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Florencia Grieco: «Viajar a Corea del Norte supone ir a un lugar artificial»

Por Federico Capobianco | Fotografías: Florencia Grieco

Desde que los medios empezaron a replicar con increíble periodicidad sobre cada excentricidad, decisión política “cuestionable” o afán nuclear de Kim Jong Un –actual líder de Corea del Norte-, fue que aquel desconocido país empezó a ser comentario de muchos. La mínima información recibida parecía permitir análisis de periodistas que después eran repetidos por cualquiera: “Corea del Norte es un país peligroso”.

La imagen construida sobre el territorio liderado por la dinastía Kim viene de antes, aunque tomó relevancia cuando el gobierno de Bush hijo ubicó a Corea del Norte y el líder de aquel momento Kim Jong Il –padre de Kim Jong Un- dentro del “eje del mal” junto a Irán e Irak.

La supuesta “amenaza nuclear” del eje fue uno de los motivos que despertó el interés de Florencia Grieco (Buenos Aires, 1975) mientras trabajaba en la sección internacional del diario Crítica de la Argentina. El otro era su líder: Kim Jong Il, quien gobernaba la última dinastía comunista en un país absolutamente aislado.

Más allá de todo lo que pueda decirse, conocerse o leerse, Corea del Norte sigue siendo un misterio y para desentrañarlo, como la información no sale hay que ir a buscarla. Es así que Florencia Grieco viajó en 2015 y 2017 y, vestida de turista y con la prohibición de hacer periodismo, logró revelar gran parte de ese misterio en En Corea del Norte. Viaje a la última dinastía comunista, recuperando el género de crónicas de viajes en el único lugar del mundo que enfatiza en mantenerlo todo controlado.

Pyongyang, capital de Corea del Norte.

En el libro, además de percibirse un inminente estallido de guerra contra lo que sea, el lector siente a los turistas en un estado de tensión permanente, ¿es así como se vive el viaje? ¿Es por el desconocimiento del lugar o hay otro motivo que lo genere?

Viajar a Corea del Norte supone viajar a un lugar muy artificial, de cierta irrealidad, porque es un mundo cerrado en sí mismo que recrea una lógica propia y no sujeta a demasiadas influencias. Esa percepción que se tiene desde afuera de un lugar algo siniestro, irreal, excéntrico, bizarro, al llegar allá se acentúa. En parte por la desconexión, y esto tiene que ver con que el extranjero que llega no tiene acceso a ninguna forma de comunicación más que algunas esporádicas llamadas internacionales desde el hotel de Pyongyang -en el interior ni siquiera existe-; internet no hay, la señal se corta al cruzar la frontera con China.

Ese nivel de desconexión y desconocimiento de lo que sucede en el mundo a menos que sea por fuentes oficiales -lo que el mismo gobierno coreano transmite y comunica- genera una visión de las cosas y del mundo muy manipulada y muy parcial. Es estar inmerso en una lógica en la que los 25 millones de habitantes de Corea del Norte viven desde hace 70 años.

Por otra parte, en ese contexto la presencia del extranjero –viajan nada más que unos 4 mil occidentales por año- es una presencia totalmente extraña. En la capital Pyongyang, que es la base de la élite norcoreana, donde solo viven los sectores más leales y más privilegiados debido al reacomodamiento histórico de la población que llevó adelante Kim Il Sung –el primero de la dinastía- en los años 50 donde localizó en Pyongyang a las familias más leales a su régimen y relocalizó a los más hostiles o menos confiables en el interior del país, están un poco más habituados a ver extranjeros, que de todas formas son muy contados, esporádicos y pasean siempre en grupos aislados. En el interior no, a muchos lugares a los que fui con mi grupo, éramos los primeros occidentales que llegábamos.

Todo esto y la propaganda, el adoctrinamiento o la imposibilidad de que los propios ciudadanos norcoreanos –salvo los privilegiados- salgan del país, colaboran, no diría a una sensación de un inminente estallido de guerra pero sí a una cierta tensión. Lo resumiría como mucha falta de espontaneidad; es muy difícil, tanto para los norcoreanos como para los extranjeros, hacer una vida parecida a lo que uno llamaría una vida libre, independiente y guiada por los propios deseos. Está todo muy regulado, muy organizado y eso hace que nada sea muy natural, ni siquiera la interacción. Esa tensión se percibe y forma parta del viaje, aunque creo que lo importante es saber dónde uno está, tratar de entender y navegar esa lógica para vivirla. Sentir simplemente rechazo por ciertas cosas produce más alejamiento y eso ya existe.

Orfanato de Rajin, en las afueras de Rason en el interior del país. En el cartel se lee: «Seamos los hijos del querido General Kim Jong Un». En los carteles redondos: «Aprendamos por Corea».

¿Cómo fue escribir un libro de crónicas de viaje con las imposibilidades de ir documentándolo a medida que recorrías? ¿Qué dificultades te generaba escribir luego de, como decís, ver y memorizar?

La única forma de entrar al país es con una visa de turista y, como en cualquier lugar del mundo, la visa de turista autoriza a hacer ciertas cosas e impide hacer otras. En Corea del Norte supone que nadie va a ir a ejercer ningún otro tipo de actividad que ser un turista, es decir, cumplir con las rutinas que están establecidas en el viaje cerrado -porque hay que recordar que uno en Corea del Norte no puede viajar de manera independiente, tiene que viajar en un tour organizado por el Estado y con 2 guías norcoreanos que acompañan durante todo el viaje-, supone que no se puede ejercer una actividad de, por ejemplo, periodista, o escritor, o cronista, o lo que fuere. La consecuencia práctica más inmediata es que no podía abiertamente tomar notas sistemáticamente porque podía traerme problemas. Por otro lado tampoco hay momentos de ocio o dispersión en la intensa rutina del día para que uno se aparte del grupo o se tome un momento para escribir. No existe nada de eso, la rutina es muy rigurosa, prácticamente no hay pausas, los únicos momentos es ir a una cervecería donde van los norcoreanos después de trabajar, es una buena experiencia pero no es ocio porque estás observando y está también regulado, es una hora y nos vamos y no existe la posibilidad de decir me quedo o me quedo en el hotel. Eso hizo muy difícil el trabajo de recopilación de información y de material que yo hice básicamente apelando a algunos trucos como anotar una palabra en un anotador o en las notas del celular, o algunos datos sueltos y memorizar, hacer ejercicio de memoria y al final del día cuando volvía al hotel no sentarme a escribir pero sí anotar esas palabras. Además la experiencia es muy intensa entonces yo la recordaba con mucha vividez y eso me permitió después reconstruirlo.

¿La prohibición a sacar fotos se debe solo a impedir que se muestre Corea del Norte tal cual es -por ejemplo el atraso de sus campos del interior- o esconde otros motivos?

Hay menos prohibiciones de lo que yo creía. Hace algunos años no se podía ingresar con cámara pero ahora está permitido y las restricciones se limitan a, por ejemplo, los retratos y las estatuas de los lideres, que hay 2 en Pyongyang y en algunas de las ciudades más importantes del país de 20 metros de altura de los dos primeros Kim de la dinastía, donde los extranjeros y los propios norcoreanos van a presentar sus respetos. Sacarle a esas estatuas tienen que ser de imagen entera, no se pueden cortar, las fotos de los retratos tienen que estar con marco completo, no se pueden sacar fotos a personal militar, instalaciones militares ni a edificios en construcción y en ciertos lugares como museos o edificios oficiales. Todo eso tiene que ver en medida con cierta construcción de la imagen que Corea del Norte da y con un uso muy estratégico basado en el vacío informativo de su propia imagen y su propia información. Esto puede ser un horror para alguien que lo mira de afuera, por el manejo y la manipulación, pero también es un fenómeno muy interesante que explica mucho de lo que conocemos y no conocemos y por qué Corea del Norte sigue funcionando en esa cerrazón, que es una decisión política y no un simple capricho.

Hombres leyendo el periódico oficial, Rodong Sinmun, en la biblioteca de Pyongyang.
Gran Casa de Estudios en Pyongyang

En varios pasajes destacás la monotonía de los días o la repetición de los lugares. Más allá de lo palpable del paisaje, ¿en qué se siente tal monotonía?

No tanto en Pyonyang que además de ser la capital es el corazón del país y todo es muy extraño, muy inédito. Pero el interior, en cambio, donde en general está la población menos privilegiada, donde hay menos servicios, menos posibilidades de consumo, son todos lugares muy parecidos: ciudades pequeñas que parecen más pueblos que ciudades, con edificios descoloridos, calles de tierra salvo las principales avenidas, sin autos, muy pocos lugares de interés. Uno va recorriendo y da la impresión de que está viendo siempre lo mismo. Por supuesto la visión de conjunto es interesante porque eso tiene que ver con la vida real de la mayor parte de los norcoreanos, que tiene muy pocos estímulos y muy pocas posibilidades de vida más allá del trabajo, ciertas actividades en el barrio, en el partido, todas organizadas en el propio Estado. Esa monotonía es interesante para entender cómo es la vida.

Contás que una de las cosas que los turistas ignoran es que en Corea del Norte nada es lo que parece, nada es natural, ¿a qué te referís? ¿Está conectado con tu análisis de que todo está pensado como propaganda?

En gran medida es la construcción de un relato muy puntilloso y muy detallado que permea en casi todos los aspectos de la vida de los ciudadanos norcoreanos. Desde lo más chico como puede ser que la radios tengan el dial fijo en la estación oficial, o el prendedor que todos los ciudadanos mayores de 12 años tienen que usar con la cara de los líderes, hasta la propaganda más grandilocuente.

Todo eso hace que nada sea del todo natural porque hay una intervención muy grande del Estado. Por ejemplo, en uno de los viajes uno de los guías nos contaba relatos muy simbólicos, casi fantasiosos, sobre unas montañas y él realmente veía esas historias que tienen que ver con los líderes o con la construcción de una identidad, y nosotros extranjeros solo veíamos montañas. Lo que para nosotros era natural para ellos estaba cargando de historia, identidad, y eso es ahí con casi todos los aspectos de los norcoreanos. Esa construcción que está indeleblemente ligada a los Kim sigue estando viva.

Hay poco de natural y lo que puede serlo, como un picnic en un parque, para el extranjero son sospechosos, uno las ve y cuesta asociarlas con Corea del Norte, entonces todo el tiempo hay distorsiones: cuando uno ve algo familiar sospecha de ello y cuando ve un edificio supone que es solo un edificio pero para los norcoreanos es algo más porque quizás el líder lo visitó y eso lo convierte en un edificio sagrado.

Ingreso de trabajadores a la panta de fertilizantes en Hamhung. En el cartel se lee: «¡Debemos defender el Comité del Partido que acompaña a nuestro gran Camarada Kim Jong Un!».

¿Qué es lo mejor y lo peor que te quedó de Corea del Norte?

Lo mejor es haber podido ir y haber podido conocer algo de primera mano sobre lo cual no hay mucha información, en parte por la mirada distorsionada de los extranjeros y en parte por esa deliberación de Corea del Norte. También ver que en Corea del Norte viven personas, porque las personas no son una imagen que forme parte de lo que sabemos y de lo que nos llega sobre el país, y la verdad es que viven personas que hacen lo que pueden, la vida que pueden hacer y creo que eso es lo que me permitió construir otra imagen de Corea del Norte. Ni a favor ni en contra del régimen sino un poco más real.

Y lo peor es sentir esa falta de libertad que tienen que ver con que uno no puede hacer lo que quiere, ni como extranjero ni mucho menos como ciudadano. Más aún en el interior donde la sensación de opresión es más fuerte.

A mí me sucedió que durante mi estadía murió Otto Warmbier –el joven estadounidense que fue condenado a 15 años de trabajo forzado por robar un cartel de propaganda oficial durante su estadía en Pyongyang- y nosotros nos enteramos recién al volver a China, y nos enteramos porque pudimos salir del país pero el que no puede salir se entera solo lo que le dicen. Ahí tuve una percepción de lo que es realmente desconocer o no poder acceder a la información que te permite entender ciertas cosas, ser crítico o poder decidir. Esa información solo existe para unos pocos muy privilegiados.

Subterráneo en Pyongyang.

Luego de dos viajes, ¿volverías?

A pesar de todo volvería porque me parece interesante, porque se conoce mucho estando allá, porque me interesa ver los cambios pequeños que están sucediendo, sobre todo el Pyonyang con cierta economía más de mercado, semi privada –bajo el paragua del estado- que está cambiando los consumos y eso empezó a cambiar las formas de vida porque es un fenómeno reciente y muy nuevo. Pero lamentablemente lo veo un poco improbable, al menos por ahora, que me dejen entrar después del libro porque el libro no es propaganda y por eso no está bien visto. Quizás sea un poco riesgoso, no quisiera descartarlo pero por el momento dudo que sea posible.

«En Corea del Norte. Viaje a la última dinastía comunista»
Florencia Grieco
Editorial Debate
2018
256 pág.

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