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La soledad femenina

Por Marina Esborraz y Luicnao Lutereau | Pintura: Ivana Besevic

“So sad, so sad
Sometimes she feels so sad
Alone in her apartment she´d dwell
Till the man of her dreams come to break the spell.”
Paul McCartney, Another day.

1.

Atravesar el complejo de Edipo, para una mujer, implica el pasaje de “tener un novio” a “estar en pareja”. “Tener un novio” es una de las formas que adquiere lo que Freud llamaba “complejo de masculinidad”. “Tener un novio” es una manera de resolver masculinamente la envidia del pene. 

Nos recuerda la conversación con una niña que contaba que tenía un novio. “Y ¿para qué querés un novio?”, se le preguntó. “Para tener algo que mis amigas no tienen”, respondió. Es el sufrimiento que expresa el tango “Nunca tuvo novio”, en el que el malestar no radica en estar sola, sino en que esta vía es defensiva respecto del encuentro sexual. “Tener un novio” lleva a la sustitución (como dice el dicho “un clavo saca a otro clavo”, o el título “No seré feliz pero tengo…”). Para ser feliz hay que dejar de tener… “Solterona” no es la que nunca tuvo novio, sino la que no puede estar sola y por esa impotencia no pudo pasar a la pareja. Los novios se buscan, las parejas se encuentran.

2.

Hay un gesto que suelen tener las mujeres, aunque tal vez no sea estrictamente femenino, que muestra una relación con el acto, que no es común en los varones. Es el corte drástico, una suerte de reinicio, una especie de cambio de piel. Cuando una mujer viene a la consulta después de un corte de pelo, siempre conviene quedarse pensando, por ejemplo, ¿qué significa ese flequillo repentino? También se comprueba en la “necesidad” que algunas tienen de cambiar los muebles de lugar o en hábitos más sutiles como comprar libros, o ropa, o zapatos. 

Lo llamamos “cambio de piel” porque es como si quisieran sentir de otro modo, ver las cosas de otra forma después de ese acto. Una amiga decía que ella necesitaba belleza alrededor y, cada tanto, dinamitaba su entorno. Por eso es difícil imaginar una Marie Kondo varón. Y quizá por eso Freud decía que la libido es masculina: es viscosa, se pegotea. 

No quiere decir eso que no haya mujeres acumuladoras; quizá todas acumulan hasta que hacen explotar algo. En El obsceno pájaro de la noche José Donoso habla de esta cuestión; a propósito de cómo envejecen las mujeres. Por otro lado, a no pocas les pasa que resumen su sufrimiento de esa manera: me callo hasta que reviento. Quizás el análisis de una mujer sea para que conozca un silencio que no sea estar callada. Tal vez esos micro-actos estéticos o femeninos son muy interesantes por su presencia, pero también cuando faltan y ahí es donde aparece algo muy (auto)destructivo en algunas mujeres, a veces una disposición a terminar con todo o un reforzamiento de la imagen, la necesidad de estar encima de la propia imagen, una especie de goce del “encima” o ensimismamiento. Es un tema complejo, de todos modos, cuando una mujer fue a la peluquería, siempre es importante decirle: “Estás fantástica, te beneficia mucho”, aunque a veces no sepamos bien qué pasó ni por qué.      

3.

Hay una tendencia actual de pensamiento, una forma de intelectualización, que consiste en explicar un fenómeno por una causa social, dar una sensación de bienestar, pero –como suele ocurrir con toda explicación– deja el problema irresuelto. Por ejemplo, alguien puede decir: “Muchas mujeres suelen vivir el amor como una dependencia” y otro responder: “Es que las crían para la opresión”. Sin duda lo segundo es cierto, pero esta explicación no va a resolverle un problema de dependencia amorosa a una mujer. Quizá quien lo dice (y quien lo crea) puede obtener un placer cognitivo, para eso está la verdad, para disfrutar de conocerla, pero un descubrimiento del psicoanálisis es que la verdad impotentiza muchas veces. Quizá quien ofrece su explicación social, agregue: “Lo digo porque no es algo universal que las mujeres vivan el amor con dependencia”, pero ahí se respondió solo más que al otro, porque el enunciado inicial no afirmaba una esencia sino que era la descripción de un fenómeno y nadie puede decir “Ese fenómeno no pasa”. Entonces la pregunta es: ¿qué lleva hoy en día a la intelectualización a través de explicaciones sociales cuyo resultado es la impotencia? Esto recuerda la canción de Palo Pandolfo que dice: “Esta sociedad que te obliga a enamorarte/en un bar que cerró a la medianoche”. Es claro que vivimos en una sociedad que nos obliga a vivir el amor de cierta manera, es irónica la letra porque luego sigue: “Y vos seguís sin saber qué hacer con ella y su languidez”. Es decir, el tipo conoce la verdad, pero no sabe qué hacer, porque las explicaciones no sirven para actuar, no resuelven los conflictos cotidianos. 

Es como el final de Annie Hall cuando Alvy dice que todas las historias de amor son ridículas, pero… y cuenta el chiste del tipo que lleva a su hermano al psiquiatra porque se cree gallina, pero le aclara que necesita los huevos. Este chiste muestra cómo la intelectualización se apoya en la desmentida: quien habla desde la verdad, no quiere poner el cuerpo y dejarse tocar por el conflicto, le alcanza el goce moral de explicar cómo son las cosas… como si fuésemos átomos o planetas (porque las explicaciones además son objetivantes, por eso toda explicación es forclusiva del sujeto) y, éste es el giro actual de la intelectualización, dirimir qué está bien y qué está mal. Esa intelectualización defensiva es un obstáculo no sólo para el análisis, sino para vivir un conflicto y dejarlo atrás.

4.

Una coordenada habitual en el tratamiento de mujeres hoy en día, que lo hace diferente al análisis de la época de Freud, está en la relación con el trabajo: la histérica freudiana sintomatizaba el amor, su dependencia amorosa de otro que podía darle algo o negarse, mientras que la mujer actual ya no quiere depender, quiere ser independiente y así es que del binomio “amar y trabajar” se quedó con el trabajo; pero el problema es que a veces esa relación con el trabajo está sintomatizada en los mismos términos que el amor romántico, cuando la búsqueda de independencia a través de lo laboral se vuelve una dependencia del trabajo para tener una identidad; entonces: más que un deseo, en el trabajo se realiza una obligación. “Tengo que quedarme en la oficina hasta terminar…”, cuando tranquilamente podría dejarlo para el día siguiente, si el trabajo no funcionara como un marido celoso; “Tengo que entregar la tesis…”, pero está muy enamorada, hace años, de esa tesis de la que no puede separarse; y si no es bueno que una mujer ame tanto a un varón, tampoco lo es que ame esa tesis que termina siendo su única relación estable en los últimos años. 

Las mujeres y la tesis es todo un tema, pero hablábamos de otra cosa: de cómo el amor romántico –modo en que la mujer sintomatizaba histéricamente el amor en la época de Freud– para algunas mujeres se desplazó del amor al trabajo. No vale para todas, sólo para algunas nomás, pero es un síntoma preciso. Ser independiente no es no depender, sino depender del deseo que nos une a lo que sea. La otra cara de ese desplazamiento del amor al trabajo, es que para esas mujeres –cuando el deseo no está como barrera, para hacer tope al amor– cuando el amor queda librado a sí mismo, se vuelve mucho más feroz y cruel, porque como dice Dante: “Amor que a ningún amado amar perdona…”. Esta es la época de los amores dantescos.

5.

El psicoanálisis puede parecer una teoría demasiado complicada, y a veces lo es. Pero  se trata más bien de algo bastante simple de enunciar. De hecho, uno de los modos en que Freud define la causa de los síntomas es que están determinados por ciertas fantasías inconscientes, que se entraman con los objetos edípicos y, por lo tanto, el análisis consiste básicamente en eso, o sea, en analizar las fantasías que arman la realidad de cada quien. Después de todo, no somos más que versiones que nos armamos y nos contamos a nosotros mismos, las sepamos o no. 

Ahora bien, las fantasías inconscientes se analizan, y el efecto que se espera de ello es que la libido ligada a los objetos de las mismas quede disponible para actuar, para ligarse a otros objetos, para darle un uso distinto, incluso Freud consideraba que de ese modo era esperable que se modificara el mundo exterior en función de los deseos, al menos en la época en que aún no se había topado con las resistencias y la pulsión de muerte. Pero las fantasías también pueden proyectarse y vivenciarse, por ejemplo, como  maltratos, agresiones o intentos de seducción. También en versiones compartidas como “Ya no hay hombres” o “Las mujeres son todas histéricas”. 

Creemos que la complejidad consiste en cuán difícil puede resultar poder barrar esas certezas que funcionan como versiones de lo social y que sirven para justificar las propias frustraciones. De todos modos, las versiones que se armen también se modifican en pos de la época. Una mujer sola después de cierta edad hace unas décadas atrás era considerada una “solterona” con un carácter claramente despectivo, como lo muestra la obra Doña Rosita, la soltera de García Lorca. Nunca se suponía que una mujer pudiera haber elegido no casarse, sino que el no tener un marido o pareja la ubicaba como no siendo elegida, seguramente por no haber sido digna del amor de un hombre. Hoy en día una mujer puede haber elegido estar sola, o simplemente le puede haber ocurrido, y si bien la mirada social nunca es benevolente hacia una mujer sola, los movimientos sociales han producido un gran alivio en ese aspecto. Eso no es producto del psicoanálisis en tanto práctica individual, en todo caso nos señala nuestras limitaciones. Pero no somos ajenos a ello. Como alguna vez dijo Freud: “…el reconocimiento de nuestras limitaciones terapéuticas refuerza nuestra determinación en cambiar otros factores sociales, para que tanto los hombres como las mujeres no se sientan más forzados a situaciones sin esperanza”. Algo habremos hecho para que así sea.


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