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Enseñar filosofía con palabras de la cárcel

Por Luci Rennella

“El criminal producido por la prisión
es un criminal útil para el sistema”
Michel Foucault

Carlos Mena estuvo preso desde los 17 hasta los 33 años. Aprendió a leer y a escribir en su último tiempo de condena y desde entonces no paró: hoy es el primer ex-convicto en ser contratado por el Ministerio de Justicia bonaerense para dictar talleres de lectura, escritura y filosofía en cárceles bonaerenses. En la plaza frente a la estación Monte Grande, la Plaza de los Fundadores, en una charla que se extendió por dos horas y media, habló de cómo sobrevivió al sistema carcelario y de qué manera teje día a día una esperanza revolucionaria. «Mientras yo tenga vida voy a buscar luz entre los pibes y las pibas que están ahí, en el medio del desierto del rechazo social», dice con una sonrisa.

Cuando estabas en la cárcel, ¿cómo fue tu experiencia con la filosofía?

En la cárcel me di cuenta de que Alberto Sarlo, nuestro tallerista, explicaba la filosofía de manera muy técnica, muy académica, cuando los pibes no sabían ni leer ni escribir. No lo entendían, no porque fuese un mal profesor, sino porque era de otro mundo. Entonces tuve que buscar una forma de llevarles la filosofía tirándola a la calle, al barro, enseñándola con palabras de la esquina y de la cárcel. Empecé a mirar videos de un par de raperos que se hacían los mafiosos. Pensaba: “Estos giles ni saben cuántas balas lleva un fusil, ni lo que es romper el piso de un pabellón para bajar a la madrugada encapuchado con lanza para robarles a todos los presos como un Golpe de Estado”. Así que un día los llamé a todos: “¡Eh, pabellón! ¡Pabellón!” (así se grita cuando alguien pide justicia, si a la media hora no se resuelve empezamos a las puñaladas), aproveché la tensión del momento y les dije: “¿Les conté que vamos a ser famosos?” Todos me miraban como si estuviese loco. “Sí, boludos, acuérdense de mi, nosotros vamos a ser famosos, de alguna manera u otra, en el ámbito del arte, de la cultura o de la contracultura”. Les conté que yo no era mas chorro, que era escritor. “Pero tranquilos, que sigo pelando con faca”. Cuando ya tenía su atención les mostré esos giles y empecé a rapear: “Mafiosos de ficción, mienten por la filmación, le cantan al dinero, a los patines y al matón; andan de la mano del mercado barato, miran de costado y no tienen un balazo”. Cuando yo tengo un tiro en la cabeza, dos en la panza, dos en la pierna y uno en la espalda. Ahí empecé a hacer hip-hop para que les llegue el mensaje, empezando así, por el morbo, y una vez que los tenía atrapados: pum, metía filosofía.

¿Por qué hip-hop?

Porque ¿cómo le podía explicar a un chabón, que está con perpetua, que es un salvaje, sobre René Descartes? ¡Uno hasta me preguntó si era una pistola! «¡No! Es un chabón, boludo, que era medio volado, medio intenso y que pensaba que le vendían cosas, como a nosotros». Y haciéndome el mafioso -que un poco me gustaba-, tiraba estrofa: «Encarcelado, sable en mano, ojo rabioso, drogado, borracho, cosificado: metan cultura para el ganado». «Mira vos… ¿y eso qué es?» «Es filosofía, boludo. Foucault, el pluralismo, y el ganado, las vacas; el ganado somos nosotros». Después cuando nos preguntaban qué eramos, respondían “cosificados” y me miraban. Ahí me dí cuenta: esto es política. Esto es política y esto no es mas un pabellón.

¿Y cómo repercute la posibilidad de reflexión en la vida de un preso?

A partir de los encuentros empecé a ver videos de la Revolución Cubana, de feminismo, empecé a cuestionarlo todo: me rompió la cabeza. Me dí cuenta cómo la pobreza, cómo la riqueza, no es metafísica, es literal, pero también es psicológica. Porque si yo ahora voy a cualquier villa y me preguntan de qué trabajo digo que soy poeta, pero cuando le pregunto al otro me dice que es pobre, que es villero. ¿Y por qué soy poeta? Porque la razón subvierte la realidad, y solo una mente alimentada es capaz de hacerlo. Porque sino uno siempre es, como dijo Jean-Paul Sartre, “lo que hicieron de él”. Entonces yo pensé_ «Y de mí, ¿qué hicieron?» Un hijo de puta. Eso es lo que el sistema quería de mí, pero acá me tiene: poeta, escritor, profesor de boxeo. Porque “no hay un lugar donde no exista un genio”, dijo Edgar Alan Poe, y no puso entre paréntisis: “Y los presos no”. Me dí cuenta que yo también era un genio. Golpeé la pared a mi compañero de al lado de la celda y le dije: «Eh, amigo, amigo, ¿vos sabías que vos también sos un genio?» «¿Eh? ¿Por qué?» «Y porque sí, porque lo dijo Edgar Alan Poe, no hay un lugar que no exista un genio. Y no tenemos por qué ser escritores, capaz que vos cantás bien, bailás bien…» «¡Si! ¡Yo bailo, boludo!» «Y yo toco la guitarra», me dijo otro. «A ver toca, vos tirate un baile …  ¡Ven que son genios!» Así todos se dieron cuenta que podían hacer algo. Y que no hay que comprar que somos chorros, que somos malos, basuras, hijos de puta. No. Que no tenemos que comprar más que el pobre tiene que ser chorro y que los ricos son malos. Y que tampoco hay que comprar más con la mafia, porque también nos cosifica. Así les enseñé Descartes: “Pienso y luego existo”. Y cuando volvió Alberto le dijimos que éramos libres. “¿Por qué son libres?”, nos preguntó. “Porque no somos ni presos ni chorros. Porque somos lo que se nos canta”.

¿Cómo te llevás con la política?

Mientras yo me tiro piedras con vos por Macri o Cristina, en la calle se están cagando de hambre, los pibes se siguen muriendo antes de los 16 años y la gente por necesidad se vuelve chorra. Cuando vienen a hablarme de fanatismo me rebelo, porque la cultura no tiene bandera política. En medio del carnaval de discusiones el pobre sigue siendo pobre. Entonces yo voy al sistema, donde está el cuco, donde está el mal de pasión. Yo soy tallerista de área carcelaria del Ministerio de Justicia y me encanta. Porque ahora estoy en el sistema, y al poder se lo cambia desde adentro.

¿Y en las villas?

Al pibe de la villa hay que darle cultura, porque con conciencia de clase va a poder pensar al sistema desde la villa, y así va a poder ser otra cosa de lo que el Estado quiere. Puede ser campeón de boxeo, cantante, artista plástico, lo que sea, porque nadie nos puede decir que no hay lugar donde no haya un genio. Porque todos somos genios, pero tenemos que tener los recursos y las herramientas, y es el sistema y el Estado el que nos tiene que dar nuestros derechos. Ahí es como nos ahorramos otro pibe más verdugueado por el sistema.

¿Cómo preparás las clases?

Como es la cárcel, llena de sufrimiento y prejuicios, me enfoco en lo que al grupo más les está doliendo. Porque hay que ser crudo, directo, porque el hombre, en algún punto, tiene que sufrir. Además, si no encaro por lo existencial no les pasa nada, porque llevan una vida muy pasiva, entonces laburo con la conciencia, desde la autocrítica y desde lo existencial. Les digo: sos chorro, estás preso, ya ni robás porque estás en cana, las yantas las vendiste para pagarle al abogado y estás durmiendo en un baño. ¿Pero sabés qué hago para que no sea tan hiriente? Me acuerdo de mis propios monólogos cuando estaba en la celda. Cómo pensaba: “Yo me hago el chorro y duermo en un baño. Me hago el chorro y tengo que pedir permiso para salir y respirar”. Me hacía el chorro y para ver la luna tenía que esperar a que lleguen los viernes, que estaba más corrida a la izquierda y recién ahí la llegaba ver; sino tenía que sacar un espejo. “¿Por qué yo que soy chorro no puedo mirar ni una luna, loco?”. Pensaba en cómo a mi mamá le tenían que bajar la bombacha para entrar, y cómo al que la revisaba lo quería re cagar a puñaladas. “Pero la revisan porque yo estoy en cana; porque me pensaron como chorro y yo actué como tal. Y ahora ya no quiero ser más chorro. Porque quiero poder ver la luna, porque no quiero que le bajen más la bombacha a mi mamá, y porque no quiero más querer cagar a puñaladas a otro pibe. Porque ese pibe también es víctima del sistema, y no quiero más que nos matemos entre pobres”.

¿Cómo los interpelás?

Con mi ejemplo, con mi historia de vida. Les muestro que si yo pude ellos pueden. “Si yo tenía menos visitas que vos, y encima vos sos más rubio y yo soy más negro, y yo pude mas o menos hacer algo, vos hacés la matrix”, les digo. Se cagan de risa. O digo que vengo a enseñar filosofía, pero también boxeo, y pum, los enganché. Porque todos son peleadores. “Y si fueran campeones del mundo, y tuvieran mucha plata, ¿a quién votarían?”; los vuelvo a cagar, porque entré con la política. “Levante la mano quién tira con pistola”. Todos. “Levante la mano quién es mafia”. Todos. “Entonces no estoy en el lugar equivocado”, se ríen y empezamos la clase. Así les voy ganando el corazón y la empatía. Sobre todo la empatía… De todas formas, lo primero que hago es abrazarlos, preguntarles por sus familias, sus hijos. Antes de la filosofía cuántica y la filo no sé qué, los escucho, veo cómo puedo ayudarlos desde el Ministerio, tomamos unos mates. Porque vamos a hablar de conciencia crítica, vamos a hablar de conciencia de clase, vamos a hablar de quiénes somos y para qué estamos en este mundo, no solo de filosofía.

¿Por qué creés que funciona? ¿Cómo les llega tu mensaje?

Acá el tema es dejarse ayudar, a mi me sensibilizaron los libros. Mi planta de naranja lima. Con ese libro lloré. Me impresioné mucho; me dí cuenta que era una persona que tenía sentimientos. Yo no lo sabía. Yo pensaba que se mataba, que se cazaba, y se comía. Entonces sé que ayuda. Que ayuda cuando se enseña sin moral, sino con el corazón en la mano y con empatía. Y con filosofía, porque al fin y al cabo la razón fabrica monstruos y cárceles, y los libros sabiduría.

¿Lo hacés para reinsertarlos en la sociedad o simplemente para enseñar?

Yo voy para convencerlos de que la faca la tengan, pero que la guarden bien, para casos de emergencia. Les llevo películas de mafiosos y les muestro cómo todos los mafiosos saben leer y escribir. Entonces les enseño que la filosofía te ayuda, te ayuda a pensar y luego existir. Te humaniza. Porque ningún pibe nace chorro. La cárcel no sirve, no te reinserta, porque yo por ejemplo nunca había tenido DNI; yo ni siquiera estaba insertado. Hay que insertar, no re-insertar.

¿Cuál fue tu punto de quiebre?

Desde la conciencia crítica, desde el dolor, dije basta, loco, se acabó esto para mí, yo no quiero más esta vida de mierda. Yo no soñaba con esto. Yo no soñaba con este sistema machista opresor, oportunista. Cuando era chico le ponía pasto a los camellos. Todos le pusimos pasto a los camellos, con zapatillas más pobres o más caras, todos fuimos niñes inocentes con sueños. Y después el sistema nos fue haciendo mierda, según de qué pierna salimos. Entonces, “¿hasta cuándo pienso regalarle mi juventud al Estado?”. Me sacaron un ojo, me echaron agua con las mangueras de incendio en pleno inverno, dormí sin sabanas ni colchón desnudo, me pegaron por las mañanas con palos para quebrarme y que no robe más, para que me muera pobre y chorro, por hijo de puta. Me cansé de ver como los guardias largan a los pibes que saben que no los pueden juntar y los juntan, y los filman con el celular a ver quién gana con la faca mientras se matan. Y se matan. Y en el piso les tiran tiros ya muertos. Quiero ser como quiero ser y ahora me quiero hacer responsable de mi vida, porque antes yo mi vida se la doné al sistema y al Estado, y ahora se cagó, porque ahora soy Carlos Mena. Poeta. Y me la creo y es corta la bocha. Entonces ahora quiero vivir esta vida que es hermosa y me voy a empezar a querer, loco. Porque antes me levantaba, me miraba al espejo en la celda y me decía: “A vos, hijo de puta, te voy a matar también”. Y después me empecé a decir: “Cómo te quiero, la verdad que te felicito, estoy re orgulloso”. Porque me dí cuenta que soy libre. Me dí cuenta que yo no era un preso, estaba preso. “Yo soy un escritor que está preso”.

¿No te da impotencia saber que hay un montón de Carlos Mena en cada cárcel?

Y ahí voy. Yo tengo un rol en esta vida: las historias la hacen los vencedores, nunca los vencidos, entonces ahí voy, a contar los grandes relatos, porque ahora la contamos nosotros, los sobrevivientes del sistema opresor. Ahora la cuento yo, y estoy tan contento por eso. Porque mientras yo tenga vida voy a buscar luz entre los pibes y las pibas que están ahí, en el medio del desierto del rechazo social.

* Mena es uno de los protagonistas del documental «Pabellón 4», muchas de las fotos de esta nota son fragmentos del film.

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