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“Yo no hago pornografía, lo mío es sensualidad”: historia de la Coca Sarli

Por Florencia García Alegre

1.

A pervertir su legado en el imaginario colectivo.  La apodaron “la higiénica” porque siempre se estaba bañando. No fue “la amante eterna” y mucho menos “la estrella de cine que amó a un solo hombre” que osan enaltecer algunos dueños de la palabra. Significó por sí misma un mito dentro y fuera del set, le pese a quien le pese. 

«No por algo nació en un aniversario de la Independencia», confesó Néstor Romano, biógrafo de la entrerriana, en su trabajo Isabel Sarli al desnudo.

Abandonada por su padre, amenazada por la Triple A, criticada por su actuación, cautivada por la obra de Perón y Evita, enemiga eterna de la Iglesia que le negó oraciones de consuelo (aunque se desquitó a los cachetazos), alzó la voz por los derechos de sus colegas brasileños negros en el hall del Copacabana Palace durante el rodaje de Favela en el ’61 y se plantó en plena Plaza de Mayo durante el gobierno de facto de Agustín Lanusse por la persecución de la censura.

Le dio un cachetazo a un tumor cerebral en el ’92 y a un edema pulmonar en el 2011. Le tenía fobia a las peluquerías por lo que siempre se arregló ese pelazo sola. Cuidó obsesivamente de sus animales —de su casa y de sus películas— como si estuvieran en peligro de extinción. Le tenía fobia al parto y se convirtió en mamá cuando adoptó a Isabelita y a Martín; también cuando le ofreció su apellido a Flor de la V cuando, tras ser enjuiciada en la Argentina de la pacatería y la estupidez por travesti, tuvo que dejar de llamarse Florencia de la Vega.

Otro cachetazo fue para la Asociación de Actores porque no la tomaban como tal y se presentó en el festival de Mar del Plata como productora. Con Armando Bó, su director devenido en pareja durante 25 años, iban al 50 en las recaudaciones: la Coca gestionaba los contratos y le pagaba al personal para quienes también organizaba las comidas; “nada de sanguchitos de miga”, juró. No conforme, era también la encargada de negociar con las distribuidoras extranjeras, una mujer a la que las luces de la Metro no encandilaban para avanzar. 

Ella es Isabel Sarli y podemos alabarla sin tener que ajustarnos a sus curvas que simulan una Coca-Cola. Estamos obligados a pervertir su legado: nos dio mucho más que unas tetas espectaculares y una mirada capaz de adormecer a cualquier fiera. 

“Tanta lucha por sobrevivir es la que me llevó a esa audacia de convertirme en pionera del desnudo”. Chapeau. 

2.

Hilda Isabel Gorrindo Sarli nació en Concordia, Entre Ríos, el 9 de julio de 1929. A sus ocho meses, durante un cuadro de erispela, fue bautizada de apuro: según el médico no pasaría de esa noche y hasta su último día usó el apellido materno. Más adelante, Isabel quedó al cuidado de una tía en Concordia mientras su mamá se instaló en Avellaneda con su hermanito que moriría a causa de una pulmonía. 

Su padre, Antonio Francisco Gorrindo, aprovechó el vaivén para abandonarlos sin un mango. A las semanas, María Elena e Isabel volvieron a estar juntas en Buenos Aires con el corazón hecho pedazos: los restos del chiquito desaparecieron misteriosamente en la Chacarita. 

«¿Ahora se acuerda? Ya es demasiado tarde» le dijo la Coca a Gorrindo por teléfono 
cuando consiguió comunicarse con ella tras el éxito de El trueno entre las hojas. No conforme, le devolvió al arrepentido cada una de sus cartas sin abrir. Eso fue todo. 

“Mi madre me decía que los hombres eran unos desgraciados sin excepción”. Lapidaria.

Nunca fue a bailar, no tuvo novios durante la adolescencia, se casó antes de los 20 con Ralph Heinlein, hijo de alemanes, pero fue una historia de la que “por respeto a su nueva familia” (sic) no volvió a referirse. 

No aceptaba que los actores le dieran besos en la boca y las escenas de desnudos sólo reunían al personal necesario. La primera vez que entró en un hotel alojamiento fue para el rodaje de La dama regresa, cuando volvió al cine de la mano de Jorge Polaco después de diez años en el ‘96. 

3.

Estudió en la misma escuela que Susana Giménez, la “Rafael Herrera Vega”. “Jamás me hubiera animado a declamar una poesía en público”, aseguraba, una posición nada contradictoria cuando, como una reflexión esclarecedora, atendemos a la necesidad económica como una constante hasta su adultez: “Desde chica lo único que anhelaba era tener un buen trabajo para que nuestra vida no fuese tan dura”. 

Isabel Sarli estudió inglés y dactilografía para convertirse en la secretaria perfecta. En Corrientes y Reconquista trabajaba en una agencia de publicidad, un camino de la heroína que no dista mucho de Peggy Olson de Mad Men, cuya carrera profesional se torna en 180º por la falta de personal. 

“Había aprendido a nadar y me gustaba la equitación. Pero posar, ¿qué era eso? Un argumento que me convenció: lo que me pagarían”, contó cómo un buen día, a falta de una modelo, se ocupó con su pelo negro y sus medidas 98-60-98 de promocionar todo tipo de productos. Un punto que se extiende a lo largo de su carrera profesional en la que jamás se ruborizó al informar a los malinformados que si aceptaba quedarse sin ropa era porque lo único que le interesaba era hacer plata: 

“Cuando me veía hecha una bola de nervios pensaba en las necesidades que habíamos pasado con mamá, en los sacrificios para que yo pudiera estudiar. No podía defraudarla”.

El nivel de publicidad adquirido le valió la participación en 1955 del certamen Miss Argentina. “Decían que representaba cabalmente a la belleza argentina”, argumentó. 

Antes de viajar con su madre para Long Beach como una potencial Miss Universo, se reunió con Juan Domingo Perón, un auténtico choque de planetas. “Para mí, era como que se me abriera el cielo”, sintetizó la Coca mientras que el General la definió como la más importante de sus embajadores. 

Y lo visitó dos veces: primero en la Rosada, después en Olivos apenas tres suspiros antes del golpe de Estado. 

4.

El centro de la escena se replica en la mayoría de sus 34 largometrajes: Isabel Sarli es observada, perseguida y hasta violada por los que la rodean. Las historias, auténticamente argentinas, muestran los traumas y los defectos de una sociedad pacata, voyeurista y exponencialmente misógina.

Sobraron las etiquetas para desplazar a la desnudez como la máscara de la protesta. Fue protagonista y pionera de un cine que ponía el énfasis en la revolución del desnudo mientras enaltecía, entre líneas, la revolución de los trabajadores. 

5.

El trueno entre las hojas, 1958.

«No vale la pena entrar en la cultura sin nuestros cuerpos. Pero tampoco que los tratemos como si fueran almas», plantea María Moreno, el heterónimo de Cristina Forero en la década de los ochenta para firmar sus columnas. 

Isabel Sarli hizo el primer desnudo en el cine nacional enmarcado en el drama de la explotación de los mensú en el Chaco paraguayo, una crítica en la misma línea que Las aguas bajan turbias de Hugo del Carril que le valió la censura (levantada por el mismísimo Perón) por ser tildado de comunista. 

La denuncia existió y fue tomada por las tijeras de la censura: durante la proyección en el país vecino, los primeros segundos del largometraje explicaban que «esta etapa ha sido superada en Paraguay». Isabel no tardó en cuestionarlo como testigo de la situación de los trabajadores en el obraje donde filmaban. 

La cuota de erotismo fue el gancho y la convirtió en pasión de multitudes. 

En esta línea, y afectada por la cacería de sus colegas norteamericanos en manos del macartismo, la Coca fue contundente: “Todos hablaban más de mi desnudo que de la trama social del tema de Augusto Roa Bastos”. El guión era de un joven paraguayo que luego se convertiría en uno de los más notables escritores latinoamericanos y estandarte en la narrativa de Armando Bó que encontró en el erotismo la máscara para la protesta, línea que replicó en Sabaleros al año siguiente. 

Instantánea: Durante el rodaje, una tribu de indios guayaquíes confundió a su caniche, Jack, con un corderito. Si bien lo mandó a Armando a negociar con el cacique de la tribu, recién cuando éste la escuchó llorar cedió y mandó a desatar al perrito que estaban a punto de asar.

6.

«No habrá lo propio de la mujer, no lo habrá nunca, solo se puede dar la palabra a ese grito que se cadaveriza en la novela masculina», define María Moreno. 

La propuesta del desnudo implicaba una malla color piel y planos generales, pero Armando Bó quería instalar un precedente en la historia del cine que llenó de preguntas a Isabel. Aceptó con una defensa tenaz: “Yo no hago pornografía: lo mío es sensualidad, simplemente”. 

Recién durante el estreno, la actriz se enteró de lo cercanas que resultaron las tomas que en la propuesta iban a ser alejadas. Ella fue la Coca y no se la guardó: «Furiosa, le rompí el vidrio del escritorio con un cenicero”, confesó. 

Y no se la guardó nunca. Es imposible precisar la cantidad de trajes de Armando Bó que fueron arruinados por tazas de café hirviendo en respuesta a propuestas incumplidas. 

Instantánea: Vidrios rotos que marcaban un destino. Durante cada premiére en los cines de calle Lavalle, el terror de los dueños de las salas detenía la circulación del aire: bastaba que ingresara la Coca envuelta en su visón para que los espectadores comiencen a desmayarse y a romper los vidrios. Síndrome Stendhal a partir de una obra de arte viva. 

7.

Episodio Carne (1968) y la semiótica del horror.

La exhibición que para muchos sonó a desprejuicio e incorrección, como pezones y monte de Venus a la vista, no fue otra cosa sino el modo más sensato de poner en la pantalla una realidad infame para avergonzar al espectador que fue al cine a buscar tetas y se encontró con violaciones en patota. Dejemos de pensar en el póster porque de erotizante en la historia no hay nada. 

Delicia es una chica que trabaja en un frigorífico. Humberto alias El Macho no sólo la viola sistemáticamente en su lugar de trabajo, sino que la secuestra para que sus compañeros, pagando primero, la violen por turnos. Es la belleza corrompida por la realidad de un mundo en el que impera la cultura de la violación y en donde nacer mujer y crecer trabajadora puede derivar en tragedia.

A diferencia de los primeros largometrajes del dúo Sarli-Bó, Carne se reproduce con el rojo como elemento dominante, y retoma del cuento maravilloso la fábula moralizante: siete violadores, contando a su proveedor, se convierten en siete enanos frente a la laburante más hermosa del frigorífico, una Blancanieves en su féretro de cristal que es más bien una media res y después un catre.

El relato es una pregunta. Los espectadores, los canallas y cómplices que esperan de Antonio (Víctor Bó, hijo de Armando que hace de su enamorado a la vez empleado del frigorífico y pintor) y sus valores, la libertad (no el rescate) de Delicia, pero bien sabemos que ese es un momento idílico porque en realidad Delicia sigue ahí encerrada.

Advertencia: cuidado con lo que romantizamos. 

8.

La industria cultural fue clave para la redefinición de las relaciones en una década tan convulsionada como la del ’60. Los vínculos y las prácticas familiares, políticas y sexuales, en tanto actividades significativas, producen nuevas identidades. 

“La persecución servía de publicidad, pero nos hizo padecer muchísimo”, lamentó la Coca cuando la censura volvió a perseguir sus tobilleras tras el estreno de Fuego en el ‘71, tres años después de haber sido producida, por el contenido lésbico de la historia. 

Con varias referencias al clásico Cumbres Borrascosas, cuenta la historia de Laura, una joven mujer catalogada de ninfómana (sólo por deseosa) a quien su dama de compañía le acariciaba las piernas mientras se bañaba en los espejos de agua de San Martín de Los Andes. 

“Las inevitables caídas de Laura en el pecado, y su necesidad de purificarse. Lo logrará con la muerte”. Muy serena la crítica de Clarín. 

Con Intimidades de una cualquiera la censura volvió a imponer sus tijeras. La obra original se valía del término de prostituta (libro de Dalmiro Sáenz), en tanto trabajadora. 

Un puntazo para la moral milica. El proxeneta de María era su padre, quien por algunos tragos la vendía al almacenero. 

María se escapa a Buenos Aires de la tortura. Decide prostituirse por su cuenta hasta que Cholo, quien fuera su novio en el pueblo y también fiolo, amenaza con violarla constantemente. La pesadilla no termina: la persigue hasta la Patagonia, lugar al que María se fue a vivir con su enamorado José Luis (Armando Bó) buscando acabar de una vez con el mal sueño. 

9.

Hizo circular sus films en China y Egipto y hasta en la Unión Soviética. De contrabando, claro, y rechazó contratos millonarios con Hollywood y México.

Al respecto, Armando Bó, en el libro que publicó el productor y director Rodolfo Kuhn en 1983, recordó que la actriz le dijo al mismísimo Robert Aldrich: «Yo, segundos papeles no hago; el día que tenga que ser segunda, renuncio. Yo voy a ser siempre primera y no voy a firmar con usted ni con nadie. Me conviene más filmar en mi patria, yo soy muy tranquila, vivo en casa con mi madre».

10.

Leonardo Favio quiso filmar la persecución y el acoso de la censura. Si bien la Coca amaba su obra, principalmente sus canciones, prefirió no “ventilar cosas que no estaba dispuesta a hacer”. 

Enaltecida como una reina nueva por publicaciones como Time, Life y Playboy de Estados Unidos, considerada ciudadana de culto tanto para los cariocas como para los paulistas después de su performance en Favela y Éxtasis Tropical, descrita por el poeta Wu Jiang como una estrella del cine argentino que “tiene el privilegio de disfrutarte antes que nadie”, juró no aceptar comparaciones. Limitó el bullicio de la opinión pública misógina, cercenando esa intención eterna de separar y oponer mujeres. 

“Con respecto a las rivalidades entre sexies, no admito comparaciones. Sólo pido que me vean en mis próximas películas. No entro a discutir, pero los diarios no miden bien lo que dicen”, sentenció. 

La historia de la Coca pudimos extraerla de su boca sin vergüenzas vetustas, de una memoria que se mantuvo firme con números, lugares, nombres y apellidos y rutinas productivas. Una memoria erguida como india bella, mezcla de diosa y pantera, firme para rebatir a cualquier refutador de leyendas que salga a correrla con la complicidad con el patriarcado o la falta de pudor o conciencia de clase. 

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