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Lo que cuesta un Perú

Por Grupo de estudio e investigación Psicoanálisis y Capitalismo

“De las venas de la tierra,
desangrando el Potosí,
hilo a hilo, te trae su plata
el oro de Ofir”
Pedro Calderón de la Barca (1634)

¿Qué late (aún)?

Hace un año, iniciamos un grupo de lectura y escritura bajo el nombre “Psicoanálisis y Capitalismo”. En este recorrido, buscamos trabajar el concepto de emancipación del sujeto en su articulación a la clínica. Haciendo yuxtaposición entre la lectura de textos y la presentación de fragmentos, fuimos explorando y enlazando algunas ideas que apuntan a tal concepto, qué significa y que vía posible para su realización. A tal propósito, creemos factible hacer una primera presentación del resultado de tal exploración hasta este momento. Se trata del relato de unas entrevistas presentadas al grupo, hilvanando en el mismo los conceptos de “concentración”, “estallido” y desaparición y aparición del/los cuerpos. Todo esto sin perder de vista su relación a la clínica psicoanalítica.

Se trata de una mujer nacida en Perú, hija de campesinos, que a los 18 años se muda a la ciudad de Lima para estudiar enfermería. Se aloja en la casa de familiares que la tratan como “la chica de la limpieza”. Una vez recibida de enfermera, y dada la situación económica de su país, las pocas oportunidades laborales y el alza del movimiento de Sendero Luminoso, decide venir a la Argentina a los 25 años, donde residen también algunos familiares. Se dedica a su profesión y trabaja en diferentes clínicas.

Su malestar es florido. En relación a su cuerpo, se lamenta en forma constante de muchos dolores: de cabeza, de extremidades, de huesos, musculares. Se le hinchan los ojos, le cuesta abrirlos. Siempre se siente como adormecida, y se le duermen las manos, se le hacen tajos en las palmas de las manos y le sangran las yemas de los dedos. Desprecia sus formas, tiene reuma, artrosis, el cuerpo de una vieja. En su cuerpo algo late.

¿Que late? El alma de un (cuerpo) resentido. Dice haber tenido en Perú una infancia muy triste, en una familia campesina del interior del país. Es la tercera hija de dos hermanos varones mayores y dos hermanas mujeres menores. Describe situaciones de violencia entre sus padres y cuenta que su madre era objeto de abusos y sometimiento. Su padre era alcohólico.

Cuenta haber sufrido un abuso a los 13 años de edad, a manos de su hermano mayor. Cuando fue a mostrarle a su madre su ropa íntima llena de sangre, ella le dijo que no le diga nada al padre, porque si su padre se enteraba, iba a matar a su hermano. El episodio queda silenciado. Sin embargo, a su madre y hermano mayor no los puede perdonar.

Actualmente trabaja en una clínica, y dice estar cansada de levantar cuerpos pesados, de lavar culos y curar heridas. Con frecuencia, el trabajo le trae muchas dolencias en sus brazos, en la espalda y la cintura. En distintas oportunidades ha tenido que tomar licencia y se ha tratado con kinesiología. Se ubica a sí misma como la persona que va a tapar los huecos cuando un compañero falta. Ella es “un comodín”.

Su relato está sembrado de lamentos, siente que todo es injusto. Cuenta que no puede cambiar de trabajo, no puede tener novio, no puede mejorar su estado de salud, no puede mejorar económicamente, no puede estudiar. El esfuerzo y sacrificio que hace, le cuesta mucho, la vencen el cansancio y los dolores.  Vuelve reventada de trabajar, no puede levantarse ni disfrutar. Siente que su cuerpo está arruinado.

 “Todo le cuesta un Perú”, lee el analista en la sesión.

Las minas 

¡Vale un Perú! Y el oro corrió como una onda
¡Vale un Perú!… y las naves lleváronse el metal.
Pero quedó esta frase, magnífica y redonda, como una resonante medalla nacional.

Así lo escribió el poeta peruano José Santos Chocano hace un siglo. Y se refiere a una frase que, a su vez, tiene varios siglos en el idioma español. Se la escucha en España y América Latina. Pero, ¿qué significa la expresión “Vale un Perú”? Quiere decir que algo es sinónimo de “riqueza extraordinaria”, según la Real Academia Española. Costar o valer un Perú o valer un imperio: todas estas frases están relacionadas y aluden a las minas de oro y plata de Sudamérica, explica Alberto Buitrago, profesor de la Universidad de Salamanca, España.

En concreto refiere a las minas de Potosí (actual Bolivia) pero que en la época colonial pertenecían al virreinato del Perú.  Había allí unas minas de plata abundante y de altísima calidad. Esa plata y oro que se extraían de América viajaban hacia España en el siglo XVI y servían en gran parte para pagar a banqueros que habían financiado las expediciones al “nuevo continente”.

Pero retomemos el material presentado, para intentar construir una hipótesis que tenga alguna precisión respecto del cuerpo atrapado, encorsetado en la lengua de la colonización, cuerpo colonizado por otros modos de goce. La tensión de vivir una vida que solo sabe aguantar el malestar. El cuerpo, “habla” como un desaparecido en la lengua prestada del torturador o invasor y, como un fantasma, se pasea lleno de síntomas. Entonces, surge la pregunta acerca de cómo descolonizar, emancipar al sujeto de ese lenguaje, haciendo aparecer un cuerpo olvidado, borrado, desaparecido de toda huella de amor y deseo.

O sea, de infancia.

El cuerpo atrapado en los discursos de la colonización determina otros modos de goce para la cultura neocolonial arrumbada entre los trastos de un sistema global ruinoso cuyos goces periféricos no son los mismos que los del trabajador de los países centrales. Ella vive una vida en el tiempo y el espacio de la colonia, que solo sabe aguantar el malestar y lleva el destino escrito. Habita en una lengua que no es el español sino en su versión sometedora, violenta, la lengua del conquistador, una lengua que pisa y aplasta. Vive en esa lengua como viviría un preso en una celda reducida y atestada. De aquí que surge, en este caso, la pregunta de cómo operar un efecto “descolonizador” o emancipador que haga reaparecer en ella un cuerpo “almificado”, que le retorne como alivio, como una bendición de volver a respirar, cuerpo desaparecido de una cultura sometida, cuerpo reaparecido en el eslabonamiento de las generaciones, oculto en su ADN pulsional.

El cuerpo reaparecido

La experiencia del análisis, da lugar a la enunciación del ser hablante (determinada por la reaparición del cuerpo desaparecido por el discurso capitalista, cuerpo ligado al amor y al deseo, y a un goce regulado). Del cuerpo indigno del síntoma, al acontecimiento de lectura analítica que, a su vez señala el punto de dignidad: la de un objeto que el capitalismo no es capaz de reabsorber en la lógica de consumo. Lacan denominó a ese objeto con una letra, y nosotros, siguiéndolo, hacemos de esa letra un cursor de lectura. Eso posibilita leer “cuesta un Perú”, poniendo el síntoma “en valor” (del mismo modo en que se recupera y se actualiza un espacio urbano olvidado o en ruinas. Freud utilizó muy bien esta metáfora arqueológica). De este modo, da lugar a la torsión de un destino trágico hacia una posible emancipación del sujeto. 

Pero ¿emancipación de qué? Del cuerpo encorsetado en la concentración capitalista, arrojado a la montaña de desechos del consumo, acumulado como un trasto más de la máquina de producir, agobiado, aplastado y confundido en el sometimiento del bienpensar, el buen comportamiento meritocrático, la corrección de las formas “civilizadas” del invasor y el conquistador, sean quienes sean estos, y desaparecido en los ríos, en los flujos acuosos, “líquidos” –al decir de Zygmunt Bauman– de la solución química que no es la solución freudiana de los sueños, ni la disolución lacaniana de los grupos que se cierran y tienden a cerrarse para conservarse en una burocratización de la palabra o formación de masa. La solución freudiana no es la “solución final” de los campos concentracionarios que, en los nazis, acusaron su más prominente cúmulo, pero que en verdad se esparcen por el globo bajo el título de, entre otros, “corporaciones”.

El cuerpo del psicoanálisis extiende su superficie tanto como lo hace el recorrido pulsional, abarca otros cuerpos y se colectiviza en la singularidad de ese recorrido. La libido se desplaza, inviste, se extiende desde su fuente, la zona erógena correspondiente, y se enlaza a otros cuerpos, y en ese enlace de lo singular a lo colectivo (dando cuenta que lo singular se define en relación a lo colectivo) remarca, subraya claramente, que el psicoanálisis es lo que Freud deja bien asentado en textos como Moisés y la religión monoteísta o El malestar en la cultura, textos en que ubica sus descubrimientos en relación a la cultura, a la historia de la humanidad, a los mitos, al archivo y a lo que se pierde ese archivo, de esa letra escrita. Lo que Freud lee en la historia, en los libros de tradiciones y de leyendas, los libros mitológicos, las tradiciones orales, es la íntima relación que hay entre la vida de un individuo –la vida estamos diciendo, lo que se entiende por “vivir”- y la colectividad en la que esa singularidad tiene sentido, un sentido Real, ligado a ese cuerpo extendido, “reaparecido” para el deseo y el amor, un cuerpo enlazado a una vida.

Nos preguntábamos que late en ese cuerpo, el de una peruana (forzosamente) exiliada por la lógica pulsátil de las cíclicas crisis capitalistas (lo cual explica casi toda la historia migratoria de los últimos dos siglos). Y decimos que ella sigue trabajando en el espaciotiempo del conquistador: la mina, el abuso, la violencia, la explotación latiéndole en el cuerpo como una suerte de “aguante” que se desengancha de su tiempo – aunque en “su tiempo” algo de ese malestar es refritado por enésima vez en la convocatoria a aguantar en nombre de la bienaventuranza, lo cual nos habla de un actualísimo retorno a la lógica neocolonial (recordar la “angustia” de los patriotas frente a la declaración de la independencia). Es el Perú español por el que se inmola, repitiéndose en la naturalización de la dominación, en ese acostumbramiento del “aguante”. 

La pregunta es si, finalmente, a ella todo le cuesta un Perú o es exactamente al revés: por el Perú ella paga con su cuerpo, y se resiente. Por lo tanto, la lectura que se le comunica, “todo le cuesta un Perú”, hay que leerla en clave emancipatoria: habrá que deshacerse del Perú, porque “El Perú” le cuesta la vida, porque el Perú es la mina de oro y plata que adorna las iglesias y los palacios de España, porque en esas iglesias y esos palacios los cuerpos del “aguante” están incrustados y petrificados, sin tiempo, como signo de la conquista y de sus pretensiones imperiales.

La alternativa a ese destino inscripto en piedra (en oro y plata en este caso) que abre la experiencia del análisis es habilitar el desvío, vaciar el sentido coagulado del modo en que fuimos hablados (y en el mismo acto, gozados), ese sentido es residuo de una ideología impuesta por la conquista. ¿Cómo arribar a la creación, chispazo donde el lenguaje hace su aparición, con una lengua otra, que se reinventa quebrando el dogma, las formas pétreas de lo establecido? Eso es el psicoanálisis, un chiste, no porque sea apenas una gracia, sino porque es desvío del sentido propuesto, del sentido reproducido, es un discurso contra la interpretación fantasmática e ideológica. Y es contra la identidad, en el sentido de lo idéntico. Sí, “cuesta un Perú” porque el deseo está exactamente allí, fuera del sentido establecido al que convoca de inmediato la frase: de lo que hay que deshacerse, es del Perú. Porque “el discurso en el que se nace es como una patria, de la cual uno puede exiliarse;  y para poder irse previamente hay que estar inscripto en ella. Hay que poder decir, como todos: “me cuesta un Perú”.

La respuesta está en esa lectura, poetización del inconsciente, al modo en que el propio Freud las ubicaba a esas formaciones del inconscientes. En el síntoma está el germen de la emancipación, la liberación del cuerpo no nacido, el recuerdo de una infancia que habrá que ver si pudo ser experimentada. A veces los estragos son irreversibles. Hay que decirlo. Y sólo el artificio comunitario puede salvar una vida en su seno.

La decisión de hacer una experiencia de análisis es en el fondo la decisión de enfrentarse (no en términos bélicos) con la herencia. Es abrir los ojos a “lo Otro”, y se nos da a ver en los sueños: los jeroglíficos de lo Real de nuestras vidas. Descifrar esos jeroglíficos, letras muertas de un idioma que aprendimos a hablar en la infancia (que no solo es “la nuestra”), y que hemos olvidado, es aquello que nos va a dar una oportunidad. Y eso sí que “vale un Perú”, sacado de encima del cuerpo como si de un imperio se tratase, y sin habernos dado cuenta de qué modo lo ayudábamos a sostener.

* El Grupo de estudio e investigación Psicoanálisis y Capitalismo está integrado por los psicoanalistas Sandra Fernández, Verónica Goyeneche, Graciela Ramírez, Paola Lospinoso, Paula Herman, Santiago Suarez y Vivian Paulbam, bajo la dirección de José Luis Juresa.

* Imagen de portada: «La Santusa» (1928) de José Sabogal

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