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Cómo criar un cocodrilo gigante

Por Gerardo Montoya

Primero, confundí la tilde y el ‘ts’ por pistas catalanas (lo que evidencia lo famélico que está el català que me habita). Pasados diez minutos de intenso googleo: di todo por perdido. Hasta que -en un PDF que servía como dossier de prensa de otro libro de su autoría- encontré la palabra ‘dansk’. Bingo. Mats Letén era un falso sueco. Di esa vuelta, antes de llegar a fijarme en las primeras hojas del libro, publicado originalmente en 2001, para ver quién cedía los derechos a Libros del Zorro Rojo: Gyldendal Group Agency. Geolocalizado en Denmark. Para averiguar más, escribí a la agencia literaria en un perfecto danés que denota extranjería gracias al expansion pack de habilidades cognitivas que nos permite el Todopoderoso Translate.

Mats Letén nació en Suecia en 1949, pero parece que reside desde hace mucho en Dinamarca. Tiene obra como artista, ilustrador y autor. Estudió dibujo y cerámica en la Skolen for Brugskunst (Escuela de Artes Aplicadas, la antigua Danish Design School). Participó en varias muestras de arte y publicaciones durante los 80s hasta principios de los 90s. Por otro lado, la ilustradora Hanne Bartholin es danesa do Nascimento. Estudió pintura y arte gráfico en la Escuela de Diseño de Kolding. En el 2011, fue condecorada con el Premio al Ilustrador por el Ministerio de Cultura danés; y, en el 2015, recibió el Premio al Libro Internacional de Literatura Infantil Chen Bochui de China.

Entonces, a los bifes.

Finn Herman, escrito por Letén y magistralmente ilustrado por Hanne Bartholim, es un libro excepcional. En principio, diría que tiene -al menos- tres tipos de lectura: una que grafica un fragmento del día de un cocodrilo ‘haciendo cosas’ -llamémosle, atravesando lo metonímico del cotidiano-; otra, una incisiva mirada sobre la violencia interpretativa que se ejerce en un vínculo verticalista entre ‘una señora’ y un objeto oscuro -algo que llora, mira, come o duerme sin hablar– que es subjetivado como infans.; y, por último, una metáfora simple de la máquina para picar carne.

No quisiera spoilear el libro, así que desarrollaré algunas puntas con cautela. El primer nivel -el metonímico-, refiere a situaciones esperables -anticipables por el lector- en la vida de un cocodrilo citadino. Por ende, no me detendré más que para decir que cualquier animal salvaje es domesticable hasta que demuestre que el adjetivo no está de más.

El segundo nivel propuesto es considerar al libro como un registro documental de la violencia de la interpretación que se ejerce desde ‘una maternidad siendo’ -forzando un poco el concepto de la psicoanalista Piera Aulagnier-. Leído en esa clave, Finn Herman ilustra de modo desolador el machaque de interpretaciones -y omisiones clave que dejan rastros in situ descifrables y discernibles desde una lógica simple- que ejerce ‘una señora’ sobre ‘su cariñito’. Subrayemos la palabra ‘su’, como recurso memorístico. La historia tiene como escenario el viaje de ida y vuelta que ambos emprenden a la carnicería a comprar lo indispensable para la cena. La calle -o el afuera- le resulta un lugar peligrosísimo, sobre lo cual La Señora siempre tiene algo para decir al respecto. Acá no hay Lobo Feroz: cualquier situación ‘en la calle’ es una amenaza en potencia. Para proteger a Finn Herman, La Señora se encarga de darle advertencias ante la aparición de cada emergente. No obstante, lo que me resultó más interesante de este libro es el trabajo que hay sobre la negación o la omisión de información clave -a la cual el lector accede gracias a las pistas que deja la ilustradora-. El cocodrilo Finn Herman es tratado por La Señora como un hijo ejemplar: como un espejo mudo -es decir, siempre ‘bien educadito’-; al que -por las dudas- hay que cuidar y proteger todo el tiempo. Dicho esto, Finn Herman tiene por reverso el aplastamiento servil -o el honor- de ser un escudo vivo o trinchera portátil ante ‘lo amenazante’ (que también podemos considerar como ‘lo nuevo’ o ‘lo diferente’, si hacemos algunos malabares en el medio). Puntualicemos que la mayor parte del libro es un monólogo, ya que los cocodrilos no hablan.

Por otro lado, el vector de la historia es el hambre: lo importante es que Finn Herman coma algo rico. Y acá, retomo la cuestión de la negación. La autonomía que pueda llegar a mostrar Finn Herman, durante el desarrollo del libro, es como si estuviera fuera de las posibilidades de lo enunciable -al menos, en lo que figura como texto del libro-. Ante cada situación de supuesto peligro y lo que ello desencadena, La Señora ejerce la misma interpretación: habrá sucedido algo sorpresivo que de ninguna manera involucra a su Finn Hermancito. Es decir, en el universo de posibilidades imaginadas por La Señora, el input de información que podría desentonar de algún modo -o que está por fuera de ese pegoteo maternal- es descartada conciente o inconcientemente. No hay disonancia cognitiva. No hay conflicto con otros intereses personales. No hay libido proyectada en otros personajes. Es un vínculo sin tiempo. Los únicos momentos en que La Señora logra separarse ocurren cuando ella está haciendo cosas para él: comprando jamón o habilitándole un espacio de juego con pares. Terminada la cena: terminado el libro. ¿Cuál es el resultado de esto? Una imagen que angustia.

Por último, en relación a este nivel de análisis de La Señora y su relación con Finn Herman es interesante destacar cómo es sancionado el encuentro entre pares. Toda posibilidad de separación entre sí es resuelta con naturalidad. La pregunta a hacerse en ese tipo de vínculo es ¿quién carga la responsabilidad ética ante la negación que es expuesta página tras página? Al final del libro, la ilustradora ofrece respuestas posibles ante la ansiedad que pueda generar el comportamiento exótico -por no decir, perverso- de La Señora. No podemos arremeter contra Finn Herman con juicios de valor, pues cabe recordar que es un simple cocodrilo.

Este segundo nivel de lectura da para debatir largo y tendido. Me resulta destacable el final, ya que propone directamente a las lectoras y lectores ‘hacerse cargo’ y agenciarse de alguna herramienta para afrontar la ansiedad. En definitiva, el hecho de proponer un final semiabierto, a la vez que reconoce que la historia es potencialmente ansiógena, en mi lectura ha sido una de las características singulares del libro. Lo anterior, habilita -al menos- tres finales distintos del mismo.

Con lo de la máquina de picar carne -o tercer tipo de lectura-, me refiero a que también podría ser considerado una crítica al capitalismo, en tanto sistema que privilegia constantemente el valor de la acumulación y de la propiedad privada por sobre el valor de la vida. En términos prácticos, esto presupone que hay vidas que valen menos y que ese valor se correlaciona muchas veces con el capital acumulado. Dicho de otro modo, para algunas personas, la impunidad es pagable -a pesar de que sus acciones estén codificadas como sancionables en una sociedad dada-. Digamos que lo anterior es conjeturable a partir de las decisiones estéticas que tomó la ilustradora para la construcción del personaje de La Señora, en tensión con la idea que cada lector tenga de la vida en comunidad.

En esta lectura, todo aquello potencialmente problemático para ‘la vida normal’ -es decir, el acceso sin demoras hacia un consumo hiperbólico como único sentido- merece desaparecer. Si la cena es rica y no aconteció peligro alguno, entonces no vale la pena preguntarse qué pasó en el medio entre una cosa y otra. Realmente no importa cuál es la historia o la estructura necesaria para que lleguen a la mesa sin demoras el jamón, los dos pollos, los tres filetes y las veintiséis deliciosas salchichitas para Finn Hermancito. A pesar de que a lo largo del libro, hay personajes que ‘se escapan’ o ‘se marchan’, éstos nunca desaparecen como modus operandi de la gozosa acumulación caricaturizada en un cocodrilo gigante. Para cerrar, en esta lectura podemos considerar que el cocodrilo metaforiza a las prácticas de violencia cotidianas que resultan imprescindibles para sostener ‘la vida normal’ de La Señora.

Finn Hermann de Mats Letén, ilustrado por Hanne Bartholin, es una historia adorable para compartir, si uno está dispuesto a reconocer que la vida es una tensión en la que los ideales no alcanzan para suturar las inconsistencias; y que hay algo de eso que es trágico y humano a la vez. Obviamente si esto angustia, usted siempre podrá volver a la primera lectura propuesta del libro.

 

Finn Herman
Mats Letén
Hanne Bartholin
Libros del Zorro Rojo, 2011
28 páginas

 

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