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Notas sueltas mientras ordeno mi biblioteca

Por Luciano Sáliche

“Mi patria es mi hijo y mi biblioteca”
Roberto Bolaño

I

No sé ustedes pero en la casa donde me crié no había una biblioteca. Había, sí, una enciclopedia inconclusa —de esas con tapa dura, un par de tomos, hasta la letra D—, una biblia de bolsillo que nadie jamás leyó, un ejemplar de Yo soy el Diego de la gente que mi padre agarraba con gusto cada vez que entraba al baño, un ejemplar de El proceso de Franz Kafka que una vecina insistente le regaló a mi mamá —posiblemente ninguna de las dos lo haya leído— y un libro ilustrado con todas las formaciones de las selecciones del mundial de Francia ’98 que me dio en un cumpleaños una compañera de la primaria. Había, también, un diccionario ordinario y tres manuales pedagógicos de Educación Física. Nada más. Con ese material se hacía muy difícil iniciarse en el chamánico mundo de la literatura. A mí tampoco me interesaba. 

En Chivilcoy, frente a la plaza principal, un edificio resiste con timidez el paso del tiempo y el jolgorio de los locales de compra y venta de chucherías a su alrededor. Es la Biblioteca Popular de la ciudad y ahí, en las épocas donde no existía internet y recién nos maravillábamos con el invento de la fotocopiadora, hacía algunos trabajos grupales que me exigían en el colegio. A eso de las tres de la tarde, con el sol invernal pegándonos en cenital sobre el bocho, llegábamos un grupo de alumnos, atábamos las bicicletas afuera, y entrábamos con más paja que emoción. Buscábamos material, hacíamos la tarea y nos íbamos a boludear por ahí, bien lejos de los libros.

Termino esta agotadora referencia personal con un recuerdo mundano. El primer libro que leí de puro placer y sin ninguna obligación escolar fue una amarillenta edición Losada que encontré en la casa de mi abuela paterna, en la biblioteca de caña comunista que pertenecía a mi tío antes que se vaya a vivir a Buenos Aires: Flores Robadas en los jardines de Quilmes, de Jorge Asís. Un clásico de la literatura argentina que rompía con ciertas tradiciones solemnes poniendo en juego la picaresca del winner, el vaso de whisky y las minitas politizadas a la madrugada. Una de las grandes atracciones que le ofrecía la novela a un adolescente que jamás había vertido su atención a una lectura era el culo de Samantha. Si me apuran, diré que mis ansias literarias comenzaron ahí, en ese culo.

II

En la Ciudad de Buenos Aires de 1810 el clima era turbulento. Aún primaba el fervor independentista días después de la Revolución de Mayo y la juventud se inclinaba más por las armas que por los libros. Mariano Moreno era muy reflexivo en ese aspecto y entendió la importancia de cultivar el pensamiento, por eso fue a fondo con su iniciativa de crear una biblioteca pública. Lo anunció el 13 de septiembre en un artículo titulado “Educación” y publicado en la Gazeta de Buenos Ayres, firmado bajo el seudónimo “Veritas”. En aquel momento había una necesidad de ilustrarse, de pensar y repensar lo conseguido, erigir mediante una actitud crítica la Patria naciente. Entonces se creó la Biblioteca Pública —que luego sería la Biblioteca Nacional Mariano Moreno— con el Dr. Saturnino Segurola y Fray Cayetano Rodríguez como los primeros bibliotecarios oficiales. 

Tras un largo tiempo, un decreto de 1954 nombró el 13 de septiembre como “Día del Bibliotecario” y en 2016 se declaró “no laborable”. Pero, ¿qué significa ser bibliotecario hoy? Hay un poema de Borges —que en ese momento era, justamente, el director de la Biblioteca Nacional— publicado en Elogio de la sombras (1969) que dice: “Ordenar bibliotecas es ejercer, / de un modo silencioso y modesto, / el arte de la crítica”. El bibliotecario como crítico. Más que un erudito, un agente de información que sabe, dentro de su especificidad, dónde está todo. No sólo conoce, junta y agrupa, también discrimina. ¿Acaso no es necesaria esta tarea en tiempos donde todo se presenta ante nuestros ojos como productos del mismo valor, listos para ser consumidos con la misma intensidad?

III

“Las bibliotecas son unidades de información”, me dijo Carolina López Scondras, especialista en el rubro, en una entrevista que le hice en 2017, y también que el rol del bibliotecario “es gestionar la información, en cuanto al formato, ya sea digital o papel, en base a lo que necesita el usuario”. Nos conocimos en Resistencia, Chaco, en el Foro de Fomento de la Lectura que organiza Mempo Giardinelli y su troup. Nos pusimos a hablar en una sobremesa y enseguida entendí el mambo. Vocación de servicio en torno al saber. Ilustración y repartija. Generosidad. Pero sobre todo: el bibliotecario es un trabajador, un obrero de los libros. En Argentina no hay una ley profesional entonces el bibliotecario pelea por su puesto de trabajo, por su sueldo y por reconocimiento. 

Y como ante la ignorancia operan los prejuicios y estereotipos, en la sociedad civil pulula una idea que es difícil de desterrar: en internet está todo. ¿Es cierto eso? Para cualquier bibliotecario la respuesta es negativa, y no se trata de un capricho vengativo o una ataque acérrima al cambio, sino de una realidad. En el pueblo hay un viejo dicho: “el que mucho abarca, poco aprieta”. Por eso, la todología se pierde en una utopía, la del saber total, algo empíricamente imposible. La riqueza, por el contrario, está en la especialidad de cada biblioteca. Ir, preguntar y encontrarte con un bibliotecario que te guíe: así funciona (o debería funcionar) el universo de las bibliotecas.

IV

Viajemos a 1866. Todavía no llegó la primavera a Chivilcoy. Estamos en septiembre, por eso el clima es templado, casi caluroso. Chivilcoy es apenas un pueblo, fundado doce años atrás. Juana Manso está sentada frente a un grupo de gente que no le quita la mirada de encima. A su lado, Nicolás Avellaneda —que en unos años será Presidente de la República— la escucha atentamente. La invitó su fundador, Don Manuel Villarino, y ella aceptó sin dudarlo. Ahora habla con firmeza sobre la cultura popular. Explica la importancia de la educación pública y mixta y hace especial énfasis en la igualdad que debe primar entre hombres y mujeres. No todo es silencio. Hay también insultos y en un momento se oyen piedrazos en el techo. Ella no se intimida, continúa. Cuando concluye, todos aplauden.

Juana Manso ya es Juana Manso, una de las grandes teóricas de la educación nacional. Sus ideas son de vanguardia pero también muy resistidas por el arco conservador. Tiene 47 años y un fuego insaciable encendido en su pecho. Entonces decide organizar, para el día siguiente, una nueva charla, esta vez más literaria. El objetivo es recaudar fondos para formar una biblioteca pública en Chivilcoy: la primera de toda la provincia. En ese entonces, sólo la capital contaba con una. A Avellaneda le pareció una gran idea. Tal es así que donó una gran cantidad de libros. Ella también: donó un cajón de pino con 144 tomos. Se inauguró en noviembre con una velada literaria. Hubo lecturas —ella leyó un cuento de la narradora salteña Juana Manuela Gorriti— y algunos músicos tocaron con entusiasmo.

Ahora es de noche: la velada inaugural. La gente, en este cuarto enorme, escucha atentamente y no le quita la vista de encima a esa mujer que habla con una energía inquebrantable. “Esta noche”, dice Juana Manso elevando el tono, “las mujeres de este humilde pueblo de nuestra campaña acaban de inaugurar la aparición de la capacidad intelectual de la mujer…” Los piedrazos en el techo han cesado. Los insultos inoportunos ya no se atreven a interrumpir. Todos es silencio. No vuela una mosca. Ella continúa con convicción: “…siendo las primeras argentinas que levantan tan alto sus nombres en la iniciativa de la educación en Sudamérica”. Y entonces, sí, de nuevo, los aplausos, esta vez más fuertes y vivaces, que llenan toda la habitación, la rebalsan y empiezan a inundar, poco a poco, un país entero: la idea de biblioteca ya está instalada.

V

Detrás de lo que hoy conocemos como bibliotecario hay una historia que fue mutando con el tiempo. Los primeros cursos de bibliotecología de América Latina comenzaron aquí, en Argentina. En el verano de 1909-1910, Pablo Pizzurno lo organizó bajo el nombre de Biblioteconomía y lo dictó el ingeniero y pedagogo uruguayo Federico Birabén en el Mariano Acosta. En 1922 se sistematizó cuando, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, el Decano Ricardo Rojas presentó un proyecto al Consejo Directivo —que inmediatamente aprobó— para la creación de la Escuela de Archiveros y Bibliotecarios. A partir de allí, todo fue en un franco ascenso institucional.

Lejos del casillero vetusto y apolillado en que se suele ponerse a esta profesión, hay bibliotecarios que intensifican su vocación con formación, lectura y compromiso. En un mundo sobremediatizado donde la información abunda hasta un punto tal que no sabemos qué es verdad, qué es mentira, qué una interpretación desviada y qué una banalidad residual, lo que faltan son actores culturales que ejerzan con maestría —en palabras de Borges— el arte de la crítica. Discernir, discriminar, decodificar y ordenar lo realmente relevante y agruparlo de forma tal que pueda ser entendido por todos o, al menos, esté ahí, en su estante específico para que cualquiera, cuando lo necesite, sepa de su existencia y vaya a buscarlo. Quizás esa sea la mejor manera de pensar al bibliotecario. Una profesión muy necesaria para los tiempos que corren.

VI

Volviendo al aburrido monólogo personal, quizás todo empezó en la Avenida Corrientes. Me vine a estudiar a Buenos Aires cuando terminé el secundario y comencé a trabajar en ese exótico lugar que algún burócrata con buena imaginación llamó Microcentro. Allí, después de algunas horas de estar parado con la sonrisa borrada repartiendo folletos en las bocas del subte, me metía en las librerías a hojear libros. Algo me llamaba la atención pero no sabía qué. Creo que ahora tampoco lo tengo claro ahora. Leí muchas boludeces pero recuerdo que Roberto Arlt me generó algún tipo de entusiasmo: narraba una Buenos Aires preciosa y asquerosa a la vez. Luego, con la impiadosa cantidad de material que la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA me daba, me convertí en un lector a la fuerza. Creo que no me dieron otra opción.

El tiempo hizo lo suyo. También la corrida constante por evitar que me atrape el aburrimiento. Hace menos de un año me mudé con mi familia —resulta que cerré los ojos y cuando los abrí: ¡tenía una familia!— a una discreta pero espaciosa casa en las afueras de Capital. Cuando quise ordenar las cajas llenas de libros tuve que organizarme mejor. Diseñé una biblioteca. Ahora, sobre la pared principal del living, varios estantes organizan los libros de la casa. Poesía arriba, cuento abajo, novela y no ficción en el medio. Sé que separar por género no es lo más preciso; veremos. Y mientras compaginaba, en una noche calurosa de verano, entendí mejor que nunca la tarea del bibliotecario y la importancia de las bibliotecas: ordenar el sentido en un mundo brutalmente caótico.

Todos esos libros ahí, ordenados en mi biblioteca, o la gran mayoría de ellos, están subrayados con pulso tembloroso y color fluorescente, con más violencia que elegancia. Como para que no me olviden. Elias Canetti decía que “la auténtica vida intelectual consiste en releer”. Qué se yo. Quizás por eso me empeño en tener bien ordenado este pequeño universo de páginas —aunque no lo logro: es un desastre — para cuando vuelva a caerme en él, a perderme en él, a morirme en él.

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