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Los estallidos concentracionarios

Por José Luis Juresa

Uno

Año 1976. Ultimo de mis viajes de infancia a Villa Carlos Paz. Con mi madre y mi hermana, nos tomamos la excursión del “anfibio”, que paseaba por la ciudad y luego se adentraba en el lago San Roque. Yo tenía 11 años, y una historia de vacaciones de invierno en la Villa durante casi todos los años setenta y fines de los sesenta. Cuando el frágil barquito con ruedas llegó a la orilla del lago, nos topamos con patrullas de la policía y el ejército. Dijeron que se había encontrado el cuerpo de un “ahogado”. Muchos años después, exactamente 43, siento que saldo una especie de “deuda” con ese “aparecido” cuando me convocan desde la Federación universitaria de Carlos Paz a dar una disertación sobre psicoanálisis y derechos humanos y relato esta misma anécdota a modo de introducción.  

También a lo largo de varios años, junto a mi colega Cristian Rodríguez, hicimos un recorrido clínico y teórico que nos llevó a concluir que Auschwitz e Hiroshima son nominaciones que dan cuenta de los dos polos de la lógica capitalista, desregulada, y con efectos patentes sobre las condiciones de posibilidad de “aparición” del sujeto en lo contemporáneo. Los cuerpos que el capitalismo “borra” o hace desaparecer se fundamentan en lo simbólico, es decir, en la posibilidad del amor, del deseo, y de un goce que se viva “en paz” y haga posible la vida, tal como solo un ser humano puede dar testimonio de ella. Por el contrario, cuerpo maquínico del conjunto de órganos-pieza —o su versión “digitalizada”— no deben hacer ruido ni fallar, alienados en la cadena de montaje. Decimos, entonces, que los campos de concentración se extienden fuera de los alambrados de los campos de exterminio, y pasan —para nosotros— a llamarse “campos concentracionarios”, equivalentes a una geografía político-social y económica dentro de la cual los seres humanos se parecen más a zombies que a seres que puedan dar testimonio de vivir una vida. Al fin y al cabo —también pensamos— el “Pase” psicoanalítico, entre otras cosas es también un testimonio de esa índole, el de “un saber vivir”. 

Decimos también que a todo efecto concentracionario —que en el extremo del sentido nos “muestra” que cada quien puede vivir como un prisionero de Auschwitz, (por ejemplo, trabajando de forma enajenada)— le sigue su estallido irradiante, que evapora los cuerpos, y logra consumar el acto “desaparecedor” casi por excelencia, sin rastros, de un modo aún más cruel y perfeccionado que el de “la fábrica” de Auschwitz: Hiroshima. 

Dos

Esos estallidos son parte de una lógica de hierro que, psicopatológicamente, se vislumbra en la lógica de la neurosis obsesiva, de concentración de goce, absolutista en el intento del dominio representacional de lo Real, jugado en el intento enloquecedor de que de su cuerpo —asumido como de su propiedad (en el sentido de “propiedad privada”)— no se le escape ninguna manifestación acerca de nada que lo humanice, ni siquiera un hálito de vida. Luego, el estallido, probablemente, y en el mejor de los casos, de angustia, adherido al sinsentido de la mecánica de la acción pura: el ataque de pánico, generalmente sobrevenido ante la imposibilidad de “llegar a los objetivos”, siempre productivistas y utilitarios, ausentes por completo de toda lógica del deseo, e inmerso en la ansiedad devoradora en la que el individuo se consume a sí mismo. 

El cuerpo atravesado por el deseo (lo cual fundamenta su origen en el Otro) del que hablamos, es entonces un “error” para el sistema de producción y consumo. Pero hablamos del cuerpo que se extiende más allá del campo “concentracionario” cuyo modelo nos da la neurosis obsesiva. Es el cuerpo que se sale del “sí mismo” yoico por el que la propaganda publicitaria nos pinta como meros “pacmans”, inagotables devoradores de cuanto objeto nos coloquen, “en góndola”, no necesariamente de supermercado.  

Esta lógica que aislamos, de concentración-estallido que toma los cuerpos, causa Real de la que está pendiente una verdadera emancipación, y a lo que debería referirse todo discurso acerca de lo político en este siglo, la de los cuerpos expropiados, parecería tener alguna confirmación en dos eventos que tuvieron lugar en las semanas previas: La primera: la aparición del libro Estallidos argentinos, De Mario Wainfeld. Wainfeld es un sagaz analista de la política nacional, y no me parece casual que lleve al título de un libro la palabra “estallidos”. Así definió el autor el carácter de esas manifestaciones populares que tienen una arraigada tradición en la Argentina (Pagina 12, 28 de junio de 2019). La pregunta es, más allá del sentido inmediato de lo que el libro refiere: ¿Habrá captado Wainfeld, con tal denominación, algo de lo que aquí decimos? ¿Eventualmente, podrían también nombrarse como “Hiroshimas argentinos”?

El otro “evento” fueron las declaraciones de Gustavo Grobocopatel acerca del acuerdo con la UE: “Hay que dejar que algunos sectores desaparezcan”. 

El campo de concentración “extendido” al que nos referimos es exactamente ese: el que hace desaparecer y “deja” que esto suceda, porque es la consecuencia lógica del desarrollo libre de lo que desde tales sectores de la economía cncentrada (precisamente) pondera como un bien social a establecer, primero, y a conservar después. Estaríamos en esta primera etapa, la del “establecimiento” (para el que la deuda constituye un punto de apalancamiento fenomenal, absolutamente funcional, lejos de todo “error”) En tal inercia, el efecto desaparecedor se naturaliza como si fuera algo conveniente y se implanta en los sujetos como parte del sentido común del calvario cotidiano, el paisaje del capitalismo como discurso (falsamente) único. Esto, de ninguna manera podría dar testimonio de huella alguna de vida sobre el planeta. Más bien de su exterminio largo, extendido y agonizante. Un planeta “desierto”. Y, sobre todo, tal como en el caso Schreber, Freud lo subraya: con el “almicidio” consumado. 

Tres

Así, los cuerpos expropiados son los que van en fila silente rumbo al horno, como parte del movimiento inercial del flujo de cuerpos que se montan en la cadena de montaje y “se dejan” triturar en holocausto. Hay toda una carga de aparatos “culturales” y un sistema aceitado de propaganda ultratecnificada en ese “trámite”. La lucha “cultural” de la época pasa por tal emancipación, por la recuperación del cuerpo atornillado y plegado en la maquinaria práctica y utilitaria de la cadena de producción y consumo, que ofrece objetos ilusorios multiplicados al infinito, por obra de la tecnología, cada vez más atrapante, envolvente, y sofisticada. No nos queda más que hablar desde la periferia, allí donde es posible ver aún sin pertenecer al ojo del huracán y sin caerse del mapa, lejos del agujero negro gravitatorio que aspira hasta la sangre de los cuerpos y los deja secos.

Freud escuchó algo en esos cuerpos ahogados, los hizo “aparecer”, como ese con el que me topé sobre el final de mi niñez, devuelto sobre la orilla del lago San Roque y que tal vez me trajo hasta estas palabras. Quien sabe también devuelto por qué capricho de la realidad, una realidad deseante que se resiste a ser borrada del mapa. Del mismo modo, esos cuerpos que resonaban en el decir de las histéricas resistían “desaparecer” y producían síntomas, que Freud, un “orillero”, un periférico de los centros hegemónicos del imperativo racionalista supo escuchar, y que también supo recuperar del torniquete asfixiante de la represión. Escuchó la letra del amor y del goce vivificante que marcaban esos cuerpos, vidas “secretas” que tachaban la cadena de montaje y que daba la oportunidad de que el sujeto se pensase a sí mismo como una vida que mereciese la pena vivirse por encima de los dictados del trabajo, la moral burguesa y sus refritos.

* Ilustración: «Golconda», óleo sobre lienzo de René Magritte, pintado en 1953.

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