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El deseo de Freud

Por Marina Esborraz y Luciano Lutereau

“¿Cómo puede decirse que [Freud] está obsoleto si aún no lo hemos entendido? […] Lo repito: estamos lejos de Freud. […] La negación de Freud, es un psicoanálisis de comodidad, de salón”.
Jacques Lacan (1974)

1.

Hoy se dice que hay que superar a Freud porque era un mal científico. Que, por ejemplo, la noción de envidia del pene no tiene sentido. Mucho menos en un mundo machista. Entonces Freud —hoy se cumplen 163 años de su nacimiento— además es machista. Que lo diga cualquier fulano vaya y pase, pero que psicoanalistas digan algo así es un extravío.

Primero, porque devela el modo imaginario en que se puede entender la noción de envidia del pene, como si quisiera decir que una mujer quiere tener un pene. Segundo, porque no se entiende la idea de castración como operador de la diferencia sexual: que la mujer está castrada (para el varón) quiere decir que (éste) interpreta que la mujer es culpable, que se la castró porque algo malo hizo. Es decir: la castración es un noción para explicar el “odio a lo femenino” (como le gustaba decir a Freud) constitutivo de la subjetividad patriarcal; y la envidia del pene es la noción con que Freud da cuenta del modo en que las mujeres se subjetivan como culpables en una sociedad histórica determinada; por ejemplo, cuando a veces piensan que si un varón no quiere seguir con ellas es porque las “abandona” o “algo habrán hecho” (como algunas mujeres cuentan que hasta sus madres le han dicho).

Para Freud, entonces, la envidia del pene es una noción que explica, entre otros fenómenos clínicos, la creencia femenina de que el varón es sede de un amor que puede dar o retener y constituye la expectativa de ser amada (trampa mortal, porque amar sólo se puede amar a un varón) así como la tendencia a la melancolía con que se subjetivan las mujeres. Entre otros fenómenos clínicos más. Entonces que Freud era un mal científico sólo puede decirlo alguien que ama más a la ciencia que al psicoanálisis. Y que Freud era machista, cuando inventó el primer dispositivo para levantar la hipoteca patriarcal del sujeto y combatir la misoginia, sólo lo puede decir quien además de a las mujeres odia también a la clínica.

Expliquémoslo de otra manera. El sentimiento de culpa en las mujeres tiene su raíz en la envidia del pene. ¿Qué quiere decir “envidia del pene”? La traducción clínica es que si no lo tienen es porque algo hicieron, son culpables de lo que les falta debido a alguna falta cometida. Por eso muchas compensan esa posición melancólica eligiendo hombres que las maltratan y las desprecian, como un modo superyoico de tramitar esa culpa, que en realidad las hunde más en esa posición debido a esa eterna paradoja que representa el superyó. La salida por la vía de la maternidad es la forma por excelencia de encontrar alguna salida que no sea a través de la melancolía, por eso para Freud la maternidad era la verdadera salida de la posición femenina. No quiere decir esto que sea la única ni que un hijo sea la solución, porque el tener nunca coincide con lo que falta. En todo caso, y no pocas veces, la maternidad puede llegar a lograr alguna reparación narcisista.  

2.

El psicoanálisis no es una teoría. No es un conjunto de enunciados más o menos falsables. Es un “movimiento”. Así lo llamaba Freud. Así lo llamó hasta el final. Es el mismo término que Husserl usaba para referirse a la fenomenología. En 1986, Ricoeur dijo que el movimiento fenomenológico es la sucesión de “herejías contra Husserl”. Lo mismo debería decirse de Freud: el movimiento psicoanalítico es la sucesión de herejías contra Freud. Lacan hizo la suya, incluso así tituló un seminario: RSI (que se pronuncia en francés igual que la palabra hérésie, herejía). No se trata de superar a Freud ni de salvarlo, sino de atravesarlo, dejando que nos atraviese. No hay herejía sin deuda, menos sin filiación. Olvidar la herencia y el movimiento lleva al delirio individualista del self-made man.  

Pensemos lo siguiente: un varón dice “Freud era machista”. Este es el nivel del enunciado, pero ¿qué está diciendo? En principio, que le suponga machismo al otro es una forma de desmarcarse, de descontarse; en particular porque el machismo de Freud dependería de lo que dijo, es decir, con su enunciado practica la mala fe de pretender que quien lo escucha crea que el machismo es una cuestión de enunciados (y no una forma de vida) y evite pensar cuál es su enunciación. ¿Qué dice un varón que dice “Freud era machista”? Por un lado, que él no es machista; pero por otro lado, al decir un enunciado tan políticamente correcto como inconsecuente (con su posición de varón) no hace más que querer seducir a quien lo escucha de manera conformista, es decir, lo subestima. Y si quien lo escucha es un varón, lo estafa. Y si quien lo escucha es una mujer, la violenta. Por lo tanto “Freud era machista” es el típico enunciado de un varón misógino.

3.

La forma contemporánea de rechazar la noción de castración, incluso entre psicoanalistas, es llevarla a la abstracción y decir que lo castrado es el sujeto –por definición, dicen–, quitándole su potencia para establecer la diferencia sexual. Es el punto en que queriendo superar a Freud se vuelven pre-freudianos.

Para Freud la castración es un modo de situar una experiencia, no de cualquier cosa, sino de la pérdida. La cuestión es no quedarse en el relato imaginario de niños mirándose los genitales, sino atender a lo que de ese mito se desprende. Hay un modo de la pérdida que se vive a partir de la amenaza, es decir, niño es el que ve y no cree… salvo tardíamente. Dicho de otro modo, necesita perder algo para creer. La castración distribuye modos de creencia; varón es quien sólo puede valorar algo cuando ya no lo tiene. Esto explica muchas particularidades de la vida erótica de los varones. Lo que se castra no es el pene, sino el amor. Y esto permite situar otra experiencia de la pérdida, la que se da consumada desde el inicio y que explica que tanto crean las mujeres en la castración del amor que nunca terminen de estar seguras de ser amadas –porque saben que el amor no puede ser incondicional– y sin embargo, pregunten: “¿Me querés? ¿Estás seguro? ¿Cómo sabés?”

En fin, la castración no es algo abstracto, sino una experiencia encarnada (que toca el cuerpo) en función de posiciones sexuadas específicas: masculino y femenino. Freud siempre fue muy claro en la idea de que el fin del análisis es para el varón y la mujer; en la medida en que para aquél se trata de no vivir la pérdida de amor con la fantasía de un padre privador y para ésta no alienar la expectativa amorosa en una demanda que, como tal, es imposible de satisfacer. Protesta masculina y fantasía de pasividad para el varón. Envidia del pene y saber-supuesto-al-amor para las mujeres. La vigencia de Freud es incontestable.

4.

A los adolescentes les causa horror tener una deuda con el padre. Tanto es así que muchas veces tropiezan tratando de mostrar que pueden solos –como los niños cuando aprenden a caminar–. Es decir, la demostración de autovalimiento es un gesto infantil. Mientras que un acto, para ser tal, necesita apoyarse en otro acto. Esta es la idea principal de Freud en Tótem y tabú, una idea bellísima de la que reniegan quienes quieren prescindir de él, de los “teenagers” que creen que Freud es una teoría y no un acto, de quienes sólo pueden patalear –típico fantasma de juventud– con el reconocimiento de Freud como padre. Así demuestran que, como buenos millenials, sólo pueden pensar un padre imaginario (como referencia familiarista y privada). Ignoran la dimensión política (y pública) de la paternidad.

Por ejemplo, en ese testamento de política del psicoanálisis que es Moisés y la religión monoteísta, Freud se refiere a Moisés como el padre del judaísmo, incluso usa una expresión que ningún argentino que sepa algo de política puede desconocer: lo llama “gran conductor”. Moisés, Moisés, ¡sos el primer trabajador! Un padre es alguien que conduce… sería lindo retomar aquí la metáfora lacaniana de la carretera principal, para no confundir el padre con el nombre.

Conductor también en el sentido de la física, en el sentido de que transmite. Y transmite en un sentido que no es el de la física. Los teen nunca van a entender esto, se van a seguir peleando con un padre imaginario, como si fuera el amo que supone la histeria. Confiemos en que un día la vida los acerque a la política del psicoanálisis, con todo su dolor y contradicciones, para ser parte del movimiento, sin la comodidad del outsider que no paga el costo del exilio, que la mira de afuera (es lo que llaman “pensar críticamente” y no es pensamiento ni crítica) mientras saca provecho de estar adentro.

Muchas veces se habla de “matar al padre”, “ir más allá del padre”, como si la fantasía parricida se resolviera con la rivalidad (el padre o yo). El análisis enseña que no hay acto más parricida que heredar, no renegar de la herencia, que siempre es pesada. Es una clave de lectura de todos los historiales freudianos. Y sino puede leerse la novela homónima de Amélie Nothomb Matar al padre.

A algunas personas les pesa tanto una herencia que la liquidan, otros ni la tocan; también están los que se la inventan, porque no hay padre que muera sin dejar siquiera un resto de algo, como no hay fantasía más triste que la de quien sueña con irse sin dejar huella.

5.

Freud propuso el diván como una manera de lidiar con el efecto que le producía su presencia ante el paciente; de la misma manera que Freud no podía analizar a una mujer sin que se enamorase de él; tampoco nadie podía dejarlo sin que (Freud) se enojara. O se estaba con o en contra él, como muestra el distanciamiento de varios discípulos. Estos fueron, entre otros, tres síntomas freudianos en la práctica del psicoanálisis; ¿significa esto que hay que olvidarse de Freud y construir una teoría no sintomática del psicoanálisis? No, todo lo contrario, implica estar advertido de que toda teorización del psicoanálisis lleva las huellas sintomáticas de quien lo practica. En la formación del analista no se trata de que alguien se convierta en tal, sino de que descubra su forma singular de sintomatizar el psicoanálisis.

No hay teoría que no provenga de los síntomas del analista. Algunos síntomas de Freud, como el diván, el enamoramiento de transferencia y la reacción terapéutica negativa, permiten concluir que sólo hay teoría como clínica e invita a que cada quien piense su forma sintomática de practicar el psicoanálisis.


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