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Sandro, mi amor: línea de fuego entre Banfield y América

Por Florencia García Alegre

“No quiero que me lloren cuando me vaya a la eternidad. Quiero que me recuerden como a la misma felicidad, pues yo estaré en el aire, entre las piedras y en el palmar. Estaré entre la arena y sobre el viento que agita el mar”.

Llegan las nenas de Hurlingham, de Lomas del Mirador, de Haedo, de Villa Lugano, de Devoto, de Podestá a festejar el cumpleaños de Sandro, aunque su cuerpo haya partido hace nueve años. Al lado de la escuela primaria República de Brasil, en Valentín Alsina, montaron un paseo en homenaje a Roberto Sánchez, con una estatua en tamaño real del Sandro del ’70 junto con pósters de la mayoría de sus largometrajes. Ahí, distintas congregaciones de nenas se unieron en un frente de pasión por Roberto. 

La consigna era otra: el municipio había anunciado remodelaciones en el espacio que fue inaugurado en 2013 para brindar un show en homenaje al Gitano en el día de su cumpleaños: el 19 de agosto. Las paredes siguen graffitteadas y los vidrios conservan en liquid paper los números que trajeron de fábrica. Los políticos de la mentira y el artista que iba a entonar “Dame fuego” no llegaron. Pero las nenas sí. Están acá, como todos los años, con la pasión intacta.

Estatua de Sandro en Valentín Alsina

Amigas, amadas y amantes juntas en un ritual único para celebrar que un buen día alguien puso sobre la Tierra a Sandro de América. Aunque, para las nenas, él siempre fue Roberto y es inmortal. 

El feliz cumpleaños se cantó igual. 

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Entre una bomba atómica y un 17 de octubre, nace Roberto Sánchez, quien no pudo ser registrado como Sandro de un tirón, hijo de Nina y Vicente el 19 de agosto de 1945 en la maternidad Sardá de Parque Patricios. 

La familia vivía en un conventillo de la calle Tuyutí en Valentín Alsina en donde había un solo baño para todos los inquilinos. Si había que bañarse se hacía con un latón y dos jarritos mientras afuera, los vecinos hacían fila para blanquear ropa de cama o colar los fideos en un piletón común. 

Roberto aseguraba que ni a Fellini se le hubiera ocurrido una imagen tan real, de un conventillo “como otra habitación de esa gran casa que era el barrio”. 

Un regalo de la infancia marcó su destino y no fue una guitarra. Vicente le hizo un arco y una flecha que Roberto, a lo Buffalo Bill, usó para matar a una gallina de un vecino. El arco duró lo que dura una canción: Vicente lo hizo pedazos aclarándole al chiquito que sus derechos terminan en donde empiezan los del otro. 

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Marta golpea la puerta de Tuyutí 3016 y es imposible decirle que no. 

—Queremos ver, por lo menos, las paredes que él acarició cuando era chiquito.

Sandro vive en el amor de sus nenas

La puerta del conventillo da a un pasillo que te lleva al patio de su infancia. La sorpresa está en sus dimensiones.

—Cuando Roberto hablaba del conventillo yo me lo imaginaba más grande. 

Los ojos y la voz de Roberto, aumentando el mundo. 

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Nina tenía reuma y una artritis que la iba entumeciendo con los años, “pero volaba con las alas de los sueños, y de allí el interminable caudal de fantasía con el que supo bañarme y dejarme en la piel el aroma de la imaginación”, juraba Roberto. 

Nina le leía Las mil y una noches, una tarea que retomó por sí solo para acompañar a su mamá mientras cosía o hacía la cena. 

“Y me hacía el mejor budín de pan que haya comido en mi vida”. 

Las fotos que no pudieron ser sacadas cuando era pibe son la clave del relato que opone a Roberto y a Sandro, dos hombres que en algún punto eran la misma persona. 

Era muy mal alumno: Se llevó 9 de las 11 materias y dejó el colegio. No lo quería y no lo ocultaba, sólo sabía hasta la tabla del 5. El mensaje paterno era clarísimo, por eso lo respetó al pie de la letra: “o estudiás o trabajás”. Roberto mostró cómo se daba maña con cualquier cosa para llevar un mango a la casa y no era conflictivo: supo explicar que “el piberío no exigía zapatillas o ropa de marca”. 

Sandro, inmortal

Vicente tuvo que sumar a su trabajo en el frigorífico el extra del reparto de damajuanas a domicilio. Sandro se sumó para conocer cada vez más a la gente del barrio, pintando el triciclo con dibujos de llamaradas. La parada final era la casa de Enrique Irigoytía, quien tenía una guitarra y le enseñó sus primeros acordes. 

La calle como una red social, el barrio como el mundo en el que una nueva explosión se iba generando: el rock and roll. 

Junto a Enrique, empezaron a caminar las noches del Conurbano bonaerense ofreciendo serenatas por encargo por cien pesos más el viático, llegando completamente a oscuras a los balcones de las chicas a conquistar en puntas de pie junto con los novios y los amigos del novio. 

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Concursos de canto en los suburbios del sur del Gran Buenos Aires, en los que cándido, Roberto hacía covers de trío Los Panchos. “Quién será la que me quiera a mí” era su fuerte porque del repertorio se encargaba de los boleros, valses peruanos, pasodobles, tangos y algo de rock and roll. Los trajes eran diseñados por el propio Roberto y cosidos por las manos de Nina, de las que Sandro nunca se cansó de hablar. 

Sus primeros nombres fueron El Trío Azul (Roberto Sánchez, Enrique Irigoytía y Agustín Mónaco) y el dúo Los Caribes (Roberto Sánchez y Enrique Irigoytía).

Roberto Sánchez en la década del 60

“Gracias al rock dejé las calles, las navajas y las cadenas, y agarré una guitarra. Dejé la campera de cuero y las pandillas. El rock me salvó”, explicó Sandro más adelante. 

El idilio baladí se termina cuando a Irigoytía le tocó hacer la Colimba… En un regimiento de la Patagonia. 

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Los Caniches de Oklahoma fue su primera banda de rock con la que grabó su primer single: “Comiendo rosquitas calientes en el Puente Alsina”, posible de ser considerada la primera canción grabada de rock argentina. Cualquier similitud con 2 Minutos es mera coincidencia.

En el ‘61 cambiaron de nombre por Los de Fuego. Al principio, Roberto tocaba la guitarra y hacía coros hasta que Héctor Centurión perdió la voz, siendo reemplazado por el autoproclamado Sandro, quien poco a poco se dedicó exclusivamente a su rol de cantante líder para pasar a llamarse en el ’63 Sandro y Los de Fuego.

Los de Fuego comenzaron haciendo covers de los clásicos del rock anglosajón, pero en español: The Beatles, Elvis, los Rolling Stones, Jerry Lee Lewis, Paul Anka, etc. En el ’64 Sandro convenció a CBS y logró grabar el primer tema con Los de Fuego, una versión en español del famoso «Hay mucha agitación» (Whole Lotta Shakin’ Goin’ On de Jerry Lee Lewis), lanzado en un EP llamado “Al Calor de Sandro y los de Fuego”.

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—Yo me bañaba y me perfumaba para estar lista el sábado a la tarde para ver a Sandro en Sábados circulares. No tenía ni diez años. 

Graciela habla del ritual como una foto de la novia que se prepara para ver a su galán que pronto pasaría a levantarla en su bicicleta. 

Sandro y Los de Fuego

El programa de Pipo Mancera como la catapulta hacia los corazones de todos los argentinos. Los movimientos de Sandro, que quería parecerse a Elvis, levantaron todo tipo de polémica. Aún así, sus seguidores cada vez imitaban más todo aquel frenesí al punto del desmayo. El desmayo como la señal de alerta para los grupos católicos que solicitaron sacar a este tipo de referentes de la pantalla de toda la familia. Sandro como una figura disruptiva en la pacatería de la época por poner el cuerpo y la voz para producciones más que eróticas

La contracara de un Palito Ortega, acusado de cómplice de la dictadura más atroz que haya tocado a nuestro país y que ni en escena dejaba una gota de transpiración. 

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“Somos amigas desde hace 41 años. Nos consolidamos por el amor a él”, dice Mabel. 

20 de abril de 1978

Mabel lo conoció en la puerta de Canal 13. “Ese día estaba en Mónica presenta. Lo esperamos a la salida del programa, pero no sabíamos por dónde lo podíamos encontrar. Entonces buscamos su auto, lo encontramos y ahí nos quedamos. Nos saludó, firmó autógrafos y ese fue el inicio de muchos encuentros más”. 

12 de julio de 1978

Graciela lo conoció en una reunión que hizo con sus fans en las oficinas que en aquel entonces estaban en la calle Tucumán. 

“Fue como tocar el cielo con las manos… Y no me dejó bajarlas nunca más”. 

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Sandro amaba a las mujeres. En contra de todo análisis socio-psico-macho analítico, podemos decir que no se trata de histeria cuando se trata de pasión, el fulgor del Gitano se reducía en una mecha directo al corazón de cada una de sus nenas.

Confiaba en el amor basado en la reciprocidad, un amor erótico sin la relación sexual del que brotaban como pétalos canciones, poemas, cartas y letras de amor. 

Maridos complacientes con el amado inalcanzable o maridos inexistentes. Y no hay rubor, “las mujeres nos sentimos realizadas como se nos da la gana”, ratifica Gracielita. 

No había engaño y no había fantasía. Ninguna se siente la única, todas pudieron ser acariciadas por el gitano de tantas maneras como de chicas hablamos. Intercambios de correspondencia, novelas y revistas, libros de ciencia ficción, Carl Jung o Erich Fromm que elegía siempre, regalos y llamados de cumpleaños: códigos claros entre amante y amadas. 

Suspiros de agradecimientos y expectativas superadas, nada más y nada menos. 

Un distinto que fue capaz de amar a las mujeres una por una porque cada nena es única: no hay masa que sólo sirve al espectáculo del momento y a la fama que se evapora.

Sandro y Mabel con firma cariñosa incluida

“Me dejas tanto amor que a un pueblo puedo amar”, asegura Sandro en “Espérame que un día volveré”, canción que presenta en Subí que te llevo. Y así, hasta hoy, lo sigue haciendo. 

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—¿Por qué no sabemos nada de tu vida privada? — pregunta Mirtha Legrand en blanco y negro.
—El oficio me ha dado una valoración de cada palabra de nuestro hermosísimo idioma. Bien las respeto: por eso llamo privado a lo que es privado. Subo el paredón, después hay un señor que se llama Roberto Sánchez que siente un gran respeto por las personas que lo rodean. Por eso nunca me gustó que personas que están a mi lado sean “el amigo de” o “la amante de”. 

Sobre sus amores se dijo de todo, pero tuvo más amores imaginarios para la prensa que probables en papeles o besos en la camisa. 

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Sandro fue el primer artista de Latinoamérica que se presentó en el Madison Square Garden de Nueva York en abril de 1970, un espectáculo que se transmitió vía satélite por primera vez en la historia de la televisión mundial. 

Sandro en el Madison Square Garden, abril de 1970

Ya no más Holiday on ice, Titanes en el Ring o Monzón cagando a golpes a cualquier extranjero. Desembarcó el gitano como el primer argentino en copar el Luna Park con canciones de amor. 

Publicó 52 álbumes originales y vendió al menos ocho millones de copias. Algunos de sus mayores éxitos son: “Dame fuego”, “Rosa Rosa”, “Quiero llenarme de tí”, “Penumbras”, “Así”, “Mi amigo el Puma”, “Tengo”, “Trigal y “Una muchacha y una guitarra”. “Rosa Rosa”, solitam vendió dos millones de discos, pero cuenta mucho más de lo que suena. 

“Tengo” fue considerado por la revista RollingStone y la cadena televisiva MTV como el número 15 entre los 100 mejores temas del rock argentino.​ 

Sandro junto a Anderle, Monzón y su promotor Tito Lectoure

Fue el protagonista de 16 películas y llenó 40 veces el Gran Rex entre 1998 y 1999, cifra que todavía nadie superó. 

En 2005 recibió el Grammy Latino al conjunto de su trayectoria profesional.

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Jorge López Ruiz, pilar del jazz argentino, fue arreglador de, entre muchos, Leonardo Favio y Sandro. Para comer y hablar de canciones, recibía al Gitano, que viajaba desde Lanús (en un Renault Dauphine hecho mierda), en su casa de Martínez. 

Cuando Roberto entraba, a Rosa Díaz, empleada de López Ruiz, la encaraba melodeando un “Rosa, Rosa, ¿qué me preparaste?” ya que Rosa, por supuesto, lo consentía mucho.

En La música de Sandro, López Ruiz confiesa cómo, a partir de los festejos del Gitano a Rosa, le propuso: “¡Escribí un tema, boludo!”.  Y lo hizo. 

La música del tema fue grabada el 5 de marzo de 1969 y vendió 2 millones de discos. 

Clásicos: el vinilo de «Rosa rosa»

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En el ‘65 incursionó como actor: Convención de vagabundos fue su primera aparición en la pantalla grande haciendo del cantante de una banda dentro de un estudio de televisión.

Su crecimiento en la pantalla se dio a la par de sus hits en la radio. Así, en el ’69 ya estaba encarando su primer protagónico en dos trabajos de Emilio Vieyra: La vida continúa y Quiero llenarme de ti. Esta última como una pieza inolvidable que inicia con Sandro cantando “Penumbras”, para contar la historia de un joven que sueña con ser cantante y volverse pasión de multitudes. Una instantánea del encuentro entre Roberto y Sandro. 

Entre el ’70 y el ’76, dándolo todo: GitanoMuchachoSiempre te amaré Operación Rosa Rosa, Tú me enloqueces. 

Sandro siempre hace de Sandro: un cantante exitoso y audaz con una identidad paralela, que enloquece mujeres pero descansa en los brazos de la que ya no lo hace sentir solo, la que le permite ser él mismo, el original.

La división entre Sandro y Roberto no como una ilusión en la que quiso creer sino como el gesto más alto de rebeldía: el intento de quedar inmune a las consecuencias de la fama y el éxito entre uniformes y batas rojas de seda. 

Subí que te llevo fue su último rol protagónico. ¿La magia? Las nenas actuaron de extras y cobraron por cada hora de trabajo, sin contar los beneficios de estar cerca de su ídolo o de aprovechar el Sol y los refrigerios. 

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El guión de «Operación Rosa Rosa», escrito por Sandro

—Busco rosas rosas para alegrar mi despertar por la mañana.

Las rosas son alegres, pero el rosal se queda triste si le faltan.

La tristeza del rosal desaparece cuando flores nuevas nacen de él en cada nuevo día en la mañana.

Es verdad. Porque el rosal se siente renacer en cada alumbramiento, pues la verdad de la vida se encuentra en sus raíces.

Sandro, enloquecido con James Bond, fue el guionista de Operación Rosa Rosa, en donde hace de un cantante exitoso que enmascara a un agente de los servicios secretos de su país. Si bien diseñaba sus vestuarios y la puesta en escena, haber escrito el largometraje no le fue suficiente. 

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“Sandro director puede conformar mediante un trabajo que revela su familiaridad con los rudimentos técnicos, más una cierta intuición para el uso expresivo de los ángulos fotográficos y el color. Pero sus pretensiones chocan contra la endeblez de un libro”, definió Clarín. 

Lo cierto es que Sandro fue por todo: no sólo eligiendo a Susana Giménez como su compañera, sino tomando el desafío de la dirección, el guión y la música del largometraje. Basta con bucear apenas en Youtube para morirse con un amor harto naif y escenas de besos contadas con los dedos de una mano (y ratificar que Clarín miente). 

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“Sobre la década del ’80, dicen muchas cosas que están erradas”, indica Mabel. “A Sandro siempre lo catalogaron de mersa y de grasa, pero la gente lo amaba así. La década del ’80 hizo que se lo deje de escuchar, al rock nacional le dieron más difusión y la prensa empezó a relegarlo”, continuó.

Lo que el espectáculo no vio es que lo señalado como la decadencia de un ídolo o, quizás, una carencia, no dejó de ser un frente en el que miedos sutiles y convencimientos de cabeza dura se debatían hora tras hora, haciendo de un hombre un fenómeno único. Pareciera que era Roberto el que elegía cuándo ser el devoto de Banfield o cuando ser el Sandro de América. 

“Después de Subí que te llevo llenó el Coliseo como dos meses. Si publicaron dos notas fue mucho. Él no era un tipo chupamedias, y eso cambió las cosas también”, sintetizó la nena.

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La música que desde tiempos de Apolo ya había encandilado a propios y ajenos, propició otro de los campos más prolíficos para el surgimiento de las fans. Fue clarísimo con los Beatles y Sandro no se quedó atrás. La radio y la televisión hicieron lo suyo para lanzarlo al corazón de grupos y grupos de chicas que podían soñar despiertas (y sin correr ningún riesgo) con él. 

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Sandro y Susana Giménez en «Tú me enloqueces» de 1976

Sin Google la información sobre el ídolo era patrimonio de las nenas: se organizaban en una suerte de cofradía, reteniendo desde el primero hasta el último dato sobre espectáculos, entradas, pósters, discos originales, cassettes con entrevistas grabadas, datos biográficos sobre los que él, quizás, ni atento estaba.  

Ya no fans, sino Nenas que se ocupaban de reducir a los fanáticos circunstanciales, a los aprovechados del momento. Nenas que cuidaban a su hombre a la entrada y a la salida tanto de los estudios de televisión como de los teatros, que le cuidaban el equipaje en cualquier aeropuerto de la Argentina, un país que recorrieron de punta a punta detrás del perfume del Gitano. 

—Es un perfume único, que voy a tener grabado hasta el último de mis días– cuenta Mabel.
—Contá lo del libro —interrumpe Graciela.
—Una vez yo estaba leyendo un libro y me preguntó “¿qué estás leyendo, Mabelita?”. Le conté sobre el libro mientras él lo tenía entre el brazo y las costillas. ¿Podés creer que hasta el día de hoy ese libro tiene su perfume?

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“Quiero encerrar tu mirada entre mis manos, luego abrazarte y llenarte de calor para que el frío de los años no te dañe y conservarte como una bella flor”.

—El rol de las fans no es fácil. No todas tienen la suerte de llegar a su ídolo. A Luis Miguel no lo podés mirar a los ojos” —reclama Mabel en una denuncia que empieza a bajar el volumen a medida que recuerda cualquier cumpleaños del Gitano estando entre nosotros más allá de nuestros corazones. 

Sandro frente a sus nenas

“Mandarnos café y comida, para que no sintiéramos frío, no lo hace nadie. Lo hizo él”, dibujó. 

Era llamar a Defensa Civil y contratar dos ambulancias por si las chicas se descompensaban. Era salir de la mansión un 19 de agosto, o el día que eligiera para celebrar si estuvo de gira o internado, para recibir a las chicas: primero con rosas, para después dejarlas pasar a conocer el misterio de la vida de Roberto Sánchez, quien no dejó de escribirles o de llamarlas por sus cumpleaños, quien respondió cada una de sus cartas, quien se ocupó, tras haber perdido la mitad de sus ahorros, de conseguirles trabajo en el 2001 y contrató un profesor de natación para que los chicos del barrio disfrutaran del verano en su pileta casi olímpica. 

***

“Ya estoy de vuelta, mira mis ojos, mira qué turbios están pues se cansaron de ver mentiras, nada los puede asombrar. Pero al mirarte, todo se quita como al pasarles agua bendita y eso lo hace el amor, cuando es de verdad”.

Una vez que el Gitano abandonó este plano, la ex vedette Beatriz Salomón confesó que, antes de morir, él la ayudó económicamente. El pacto era que, estando él vivo, ella no se refiriera por fuera de la intimidad a esta intervención de su mano invisible. 

Sonó el teléfono de mi casa, me llamó la esposa y me dijo que Sandro me quería hablar”, compartió la Turca en los micrófonos de Implacables. En ese llamado, Roberto le expresó su pesar ante el escándalo judicial y mediático que ella estaba transitando con su ex pareja y se ofreció a ayudarla.

“Al otro día Sandro me mandó una moto con 10 mil pesos de regalo, con una nota que decía: Perdón, vos te merecés mucho más. Estoy pasando por un momento malo de salud y me gaste todo”.

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Roberto de Banfield y Sandro de América fueron las caras de un personaje tan intenso como único, de instinto barrial que vivió mucho y rápido sin terminar estrellado, con una generosidad inigualable para cualquiera que le haya confiado su cariño.

Roberto Sánchez: Sandro

Es una historia compleja que no deja de ser la de la cultura popular de los años que le tocaron: se reconfiguró mil veces entre vaivenes, vértigo, serenidad y desesperación. Es la historia de ese deseo que es de todos y que supimos conseguir: la movilidad social comiendo rosquitas calientes en el Puente Alsina, la posibilidad de tener un sueño que se conjugue con oportunidades. Y que se haga fuego sin morir en el intento.  

Sandro tocaba Mozart al piano cuando no podía dormir y era Roberto el que salía a lanzar abrazos y rosas sin espinas a sus nenas que tanto lo querían (y lo quieren). El presente como una muestra de que su magia no fue fugaz sino eterna en el espíritu de sus adoradas porque excedió el plano musical para convertirse en un fenómeno social. 

Fue la obsesión de millones de almas a lo largo y ancho del continente que lo vio crecer y que creció junto a él, un talento genuino en una voz entonada capaz de reducir a cualquier bravío, que dejó en nuestros registros un arsenal de canciones capaces de hacer del hielo del olvido un incendio de pasión y de sacarnos de la cara la infamia que nos queda cuando esperamos que llegue por whatsapp un poquito más de amor. 


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