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Romina Ruffato: “La poesía es territorio del deseo”

Por Luciano Sáliche | Foto: Gabi Salomone

Romina Ruffato aún tiene ciertas costumbres ajenas a este siglo. Como una resistencia a la abrumadora globalización, tal vez. Ahora, mientras responde estas preguntas que le enviamos desde Polvo, en su cabeza hay poesía y el río corre alrededor. Está en una isla del Delta, sentada en el pasto, descalza, con un cuaderno entre las piernas. Sostiene la lapicera con ligereza mientras escribe las respuestas. El trazo es delgado, delicado, y la escena se envuelve de una tranquilidad que funciona como combustible. “Estoy rodeada de pájaros y árboles —cuenta—, muchos y variados. Te respondo en mi cuaderno, y tengo acá al lado los libros que estoy leyendo”.

De Romina Ruffato sabemos que nació en 1975 en la Ciudad de Buenos Aires, que es periodista y politóloga y que Yo, la perra es su primer libro, publicado por Griselda García Editora a fines del año pasado. Un debut literario, digamos, y en ese gesto inaugural se ve el subrayado de una identidad en construcción, al menos en el terreno de lo público y literario. Entonces se lee: “Soy / la palabra que repite / el calor del deseo”. También: “Desde que conocí / el poder de la lengua / estoy maldita”. Es eso, entonces, la literatura: un deseo que irrumpe, luego de atravesar la oscuridad. “Miré el abismo / cuando cerré los ojos. / Y me empujé”, escribe. Luego admite, dolorosamente, que “no hay alivio posible”.

¿Qué significó en tu lectura y escritura cotidianas publicar este poemario? ¿Lo sentís como un debut literario?

Es la primera vez que tengo la posibilidad de que mi escritura llegue a personas que no conozco ni imagino, que haga un recorrido autónomo e incierto. Siento a la publicación de Yo, la perra como la culminación de un proceso interno, a la vez que un punto de partida. Me convocó a diferentes lecturas, a indagar en otrxs autorxs, a reconocerme en temáticas o estilos. En cuanto a la escritura, el período inmediato a la salida de imprenta del libro fue de bastante silencio. Necesité ese tiempo para hurgar en el vacío. Ahora ya me siento preparada para encarar nuevos poemas, y en eso estoy.

Sos periodista y militante. ¿Qué lugar ocupa la poesía en medio de tanto trajín, de tanta coyuntura?

Funciona como una pausa y como un anclaje hacia otro mundo posible. Resignificar lo que llamamos “la realidad” a través de la poesía, me permite mantenerme a salvo del sentido hegemónico que pretenden imponer sobre nuestrxs cuerpos, nuestrxs ideas, nuestrxs sentires. Sostener la poesía en estos tiempos ya es una victoria.

¿Y cómo estás viviendo estos tiempos de sororidad y revoluciones feministas?

Con agradecimiento hacia aquellas que, con su lucha perseverante, abrieron este camino. Sin esas raíces, no tendríamos todo este cielo por delante. Transito este camino con libertad, con asombro, con alegría, y dispuesta a aprender de las compañeras, porque nos enriquecemos en el intercambio de experiencias. Nos fortalece sabernos juntas en el abrazo.

“Yo, la perra” (Griselda García, 2018) de Romina Ruffato

La poesía está en todos lados, pero no todo es poesía. Basta con subirse a las redes sociales, ese tren bala de lo efímero e intentar dilucidar el paisaje. El ruido predomina y aunque hay un sentimentalismo estético, como escribe Romina Ruffato en Yo, la perra, “la catarsis no es poesía”. “Escribo / para ahuyentar / la pulsión del silencio. / Esa manía /de esquivar la otra voz / y hallar una propia”, se lee. Pero, ¿es posible configurar una enunciación auténtica entre tanta copia de la copia? ¿Cómo construir una originalidad si todo el mundo se regocija en ese mantra de siempre lo mismo?

“Había algo que decir / siempre lo hay”, escribe y en el poema final, donde aparece el título del libro en el último verso, dice, entre líneas, su manifiesto poético: “La libertad / interpela la falta / de quien supone / tenerlo todo”. ¿Ustedes, lectores, qué tan libres son?

Un verso tuyo dice “la catarsis no es poesía”. ¿Cómo creés que se relaciona la poesía con esta época de tanto narcisismo exhibido?

Me gusta esa idea que planteás del “narcisismo exhibido”. Todes somos capaces de decir algo, en cualquier momento y de cualquier manera. Eso se observa a menudo en un griterío virtual, que poco aporta a los vínculos reales. Escribir alguna cosa que pensamos o sentimos, tirarla sobre el papel como un vómito y nada más, me parece una cuestión muy catártica. A veces, incluso necesaria. Estoy convencida de que la poesía es otra cosa: es territorio del deseo. Y como todo deseo, se arma, se trabaja, se cuestiona. La exhibición narcisista no es expresión genuina, es mostrarnos para alimentar el ego. La poesía opera en cierto lugar donde primero se pone en juego nuestro propio Otro y, recién después, lxs otrxs que nos leen. Es clara la distinción: para hacer catarsis alcanza con sacar hacia un afuera ajeno, para hacer poesía es imprescindible meterse en el adentro más íntimo.

¿Cómo apareció la poesía en tu vida?

En una primera etapa, fue la necesidad de leerla. Mi aproximación fue tímida, a través de la radio, donde trabajaba con Liliana Daunes. Fueron los poemas que Lili leía -con esa potencia desplegada en su voz- los que me invitaron a indagar en el  género. Escribo textos breves desde niña, pero la urgencia de escribir poesía se me presentó hace pocos años, por amor. Posiblemente haya sido un intento inconsciente de habilitar otro lenguaje, más profundo, más extenso, más complejo. En este sentido, percibo cierto entrecruzamiento entre los modos de la poesía y los del amor.

La última, ¿por qué leer poesía hoy?

Porque es disruptiva. Sacude estructuras y, desde el polvo de lo que se rompe, permite (re)construir con otra mirada. La poesía nos transcurre a todes, y por eso mismo es el lugar de la belleza donde quedarse.

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