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Todos los inviernos

Por Juan Manuel Terré

“A veces pienso en mi viejo. O es un barco que parte
o esa gente vagabunda que trae el verano
o simplemente una luz en el río.
Entonces me siento en la costa y pienso en mi viejo».
Haroldo Conti, “Todos los veranos”

Subo a Lucas sobre mis hombros y le digo que levante el trofeo bien alto. Detrás está el río; nuestras siluetas se recortan exactas sobre el agua. Andrea busca el mejor ángulo y dispara. En unos días la foto ocupará un lugar en mi escritorio junto a otra más antigua. Allí tengo la edad de mi hijo y también estoy levantando un trofeo. Al lado mío está mi padre, su mirada rigurosa apenas se insinúa. El río es el mismo y al mismo tiempo no lo es. Como yo, que soy el mismo pero no lo soy. Sobre todo desde ese día en el que mi padre y yo empezamos a ser otros. 

Aquel invierno me empezó a llevar a los torneos. Preparábamos el equipo el día anterior y a la madrugada, provistos de linternas, escarbábamos la tierra húmeda del patio buscando las lombrices más gordas. Llegábamos al puerto al amanecer, cuando el frío calaba profundo y la niebla lo envolvía todo. A medida que comenzaba a clarear, la bruma descendía sobre el río y se volvía más luminosa. Mi padre tenía la costumbre de preparar el mate apenas se bajaba del auto. La garrafita y la pava en el baúl eran tan imprescindibles como el criquet y la rueda de auxilio. A veces, cuando había un poco de viento, calentaba el agua ahí adentro, con la tapa de la cajuela entreabierta. Mi madre le decía que alguna vez íbamos a volar por el aire. Ella se quedaba en casa, su función consistía en prepararme una cantimplora con Toddy caliente y en recordarme hasta el cansancio que no me desabrigara, lo demás era una actividad exclusiva de padre e hijo. “La pesca es cosa de hombres”, decía él.

La primera vez que concursamos estuvimos cerca de batir un récord: yo pesqué un bagrecito que apenas superaba la medida y mi padre nada. Terminé penúltimo en mi categoría y él último en la suya. Mi humilde fortuna se debió al abandono de un gordito que se aburrió enseguida y corrió a jugar con un gato que merodeaba cerca del muelle. Me dieron una medalla y con eso encontré algo de consuelo (todos los menores recibíamos algún premio). Mi padre se quedó esperando en el auto y no habló en todo el viaje de regreso.

En los siguientes torneos nuestro rendimiento no mejoró mucho. Un domingo lluvioso obtuve un quinto puesto entre siete chicos con un par de bagres amarillos y una morena flaca pero larga que me ayudó a sumar varios puntos, y otro día mi padre alcanzó un cuarto lugar en el rubro pieza mayor, lejos de los tres primeros, con una boga modesta. Ésos habían sido nuestros mayores logros y la ventaja que nos sacaban los de adelante era siempre desalentadora. 

Para ganar había que hacer muchos puntos y éstos salían de la suma de las medidas de los pescados. Mi padre pensaba que era mejor sumar puntos con un par de peces grandes y no con una docena de porquerías, como le decía a los bagres y porteñitos que abundaban en el rio Paraná, porque además existía la posibilidad de ganar la pieza mayor, un premio especial que se le daba al que sacaba el pez más grande. Así que siempre nos ubicábamos en la punta del espigón, lejos de los demás, porque decía que allí iban a salir los peces importantes. Su estrategia era bastante lógica pero los resultados nunca eran los esperados. El pique se daba siempre en los primeros metros del muelle, donde no sólo se pescaban las porquerías, sino la mayoría de los peces. Y allí tiraban las cañas los demás competidores, cuya estrategia se reducía simplemente a pescar mucho y a ganar los torneos. Pero mi padre insistía con aquel lugar y al final de cada jornada, cuando desandábamos el muelle cargando una nueva frustración, repetía que había que tener paciencia, que ya nos iba a llegar el momento. 

Cierta vez, cuando íbamos hacia el espigón para comenzar un nuevo torneo, uno de los pescadores que estaba en la entrada del muelle me dijo que tirara la caña ahí, donde lo hacían todos. Mi padre, que iba unos metros más adelante, se dio vuelta pero no dijo nada, sólo me miró y siguió caminando. Yo sabía que ahí podíamos tener más suerte pero lo seguí a él, era como un rito. Ese día hicimos el peor torneo del año.

A los pocos días llegó del trabajo muy animado y me dijo que a la madrugada nos iríamos a navegar. Había arreglado con un conocido que tenía una lancha para ir del otro lado de las islas, a un recodo del Paraná, famoso por el buen pique. Decía que ahí se pescaban grandes y no las porquerías del puerto. Era la primera vez que íbamos a pescar embarcados y por cómo hablaba deduje que tenía experiencia. Pescar río adentro implicaba la posibilidad de capturar peces enormes y desconocidos para mí, como el armado o el surubí, difíciles de atrapar desde la costa. Mi entusiasmo fue inmediato, le pedí que me dijera qué tipos de anzuelos y líneas debíamos llevar y me puse a preparar el equipo. Él se enfrascó en la confección de una carnada especial, una masa amarilla hecha a base de polenta que se parecía a los chizitos. Yo le propuse llevar también lombrices pero a él no le parecieron adecuadas; en cambio prefirió llevar unos menudos de pollo como segunda opción, aunque tampoco lo creía necesario.

Salimos cuando empezaba a amanecer. El tipo nos esperaba en el embarcadero público, un lugar de poco calado en la entrada del riacho. Era un hombre ya grande, curtido por el río. La lancha resultó ser una vieja canoa con un Villa de dos tiempos, un motor infame que no despreciaba el ruido ni el olor a gasoil. Cargamos el equipo haciendo un pasamano y salimos del canal animados por el sol que empezaba a calentar. Cuando entramos al Paraná las cosas se complicaron, el río estaba picado y navegábamos viento en contra. La madera del bote rechinaba con cada embestida de las olas y el motorcito parecía que iba a reventar. Mi padre me puso un salvavidas roñoso, con manchas de combustible, que encontró en el tambucho de la popa, y entre el hedor y los sacudones, vomité la mayor parte del viaje. Cuando llegamos, los dos estábamos blancos y el tipo no perdió la oportunidad para hacernos algunas bromas. La pesadilla había durado como tres horas y otro buen rato achicar el agua que había entrado en el bote. 

El lugar era tranquilo, una formación de juncos y camalotes nos dejaba al reparo de la corriente. En el agua se formaba un suave remanso que nos mantenía estables. Mi padre había llevado una bolsa con maíz fermentado para cebar el lugar y lo esparció cerca de los camalotes, donde decía que andaban los surubíes y los armados. Después me explicó cómo tenía que encarnar la masa en los anzuelos y enseguida tiramos las líneas sobre el cebadero. El viejo, en cambio, había encarnado con lombrices y lanzado su línea lejos, hacia el centro del río, donde el agua corría con fuerza. Mi padre le había ofrecido su carnada especial pero él, con un gesto de desconfianza, se la había rechazado. A los quince minutos, cuando recién empezábamos a habituarnos al lugar, el viejo tuvo su primera captura: un patí de casi dos kilos que me dejó impresionado. Mi padre se mostró indiferente y me hizo un gesto de que esperara, que ya nos iba a tocar a nosotros. Al ratito el tipo volvió a clavar la caña y esta vez enganchó un armado con la cabeza como una pelota; era un animal contundente y tuvimos que ayudar a subirlo a la canoa con el mediomundo para que no cortara la línea. “Viejo ojetudo”, dijo mi padre entre dientes. Yo estaba cada vez más ansioso. Soñaba con pescar algo así, lo más grande que había sacado en mi vida había sido una boga de algo más de un kilo y me había parecido Moby Dick. Ese día tenía la posibilidad de pescar uno grande de verdad, uno que pudiera dominar hasta vencerlo; pero aquella ilusión también me inquietaba, la estrategia de mi padre no estaba funcionando y lo veía cada vez más obstinado con su carnada y su cebadero. Él me decía que tuviera paciencia, que seguro atraparíamos algún surubí y que me sorprendería del tamaño que podían llegar a tener. Ese armado va a parecer una mojarrita al lado de nuestro cachorro, decía y parecía querer convencerse él también. Ya habíamos cambiado la masa varias veces porque se desarmaba a cada rato y seguíamos sin pescar nada. Cuando mi padre esparció en el agua el resto de maíz que quedaba, el viejo, burlándose, le preguntó si había venido a pescar gallinas, pero él prefirió ignorarlo y siguió como toda la mañana, afirmado en la caña sin apartar los ojos del río. 

A pesar de las bromas, el viejo nos había ofrecido varias veces sus lombrices; tenía un tarro lleno y estaba a la vista que no fallaban; pero yo sabía que ese día mi padre, por orgullo u obstinación, sólo utilizaría la carnada que había preparado. 

Entrado el mediodía, el viejo ya había pescado como media docena y nosotros ninguno. Mi padre decidió cambiar la estrategia y empezamos a encarnar con los menudos de pollo. El viejo había recogido su línea y se interesaba más en una damajuana y unos salamines que en la pesca. Pasó como una hora y nada. El pollo tampoco daba resultado. Yo quería probar con las lombrices pero tenía miedo de herir a mi padre. Necesitaba su consentimiento o algo que me habilitara para hacerlo, pero él estaba muy ocupado en sí mismo y parecía no darse cuenta. Cuando las esperanzas de pescar algo importante se agotaban, tuvo su primer pique. Es uno grande, dijo. El pez resistía, tironeaba hacia lo profundo y daba batalla. Mi padre le soltaba la línea y lo trabajaba para cansarlo. Al cabo de unos minutos lo había dominado, enseguida lo vimos asomar del agua. Era un bagre miserable, un pez sin atributos que el sol confundía con las olas y lo hacía ver más pequeño. Yo había agarrado el mediomundo para ayudar a levantarlo pero viendo la situación lo dejé caer distraídamente sobre el piso de la canoa. El viejo, medio picado por el vino, largó una carcajada brutal. Mi padre, masticando rabia, devolvió el pez al agua con violencia y dio por terminado nuestro día de pesca. 

A la semana siguiente se realizó un nuevo concurso en el puerto. Preparamos el equipo como siempre y a la madrugada, antes de salir, buscamos las mejores lombrices del patio. Cuando terminamos de cargar las cosas en el baúl noté que mi padre no llevaba su caña. Hoy no voy a pescar, me dijo y se subió al auto. Llegamos al puerto y fue a la mesa del jurado para inscribirme. Volvió y me puso la ficha en el bolsillo de la campera, luego comenzó a prepararse el mate. Yo terminé de armar y a los pocos minutos dieron la señal de inicio. Cuando estaba por irme me dijo, casi como al descuido, que probara en otro lado, que el día no se presentaba bueno para pescar en el espigón. Ahí empecé a entender. Fui hacia el muelle y me ubiqué cerca del grupo más grande de pescadores, un poco intimidado por la marea de cañas que se precipitaban hacia el río. Enseguida tuve mi primera captura, un patí de buen tamaño que me valió algunos puntos. Después me fui animando y empecé a tirar junto a los demás competidores, donde veía que estaba el mejor pique. 

Ese día terminé tercero entre una docena de chicos y recibí el primer trofeo de mi vida. Mi padre, que se había quedado tomando mates al lado del auto, estuvo en la premiación. Pude verlo parado bien atrás observando como desinteresado. Cuando todo terminó se acercó y le pidió a alguien que me sacara una foto: “con el río de fondo”, le dijo, y se paró a mi lado. Yo salí sonriendo con el trofeo en alto y él muy serio. Pero yo sé que estaba orgulloso. Después vinieron otras competencias y llegué a ganar algunas, pero ninguna me dio la felicidad de ese tercer puesto. Desde aquel día mí padre no volvió a pescar, pero siguió llevándome a los torneos durante muchos años, todos los inviernos.

* Este cuento fue incluido en “Para el lado de las islas”
(Barnacle, 2016) de Juan Manuel Terré.


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