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La inmortalidad no es una opción

Por Cristian Rodríguez | Fotografía: Jeffrey Vanhoutte

Entre Cambiemos y Onganía

Detrás de las invitaciones paroxísticas y televisadas con las que la dictadura de Onganía promulgaba un “viva la vida”, a la par de los bastones largos que desalojaban facultades y vaciaban las universidades de una generación que emigraría y en la que subyace esa figura propia de la modernidad que he propuesto nombrar “desaparecido extendido”, detrás de este viva la vida bailado, televisado, promulgado para las conciencias de la comodidad intelectiva, detrás de la oscura premisa de eso que se dirige y es “para la juventud”, detrás de pantallas ómnibus y ya falsamente colectivas como “Sábados Circulares” de Pipo Mancera o “El Club del Clan”, ya allí vive, respira y subyace un oxímoron, un sentimiento ilusorio -ligado al campo de la captura imaginaria propuesta por Lacan, y no en su dimensión más rica y compleja que propone el registro de lo imaginario-, una cierta enajenación automática que roza la cuestión sobre aquella pregunta freudiana que rompe el pretendido espejo y contra esto se revuelve: ¿qué quiere una mujer? -pregunta que hizo historia en el psicoanálisis, nacida en una sesión de análisis de Marie Bonaparte con Freud, en 1925- ¿Cómo es posible que esta pregunta interrogue tan profundamente la dimensión organizada del discurso capitalista? Por supuesto que la pregunta freudiana es vacía, y de ningún modo pretende -ni puede- ser resuelta por ese oxímoron muy al uso en esta época de desaliento neoconservador: ese “viva la vida” que nada interpela y puede ser entendido como un “si la vida se autocomplace en su propia condición de vida viviente, precisamente en un sentido psicoanalítico: allí la vida no desea la vida”.

Es porque allí, en la pregunta freudiana sobre ese “qué desea una mujer”, más precisamente qué quiere, se propone una problemática relación con el significante y a un tiempo determina la dimensión en la que la histeria una y otra vez interpela a las estructuras de poder contemporáneas: sobre el tener del falo, sobre “eso quiero” -como en la reducción de cierta publicidad televisiva- de la apropiación del falo imaginario. Si bien esta cuestión, en su camino largo, va por vía muerta, no deja de postular y cuestionar la posición del discurso contemporáneo respecto de ese sutil modo de enajenación que se produce en la apropiación de los objetos del mundo y en la construcción del cuerpo como terreno de disputas simbólicas, es decir de eso que de alguna manera Deleuze y Guattari nombraron con el concepto “territorialización”, dándole allí alas no sólo a la dimensión inconsciente de este decir en disputa de las estrategias de poder capitalistas, sino sobre la dimensión subjetiva en el quehacer con el falo contemporáneo.

Ya que esta pregunta freudiana interpela la cuestión relativa a la feminidad, productora no sólo de discurso sino de saber alternativo, como ocurre en la realidad transferencial de una práctica como el psicoanálisis, que discute los fundamentos mismos del capitalismo y su factoría de cuerpos indelebles. En el psicoanálisis, la inmortalidad no es una opción.

¿Qué relación existe entonces entre esta pregunta vacía y su posible relación con la política, y en su entrecruzamiento con las disciplinas que interrogan la producción de esos saberes que inevitablemente invocamos como referidos a la dimensión histórica, y que más precisamente debiéramos llamar políticas, manteniendo el plural?

El Klub Klub Clan

Veamos que nos sucede mientras tanto en “Villa Platería”. En Argentina, Bullrich, la actual Ministra de Seguridad de la nación, viene sonando en la fórmula presidencial de Cambiemos en las próximas elecciones presidenciales. Como no tienen ya otra mentira para ofrecer, ni lluvia de inversiones ni pobreza cero, ni reparación histórica a los jubilados, un gran vaciamiento generalizado con el que han procreado la deuda externa más voluminosa de la historia de occidente en un tiempo récord, y que si no fuera por el fabuloso blindaje político, social, informativo y financiero, sería equiparable  a los colapsos contemporáneos de procesos históricos como el de la caída de la República de Weimar en Alemania o el Crack Up de la Bolsa en 1929, no quedaría más que una serie de posibilidades que funcionan como auténticas excrecencias.

Tres en realidad. Una: judicialización de la política: juicios por doquier a los líderes de cualquier discurso o acción políticas que cuestionen el status quo dominante. Dos: instalar la Teoría de la Seguridad Interior, cuestión que ya ha sido referida, como hemos visto, por la proliferación de fuerzas de seguridad y militarización de las calles, pistolas Taser, policías y carceleros simbólicos y de los otros en todas partes del territorio nacional, habiendo empezado en la Ciudad de Buenos Aires y extendiéndose al resto del país, muy en la línea de lo que propone Bolsonaro en Brasil, que no es más que un títere, como lo es el Gobierno de Cambiemos en nuestro país. Defensores de las políticas de la Seguridad Interior, entregando precisamente esa seguridad al contralor extranjero, y más precisamente a la fiscalización de los Estados Unidos, en la figura de Trump como la cabeza visible de este cambio de signo represivo regional. Tres: esta cuestión es de índole local, atravesada también por los últimos procesos electorales en EEUU: como no pudieron con el voto electrónico, por lo menos hasta aquí, pretenden transformar la fiscalización de la elección a presidente de 2019, transformarla en una comunicación virtual, vía internet, informatizada, con lo cual está garantizado el fraude electoral. Estas son las tres cuestiones que intentarán instalar en la agenda política durante 2019: recrudecimiento de la judicialización de la política, la doctrina de la Seguridad Interior y el fraude electoral -y sus variantes pseudo democráticas ligadas a los desdoblamientos de las elecciones regionales, provinciales, municipales, lo que ya a esta altura sólo podemos entenderlo como un intento de fragmentar la experiencia hasta que ésta, la experiencia electoral que es ante todo una experiencia de índole social y comunitaria, quede pulverizada, irreconocible, irremediablemente fragmentada-. Es decir, más represión en todos los órdenes, y fraude como herramienta de control social y pasivización por la vía de una historia oficial, perfectamente homogeneizada. La misma fórmula que la de los conservadores en la década infame. Agiornada, eso sí, por los consumos a la moda que nos fueron legados desde la excitante década de los sesenta, pero en clave argentina: la del Club del Clan, Klub Klub Clan.

Mientras tanto, intentan adormecernos con el argumento de que la tierra es plana: los únicos clanes fatídicos, si hay intriga racista y fanática, sólo podría haber venido del Clan K, es decir el Club Club Klan -en la perfecta lógica del espejamiento infinito-, el clan que se organizó para robar un producto bruto interno entero desde el gobierno de los Kirchner, Néstor y Cristina, el Gobierno K. Precisamente, el gobierno que dejó al país desendeudado. Ya sabemos que esa es una de las burdas premisas de funcionamiento de la posverdad: la de producir un mecanismo de proyección inherente a aquellos que producen los actos de saqueo, de un modo equivalente al tipo de saqueo que han perpetuado o están a punto de perpetrar. En una fórmula que por su idiota simplicidad sólo podría pronunciarse de la siguiente manera: “el que lo dice lo es.” Y en su extensión: “no yo, sos vos.”

Ecos y oráculos que vagan: lo común

Ya la Era de la Razón propone esta trampa proyectiva por la vía “del acopio a favor de la humanidad”, madre de todas las posiciones conservadoras. Un “a favor de la especie” -y en los términos más tecnocráticos y del uso de las discursividades tecnológicas, de las que la medicina, la jurisprudencia y la política no están exentas-, que despliegan y proponen en la vida cotidiana a soportar un determinado quantum -cantidad- de malestar por efecto de esta función de división presente en el lenguaje llamada castración e inconsciente.

La posición del psicoanálisis resulta entonces heredera de las preguntas que estas prácticas han desenrollado en el discurso contemporáneo, interpelándolas hasta el límite de lo asequible en la dimensión subjetiva y en la producción de eso que podemos nombrar como: creación, efecto desatormentante, producción subjetiva e invención de realidad.

El psicoanálisis opone una práctica nueva y oracular -propia del futuro anterior- al sentido establecido de la posición acopiadora del asentamiento humano. Suspende tanto las proyecciones a priori de la posverdad arrasadora, brutal, idiotizante, como la unidimensionalidad de la razón categorial del individuo ungido en cualquiera de las formas contemporáneas del Estado de Excepción, gérmenes del pensamiento reaccionario y conservador.

Por el contrario, el oráculo vaga, vagabundea, sale a la luz en “indeterminación determinante”. Propone una dimensión de la escucha de los ecos pretéritos, más no muertos, son ecos por ser escuchados, ecos en disputa, ecos disponibles, ecos todavía no considerados. Ecos territoriales y pulsionales sobre los asentamientos y los acopios intergeneracionales a favor de las tecnologías de la humano y en tensión con la producción de letra inconsciente; y de cómo en esos ecos se pronuncian no sólo las marcas de su enajenación -por efecto de las luchas territoriales y discursivas, ligadas a las estructuras de la razón-, sino la posibilidad de una diferencia, la impronta irrepetible de una dimensión poética que atañe a eso que Lacan nombró como “razón desde Freud”, otra razón, las razones de la letra inconsciente y de la cifra individual que emergen como efecto de nominación de un sujeto por su advenimiento creador. Esa creación no está dada en el oráculo, precisamente se trata de crearla. Crear supone un trabajo que es a un tiempo no sólo intransferible -un “cada quién” con lo suyo, con su cosa- sino un trabajo que supone el hacer lazo entre eso intransferible, de índole “en soledad”, hacia esos territorios de lazo social determinados, capturados, enajenados, dados por ciertos, en disputa simbólica, plausibles de transformación dialéctica. Y ese lazo es a producir dinámico, entre la dimensión de invención subjetiva y lo comunitario.

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