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Contenedores inteligentes: el desecho y el objeto de deseo  

Por Cristian Rodríguez

Cuidar basura

La iniciativa del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires de instalar como experiencia piloto, a lo largo de las avenidas más influyentes de la ciudad, una serie de contenedores inteligentes, ha propulsado la contradictoria noción de que la basura sea objeto no sólo de cancelación, contrariamente a lo que se supone que debe acontecer con el desecho, es decir, ser arrojado afuera, sino también de la notable experiencia, por la que empleados vestidos con sus uniformes amarillo turquesa y sus gorras a tono, cumplan una doble función: la de explicar a los paseantes los beneficios de este sistema informatizado por los cuales los contenedores se cierran herméticamente, a condición de una tarjeta magnética que los abra para aquellos que estén convenientemente habilitados para su uso -los ciudadanos integrados al sistema-, y por otra parte, como cuidadores de la basura, cancerberos del botín al modo en que sucediera en las peores épocas del gobierno neoliberal durante el menemismo, importando oportunamente “containers” de dimensiones internacionales e industriales que traían mierda desde Francia.

Semejante contrasentido sólo se presenta allí para leer lo propio de una dimensión que no podemos pensar fuera del pasaje al acto. Aquello que por estructura debe ser quitado, arrojado, desechado, arrojado afuera, dejado caer -la mierda y sus sucedáneos-, y no ya en el proceso de lo que podríamos indicar como reciclado, es decir como transformación del objeto para reinstalar el proceso de producción capitalista, se conserva simplemente a los fines de custodiar la mismidad desechable para que jamás pueda salir de contexto. Es decir, no pueda “hacer falta” y horadar, incluso en los términos capitalistas, aquello que dinamiza lo propio del consumo.

Entramos aquí en la última etapa del sinsentido capitalista: la de la acumulación a ultranza hacia los extremos de la metástasis.

Estado de Excepción

Esta lógica acumulativa no es ajena del aparato de control represivo en los niveles políticos y geopolíticos del Estado de Excepción en la organización institucional. Podríamos señalar que un Estado de Excepción se caracteriza por dar garantía, una y otra vez, no sólo de la fetichización de dichos mecanismos de control hasta límites exasperantes, no sólo de la inmovilidad de las jerarquías económicas y de las estructuras de poder, sino que asegura que “nada se pierde” -ni se transforma-. Nada del ojo excepcional podrá advenir ni como creación, ni como nacimiento, ni como transformación. El Estado de Excepción tiende a llevar a lo nonato, ya que detrás de su supuesto vitalismo por la novedad, tiende, más precisamente, a arrasar cualquier atisbo de espontaneidad, cualquier implicancia aleatoria ligada al acto creador.

Podríamos decir, respecto de estos contenedores inteligentes, que culminan en la paradoja brutal por la cual la basura, que se cuida sola, la basura, que es el último escalón de los procesos de descartamiento y de desplazamiento de la cultura en la producción de objetos de uso y de consumo, debe ser cuidada, custodiada en detrimento de la dimensión de lo humano. En ese sentido es que reinstala en el plano social una lógica dinamizada y ligada -una vez más- a la excepción y hacia el pasaje al acto, ya que no da otra posibilidad que la de pensar que aquellos sectores sociales que podríamos imaginar son plausibles de ser objeto de algún tipo de cuidado, sectores sociales en situación de exposición y riesgo, excluidos sociales, apocalípticos de cualquier índole, y que podrían inscribirse en algún tipo de operación lógica que propicie una emergencia de los lazos sociales espontáneos y creativos, una comunidad en la que se ponga en juego algún tipo de distribución de la riqueza y de la plusvalía, son por este artilugio tecnológico -y ahora hablamos del Estado de Excepción como un determinado constructo tecnológico de las estructuras de poder- signados una  vez más hacia el lugar de la descartación estructural.

Inteligente

En este sentido, un contenedor inteligente, hermético, custodiado por cancerberos seudo policiales, no es más que un símbolo de los Estados de Excepción represivos, ya que se proponen como solución, y como toda solución de esta índole, es asimismo oclusión, no sólo exclusión, y solución de cierre, solución final. Este tipo de tecnologías del control y adoctrinamiento social -entre las que también podemos mencionar la de la “Teoría de los dos demonios” o la “Doctrina de la Seguridad Interior”, instaladas como subterfugios explicativos y absolutorios de los crímenes de lesa humanidad durante la última Dictadura cívico militar en Argentina-, intentan reinstalar, por una parte, una relación dialéctica entre desecho y  sujeto, allí donde el Estado de Derecho queda capturado y  pasa a formar parte de la interminable cadena de ensamblaje en el proceso de acumulación y desecho, volviéndose simple categoría objetal del “capitalismo salvaje”, y por otra parte, la inscripción de un contrasentido ligado al procedimiento de la posverdad, por el cual se intenta reinstalar el desecho asociado e identificado como proceso de capitalización pero en su posición nonata, no nacida, como relleno que asegura la mismidad por el procedimiento de la identidad de percepción.

Y no estamos imaginando aquí algún tipo de altruismo que proponga eso que en el primer tiempo de la obscenidad de este gobierno seudodemocrático y expropiador a ultranza -el Gobierno de Cambiemos-, propuso como “la decencia de los que revuelven en la basura”. No estamos proponiendo entonces abrir los contenedores para que alguien “sea decente”, acallando así las almas culpabilizadas y propiciando la denigración de lo humano por la exaltación de la compasión. Sino por el contrario, señalamos allí ese segundo tiempo, el de la excepción a ultranza del “contendor inteligente” que cierra cualquier posibilidad, cualquier agujero ligado a la pérdida, por el cual se completa el circuito no ya de la desventura, sino de la exclusión y la expulsión de cualquier referencia en la comunidad, de la radicalización del excluido, del explotado bajo el peso de las condiciones adversas y en ciernes de estallar, del perdedor radical.

Respecto de esta categoría, perdedor radical, Hans Magnus Enzensberger, propone al respecto: “…en efecto, así se pierde la dimensión realmente candente del problema, la dimensión política… lo que está claro es que, por la manera en que se ha acomodado la humanidad –“capitalismo”, “competición”, “imperio”, “globalización”-, no sólo el número de los perdedores aumentará cada día, sino que pronto se verificará el fraccionamiento propio de los grandes conjuntos, los cohortes de los frustrados, de los vencidos y de las víctimas se irán disociando unas de otras en medio de un proceso turbio y caótico…”

La propuesta de un “contenedor inteligente” compromete las condiciones mismas de la producción de subjetividad en occidente, no sólo porque tiende y propende a la fragmentación de la experiencia social y a la inscripción “ciudadana” respecto del Estado de Derecho, sino que instala y actualiza una vieja cuestión en disputa sobre la ratio y la “intelligentzia” como absoluto positivista, como inmanencia del ser, como renegación de la experiencia psicoanalítica en la indagación subjetiva de los procesos inconscientes. No es lo mismo, por extensión, un contenedor inteligente que un sujeto en ciernes, un replicador de información que un ser humano, atravesado por la lengua y la sorpresa. Y que hace de su experiencia vital ese “oscuro objeto de deseo.” 

Imaginen por un momento la humanidad reducida a una serie de funciones psíquicas de acumulación inteligente, perfectamente adaptada a su relación con los contenedores fácticos que un Gran Hermano que regule y acompañe, la pesadilla de George Orwell en 1984. Imaginen por un momento un diseño de lo humano determinado y cosificado, donde no haya lugar para olvidos, juegos, tiempo perdido, desechos sucesivos de las horas vividas, y por eso plausibles de poder contarse. Imaginen ese hermético universo de sentidos multi mediáticos, las usinas de administración masivas, los generadores de violencia exaltada y luego dominada, el silencio yacente, la eternidad en la que todo, cada una de las acciones de una vida, se hayan guardado sin resquicio.  

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