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Arturo Jauretche, psicoanalista

Por Julián Ferreyra

I.

Una vez escuché al negro Dolina decir que se había hecho peronista luego de leer a Arturo Jauretche. En mi caso, yo ya era peronista al leer a éste por primera vez. Su lectura me aportó argumentos pero sobre todo una lógica para interpelar y persuadir. No obstante, y utilizando lo dicho por Dolina como analogía, en mi caso leer a Jauretche me hizo psicoanalista.

El psicoanálisis y el peronismo causan milagros terrenales. Al decir o conquistar ciertas cosas ya no existe vuelta atrás. Hay retorno pero no al mismo lugar. Cuando leí por primera vez Lo ominoso de Freud o El medio pelo en la sociedad Argentina de Jauretche -los leí más o menos en la misma época- se me rompió la cabeza: en ambos lo familiar se confirmaba siendo otra cosa, su aparente reverso, lo siniestro. Se caían las caretas ajenas, las cuales algunas eran también las mías. Pero basta de anecdotario, el objetivo es otro.

Para volverse peronista, o analista, la formación intelectual o doctrinaria es como mucho un medio, que aportará una lógica sólo si al leer y estudiar se produce algo que no vacilaré en llamar milagro: que una lectura nos toque el cuerpo, el corazón, el alma o cualquier zona. ¡San Jauretche!

II.

Jauretche no era ni estrictamente historiador, ni tampoco sociólogo ni mucho menos filósofo. Caracterizarlo de “ensayista”, “intelectual” o “pensador” seguramente lo habría contrariado mucho, por la tilinguería implícita en dichos motes. Sí podríamos pensarlo como “político”, pero su intervención no fue la de un político profesional.

A los únicos fines de este ensayo, diremos que Jauretche fue, sin saberlo o quererlo, un psicoanalista de la sociedad argentina. No por provenir de ella, que es obvio, sino por haber efectuado una operación de escritura de la Argentina, y más precisamente del medio pelo propio de las clases medias, que ha sido estrictamente sintomática. Después de todo, un/a psicoanalista es quien se ocupa del campo de los síntomas, poniendo al saber de alguien -o de un conjunto social- en texto y funcionando como verdad, la cual permite una división o una grieta sin retorno: única forma de que caiga, por peso propio, eso que llamamos zonceras.

La operación de escritura, la intervención pícara y polémica de Jauretche ha funcionado para mí y para buena parte de la sociedad argentina como lo propio del acto analítico, siendo un preciso ejemplo de eso que llamamos “política del síntoma”: el síntoma despabilado, exultante de provocación y siempre políticamente incorrecto.

Y si de medio pelo y clase media hablamos, podemos por extensión hablar también del psicoanálisis, por la presencia de ciertos habitus (al decir de Bourdieu) comunes.

III.

“Les he dicho todo esto
pero pienso que pa’nada,
porque a la gente azonzada
no la curan con consejos;
cuando muere el zonzo viejo
queda la zonza preñada”

(Verso de su libro El Paso de los Libres, de 1934, que contó con prólogo de su por entonces amigo J. L. Borges)

En el Manual de zonceras argentinas (1968) Jauretche dice que una zoncera implica principios introducidos en nuestra formación intelectual con la apariencia de axiomas que nos impiden pensar las cosas del país desde la simple aplicación del “buen sentido”. Quizás no se refiera al sentido común, sino al hacer/pensar con el sentir: y un psicoanálisis se encarga de que alguien, antes que nada, comience o vuelva a sentir. Serían enunciados tendientes a la no reflexión, que estrictamente no se enseñan pero que provienen de la pedagogía colonialista, la cual es a su vez una suerte de puzzle de zonceras. Por ende, la cosa es compleja: se trataría de un sistema destinado a impedir que el pensamiento [nacional] se produzca.

Jauretche no fue un vanguardista iluminado o un pedante que nos dice la posta para desengañarnos. Él mismo ubica los límites de aconsejar, y por ello introduce a las zonceras como operaciones lógicas para que, a sabiendas de dicha lógica y de la propia participación en ella, pueda efectuarse su vacilación. La transmisión de una lógica, de que algo es pura lógica y no otra cosa, es lo que hacemos en un psicoanálisis.

Freud trajo a los sueños, actos fallidos, lapsus o síntomas como ejemplos de esa otra lógica, lo inconciente, no con el fin de adoctrinarnos o contarnos algo que no supiéramos, sino más bien para pasarnos la posta de cómo utilizar dicha lógica de la cual, aunque reneguemos, participamos. Eso hacemos a cada rato en un tratamiento: no decimos la posta, pasamos una posta que le permita a alguien servirse útil y lo más satisfactoriamente de dicha lógica. Y si presentamos una lógica lo hacemos para que lo naturalizado, inadvertido o degradado se demuestre más bien como enigmático, ya que un enigma es una pregunta que exige ponerse a trabajar en una respuesta, o en otra pregunta.

IV.

Más analogías: decía Jauretche que el acto de descubrir una zoncera que llevamos dentro implica un acto de liberación. Lo comparaba con “sacarse un entripado valiéndose de un antiácido”, ya que analogaba indigestión alimenticia e intelectual. Pero también lo comparaba con el acto de psicoanalizarse, que era para él otro modo de sacarse de encima entripados. No se equivocaba al afirmar también que al liberarse de una zoncera se comportaba uno mismo como psicoanalista: un analizante siempre se comportará, en el mejor momento, como su propio psicoanalista, sin implicar esto “autoanálisis” alguno.

Una interpretación analítica hace a un descubrimiento, o mejor dicho un des-cubrimiento. No descubrimos la pólvora, des-cubrimos algo otrora cubierto, cuyo cobertor rebosaba de un sin-sentido tan pesado como atrofiante, con efectos siempre en el cuerpo -por ejemplo en el estómago-.

“Cuando el zonzo analiza la zoncera deja de ser zonzo”, como enunciado jauretcheano, nos trae una circularidad interesante. Es el propio zonzo, aunque cuente con ayuda, quien debe confrontarse con la zoncera, la cual es universal pero al mismo tiempo singularísima. Al empaparnos y vérnosla con eso que nos hacía zonzos, dejamos paradójicamente de serlo. ¿No hay acaso aquí una analogía con lo propio de la resistencia, la represión y el síntoma operados en transferencia?

V.

Ya basta de anécdotas y analogías. Servirnos de Jauretche en psicoanálisis será útil para delimitar nuestras propias, foráneas y ajenas, zonceras analíticas. A Nosotros, psicoanalistas argentinos, ¿nos caracteriza ser zonzos o la “viveza criolla”? Parafraseando a Jauretche, diremos que las dos cosas al mismo tiempo. En paralelo inteligentes y sagaces para las cosas de corto alcance, pequeñas; pero zonzos cuando se trata de las cosas de todos, lo común. Valdría una imputación: los grandes temas, lo político, puede ser abordado en función de lo pequeño y lo sutil. No hay tal contradicción entre lo mínimo y lo estructural.

La llamada poseducación con la que Freud caracterizaba al oficio imposible de psicoanalizar es también imperativo a una descolonización lógica, pero no entendida en un sentido superficial. No se trata de rechazar toda producción francesa, inglesa o alemana per se, alegando un nacionalismo acrítico o una defensa neurótica de lo nacional. Por supuesto que descolonizar lógicamente al psicoanálisis implica la confrontación con uno de tantos síntomas, este es, la renegación de la producción de psicoanalistas argentinos y su relación con el campo de la salud mental; o en el mismo sentido, la despolitización de dichos autores y experiencias. Y va de suyo que no se tratará de endiosar a cualquier/a psicoanalista por el sólo hecho de hablar otro idioma, o por ser simplemente hijo, hija, cuñado o nieto de.

Habría así un cipayismo analítico del cual ocuparnos, pero recordando que el cipayo en buena medida siempre lo es por tilingo. Ya que al decir de Jauretche, “el tilingo nace del guarango por exceso de garlopa”: para quienes no conozcan el lunfardo, sería algo así como que un ser auténtico, el guarango, es auto-limitado y limado, por ejemplo a través de latiguillos afrancesados inservibles y que encima no comprende, convirtiéndose así en un ser inauténtico, un tilingo.

Donde analista tilingo era, inexorablemente, cipayismo analítico ha de advenir.

VI.

“Civilización o barbarie” es según Jauretche la madre que las parió a todas las demás zonceras. La misma es heredera y a la vez reproductora de la violencia del pensamiento liberal-conservador, el cual también por supuesto impera dentro del propio campo analítico. Dicha zoncera implica una negación, vía la imposición de falsos opuestos, de lo propio. Implica la inoculación de falsos binarismos y, en nuestro caso, esto es funesto: que a una experiencia como la freudiana la cual, aun fallidamente, produjo superaciones de los dualismos, se le parasiten todo el tiempo binarismos no hace más que condenar nuestro movimiento a ser un discurso lamentablemente anti-subversivo. E inevitablemente, también, anti-popular. No estar a la altura de la subjetividad de época nos torna anti-populares, ya que lo popular es síntoma y referencia a lo conflictivo.

Existe una dificultad de muchos psicoanalistas para leer la realidad política. Hay quienes por ejemplo ven una “masa” a cada rato. Confunden la masa freudiana con la complejidad de un movimiento o fenómeno de masas: esto es, ante todo, un error epistemológico al tiempo que un prejuicio peyorativo. Por algo es que a tantos analistas se les erizan los pelos ante la sombra de eso que llaman “populismo”, concepto que no conocen y que por ende extrapolan del sentido común, homologando populismo a maldad, antidemocracia o clientelismo. Siendo que en general son sus instituciones las más clientelares, antidemocráticas y banalmente malas.

Civilizados se creen, algunos colegas, por criticar al capitalismo desde la más pueril política del avestruz: critican de manera snob a un capitalismo abstracto, pero nunca sus consecuencias materiales en la vida cotidiana, incluidas las que los interpelan en su quehacer como ciudadanos y/o en los tratamientos que conducen.

VII.

En definitiva, si “hay que adecuar la cabeza al sombrero”, y no al revés, impera la normalización. Da la sensación que lo más zonzo de nuestro psicoanálisis contemporáneo tiene que ver con esto.

Habría un psicoanálisis medio pelo, el cual no es un psicoanálisis a medias o uno solamente de mala calidad. Es de mala calidad pero por añadidura, ya que es un psicoanálisis que de tan instituido se convierte en psicoanalismo adaptativo y, digámoslo, pequeño-burgués. Un psico-anál-isis que produce sus heces más alto del lugar de donde provienen. Un psicoanálisis finalmente vetusto, aburrido y sin ninguna pizca de potencia para provocar con ternura en las discusiones sociales.

Un psicoanálisis desde Jauretche permitirá que desde el primero se pueda volver a producir modestos milagros terrenales, y esto se logra retornando a un origen, para nada mítico, de incorrección política. Y esto es tarea imposible, como lo es nuestro oficio, y por ende practicable.

A no olvidar: “Algunos oscurecen las aguas para que la laguna parezca más profunda. Pero qué onda será la laguna que el chancho la cruza al trote”.

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