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Menos crianza, más filiación

Por Luciano Lutereau | Esculturas: Jesse Thompson

1.

La expectativa infantil más básica es contar con alguien que proteja, un padre o madre que pueda cuidar de todo. De ahí que el primer lazo del niño con el adulto establezca la omnipotencia de este último.

El primer golpe contra esta expectativa, si no lo produce la realidad, lo ejecuta la fantasía de ser hijo de otros padres o la comparación con los padres de otros niños que “parecen” mejores. Visto de afuera todo es mejor.

El segundo lo realiza descubrir el egoísmo de los padres, es decir, que pueden proteger de muchas cosas, pero de otras no; así la expectativa de omnipotencia muestra ser un ideal cuya otra cara es la desilusión: los desengañados de los padres no hacen más que mostrar cuánto esperaban de ellos y que, si no son omnipotentes, entonces, son impotentes, es decir, no pueden dar nada.

Por último, el tercer golpe a la omnipotencia no sólo se da cuando se puede aceptar lo que pudieron dar (que aunque limitado siempre es mucho) sino cuando se advierte que hay ciertas cosas que, mejor, no conviene pedirles.

Y cuando se advierte que hay cosas que no conviene pedirles, y se puede recibir con la forma de la deuda, entonces se puede, también, dar algo a los padres desde una posición que no es infantil.

2.

Qué increíble esa gente que cree que no le debe nada a nadie. Esa es la definición de voracidad: sólo pueden tomar, pero no pedir. Ni siquiera piden cuando piden, porque pedir produce deuda. Quien no reconoce una deuda, no pide ni, mucho menos, puede dar. Es la posición del niño, por eso la demanda infantil (incluso en adultos) puede ser tan absorbente en algunos casos.

Asimismo, a quien cree que se le debe (creencia no sólo voraz sino también loca) es imposible pedirle algo, sólo reconocen la necesidad en la mejor de las situaciones. Así el niño acepta que la madre haga otra cosa cuando ella le dice que necesita ir a trabajar.

Este replegamiento de la demanda en la necesidad, esta transformación de la voracidad en locura, es el camino contrario de la filiación. En la filiación se trata de que el hijo, progresivamente, deje ser niño. Es el camino del análisis también: después de los 20, sos una cosa o la otra; si no sos hijo, sos niño.

3.

Una de las preguntas de la clínica con niños hoy en día es la siguiente: ¿implica la crianza filiación? Porque nunca como en nuestra época los padres pasan tiempo junto a sus hijos, pero cada vez más encontramos niños no filiados. Para dar cuenta de esta cuestión escribí Más crianza, menos terapia, para dar cuenta de una crianza que fuese filiatoria y no simplemente una satisfacción de necesidades.

Me asombra cómo el discurso de la “necesidad” se impuso en este tiempo, me parece peligroso a veces. Y la pregunta mencionada reenvía a otra: ¿puede haber filiación sin pareja parental? Que una sola persona puede representar a la pareja es una idea que ya propuso Melanie Klein en 1930, así que no se trata de retomar las nuevas configuraciones familiares.

Una de las aristas cruciales es el amor al padre, podría plantearse de este modo: ¿por qué muchos niños de hoy no aman al padre? El amor al padre es el elemento central de la filiación. En efecto, algunas parejas se rompen por eso, como cuando una mujer deja de amar a su hombre como marido porque prefiere amarlo como padre. Hay amor al padre incluso cuando una madre le dice a su hijo que le da permiso para algo “pero que no se entere papá”, ¡cuánto hay que amar al padre para ocultarle cosas!

4.

El amor al padre es la base de la complicidad entre madres e hijos, que sin es ese amor sería incesto. El Edipo no es que el padre prohíba algo al niño, sino que éste se enamore del padre gracias al amor de la madre, así es que el Edipo pasiviza al niño y necesitará mucho trabajo para salir de esa posición: tendrá que matar al padre que ama, ya que ¿por qué se mata si no es por amor, es decir, para que el amor no muera? ¿Cómo pensar filiación sin Edipo? Tan fuerte es el amor al padre, cuando existe, que incluso se comprueba en esos casos en que un padre ausente tiene una alta eficacia simbólica: ¿por qué abandonó a la madre? ¿Qué le habrá hecho?

La otra cara del amor al padre es echarle la culpa a la madre, por eso son muy neuróticas esas teorías que plantean que las madres pidan perdón a sus hijos, por ejemplo, por querer destetarlos. El amor al padre, en fin, es el amor al ausente, ausencia que media entre la madre y el niño, terceridad que, cuando no se declina, establece el vínculo de la locura de a dos.

No hay filiación entre dos, por eso es necesaria la pareja respecto de la cual el niño queda situado (aunque, como dije, la pareja pueda ser una sola persona). Si el amor al padre supone la ausencia, ¿qué ocurre con los niños que, hoy en día, tienen padres presentes pero sin consecuencias filiatorias? Muchas teorías actuales sobre crianza son anti-filiatorias, es un problema que empieza a llegar a los consultorios: padres especialistas en crianza, con niños gravemente enfermos y no subjetivados. Nunca como hoy se pensó tanto cómo ser “buenos” padres y, como suele ocurrir: no hay mayor garantía de hacer maldades que cuando queremos estar del lado de los buenos. 

5.

Hay un modo en que los padres pueden hablar de sus hijos que sería inadmisible si lo hiciera una mujer. Por ejemplo, un tipo me dice que su hijo toma mucha agua: “Es un hijo de puta, parece un camello”, dice. Si una mujer hablara así de su hijo sería chocante, pero en el modelo tradicional de paternidad es algo aceptable: el padre putea al hijo (también le dice puta a la madre; es decir, con el insulto a la madre lo separa de ella), y es parte del erotismo entre padres e hijos una cuota de hostilidad.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte surgió una nueva virilidad: padres más tiernos y sensibles, “maternizados” dicen a veces, padres que no quieren traumar a sus hijos, como si fuera posible. Me recuerdan una situación en la que estábamos con mi hijo en el chino y sonaba el bolero “Piel canela” y cuando llegó el estribillo le empecé a cantar: “Me importás tú y tú y tú y nadie más que tú”. ¡Su cara de horror! “No me digas esas cosas papá”, me dijo.

 

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