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Belleza salvaje brillando al sol

Por Luciano Sáliche

I

No hace falta contemplar el horizonte para saber que todos los objetos que nos rodean son un gran artificio distraccionista. Hay una narración, que ni siquiera está escrita en el reverso de la historia, que fue invisibilizada por la máquina de ambición humana que hoy, en estos tiempos, le llamamos capitalismo. Una máquina de poder, bien aceitada, la voz en off del mundo. En ese relato no aparece aquella narración imperceptible de lengua muerta. No está. ¿Acaso no la oyen, ustedes, en esas voces que susurran bajo la corteza terrestre donde el agua es más pura y la tierra más sabia?

Germán Beloso (La Plata, 1982) apoyó su oreja en el piso y se dignó a escuchar. Así nació El llanto de Kiepja, una novela breve donde se reconstruye un paisaje lejano, la Patagonia de la segunda mitad del siglo XIX. El mundo era un lugar incierto y cada cual ocupaba un espacio sin ningún título de propiedad. Los pueblos originarios y los blancos se contraponían, no sólo por sus intereses respecto a las facultades del suelo, sino también sobre la base siempre compleja de lidiar con la otredad. ¿La síntesis de esta batalla? “El exterminio de los diferentes grupos aborígenes, porque era necesario dar lugar al ‘Desierto’”, escribe Beloso en este libro editado por Campo de Niebla.

El llanto de Kiepja es, en principio, un cuadro narrativo, un paisaje estético e histórico, un estado de situación olvidado por los manuales de la historia oficial. En esa Patagonia tremebunda y solitaria ocurre la vida. La cotidianeidad es algo más que una compilación de detalles. Nogueira, dueño de un gran latifundio, percibe que le empiezan a desaparecer animales. Una comunidad indígena, los selk’nam u onas, habita a unos kilómetros, lo que no le deja dudas: fueron ellos, piensa. Manda a sus dos peones, los alemanes Otto y Erik, a matarlos. Les paga, como era costumbre en esa época, por cada miembro que traigan: senos, penes, dedos, narices. Ya habían realizado esa tarea, poero esta vez sus fieles perros asalariados no regresan. ¿Qué pasó? Ahora, en la cabeza de Nogueira sólo hay miedo e incertidumbre.

Otra historia surca el libro. El sacerdote francés Beauvoir, enviado a estas frías tierras sureñas a civilizar a los salvajes, tiene una revelación: estos pueblos tienen “una conexión con algo intangible que ni él mismo conocía, y con lo que, por lo tanto, tampoco podía conectarse, aun cuando pudiese intuir que eso podría llegar a ser lo que él llamaba Dios, y que lo nombraba así no porque fuese un conocimiento desprendido de una experiencia personal, sino más bien porque así había sido instalado en su cabeza por una férrea tradición”.

«El llanto de Kiepja» de Germán Beloso

II

En 2004, cuando un terremoto sacudió el Océano Índico, murieron más de 260 mil personas. El Gobierno de la India, país que más sufrió la catástrofe, mandó un helicóptero a sobrevolar una isla que está bajo su órbita para saber si necesitaban algún tipo de ayuda. La foto de aquel encuentro fallido se hizo famosa: un hombre los recibió con lanzas y no tuvieron más remedio que volverse. La isla Sentinel del Norte, que tiene 72 kilómetros cuadrados de superficie, es un territorio habitado por aborígenes cazadores-recolectores negros, de la etnia Sentinel, descendientes de los jarawa o los aeta. Su tribu podría ser la última sobreviviente del neolítico. Las leyes de la India no aplican allí, y podría considerarse una entidad soberana bajo protección india.

Hace unos meses, un misionero cristiano estadounidense quiso civilizar a los isleños. Se llamaba John Allen Chau y su inspiración en la vida —decía— era Jesús. Unos pescadores lo dejaron a unos metros de la orilla y, cuando estaban retirándose, los isleños aparecieron. No tuvo tiempo de saludar siquiera. Lo mataron a flechazos. El Gobierno de la India no piensa hacerse cargo del asunto. Su política es no interferir en el modo de vida que rige la isla Sentinel del Norte. Hay un juicio en marcha, pero sobre los pescadores que lo trasladaron. En 2015, tres años antes de morir, el misionero Chau dio una entrevista al sitio web The Outbound Collective.

—¿Cuál es tu lema personal?
—Saca el mayor provecho de cada buena oportunidad hoy, porque nunca sabes lo que va a ocurrir mañana.

III

Kiepja no sabe qué va a ocurrir mañana, pero lo intuye. Ella es la única sobreviviente de aquella matanza que ordenó Nogueira contra los aborígenes que vivían cerca de su campo. Ahora está secuestrada, atada a una silla, en el medio del galpón. Nogueira le pide a los golpes que hable, que cuente qué pasó esa noche donde sus peones asesinos desaparecieron. ¿Murieron? ¿Se fugaron? ¿Se aliaron con los aborígenes? ¿Planean volver y matarlo y quedarse con su enorme latifundio patagónico? Para hacerla hablar —la otredad siempre parte del lenguaje—, llama a una mujer de Buenos Aires, la señorita Kutter, que domina su lengua, pero no lo logra. Kiepja sigue en silencio. Todo indica que sabe la irreversibilidad del asunto.

El llanto de Kiepja construye su arquitectura ficcional desde estructuras históricas. Aparecen los viajes de Charles Darwin, referencias al explorador Fernando de Magallanes y su cronista de viaje Antonio Pigafetta, misiones evangelizadoras. La curiosidad de quienes observan, escribe Beloso en los ojos de Beauvoir, “el ocre de una belleza salvaje brillando al sol”. ¿Y cuál es la mirada subjetiva que se posa sobre el objeto que no es otra cosa que otro sujeto? Cuando Pigafetta ve guanacos los describe como “una mezcla de asno, de camello, de ciervo, de caballo y oveja”, animal que se presenta “a sus ojos foráneos —escribe Beloso con el filo de la ironía— como una suerte de espejo que les muestra el mestizaje“.

Golpeada y encerrada, Kiepja —¿un homenaje a la última selk’nam, la chamana Lola Kiepja, fallecida en 1964?— llora porque sabe que el mundo en comunidad tal y como lo había conocido no volverá jamás. Sus padres, sus tíos, sus hermanos, todos están muertos. Mientras tanto, en el contexto histórico de la novela de Beloso, la Conquista del Desierto del Estado Argentino ya está en marcha. El progreso también.

Lola Kiepja

IV

El Estado, en su rol de defensa de la propiedad privada, también mató a Santiago Maldonado. El primero de agosto de 2017 Gendarmería Nacional reprimió a un puñado de manifestantes que cortaban la ruta. Maldonado estaba ahí y desapareció. Su cuerpo fue encontrado el 17 de octubre en el río Chubut. El conflicto desatado era, desde luego, una cuestión de tierras. La comunidad mapuche Pu Lof en Resistencia de Cushamen, Chubut, exigía el reconocimiento de sus derechos. El dueño de aquel latifundio es Luciano Benetton, un octogenario italiano con un patrimonio neto de 3,5 billones de dólares, que en Argentina tiene alrededor de 900 mil hectáreas extendidas en las provincias de Buenos Aires, Neuquén, Río Negro, Chubut y Santa Cruz.

¿Cómo cuida Benetton su Patagonia privada? Con una base logística de Gendarmería dentro de su propiedad. El Estado al servicio de un multimillonario extranjero. El Estado al servicio del progreso. El mismo Estado que mató de un tiro en la espalda a Rafael Nahuel en noviembre de 2017 durante la represión de la Prefectura Naval Argentina contra la comunidad indígena Lafken Winkul Mapu. El mismo Estado que ha asesinado silenciosamente a los miembros de la comunidad Qom de Formosa entre represiones, incendios, y “accidentes” automovilísticos.

V

“Nuestra libertad siempre ha tenido olor a dinero”, se lee en El llanto de Kiepja. La pregunta es también si la literatura debe subirse a la ola de entretenimiento pasatista para llevarnos de paseo por el divertimento hedonista o si, por el contrario —o mejor dicho: además—, debe alumbrar las zonas que el capitalismo se encarga de ensombrecer con su maquinaria de consumo, con su artificio distraccionista. En épocas de mucho ruido colorinche y de poco silencio reflexivo, la novela de Germán Beloso propone un camino narrativo espiralado, que por momentos se encoge para apreciar el detalle introspectivo de cada personaje, y por momentos se agranda para permitirse una mirada un poco más abarcativa de la historia, el genocidio, la lucha de clases, los designios del capital.

“¿Cuáles eran sus miedos antes de que los mares trajeran la peste?”, se pregunta, por ejemplo. ¿Cuáles son nuestros miedos, ahora, que oímos de a ratos, de forma intermitente pero con cada vez mayor nitidez, esas voces lejanas que susurran bajo la corteza terrestre y que, también sabemos, nunca se callarán?

 

El llanto de Kiepja
Germán Beloso
Campos de Niebla, 2018
57 páginas

 

 

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