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El cóctel en la cabeza de Nietzsche

Por Luciano Sáliche

I

¿Hay alguna virtud en morir en un año redondo? Yo diría que sí. Friedrich Nietzsche murió un día como hoy —ayer, en verdad—, 25 de agosto, pero de 1900. Llegó a las puertas del nuevo siglo, al tremebundo y masacrador siglo XX, entró sin golpear y decidió morirse allí mismo, del lado de adentro. ¿Podría decirse que su cabeza estalló? Yo diría que sí. Su muerte fue un verdadero cóctel. No está todo tan claro. Bueno, sí, fue una neumonía, pero la demencia que venía arrastrando desde hacía tiempo fue un letargo que colisionó de ese modo, como un cóctel rebalsándose desde el interior de su cabeza. O, como dicen Yannis Constantinidès y Damien MacDonald en el reciente Nietzsche, el despierto: “Se volvió loco a fuerza de andar a saltos al borde del abismo”.

La biografía de una persona empieza antes de su nacimiento. En el número 10 de la Revista Médica de Chile, octubre de 2007, un artículo da cuenta de su, digamos, herencia genética. “En la historia familiar predominaban las enfermedades mentales: dos tías maternas tuvieron una enfermedad psiquiátrica, una de ellas se suicidó; un tío materno desarrolló un trastorno mental en la sexta década de la vida. Otro tío materno murió en un asilo. El padre de Nietzsche murió a los 35 años, se le describió como «autista y estar en ausencia» meses previos al fallecimiento. La autopsia habría revelado un reblandecimiento cerebral”, escriben el doctor Marcelo Miranda y la bibliotecaria Luz Navarrete.

Por otro lado, en 1865, su época de estudiante, Friedrich Nietzsche fue a un prostíbulo y se contagió sífilis. Tres años después, en el servicio militar sufrió un accidente a caballo que le dejó secuelas permanentes. Y en agosto de 1870, mes en el que estuvo en la Guerra Franco-Prusiana como sanitario, contrajo difteria y disentería. Desde entonces su salud ya no fue la misma. Pero hay una anécdota de 1889, puntualmente del 3 de enero, donde la cabeza de Nietzsche colapsa. Caminaba por la Plaza Carlo Alberto en Turín cuando vio a un cochero castigar con dureza a su caballo. En el momento en que observa la situación, se enceguece y su corazón empieza a latir con fuerza —¿qué tan fuerte late el corazón de un filósofo?— hasta que empuja al hombre con violencia y lo tira al piso. Abraza al caballo, apoya su mejilla sobre el animal y le susurra que nadie va a lastimarlo jamás. Luego se desvanece.

A partir de entonces su demencia resulta irreversible. Su madre Franziska decide internarlo en una clínica en Jena, pero sólo por cinco meses: finalmente prefirió llevárselo a su casa, en Naumburgo. Son ocho años de cuidado maternal. En 1897 Franziska muere. Sólo y perturbado, no tiene más remedio que mudarse con su hermana Elisabeth, a quien odiaba profundamente, entonces a esa soledad y a esa perturbación se le suma la paranoia. Poco a poco se fue apagando. Ya no hablaba y su rostro se había contraído a una expresión de enojo permanente. Hasta el día final: 25 de agosto de 1900. Su cuerpo y su carne ceden, pero no sus ideas. 

II

La demencia de Nietzsche, ese cóctel burbujeante que tenía en la cabeza, tiene varias explicaciones. La más consensuada tiene que ver con la sífilis. Y es ese episodio del 3 de enero, el del caballo, que se presenta como detonante. Deborah Hayden, en su libro de 2003 titulado Pox: Genius, Madness, and the Mystery of Syphilis, dice que “un numeroso ejército de espiroquetas se despertó de repente después de décadas de dormir profundamente y atacó su cerebro”. También, que se trata de “una realidad biológica, la paresia, que es un proceso gradual presagiado durante muchos años”. Esto coincide, agrega, con “la súbita caída en picada de Nietzsche desde el pensamiento más avanzado de su tiempo a la más desesperada demencia”.

La sífilis es una de enfermedad que te vuelve loco. En esos tiempos, era el principal peligro del sexo. Empezaría a encontrarse la cura con las investigaciones de Paul Ehrlich que le valieron el Premio Nobel de Medicina de 1908. Muchos artistas valiosos, como Baudelaire y Toulouse-Lautrec, murieron por esta causa. El caso de Vincent van Gogh es explicativo: se cree que se cortó la oreja bajo este padecimiento. “Hay pruebas pormenorizadas que indican que el filósofo pasó por cada una de las tres etapas de la sífilis: el chancro de la sífilis primaria, inmediatamente después de la infección; la terrible aparición de un exantema generalizado, fiebre y dolor de la sífilis secundaria, que se desarrolla meses o años más tarde; y la temida tercera fase: la paresia”, explicó la bióloga Lynn Margulis. 

“La palabra paresia —continúa Margulis en un destacado paper—, como sífilis, hace referencia a un síndrome. Sus síntomas son: trastornos de la personalidad, alteraciones afectivas, hiperactividad refleja, trastornos oculares, deterioro intelectual y dificultad en la articulación de las palabras. Suele comenzar con un episodio delirante súbito, pero en los meses y los años siguientes la demencia alterna con períodos de completa normalidad que pueden hacer pensar que la enfermedad ha sido superada”. Pero ese 3 de enero, la cerebro de Nietzsche cambió para siempre. “El resultado fue la súbita transformación de un genio en un psicópata en menos de un día”.

Sin embargo existen otros caminos pósibles. El doctor Antonio Rafael Cabrera afirma que Nietzsche padecía la enfermedad de Pick, una forma extraña de demencia similar al Alzheimer. Este punto lo solidifican Orth y Trimble en un artículo de 2006 donde plantean la demencia frontotemporal. ¿Por qué? Porque en su último año activo, 1888, escribió ¡siete libros!: una productividad que se condice con este trastorno, ya que suele traer aparejada una creatividad excesiva en sus primeras etapas. Pero luego llegó la noche o, como escribió Stefan Zweig en La lucha contra el demonio, “aquella demoníaca inquietud innata que lo arrastró hacia lo infinito”.

III

Que no quepan dudas: la obra de Friedrich Nietzsche fue uno de los trenes más inquietantes que surcaron Occidente. Su filosofía disruptiva puso bajo sospecha los pilares de la Verdad, del Bien y de la Belleza que sostuvieron y aún sostienen nuestra cultura. No por nada él mismo eligió la figura del martillo para representar su pensamiento. Antes de que su cabeza burbujeara, existió el “primer Nietzsche”, si es que tal cosa existe, que fue aquella etapa de suma vitalidad como profesor de la Universidad de Basilea, entre 1869 y 1879. Tiempos donde su mente era pura efervescencia y la demencia aún estaba lejos de afectarlo. 

Antes, el vagón previo a ese “primer Nietzsche” es un lugar triste. Cuando tenía cinco años murió su padre. Dos años después, su hermano, de apenas dos años de vida. Desde Röcken, el pequeño pueblo alemán —en ese entonces prusiano— donde nació, partió junto a su madre y su hermana a Naumburgo. Allí vivieron con su abuela materna y las hermanas solteras de su padre. Sin embargo esa tristeza constitutiva se fue supliendo con un dedicado aprendizaje. En 1854 empezó a estudiar y su talento en la música y el lenguaje lo llevaron a ser profesor universitario sin siquiera licenciarse. La Universidad de Leipzig le concedió el doctorado sin examen ni disertación. La calidad de sus investigaciones lo ameritaban.

Su primer libro llega en 1872: El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música, luego de muchísimas investigaciones y textos en revistas académicas. Tuvo detractores, desde luego, pero también quienes quedaron maravillados. Este es el comienzo de un Nietzsche que decide volcarse más a la filosofía que a la filología. Sus ensayos siguientes, los que van desde 1873 a 1876, se orientan hacia una crítica a la actualidad cultural alemana. Es la época en que conoce a Richard Wagner, entablan una sólida relación pero pasa de la admiración al desencanto: la posición acentuadamente cristiana del compositor y ensayista, así como su nacionalismo xenófobo, hicieron que Nietzsche terminara alejándose.

En 1879 su salud se transforma en un problema: la esporádica carencia visual —por momentos rozaba la ceguera—, la fuertes migrañas y ataques estomacales lo obligaron a dejar el trabajo. Se fue de la Universidad de Basilea para empezar otra etapa, otro vagón, la del “filósofo libre”. Época en que escribió sin parar e hizo de la reflexión una herramienta para cavar hacia las profundidades del pensamiento. Época en la que la filosofía oficial lo excluyó y el público le dio menor atención. Época en la que tuvo que pelear con unos cuantos fantasmas. Época en la que empiezan a producirse dentro de su cabeza las primeras batallas contra la locura que, un par de años después, se convertirán en esa demencia irreversible que lo terminó acorralando hasta la noche final.

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