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Toda la pobre inocencia de la gente

Por José Luis Juresa

Las estrofas de la popularísima canción de León Gieco, “Solo le pido a Dios”, retornan una y otra vez para salirse de su estabilidad de sentido, de su presupuesto de significación infinitamente reiterado, para devolvernos a nuestra época, en la que la supuesta “inocencia de la gente” ya no suena con el peso que la canción le brindaba a la frase. Una canción que, en los años 70, colocaba a “la gente” en un lugar derivado de cierta visión ideológica que, en algún punto, en alguna arista de la construcción del sentido de la palabra “pueblo” le afianzaba con la naturalidad cuasi biológica una idea de bondad congénita y de inocencia en la sangre.

Resulta ser que ese derivado de sentido hoy es claramente, a mi entender, un obstáculo político. Pero es un obstáculo en el que no paran de reiterarse los propios políticos “profesionales”, algunos identificados con el lado “progresista” de su ejercicio, y otros no tanto, o directamente nada.

La estafa

El otro día, uno de esos políticos enrolados en la oposición lanzó una consigna relativa a la necesidad de reparar “la estafa” que el gobierno actual orquestó sobre la gente. Más allá de la verdad y la razonabilidad de la frase, la misma no hace otra cosa que reiterar y reiniciar en otro punto del circuito revolucionario (no se apuren: apenas si me refiero al eterno retorno al mismo punto, una simple y reiterada vuelta al mismo lugar, lo cual es lo que describe un círculo. Es mucho menos agitador lo mío).

¿Por qué decir “la estafa”? ¿Hay signos en la realidad de que lo sea? Sin retornar una y otra vez al licuadísimo argumento de la coalición mediática que aprieta y aferra cuerpos y almas dentro del corral ideológico afín a los intereses corporativos (en general) lo que es necesario –a mi entender– reflexionar, pensar, es si esa frase, la de “la estafa”, es tan inocente como el sujeto que supone del lado de los votantes. Yo creo que reproduce otra vez, por enésima vez, por infinita ocasión (redundando en el cansancio aburrido de quien escribe) la idea de que hay que “enseñar”, “avivar”, “despertar”, “iluminar” “defender” y por último “dirigir” a tales supuestos estafados por el camino de retorno al paraíso del que fueron arrebatados y devolverles la inocencia y la verdad de la que siempre serán víctimas por obra de innumerables “lobos feroces” agazapados en el bosque. Una eterna reminiscencia de las fábulas infantiles plagadas de ideología y de disciplinamiento civil (por si no funciona, está la policial o la militar, claro).

Lo más curioso es que a quien termina perjudicando en primera instancia el posicionamiento político e ideológico que la frase revela o pone “a la vista” de quien quiera ver, al propio político, porque si llega al poder consolidado sobre la plataforma de inocencia con la que “la gente” le otorga investidura, después eso se le vendrá indefectiblemente en contra: tendrá que seguir lidiando, una vez en el poder, con toda una masa de inocentes estafados que siempre lo serán y jamás dejarán de serlo. Pero que en verdad revelarán ante el verdadero “estafado” sus rostros más feroces.

Entre el cliente y el ciudadano

Es evidente que la diferencia entre un cliente y un ciudadano está en el interés que pone uno y el otro en saber dónde está parado en relación a su época. El psicoanálisis, al colocar al sujeto de frente a las condiciones de su época (porque en ese proceso está la cura del malestar, del sufrimiento) tiene un carácter civil, un curso que “lleva” al sujeto al lazo social. Esto de ningún modo implica convertir a los analizantes en políticos o a que sepan hablar de política en el café, sino a “saber” que sus circunstancias de sujeto están ligadas de manera directa a los problemas de la comunidad, de la cultura, y que la necesidad de interesarse y de intervenir de algún modo sobre esos problemas equivale a intervenir y a operar sobre los causales de su malestar. El psicoanálisis no “enseña” a nadie a convertirse en un ser despiadadamente individualista que esté “avivado” acerca de todas las maneras posibles en que lo quieren “cagar”, y así poder  anticiparse y defenderse en su fortalecimiento aislacionista, sino que más bien logra dilucidar, entre otras cosas, de qué forma inadvertida interviene para “hacerse cagar” creyendo todo lo contrario.

Por lo que uno de los “principios” fundamentales de todo tratamiento es involucrar al interesado en los causales del malestar del que se queja. Si empezamos por decir que el pobre hombre es un estafado, está muy bien para seducir, pero no para transformar. Y el psicoanálisis, como la política, es un modo de intervenir sobre la realidad para transformarla, en principio, porque logra reconocérsela como algo intrínseco al sujeto, no como ajena.

De cómo dar vuelta la estafa

Curiosamente, Lacan habló de “la estafa”, pero para colocarla dentro del dispositivo que el psicoanalista sostiene en el proceso de la cura. El psicoanálisis es una estafa ante el que el analizante deberá abrir los ojos. Esto no quiere decir que el psicoanálisis es un método logrado de formación de estafadores, una mafia organizada bajo el cortinado de la ciencia y del saber, sino que, justamente, ese cortinado de la ciencia y del saber se cae mientras el sujeto es sostenido en el desarrollo de cierta erosión del cortinado, “erosión” que lo confronta con lo Real, lo Real de la castración: no hay quien “sepa” en el sentido acabado y absoluto del término. Cada quien “sabe” y desarrollará un “saber hacer” respecto de sus propias determinaciones y contingencias, marcadas, claro está, por el lazo social del cual no escapa, salvo por la ideología que le hace entrar en el sueño de la autosuficiencia. Los sujetos han ingresado en ese sueño en forma masiva, desde hace mucho tiempo ya.

No se trata de gobiernos y de partidos, sino del modo en que el sujeto contemporáneo se constituye, aparece y desaparece en cada crisis del sistema. El sueño, tal como una Matrix, se afirma y se refuerza en sus efectos adormecedores, en cada ocasión, y hablar de inocencia supuesta en los estafados que duermen como bebotes amarrados a una mamadera, no tiene traducción política, salvo para pastorear a los durmientes hacia el lugar seguro que les espera, ahora y siempre: el matadero.

Entre el tonto y la tontera

No hay cómo plantear una verdadera salida al capitalismo y sus ensueños sin considerar esto que el psicoanálisis ha puesto sobre el tapete de la vida social desde hace más de un siglo. Algunos pensadores han tomados sus conceptos para reformular lo político y la política, pero los políticos son presos de prejuicios ideológicos más que evidentes. O no tienen –salvo conocidas y honrosas excepciones– una formación que por lo menos hagan que se interroguen en la reiteración de lo que dicen, sin ton ni son. Una cosa es la tontera y otra ser tonto. Ni hablemos de una conocida frase televisiva que, como el sonar de todo cencerro, ya se incorpora al paisaje de sonidos repetitivos y ya nadie se asombra por eso. El silencio es mucho más interesante, muchas, muchísimas veces. Pero se habla por demás.

Hay que dejar hablar a esa “gente” y ver si realmente son tan inocentes y estafados. Hay que dejar de hablar. El político debería posicionarse, en algún punto, como una suerte de analista social. Y debe escuchar, no hacer como que escucha, maravilla publicitaria que nos adentra aún más en el sueño profundo de la Matrix. Escuchar es dejar que se hablen tonteras y no hablar, y hablar como si los que escuchan fueran tontos. Es el político que dice que la gente es “estafada” el que cristaliza al sujeto votante en el lugar del tonto. Finalmente, el tonto es el político, como todo el que se aferra al poder como si se aferrase a un sueño que es más bien una pesadilla. Y lo es porque se trata de un sueño sin despertar.


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