaba desde un lugar que desconozco, un lugar oscuro –meditó mientras perdía la mirada entre los pinchos de la barra–. He estado tentado de ir al hospital pero no me atrevo; no tengo síntomas, no me duele nada; me siento bien. Me avergüenza pensar que debería hacer una consulta por una… ¿visión?

–Bien. Entonces te vienes conmigo y veremos a mi médico. Con él te podrás explayar: le gustan las fiebres, las verrugas, los herpes y los sueños.

El doctor Castell no es un médico al uso, es un cirujano barbero de los de antes; es joven pero parece tener más años que un druida; le gusta (mucho) el Martini, fuma tabaco rubio que suele liar en la consulta y basa su alimentación en pan francés con alguna bebida energética. También le gusta caminar por la montaña, las tortillas con setas, los domingos por la tarde y el Real Betis Balompié (esto último, por si no bastara lo anterior, le confiere una afinidad con las dolencias de los pacientes).

Después de escuchar a Juan y de comprobar la ausencia de síntomas, el doctor Castell, para nuestra sorpresa, ordenó una tomografía. El hecho nos relajó; decidimos acercarnos al puerto a comer una lubina asada con pimientos y caracoles.

Antes de la cita convenida Castell me llamó para decirme que urgía someter a Juan a una operación: tenía pequeños tumores diseminados por el cerebro que se estaban reproduciendo a gran velocidad.

Hice los arreglos necesarios con la familia y nos trasladamos al hospital de Pamplona para la intervención. Antes de entrar al quirófano, Juan, con valentía o resignación, me dijo:

–¿Lo ves? Este es mi sueño. Ya vi este hospital, sus pasillos, sus camas, sus olores. Y estoy seguro que reconoceré las caras; otra vez el cirujano, las enfermeras, el sopor, las luces, el taladro…

–¿Y cómo terminaba tu sueño? –pregunté y me arrepentí.

–Terminará bien –intervino Castell–. No ha sido un sueño, ha sido una advertencia. Alguien cuida de usted, amigo Juan. Pronto volverá a sus montañas y sus espárragos-concluyó.

Las nuevas placas me impresionaron: a Juan le habían quitado un trozo de cerebro, el derecho. Pero, según el neurocirujano, la operación había salido bien. Castell se acercó más tarde a confirmar los dichos del primero y el tratamiento.

Un año más tarde Juan funcionaba casi con normalidad. Solo tenía algunos olvidos y una cierta inclinación hacia el desorden y las migrañas. Nada importante, nada que hubiera que intentar corregir.

Hacia el fin del invierno, en Febrero, mientras escuchaba por la radio que entraba un fuerte temporal desde el mar del norte, llamé a Juan para saber cómo estaba y cómo se preparaba para la campaña de Mayo.

–¡Hola ateo! –gritó por teléfono–, ¡No sabes qué sensaciones tengo, te recomiendo que sueñes y que te hagas quitar un trozo de cerebro! –festejó a carcajadas. Iba conduciendo hacia la casa de sus padres en Tudela; me dijo también que se sentía mejor que nunca, que veía cosas que no podía explicar y que había descubierto algo que este año iba a darle el primer premio. Estaba feliz.

Por la noche me dormí pensando si podría organizarme para ir a Dicastillo antes de las fiestas, antes del turismo, para conocer los hallazgos de Juan.

A las seis de la madrugada el teléfono me despertó: era la Policía Foral de Navarra; me pidieron que me acercara al cuartelillo y luego a la morgue a reconocer el cadáver de Juan.

Al parecer a la salida de un túnel el coche derrapó en el hielo que había dejado el temporal y cayó por un acantilado. No murió al instante, estuvo agonizando, aprisionado entre los hierros: la Policía Foral no consiguió bajar a tiempo por la difícil montaña escarpada. Me dijo el forense que el cuerpo presentaba múltiples traumatismos, pero una embolia en el cerebro había terminado con su vida.

Dos años después pensé que debía redimir a Juan y hacer perenne su recuerdo. Decidí  involucrarme en algún grupo; quizá era tiempo de imprimirle un cambio a mi vida, era tiempo que pudiera abrazar algo; el gesto, especulé, honraría su memoria y la de sus antepasados.

Escribí a la cofradía “Oro Blanco” siguiendo el protocolo. Envié mis credenciales y mis antecedentes: soy agricultor, cultivo la oliva y la almendra. Sigo los principios milenarios de los fenicios, no tengo riego y los árboles producen una aceituna del tipo arbequina que da, modestamente, un aceite intenso en sabor y rico en aromas. La almendra, de primera calidad, la vendo a los maestros turroneros de Alicante.

Pasado un mes de mi demanda la cofradía me respondió. Recibí una carta en un sobre lacrado con el antiguo emblema de la prestigiosa asociación navarra. En un papel tramado de alto gramaje, el texto, escrito a mano, rezaba:

Distinguido señor:
Hemos recibido su solicitud para integrar nuestra cofradía.
Valoramos y aplaudimos su intención hacia las tierras navarras y el espárrago blanco.
Lamentamos informarle que la egregia comisión le ha denegado la misma.
Esperamos contar con su honrosa presencia en las venideras fiestas del mes de Mayo.

 

 

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