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Del impulso a la metáfora

Por Nahuel Krauss

Si sobre el sida se han montado metáforas sobre la noche, el sexo, droga y promiscuidad, así como en la tuberculosis lo habían hecho las del amor-pasión, ligado al ardor de la fiebre, el cáncer sugirió metáforas -es decir, fantasías- que lo ligaban a la represión de lo sexual. En efecto, en “La enfermedad y sus metáforas”, Susan Sontag recuerda que W.Reich adjudicó a la insatisfacción sexual de Freud, producto de su matrimonio infeliz, la causa de su cáncer oral. Aunque actualmente, observa la ensayista, el lugar de la represión en las metáforas que rodean al cáncer sigue en pie, no sucede lo mismo con su objeto.

La cólera sustituyó el lugar que primitivamente ocupaba el sexo. No encontrando una descarga adecuada, esta retornaría sobre el órgano para acertar un golpe de proporcional violencia a aquella con que se la reprime. Tenemos así al cuerpo -desde la migraña hasta el nudo en la garganta- como un destino típico del impulso reprimido, tal como lo demuestra la niña que, cierta vez, luego de ser castigada por su padre, reaccionó cacheteándose a sí misma. Esto no significa que el afecto retenido no pueda tomar ciertas vías de descarga que impidan su dolorosa acumulación en el cuerpo.

Un crítico y ensayista argentino agradece al feminismo su lucha contra las exigencias patriarcales. En su caso, a aquellas impuestas a los tímidos como él. El ejemplo podría ser el del varón que a la mujer que le gusta «se la tiene que coger» -poco se espera de quien se expresa de ese modo-. Pero ¿hasta qué punto la elaborada denuncia a la exigencia patriarcal no le sirve a nuestro crítico para ignorar su síntoma en relación a las mujeres? Algo similar puede suponerse en el caso del llamado “pollerudo”, quien interpreta como exigencias provenientes de su mujer demandas que provienen de su temor hacia ella, pidiendo permiso para ver a sus amigos aun cuando esto jamás le haya sido prohibido. Entonces ¿Cuál es el límite entre lo que sería una exigencia interna de una externa? ¿No es este un típico -y fundamental-  malentendido en gran cantidad de debates actuales?

Si nuestra orientación es culturalista, los factores externos se elevarán al lugar de causa de nuestro malestar. Si es freudiana, la pulsión tomará la delantera. No será la cultura la que imponga deseos, sino que estos transformarán a aquella. Así fue como, cierta vez, una odontóloga que realizaba un tratamiento de conducto se disculpó con su paciente: “perdón por haberte torturado tanto, estaba difícil la muela«. ¿Serán las fuerzas que alimentan la profesión de la doctora diferentes de aquellas que sirven a un torturador como Etchecolatz, aun cuando este jamás pediría “disculpas” al respecto? ¿Es la pulsión de un hombre como Da Vinci, más sofisticada que la de quien pasa sus días masturbándose en un baño de retiro?

Freud llegó a afirmar que su falta de sadismo le impidió ser un buen médico, y que al final, lo único que nos queda es la sublimación -que no es poco-. Desde el sadismo del cirujano, la piromanía del bombero, hasta el instinto necrófilo de quien dedica su vida al trabajo en la morgue, no hay vocación cuya fuente no sea perversa. Si para Clausewitz la guerra es continuación de la política, para Freud, la guerra antecede. Primero, la crueldad pulsional. Luego, sí, habrá tiempo para los grandes tratados morales.

Ahora bien ¿Por qué ciertos recuerdos no se someten al desgaste, perdurando así su eficacia?, se pregunta Freud. Si ante determinado acontecimiento la reacción es inadecuada, el afecto correspondiente permanecerá ligado a él, responde. Si callo ante una ofensa o maltrato, la hostilidad reprimida podrá hacerse un lugar en fantasías criminales, de las que gozaré y hasta, no sin cierto talento, podré elaborar un síntoma. En efecto, sabemos, desde los “Estudios sobre la histeria”, que la contracara del sufrimiento neurótico es la satisfacción que este encuentra en las fantasías que su dolor trafica.

Cito: “el recuerdo de una ofensa castigada, aunque sólo fuese con palabras, es muy distinto al de otra que tuvo que ser tolerada sin protestas”. Desde el llanto a la venganza servirán para atenuar la eficacia patógena de un recuerdo, aclara Freud. Pero también la palabra –y esto es de capital importancia-, en tanto en el hombre, esta es capaz de subrogar al hecho. Es así que el recuerdo de una ofensa no castigada, agrega, también puede ser corregido por reflexiones sobre la dignidad, etc.  El valor performativo de las palabras es lo que aquí nos importa.

Entonces, ¿qué hace alguien al decir tal cosa, o al elaborar tal o cual teoría?  No se trata por esto de invalidar la teoría en cuestión, sino de ubicar que lugar tiene dicha elaboración en la economía subjetiva de quien teoriza. Por eso hay quienes escriben desde el amor, o quienes los hacen desde el dolor y el sufrimiento -aunque tampoco faltan los que malgastan su tiempo haciéndolo desde la envidia o resentimiento-.  ¿Y si Lacan, por mejor argumentada que esté su crítica a los posfreudianos, no estaba barriendo en ese mismo movimiento al psicoanálisis de Inglaterra y Alemania, para meterlo en el bolsillo de París? ¿Cuál es el interés de la ciencia en intentar descubrir, por ejemplo, un gen de la homosexualidad?

Insisto y concluyo. No se trata de, por esta razón, deslegitimar las elaboraciones teóricas o morales, tildándolas, con tono peyorativo, de no ser más que un fantasma -como si algo de esto nos fuese ajeno-, sino de subrayar lo difícil -sino imposible- de imaginar un producto cultural que no provenga de fantasías. Por supuesto que esto no nos exime de que, en ciertas ocasiones, dichas reflexiones estén al servicio directo de la neurosis –casi a modo de formación reactiva-, no solo ocultando la cobardía o mediocridad del autor, sino elevándolas, elaboración mediante, al estatuto de virtudes morales.

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