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Materialismo espiritual

Por José Luis Juresa y Cristian Rodríguez | Portada: Rook Floro

Política del goce en psicoanálisis

Nombramos como “materialismo espiritual” un relevo post lacaniano que retoma la idea de un materialismo dialéctico, y que es también el diálogo histórico con la teoría psicoanalítica. De alguna manera esta nominación va en la dirección de estas nuevas disquisiciones alrededor de la física cuántica como una práctica sobre lo real, pero no sobre lo real de los procesos económicos. exclusivamente, ni sobre lo real del cuerpo ni siquiera sobre lo real de la letra, sino sobre lo real del espíritu, es una posición post evolucionista, post positivista, post estructuralista, incluso post lacaniana.

Posiciones sobre el estado de la ciencia actual, para proponer el debate de lo que entendemos por ciencia en lo contemporáneo.

Hay una novedad en la posición que estamos estableciendo, respecto de la ciencia y de las consecuencias de los avances en la física, y de las anticipaciones que el propio psicoanálisis ya hace desde Freud y que el concepto de “pulsión” plasma, ese borde somático, entre lo psíquico y lo somático, que articula este concepto de materialismo espiritual. El concepto de pulsión, tal como lo planteamos desde el principio de nuestros trabajos sobre “física y psicoanálisis”, es la clave.

Y el modo en que la pulsión está antes incluso que Dios.

La idea de un materialismo espiritual es una manera de resolver una dimensión de la realidad, que tiene que ver con la ideación, pero que no es la ideación obsesiva. Esto plantea cierto obstáculo epistemológico para delimitar ese campo y para darle el estatuto de una dimensión a la idea. Justamente esta es la manera que encontramos, proponiéndola como “el empuje de la pulsión por efecto de su propia anterioridad lógica”. Esa es su condición, en la práctica psicoanalítica, que la define como del orden de un materialismo espiritual, y por eso se plantea la pulsión como una anterioridad lógica a la propia existencia del Dios del Universo.

En este sentido, si Dios es tiempo, la pulsión se rige por los preceptos de la espacialidad y del campo, y no directamente por la temporalidad. Los elementos de la pulsión en juego se determinan precisamente por su condición de participar de una experiencia de campo y en relación a su espacialidad.

Nuevo materialismo

Por lo tanto, la pulsión es un concepto central de una suerte de “nuevo materialismo” que no reniega del “espíritu”, que “anima” la materia con la causa. Como en la relación a lo visto, a lo representable, anida en lo “oscuro”, en la materia “goce”, en la opacidad del cuerpo. La memoria del goce que liga a los cuerpos entre sí -aún el de los muertos- a través del “órgano libidinal”, que excede los límites del yo-piel, del “uno a uno” de los individuos.

Allí, en eso invisible que adviene como información al campo de la realidad dominado por la “materia animada”, radica la causa que a Dios lo “animó” a la creación del universo. Dios proviene de un agujero negro, un punto “perdido” para la luz que, a pesar de todo, logró salir de su campo gravitatorio, de su vientre devorador -un paciente corrigió una vez el señalamiento “las madres”, reemplazándolo por “los vientres”-.

Dios es información procedente del agujero, información “del otro lado” de la luz, del otro lado del espejo. El hombre está de este lado del espejo, es la “imagen y semejanza”, Dios está en el espejo. Pero la información de la que hace “causa” viene del otro lado del espejo. En el espejo nos quedamos quietos, captamos la imagen al modo de una foto. Lo que nos mueve ya no se refleja, así como el niño se mueve detrás del espejo buscando algo como él mismo -de su misma especia-, como si la imagen fuera apenas un títere. Busca la causa, lo que lo anima. El ánima.

La pulsión es el concepto que articula la causa con lo causado, materia y espíritu transformados en una materia “animada” que reconoce una causa en lo oscuro, en lo que no se puede ver. El “soplo” divino es la causa de lo animado, soplo que nadie pudo ver ni escuchar, salvo el psicótico, para quien el “anima pulsional” se hace sentir en el cuerpo, se hace “visible”, como si los muertos no lo estuvieran -recordar lo que dice Schreber sobre los muertos, la psicosis analizada por Freud a partir de “Las memorias de un neurópata”, o “los cadáveres” con los que habla Dios- y sobre todo ese muerto “moderno” que es el mismo Dios.

Otra vez Dios, en el inicio. ¿Y antes que Dios, qué? La información que viene de esa opacidad einsteniana, la del agujero negro del goce. – proponemos nosotros. El agujero negro del Goce del Otro al que el hijo adviene a su “memoria”, memoria del goce. Esa memoria decanta en la letra viva de la lengua hablada, letra muda a la vez, marca en el cuerpo.

Lo que se dice es lo que se calla a la vez, no porque no se pueda decir, sino por lo imposible de un tiempo ya muerto.

El campo y la vida. La historia libidinal

Una vida se hace a partir del cuerpo, en tanto el cuerpo excede al “yo”, a los límites de la piel, eso que se refleja en el espejo. El cuerpo se hunde en la opacidad del “detrás del espejo”. También somos “Alicia” -las “Alicias” de Lewis Carroll- navegando la materia de los sueños mientras creemos ser eso que vemos y a lo que tratamos de acomodarnos, de integrarnos especularmente.

El cuerpo freudiano hace lazo con la historia política, comunitaria, cultural, pero también con la “historia libidinal”. Ese “órgano” que se desplaza, lo hace también fuera del campo del “ensamblado” maquinal con el que funciona el cuerpo- órgano del capitalismo y la ciencia que le es funcional. En la ciencia capitalista, el cuerpo es un cuerpo “conquistado”, “alambrado” como un campo de concentración – concentración en un amplio sentido, pero fundamentalmente, concentración de capital –, cuerpo “concentrado” en el ensamblado de la productividad, el consumo y el desecho reciclado.

Volviendo a la cuántica, la pulsión equivaldría a la materia en estado de “onda”, la materia gozosa que logra salir del agujero negro por la física misma del agujero, para no autoconsumirse, provocando su agotamiento y con ello la implosión de la realidad. Esas informaciones son plausibles de “salir a la luz”, es decir de ser leídas, en el entre líneas de los “rayos significantes” -retornando a Schreber- articulados en la lengua hablada del discurso. En la dirección contraria al ensamble del cuerpo maquinal alambrado del capitalismo concentracionario, la pulsión es algo muy distinto a un ensamblado – tal como lo señala Lacan en el Seminario 11, “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”–, la pulsión es una colección surrealista de elementos sin ningún tipo de funcionalidad maquinal, no es un ensamblado en el sentido de un “producto final” de la cadena de montaje. Tampoco podría ser “solución final”. Nada más lejos. Es un disloque que atiende a la parcialidad del objeto en la que el deseo se fundamenta, y por ende, el sujeto que es su efecto significante articulado a la causa que lo anima.

La neurosis artificial que favorece el dispositivo analítico recrea el campo gravitatorio – ya no concentracionario – que la información del agujero negro – la opacidad del goce, su memoria – atraviesa bajo la forma de onda pulsión, dando cuenta de un cuerpo que se extiende más allá del ensamblado de órganos. Esta onda pulsión posibilita la transdimensionalización de esa información que incluye las voces de los muertos. Ya que incluso el padre es, ante todo, un muerto – según el mito que Freud supo escribir-.

Si algo se lee a nivel de este cuerpo “extendido” de lo pulsional, “transdimensionalizado”, es porque el analista está incluido en ese encuentro de lectura que lo saca de la ciencia del experimento para devolverlo al campo de la experiencia de vida, en la construcción de un saber que se articula a la vida más allá de la simple reproducción de la especie.

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