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El erotismo como acto político

Por Gabriela Arca

I

Psicoanálisis: por una erótica contra natura, de Alexandra Kohan, es ante todo un texto político. Kohan ha tomado la palabra para responder desde la ética del psicoanálisis a algunas cuestiones del discurso contemporáneo. El psicoanálisis, bien leído y bien practicado (este “bien” es una afirmación ética), necesariamente va a contrapelo del discurso amo, porque este discurso, sean cuales sean su articulación, sus agentes o sus intenciones, propone ideales que alienan al sujeto.

Un discurso articula necesariamente una moral —incluso los discursos más progresistas o lo más rupturistas—; promueve ideales que alienan al sujeto y esa alienación es fuente de sufrimiento. Es sobre esa operación que el psicoanálisis ejerce su praxis y su política. Apunta, no a un sujeto feliz, sino a un sujeto responsable —en singular— de los efectos de la alienación, de su división y de sus condiciones de goce.

La fundación del psicoanálisis como praxis fue solidaria de la disimetría entre su discurso y el científico. La ciencia —episteme— da razón de lo universal y lo necesario. La praxis se articula con la Prudencia —phrónesis— y en virtud de esto con la Ética. Al respecto decía Aristóteles: “El rasgo distintivo del hombre prudente es al parecer el ser capaz de deliberar y de juzgar de una manera conveniente sobre las cosas que pueden ser buenas y útiles para él, no bajo conceptos particulares, como la salud y el vigor del cuerpo, sino las que deben contribuir en general a su virtud y a su felicidad (…) Si la ciencia es susceptible de demostración, y si la demostración no se aplica a cosas cuyos principios puedan ser de otra manera de como son, pudiendo ser todas las cosas de que aquí se trata también distintas, y no siendo posible la deliberación sobre cosas cuya existencia sea necesaria, se sigue de aquí que la prudencia no pertenece ni a la ciencia ni al arte”.  

La praxis se propone en el pensamiento antiguo como objeto de conocimiento de la Prudencia y se define como acción inmanente, que tiene en sí su propio fin. El mundo griego reconoce dos grandes dimensiones de la praxis: la ética y la política. Ninguna de ellas es ajena al psicoanálisis que fundamenta su estatuto de praxis moderna en tanto en su horizonte y en su acto se anudan la ética, la contingencia y la singularidad. Y es justamente porque se sostiene fuera del discurso científico y sus estándares que puede operar contra la alienación.

II

El texto de Kohan avanza entonces poniendo en primer plano la praxis del psicoanálisis, esa en que se autoriza a tomar la palabra. Fuera de estas coordenadas el psicoanálisis no es tal. Pierde su potencia y su acto ético se diluye en un bla bla psicologizante que refuerza la alienación. Desde esta posición, Kohan lee la época y algunas de sus producciones discursivas y moralizantes: los discursos del sentido común, los discursos psicologizantes: autoayuda, pedagogías progresistas y feminismo liberal —hoy devenido mainstream—. Ubica cómo en cada caso se trata de sustituir una moral por otra y especialmente cómo cada uno de esos discursos deja por fuera el hecho de que es imposible eliminar el malestar en la cultura y sus manifestaciones subjetivas. Así, Kohan se dirige a un punto capital: las cosas del amor y de los cuerpos. Dice:

“El punto máximo del actual moralismo autoritario y disciplinador es, sin dudas, el que recae sobre Eros. «Somos la generación a la que el amor tiene que dejar de dolerle», «si duele, no es amor», «este amor no es normal», «no hay amor si no es recíproco. No hay amor si no es sano. No hay amor si hay sometimiento. No hay amor en la cobardía. No hay amor si no hay entrega. No hay amor si te hace odiarte.» «El amor hace bien si no, es otra cosa», por mencionar solo algunos ejemplos”.

Alexandra Kohan (Foto: Águeda Pereyra)

Lo que distingue al discurso del capitalismo es lo que Lacan llamó verwerfung, que se traduce como forclusión.Es un mecanismo psicopatológico radical. Es el rechazo, la no inscripción absoluta.Lo que Lacan dice es que el capitalismo es un discurso que particularmente forcluye las cosas del amor, es decir que las rechaza radicalmente la dimensión amorosa en el sentido de cómo entiende el amor Occidente.

“Todo orden, todo discurso que se entronca en el capitalismo, deja de lado lo que llamaremos simplemente las cosas del amor, amigos míos. ¿Ven eso, eh? ¡No es poca cosa!”, dirá Lacan. De este modo, elucida la lógica del discurso capitalista y así puede arribar a esa formulación: el ideal de satisfacción, completud, control y autosuficiencia que promueve, excluye cualquier lógica amorosa.

III

¿Por qué una erótica? Es el hecho político que encuentro en este libro: situar la erótica como respuesta al discurso que pretende hacer del amor y el sexo algo ordenado, seguro, conveniente, útil y domesticado. Se pretenden universalizar los cuerpos y los goces; se proscriben incluso las fantasías. Y algo más: para afirmar al sujeto en su alienación a este discurso es necesario que el otro, el que no lo comparte, sea necesariamente el enemigo, sin más. No hay dialéctica: el otro es el mal.

“¿Cómo vamos a tener citas si podemos aparecer en una bolsa de consorcio?” y “Todos los hombres son violadores en potencia” son algunas de las frases que inundan las redes sociales. Así, se degradan los lazos amorosos y también los sociales: decir que todos los hombres son potenciales violadores no está tan lejos de todos los árabes son posibles terroristas o de todos los villeros son chorros. Es posible ver el efecto de un discurso que aísla al sujeto de su encuentro con el otro en lo privado y en lo público. Un sujeto que se repliega en su pretendida autonomía y que experimenta lo otro, lo que no es igual como amenazante.

IV

¿Y el amor? Dice Kohan: “«El amor no está interesado en los objetos que el otro pueda dar. El amor se abastece en nada»; es un amor que no es el amor Ideal sino aquel que hace vacilar el sí mismo, aquel que hace trastabillar la idea que tenemos de nosotros mismos. Es un amor que rompe el espejo, es por eso que Lacan insiste en que es un amor que deshace y corta de tajo ese nudo de servidumbre imaginaria. Es un amor que deja al sujeto un poco caído, desfalleciente frente a eso que irrumpe de manera absolutamente contingente. En inglés o en francés apreciamos más la “caída” que implica el amor: fall in love, tomber en amour. El amor, cuando no es un amor Ideal, produce un agujero en el saber y hace caer lo fascinante de la erección del sentido. El amor es sin sentido ahí donde se precipita contingente e inesperadamente. Suponer que se puede saber qué es el amor, cómo debe ser, es hacer del amor un Ideal. Y el problema no es cómo cada quien vive el amor, sino el modo en que los Ideales van produciendo mandatos superyoicos. La cruzada contra el amor romántico —que tampoco sabemos bien qué es— encuentra su reverso en un nuevo Ideal, el que dicta: si duele, no es amor”.

El amor no vence al odio como rezaba un slogan político, pero lo atempera. El amor no es felicidad garantizada pero es acaso la única cosa que aún nos separa de los animales y las máquinas. Y si es propio, no es amor. El amor es una experiencia entre dos que no son lo mismo. Es pasión, no es control. Es azar e imposibilidad de cálculo. Lo que resuena al concluir el libro es que si algo puede perforar los feroces efectos de arrasamiento subjetivo del capitalismo tardío, es hacer del erotismo un acto político. En lo privado y en lo público. Lo celebro.

Psicoanálisis: por una erótica contra natura
IndieLibros, 2019
Alexandra Kohan
E-book disponible en bajalibros.com

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