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Gracias y desgracias para la función del padre

Por José Luis Juresa

Uno

Para algunos sectores del feminismo, creo que hay una evidente confusión entre el varón y los varones puestos en la función del padre. Algunas mujeres que se declaran miembros del feminismo, militantes convencidas, lo dicen sin tener registro de cómo y de qué manera lo dicen, por supuesto entre líneas, en el silencio con el que no pueden decir lo que sienten porque lo tienen “prohibido” a causa de la moralidad con la que encaran su militancia. Una serie de imperativos ligados aparentemente a la lucha contra los abusos a los que históricamente se vieron sometidas las mujeres las colocan en el lugar sufriente de quien no puede decir sin sentir que simplemente está renunciando o dando sonoros pasos hacia atrás respecto de las conquistas y avances de esa lucha. Se ven atrapadas en un ideologismo que reproduce el sometimiento que justamente es la causa de su militancia y que quieren desterrar. 

En algunos casos mujeres a las que escucho en el consultorio se declaran “llenas de bronca” por el comportamiento de sus hombres más cercanos, que casualmente, o no —es lo que vengo a señalar con este artículo— son los padres, sea su propio padre, o los padres que “supieron conseguir” para sus propios hijos e hijas. Esa bronca se ve graciosamente rebajada cuando al mismo tiempo, esas mismas mujeres hacen denodados esfuerzos para homenajear a tales varones que, por suerte, a pesar de lo mal o bien que tienen por calificativo respecto de su comportamiento de género, han estado a la altura de su función de padres. Quisiera recordar que tal función es absolutamente inconsciente, ya que el padre es, para el psicoanálisis, el padre muerto —algo alejado de la pobre figura viva que siempre parece estar corriendo detrás de todas las exigencias de la nueva pedagogía parental, o directamente completamente al margen—. El padre muerto es el único con el que se puede convivir, y equivale a decir que es inconsciente, es decir, nunca se sabe exactamente y por anticipado dónde opera y quién sostiene esa operación simbólica.

Ese inconsciente con el que se da lugar al padre como función es la entrada al fenómeno del amor, que, a tales mujeres, a pesar de todo, no pueden dejar de sentir por esos varones, al mismo tiempo, y a veces, “tan hijos de puta”. La impotencia de sentir amor por tales exponentes del género que, a pesar de todo, son reconocidos como padres, es a veces sentida por las feministas como una verdadera estupidez, como una tontera de fábrica que ya no saben a qué apelar para sacársela de encima. Esto las deja en un lugar de rebajamiento vergonzante contra la que solo pueden rebelarse, a costa de grandes inhibiciones e incapacidades para poder ser libres en su sentir, en su sensibilidad de mujeres que, cabe aclarar antes de que algunos/as se apresuren a sacar conclusiones, no es exclusiva del género. Los varones también pueden ser “libres” para tal sensibilidad. 

De hecho, el gran problema del patriarcado, es que los varones también son “víctimas” del mismo, en incontables ejemplos que van de los más clásicos (“Los hombres no lloran” o el debut sexual como “bautismo de fuego” con una prostituta, tener que estar “al frente” de la familia y ser su sustento, etc.) a los más sutiles en los que se entremezclan las tareas domésticas como “ayuda” a las mujeres, una especie de concesión de género a la altura de las épocas. En todo ese espinel, los varones tienen impedida la supuesta “sensibilidad femenina” que no es otra que la que el propio psicoanálisis aisló mediante la posición de la mujer frente a la castración. Tal “sensibilidad” no es otra cosa que la inmensamente mayor valentía —o menor cobardía— que la de los varones a la hora de reconocerse en el lugar de la falta, o, mejor dicho, de que lo que hay no es otra cosa que eso: lo que hay. En verdad, no falta nada. Estamos todos y está todo, solo que mal repartido.

Dos

Por eso cuando una mujer que se llena de bronca porque su hija, a punto de casarse, no quiere renunciar a que el padre sea un protagonista de la fiesta, y piensa actividades con él, a pesar de que éste siempre se mantuvo al margen de todas las tareas de crianza, y de que apenas si pasó regularmente dinero durante todos los años desde la separación. La mujer, militante feminista, no puede dejar de sentir esa bronca, que, desde el sentido común, es lógicamente muy justificada, ya que cualquiera podría plegarse a tal reacción con solo enumerar la lista de injusticias que ese varón cometió con ella y con su hija a lo largo de los años. Del mismo modo en que, con el surgimiento del “amor cortés”, aquellos trovadores le cantaban a “la dama”, es decir, a nadie en particular, la chica parece relacionarse con ese padre más allá de lo “desgraciado” que este pudiera haber sido con ella.

Y esto, ¿se lo atribuiríamos a una suerte de síndrome de Estocolmo femenino, incurable? ¿Una suerte de tontera de género que solo tiene por destino llenarse de odio, de esa bronca que solo tiene por destino la eterna y supuesta ventaja que tendrían los varones desde siempre, a los que solo cabría entonces imitar o destruir? ¿O mejor habría que pensarlo al estilo con el que Lacan toma la función de la “dama” en el amor cortés? ¿Vamos a darnos cuenta que esa chica, y todas “las chicas” toman a esos varones que ofician como padres del mismo modo que los trovadores, es decir, más allá del particular?

Lo interesante de este ejemplo es que, acto seguido al comentario sobre la hija, esta mujer despliega toda una secuencia en la que su queja de una de sus hermanas —la preferida del padre según ella— porque no es capaz de organizar un festejo “como la gente” al padre que cumple un número importante y redondo de años, lo cual ameritaría una fiesta según ella. Todo esto dicho en medio de afirmaciones tipo “siempre fue violento” y no puede estar con él más que un rato sin salir “traumatizada” en ese breve lapso. Es allí donde le señalo que ella, del mismo modo que su hija, y a pesar del varón que lo sostuvo, se relaciona con la función, y que lo que homenajea, es al padre en tanto función, no al “varón violento”. Esto la alivia hasta la risa.

Si bien la función del padre, en esta etapa del capitalismo, se ha degradado al mínimo posible, sigue existiendo, y cada vez es más demandada, aunque confundiéndola con la necesidad impositiva de un nuevo orden moral, que a veces equivale a imperativos absurdos, ligados a todo aquello que justamente se debe regular: el goce y su producción, como si fueran máquinas, medios de producción de goce. Y así se consumen los cuerpos expropiados.

Creo que esa bronca de las mujeres, que al mismo tiempo rescatan a sus varones, está a la altura de la dignidad que quieren resguardar, y que celebran: el padre no es el varón, y esto conlleva a que esa función también pueda ser ejercida por una mujer. La bronca, entonces, es el modo en que se refleja la autoexclusión por el que la ideología de género pliega sobre el sexo masculino la “propiedad” del padre y la des-funcionaliza, la convierte en un ejercicio sexista para el que no hay salida, salvo tener hijos por su propia cuenta como modo de reaseguro contra la impotencia. Pero desde este lugar esto no sería más que obrar en el sentido de la bronca, su coagulación, su metástasis.

Cabe preguntarse si el paso del feminismo hacia la emancipación tiene que ir hacia la decidida inclusión de los varones en el mismo, pero bajo la concepción de que la verdadera emancipación es la de los cuerpos expropiados por el infernal empuje a la producción de goce y su consumo, que no es otro que el consumo de los cuerpos hasta su inutilización y desecho. 

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