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Retornando a la electricidad

Por Cristian Rodríguez | Escultura: Eric Staller

Eléctrico ardor

La electricidad retorna en nuestras vidas una y otra vez, se instala en la cotidianeidad con un carácter psíquico, promueve una serie de mecanismos de la vida humana que llamamos repeticiones, y sobre los que el psicoanálisis trabaja en la relación terapéutica, en el encuentro con el discurso de los pacientes. La electricidad se encuentra siempre retornando en el discurso, participa así de esa serie de fenómenos psíquicos que nombramos compulsión a la repetición y retorno de lo reprimido. Si este impulso eléctrico ya existe en nuestra condición humana, ¿cuál es la novedad industrial que instala la electricidad?

Vemos la estela palpitante de Tesla cada vez que pulsamos un interruptor y damos electricidad a nuestras casas. La corriente alterna, ese devenir de los electrones excitados y cargados, yendo y viniendo por el flujo de la conexión, nos ha subyugado y capturado. El propio Tesla apuntala una dimensión todavía insospechada en el uso de la electricidad como fenómeno de campo, inalámbrica, donde los cuerpos son los conductores eléctricos.

Tesla es una figura montada entre el romanticismo y la industria ¿Y no es acaso su propuesta de una electricidad instantánea, gratuita, de libre uso y acceso, inalámbrica, utilizando los campos electromagnéticos terrestres, podríamos decir “teletransportada”, equiparable a aquellas aportaciones de los “psíquicos” de mediados del Siglo XIX, donde la hipnosis, el mesmerismo y los “médiums” intentaban acercarnos a una serie de fenómenos más allá de lo visible, más allá de la conciencia como fenomenología y como manifiesta, esos proto intentos de un develamiento de lo oscuro e inconsciente, un acercamiento a la otra escena?

De manera contemporánea, el propio Freud propone una idea del aparato psíquico donde las cargas eléctricas, las “catexias” -las nombra- y los “quantum” de energía ligada y desligada son determinantes para producir una serie de fenómenos de “conexión” entre los diferentes estamentos -estaciones eléctricas- psíquicos. De esa noción eléctrica, pero que no es sólo cuantitativa y económica, sino dinámica, tópica y cualitativa, devendrá la noción de “pulsión”, determinante para el psicoanálisis como práctica clínica. Es decir que, a partir de este flujo que no podríamos pensar sino como flujo subatómico -tal como sucede con la electricidad-, se inscribe una relación potencial entre cuerpo soporte y significante, entre lo material y el estatuto de los discursos, entre lo dado por cierto y la colección de síntomas y lapsus cotidianos.

Por supuesto no intentamos aquí reducir la psiquis a un correlato industrial, sino señalar que el psicoanálisis como práctica de ruptura de las ciencias médicas devenidas del positivismo, encuentran en los aportes contemporáneos de las ciencias emergentes, una serie de correlaciones simbólicas que permiten pensar la electricidad no sólo como establecido industrial y capitalista, sino como fuerza vital de carácter negativo, tal como ocurre con el psicoanálisis, entre otras prácticas, que proponen un sujeto dividido por la experiencia de la relación con el significante, un sujeto en ciernes por producirse.

Por Caitlind Brown

Electricidad industrial. Ortopedia

Estas aportaciones originarias y chamánicas de la electricidad han sido deglutidas por el aparato industrial, que incluso presenta como dado y positivo, aquello que en términos estrictamente tecnológicos es de condición alterna. Hoy día, pensar la electricidad como un cierto fenómeno de campo de características y condición negativas sería prácticamente impensado. Pero sin embargo ese lance persiste en una serie de prácticas ligadas estrictamente a la condición humana y, precisamente, a la interpelación al discurso capitalista absoluto, basado sólo en la acumulación concentrada.

La electricidad industrial intersecta la vida psíquica porque promueve una serie de efectos en el lazo social contemporáneo que exceden su condición industriosa, su materialidad ligada y referida a su condición de valor de uso. Esa intersección no es natural, sino propia del malestar en la cultura. La electricidad y su retorno constante, su impacto sobre la subjetividad, su relación en la transformación de los imaginarios que marcan la relación de las vidas humanas con las urbes y con los modos de vincularse entre las personas; secretamente herramienta de lo humano, pero también ortopedia.

A partir de esta consideración inicial se abren una serie de relaciones potenciales entre lo humano y la electricidad ¿Puede definirse qué es la luz en nuestras vidas? ¿Y qué posibilita y qué ha obstruido este uso particular de la electricidad como simple relación industrial?

La noche amplificada

La noche, a partir de la electricidad, deja de ser un fenómeno natural. La noche y el noctambulismo devenido de la electricidad quedan asociados a la ciudad. La ciudad y sus objetos industriales proveerán una cierta noche, una noche comprometida con la luz. Y esa luz será de carácter eléctrico e industrial. Y de este modo también, la noche se pretenderá positiva, iluminista, industriosa.

La electricidad instala un cotidiano amplificado.  La amplificación, por ejemplo, es un fenómeno devenido del crecimiento industrial y sobre todo del crecimiento de las urbes, desde hace unos ciento cincuenta años. La electricidad es el artificio tecnológico que permitió la expansión. Esa expansión no sólo es territorial, las ciudades crecen hasta perder sus bordes y se fagocitan progresivamente «el vacío», los ámbitos rurales aledaños, el otro campo, sino que también se produce una transformación por efecto de la electricidad hacia el interior mismo de las urbes, hacia el interior del funcionamiento lógico de estos espacios. Estas transformaciones tienen efectos en las subjetividades y en las vidas cotidianas de las personas, porque esas vidas están sometidas a las mismas tensiones y torsiones que propone la electricidad: la amplificación y la aceleración. La de la amplificación es la propuesta que encontramos desde los principios de funcionamiento de cualquier artefacto eléctrico o encadenamiento de artefactos: tener más potencia en la iluminación de un estadio para poder televisar el evento, llegar más lejos con una transmisión, cocinar más piezas de pan -y más rápido- en los hornos eléctricos, iluminar más pollos en un criadero, extender la red eléctrica con más kilovatios desde las centrales eléctricas que producen esa electricidad, llegar más lejos en el tendido de una red de subterráneos para alcanzar los suburbios y «conectarlos» a la urbe central, producir aparatos musicales y columnas de potencia sonora que permitan que el sonido, la voz, las canciones, la música, los discursos políticos, lleguen más lejos y más claramente. Sólo como ejemplo, la guitarra eléctrica es un resultado del desarrollo de la electricidad a nivel de la urbe industrial, más precisamente termina de desarrollarse con la posguerra, en 1950.

Por Taro Shinoda

Aceleración

La electricidad a escala global permite que nuestro planeta sea visto desde el espacio durante las noches como una perla incandescente, y esta podría ser una bella metáfora si no fuera porque en un sentido la noche se ha retirado de nuestras vidas y el “todo luz” ha avanzado hacia el interior de nuestra intimidad, ha entrado con su carácter perenne y amplificado, se ha convertido en un discurso del «Gran hermano», como en la novela de Orwell, presencia omnipresente y omnisciente. La aceleración, entonces, es concomitante de este efecto amplificador: llegar más lejos lo antes posible. Todos los dispositivos tecnológicos que proveen electricidad intentan, como una reedición del tejido neuronal, que esa «sinopsis», esa transmisión de información de la vida industrial, se vuelva cotidianeidad, nueva naturaleza, sinopsis industrializada. El ejército de electrodomésticos contemporáneos proveen satisfacción en «menos tiempo», hiperconectividad de la red, mayor velocidad de respuesta, productos congelados que pasan por el microondas durante apenas un par de minutos y están listos para ser consumidos, trenes eléctricos que han perfeccionado la escala de la aceleración potencial en apenas ochenta años, de unos modestos sesenta o setenta kilómetros por hora, a la velocidad del rayo de la alta velocidad, rozando los trescientos kilómetros por hora. Larga lista de aceleradores cotidianos y aceleraciones sobre el tiempo subjetivo que presionan sobre las pausas, la noche, el descanso, la intimidad; se vuelven así tiempos inflacionarios de la producción, la «producción total», la «solución final», «El gran hermano». Abrazan el eslogan «tiempo es dinero». 

Estas dos variables devenidas del desarrollo tecnológico de la electricidad: amplificación y aceleración, transforman por completo nuestra relación con el tiempo y con el espacio, tanto cotidiano como subjetivo, alteran también nuestra relación con los otros.

Por Tom Fruin

Sonoridad

La luz, entonces, también “suena” a partir de allí, se sonoriza como un eco que alcanza los confines de lo visible. La electricidad produce así un panorama de luz audible y una relación inflacionaria con los umbrales de lo visible.

Nuevamente, en un sentido, a partir de la electricidad industrial, no habrá noche. La noche queda perdida como fenómeno natural y también como experiencia simbólica, ligada a la intimidad del devenir psíquico. La electricidad define de este modo a la ciudad por su condición inflacionaria, y el carácter amplificador intrínseco a la luz se despliega en los usos urbanos e industriales de la electricidad. La urbe, “naturalmente”, pierde la noche como naturaleza y define una relación con lo nocturno atravesada por la luz eléctrica, la luz amplificada. La luz, que también se pretende atravesando los confines. Esa noche no parpadea, no es la noche del romanticismo, es una noche “todo luz industriosa”, una noche sin sigilo y sin silencio. 

La urbe abraza inmediatamente ese impacto que produce la luz eléctrica industrial y lo hace suyo. Noctambulismo será luz, esa luz invade el horizonte psíquico y retorna en oleadas sucesivas, en ecos de representaciones marcadas por la electricidad y el origen de las ciudades. El trazo originario perdido una vez más, pero doblemente perdido, como réplica industrial. Una luz perseverada, un “a través de la luz”, la Ciudad luz perpetuada, la ciudad perversamente luz mostrando incandescente sus filamentos multiplicados a pesar de lo humano, como nueva humanidad replicada.

Los “replicantes” de Dick en Blade Runner no son el futuro apocalíptico, sino una interrogación sobre la condición humana contemporánea. Esa condición replicada y también profundamente humana, deja intacta las cuestiones por las cuales es necesario interpelar no sólo lo propio del discurso capitalista, sino al sujeto contemporáneo como sujeto en cuestión y en producción, a partir de los lazos, las redes y los campos producidos en el corazón mismo de dicho sistema.

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