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La melodía del pánico

Por Santiago Berisso

“Mi esposa, Susie, recuerda cuando su madre estaba muriendo de cáncer de pulmón, y ella seguía viviendo con nosotros, que la morfina que su médico le había recetado para hacerla sentir mejor en el último tramo de su vida empezó a desaparecer, y Susie se dio cuenta de que era yo el que la estaba robando. Apenas lo recuerdo, y desearía no recordar nada de eso. Quiero que desaparezca por completo de mi memoria, que sea expurgado de mi registro en forma permanente. Pero ahí está”.

Así revisita Jeff Tweedy —músico, cantautor y alma fundadora de Wilco, banda estadounidense formada en 1994—, en su autobiografía publicada a fines del año pasado, titulada Let’s go (so we can get back) y casi en sintonía con la edición de su disco solista Warm, la antesala de su internación para el tratamiento de su adicción a los analgésicos. “Sé que no estoy teniendo un infarto, pero siento que estoy siendo perseguido por un oso”, le dijo a su mujer antes de que lo llevara a una guardia. Ya no sabía qué hacer para enfrentar un combo de ansiedad, trastornos en su estado de ánimo y, fundamentalmente, los ataques de pánico y la migraña que lo acompañaron desde que iba al colegio, cuando sabía que no tendría sentido explicar a sus maestros que los ataques de pánico eran porque su mamá un día se iba a morir, él iba a quedar desamparado y su padre no podría hacerse cargo de su crianza. En simultáneo, Wilco estaba grabando A ghost is born (2004), uno de los discos más queridos por sus seguidores y reconocidos por la prensa en toda la historia de la banda con base en Chicago.

Ahora, cómo es posible que la escucha de este disco no se resignifique al tomar conocimiento del presente que vivía Tweedy —y todo la banda— al darle forma a un disco que lejos estuvo de la idea de disfrute. Cómo es posible que no sea relevante que un conjunto de canciones grabadas y puestas a circular en distintas formatos, luego escuchadas y alabadas por millones de personas, sea hoy considerado por el pelilargo y barbudo de Belleville (Illinois) como salido de las antípodas de lo que entiende como un proceso creativo propicio, alejado del arquetipo de artista torturado al que a partir de ahí supo que no valía la pena darle de comer. Cómo no bajarlo de un escenario que nos obliga a verlo en contrapicado, para reparar en que el tipo hacía lo imposible por grabar sin Vicodin de por medio. Lo chirriante y nocivo de ciertos pasajes de guitarra —”At least that’s what you said “y “Spiders (Kidsmoke)”, por ejemplo— propios de un consultorio odontológico o una clínica de diagnóstico por imágenes adquiere otro tinte al entender el marco de pugna en el que se cocinó todo. El canto, casi susurrado, en contraste, aporta el balance. La dura tarea de quitarse el ruido de la cabeza sin que resulte molesto al oído. Es la voz de una persona que siente la presión de dos ladrillos sobre las sienes, arriba de los ojos y debajo de la nuca. “‘Less tan you think’ tiene una outro construida sobre glaciares zumbidos electrónicos y sonidos mecánicos repetitivos que crecen lentamente, arreglados para imitar los paisajes aislados y foráneos a los que las migrañas habitualmente inducen cuando el dolor se envuelve a sí mismo de forma tan apretada alrededor de tu cráneo que deforma tu percepción de la luz y el tiempo”, explica.

Portada de «Let’s go (so we can get back)»

Humanizar a un artista quizás no sea tanto percatarse de que la altura sólo responde a una tarima, sino más bien querer saber qué hace cuando no hace lo que hace, qué hizo cuando no estaba haciendo lo que hizo, en qué piensa cuando no piensa en lo que se supone que tiene que pensar, cuántas horas necesita dormir y si toma agua mineral o de filtro. El misterio se acaba, el haz de luz cruzando la ventana se esconde y la idolatría baja sola.  

A lo largo de casi trescientas páginas, Jeff Tweedy hace de Let’s go (so we can get back) un relato en el que dialoga con él mismo en el afán de reconstruir una carrera artística que se inició con Uncle Tupelo, agrupación que se acercó a un folk-country más furioso, de garganta estallada, que formó junto a Jay Farrar —compañero de colegio en la ciudad de Belleville en quien se concentra gran parte del libro, de la misma manera que lo hace con el segundo Jay (Bennett), fallecido multiinstrumentista con quien compartió otra parte del camino— y que luego devino en una formación de Wilco que vio pasar una no menor cantidad de nombres.

Reparte su historia, consciente de que el espacio siempre es reducido y hay que saber usarlo: la relación con sus padres; la especial atención al bienestar de su familia; la ruptura con Warner Bros a poco de lanzar Yankee Hotel Foxtrot en 2001, lo que cimentó las bases del desencanto con los sellos discográficos que años después derivaría en la concreción de una autonomía absoluta con la creación de un sello propio; la inconveniencia del exceso de confianza en un músico a la hora de componer; el vicio de confundir genialidad con la facultad de tolerar el fracaso en altos niveles; la imposibilidad de distinguir qué venía primero, si los ataques de pánico o las migrañas; los días en que el afamado Loft donde al día de hoy graba Wilco se vio invadido por una incontable cantidad paquetes de FedEx con drogas recetadas a causa de la adicción que sufría Jay Bennett, lo que llevó a Tweedy a apartarlo de la banda por una sencilla razón, en reconocimiento de su propia adicción, de supervivencia: “Sabía que si no lo hacía, probablemente yo hubiera muerto”.

Jeff Tweedy

También se vale de fragmentos en formato diálogo en los que recuerda historias o escenas particulares con su mujer Sue Miller —por quien tiene una devoción entrañable— y, en el mismo plan, otro capítulo en el que dialoga con Spencer, su hijo mayor y colega en distintos proyectos musicales alternativos a Wilco. Páginas marcadas, en su totalidad, por una honestidad que parece ya no temer mostrarse algo desvencijada al ojo ajeno, como él mismo confiesa que prefiere empuñar las guitarras hoy que ya peina unas cuantas canas. Sin embargo, es la generosidad con la que exhibe su forma de trabajo, su metodología a la hora de componer y de concebirse como parte activa de la industria musical, como quien dice “bueno, esto es lo que hago yo, para qué escondértelo”, la que marca el tono de un relato en el que la única materia de veneración es la canción (la melodía), cuyo buen puerto se enfrenta al fruto que, apetitoso, le ofrece el ego. “Cuando mi ego se involucra, sé que voy a atenderlo, en otras palabras, esquivar la vergüenza, ser listo, presumir”, explica.  

Aún en épocas de deconstrucción general, hay ciertos velos que parecen más arraigados que otros. Y el fenómeno de la creación artística, en la expresión que fuere, todavía se percibe como un suceso distante para muchos inocuos curiosos, más epifánica que disciplinada o laboriosa. Demasiado misteriosa, en suma. ¿Por qué no ahorrarle algunos dolores de cabeza al que viene detrás?

Que no haya fórmulas clarividentes a la hora de hacer arte, no implica que otros mortales tengan que guardarse inquietudes. Entre la fórmula matemática y el vomitar inspiración hay un abanico gigante de posibilidades. Tiene que haberlo. Entonces que la cuenten como es. Ahí parece haber caído Jeff Tweedy con su relato.   

Let’s go (so we can get back)
Jeff Tweedy
Penguin Group, 2018
(por ahora sólo en inglés)
304 páginas


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