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Nadie

Por Giovanny Jaramillo Rojas

Cuántas veces enjaulado / Con el alma y la mente / Entre mis manos.
Nadie

Nadie fue un yo sin yo y su rostro un accesorio de escueta soledad.

Para que Nadie fuera Nadie fue necesario el mundo. Nadie solo podía respirar libremente en las regiones más bajas de su existencia. En sus apariencias. Sus afueras. En lo estrictamente transitorio. Nadie viajó al centro de su encierro y lo único que encontró allí, gravitando y con cierta mesura, fue una mentira: su soledad era la soledad de otros. En ese momento Nadie entendió que lo único digno de consideración y estima en la humanidad, es la infinita capacidad que ella tiene para olvidar.

Nadie se enamoró de la idea de que tal vez la verdadera e inequívoca forma de la paz, podría desprenderse exclusivamente de lo insignificante. De todo eso que permanece frente a nuestros ojos en completo mutismo. Invisible. Nadie quiso deshacerse de la fatalidad de pensar que el mundo puede seguir sucediendo, autónoma y plácidamente, sin acordarse de que él existe. Entonces decidió autoinflingirse el primer retiro y de ahí en adelante ejecutar la continuidad de su inquietud, multiplicando su miedo más natural: ser alguien.

Así, Nadie permaneció obsesionado, década tras década, con la creencia de valer algo más que todos los demás, y no ser ceniza. Un día su padre le dijo que en los lugares donde hay ceniza en realidad no hay nada y que, además, no hay nada más fugitivo en la vida que la ceniza, porque ella es la revelación material del paso del tiempo y la angustia que lega. Años después Nadie tuvo en sus manos las cenizas de su padre. Sintió por primera vez el vacío. Rumió la nada. Sin embargo, desconfió de su pensamiento y también de la sabiduría de su padre y se sumergió en la contemplación irremediable de sí mismo. Y en la sospecha de su clausura.

Nadie era bueno. Pero cuando se enteró de que lo era, simplemente dejó de serlo. Con esto no se convirtió en un ser malo y deplorable, sino en un ser aún más egoísta que el resto de los mortales. La bondad era de él, por él y para él. Para disfrutarla solía levantarse todos los días muy temprano y caminaba hasta la cima de una colina cercana para establecerse allí y sentir los primeros aires de la mañana. Aquellos que vienen heridos y fatigados de la espesura de la noche. Ráfagas sobrevivientes. Ráfagas refulgentes y ataviadas del silencio más puro. Y allí permanecía varias horas. Sentado, íngrimo, observando desde las alturas como si fuera dios. No pensaba en el futuro. Se abandonaba en su paraíso emocional y se obligaba a sentir la sed de sus desiertos pasados.

Alrededor del mediodía se decidía a visitar los bosques porque, según él, ellos le brindaban la calma necesaria para sobrellevar la dulce melancolía de sus naderías. Los árboles le proporcionaban una extraña confianza en el universo. Lograban ponerlo más que atento a las cosas menudas que lo rodeaban y que él siempre ignoraba por estar pendiente de su soledad.

En uno de sus tantos paseos diarios Nadie descubrió a una bella joven bañándose desnuda en un río. La observó desde lo lejos, sin ocultarse, hasta que ella lo vio, se vistió y se fue. Desde ese momento Nadie decidió que todo era mucho para él, y que hasta las cosas más ínfimas le exigían mucho tiempo para su comprensión. No tenía imaginación y por eso necesitaba pasear. Para salir de sus adentros. Para acompañar un poco el paisaje circundante. Para protagonizar la dramaturgia del anonimato.

Ese día, al volver a su casa Nadie se desplomó víctima de un cansancio enorme que ya no pudo soportar. Sin quererlo quedó justo frente a un espejo. Viéndose fijamente quiso recapitular la vida, su vida, pero no tuvo mucho para compendiar. Ardió en mil preguntas. Nadie se acordó de Nadie y se dio cuenta que se desconocía a sí mismo. Sin familia y sin amigos, Nadie se dejó morir por el simple procedimiento de dejar de vivir.

Su casa fue su tumba.

Nadie fue nadie y para poder serlo, terminó siendo alguien. A veces la primera brisa de la mañana sopla fuerte, arrastrando cenizas hasta la casa de Nadie y, después, la lluvia llega para espantar el silencio.


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