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Breve aporte al problema de la hipocondría

Por José Luis Juresa

Es de destacar el incremento de la hipocondría como cuadro generalizado de lo que podríamos llamar “persecución de órgano”, un borde clínico que, si bien parece cercano a la psicosis, no tiene otra consecuencia que el que le pertenece a una locura “colectiva” que, en realidad, sería una locura de muchos que no llegan a colectivizarse. Podríamos agregar que el lenguaje de órgano de la psicosis no hace ningún tipo de lazo, y es parte de un delirio que busca restituirlo, en cambio, en la hipocondría —que en verdad no define ninguna estructura clínica, aunque es un cuadro cada vez más generalizado en “lo actual”— solo hace lazo con el discurso médico en el que el órgano ocupa el lugar de una pieza funcionando. La hipótesis es que la hipocondría expresa otra locura, la de “la normalidad”, a la que los individuos se asimilan “en masa”, tal como la definió Freud. Pensamos que en la masa no hay “colectividad”.

El fenómeno de masa reconoce en el liderazgo una función insustituible, que puede estar representada por una persona o por una idea. La hipótesis de la “masa capitalista” en la que no hay “comunidad de diferencias” sino aplastamiento sin comunidad, es que en la hipocondría se expresa el fenómeno de masa en el cuerpo de un individuo identificado, en la masa, al liderazgo de la “productividad”, cuyo funcionamiento aceitado precisa de todas sus piezas-órgano. La hipocondría se dispara, por lo general, ante situaciones que hacen algún “ruido” en el cuerpo que el sujeto coloca fuera de toda “normalidad”. Lo cierto es que ese ruido es “amplificado” hasta el punto de inundar la cabeza de ideas de las que “la máquina” de órganos-pieza nada sabe: todas acerca de la muerte.

Un “ruido” como del alma

La hipocondría sería el equivalente en el cuerpo al síntoma neurótico, un síntoma mucho más “agrio” y difícil de abordar, en tanto algo en la función simbólica está detenido, paralizado, o por lo menos suspendido en la “urgencia de la productividad”. Ese cuerpo debería funcionar como una máquina, pero resulta que tiene fantasma.

¿Y qué tiene que ver la “productividad” del discurso capitalista con el cuerpo? Mucho. La hipótesis, dando un paso más, es que el ruido “hipocondríaco” en el cuerpo, es el de un cuerpo que se resiste a desalmarse. Así como en la psicosis, retomando el decir de Schreber —el “famoso” caso freudiano con el que presentó las primeras afirmaciones del psicoanálisis respecto de la psicosis— el “almicidio” tenía la función de subrayar la perversión de un dios que hacía con el cuerpo de Schreber lo que le daba gana, en el hipocondríaco, el retorno de un cuerpo con fantasma señala que el “almicidio” aún no está consumado. Ese ruido amplificado, por el que el sujeto se “persigue” con alguna enfermedad terminal y comienza el derrotero por los médicos especialistas, es el ruido de un alma que no fue “asesinada” en el altar del ideal productivista, ya que un sujeto no desalmado es una dificultad, un error, un ser humano interrumpiendo o sintomatizando el funcionamiento de la cadena de montaje.

La máquina 

Así, la respuesta hipocondríaca en el sujeto adviene cuando éste se impone la tarea de ser “productivo” a condición de desalmarse: es decir, la robotización. No importa el grado de tecnologización logrado a tal fin. Lo cierto es que el hipocondríaco padece de una ansiedad exuberante relacionada con los objetivos productivos, sea cual sea el bien en juego. El cuerpo “humano” sufre los vaivenes del estado de ánimo, los vaivenes del deseo, del amor, del goce en general, pero el cuerpo de la máquina capitalista lo coloca en el lugar de una pieza aceitada que no puede fallar, que no hace “ruido” y que funciona en continuo. Y cuando algo empieza a hacer ruido, lo que está en “peligro” no es la vida del sujeto hipocondríaco, sino la producción, la cual es “la vida” del sistema. El retorno de un alma es un retorno que asusta hasta con espanto a quien se asimila a un engranaje de piezas que se relacionan entre sí en una cadena de montaje. Es parte de la alienación concentracionaria del capital que coloca al espíritu humano en el lugar de un sobrante.

En ese “hacer” el hipocondríaco acciona como una máquina que, naturalmente, nada sabe de irreversibilidad, solo vuelve a empezar desde cero, reiniciando el ciclo. Pero el cuerpo humano “traiciona” y retorna con sus síntomas que gritan la historia a voces mudas que esa carne, que esa sangre, no pueden olvidar sino a condición de montarse a sí mismo a la pila de basura, y hacerse desaparecer. Freud inventó un dispositivo clínico que en sus comienzos denominó “terapia del alma”, cuyo método permite leer a nivel del sujeto los rastros del alma sofocada bajo la perversión funcional a la que fue sometido desde siempre. Y también se hizo someter.

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