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Mesa para uno

Por Ignacio Luongo

Sábado 22 de diciembre

Siempre que llegan las fiestas intento encontrar alguna excusa para no juntarme. Otros años me fui de viaje. Algunos me quedé en la casa de mi ex. Hasta pasé la noche buena visitando gente en situación de calle con tal de estar exento de toda esta movida frenética. 

Me despierto con la sensación de haber dormido mucho. Apenas me estiro y Rex ya está al lado mío saludándome y haciéndome acordar que tengo que sacarlo a pasear. Todos los días viene a buscarme a la cama ni bien abro los ojos. No sé cómo hace. Yo no hago ningún ruido, pero pareciera que el puede escuchar mis párpados abriéndose. A veces envidio esa energía. Ese amor torpe y genuino. Esas ganas de todo.

Este año me voy a un resto piola a comer hasta reventar. No, mejor a un hotel. Siempre me gustaron esas movidas. Soy mitad Damas Gratis y mitad Faena Art. Si llega a ser muy caro, veo sobre la marcha. ¡Ey! un re plan me armé para evitar escuchar giladas de todos esos caretas que te quieren ordenar la vida, pero son incapaces de mirarse a los ojos para decir lo que piensan y lo que sienten. Se vuelven locos por dos noches al año. Que se curtan. 

Mejor me pongo a pensar en la jodita y activo para la reserva. No sé si voy a conseguir un lugar tan cerca de la fecha.

Domingo 23 de diciembre

Tomo unos mates en la cama mientras navego por la red en busca de un lugar para festejar. El hotel Panamericano está lleno. Me lo advirtió un banner horrible cuando entré a su web. Voy a mandarles un email para ofrecerles mis servicios porque ese sitio es un desastre.

El Hilton tiene lugar pero es carísimo. Home Hotel Buenos Aires repleto de turistas. Ese hubiera estado bueno. El NH me da a tercera edad así que ni lo miro. Los dos Holidays Inn me responden con una similitud asombrosa “No realizamos ese tipo de eventos”. Dazzler te pide que te alojes dos noches para la cena de navidad. Qué choreo. La puta madre pensé que iba a ser más fácil. 

Me levanto para salir a pasear con Rex que está algo inquieto. Nuestros paseos son cada vez más divertidos: Corremos, perseguimos palomas, jugamos a la mancha y a las escondidas. La gente siempre quiere acariciarlo pero el no le da bola a nadie. Siempre en su mundo pero mirando dónde estoy yo. Tenemos una regla que se cumple hace años: los paseos son sin celular. Eso me permite disfrutar del momento y también ir atento a los boludos con perros, como me gusta decirles.

Vuelvo a casa, renuevo el mate y empiezo a buscar restaurantes. Hago dos llamados sin suerte. Me pongo inquieto y por un momento me quedo mirando un punto fijo con el mate en la mano. Era obvio que iba a pasarme esto estando tan sobre la fecha.

Hago un intento más.

—Hola, quisiera reservar una mesa para navidad. ¿Tienen lugar todavía?

—Uh estamos medios complicados. ¿Cuántos son?

Respiro profundo y anticipo el asombro. Mi voz es un poco más suave que de costumbre. 

—Uno solo.  

—¿Uno?

—Sí. Uno

El tipo del otro lado tarda algunos segundos y suspira.

—Bueno dale venite. La reserva es a las 21.

Era obvio que se iba a asombrar. Nadie reserva para uno en navidad. Mejor me hago unas milanesas con puré y me quedo en casa escabiando y fumando un porrito. Ese sería un buen plan. No necesito de la compañía de nadie y siempre dije que las fiestas no me movían un pelo. ¿Me habré estado mintiendo todo este tiempo? Digo, me estoy volviendo loco por hacer algo que nunca me importó. Siempre repetí eso ante los demás. Restándole importancia y asegurando de que lo tengo controlado. ¿Y si eran ellos el problema? Ahora que lo pienso, podría ser. No lo sé. Me encantaría poner una mesa completa de adornitos navidenos. Vajilla acorde, velas, toda la movida. Vestirme y esperar a los invitados con música instrumental y una copa servida. Tienen que ser muchos invitados. Todos bien vestidos y con botellas y bolsas en las manos. El árbol de navidad tiene que ser grande pero minimalista. La casa limpia. Reluciente hasta el último centímetro. Todo en obsesivo orden. El olor debería ser la medida justa entre algo rico para comer y aromatizante de ambiente. El resto del aroma debería venir de afuera. De los vecinos que no conozco. Un año junté a 14 personas en mi departamento. Todas estaban solas y pocas se conocían entre sí. Hice un costillar y me sentí invencible: había burlado al mandato. Estaba feliz. Contra todo pronóstico. Incluso, con el miedo de los propios asistentes que, días antes de la fecha, no paraban de preguntar quiénes eran los demás.

Me quedo pensando en la reserva que acabo de hacer. Todos van a verme entrar solo. Voy a ser el único con una copa y un plato. Todos mirándome. No van a estar los adornitos y no voy a ser yo el que reciba a los invitados. No voy a poder comer tranquilo y mejor que no se me caiga ensalada rusa en la ropa. Ya fue, me llevo un libro. No, eso sería muy freak y no estoy preparado para tanta exposición. Al final es todo un caos. No encuentro un porqué. Tampoco tengo ganas de buscarlo demasiado.

Lunes 24 de diciembre

Me despierto algo inquieto. Tuve un sueño en donde Rex se comía a una ballena y los de Greenpeace hacían una protesta en la puerta de mi casa. Yo les decía de que no era un perro malo y que seguro fue por instinto pero ellos no me escuchaban. Intento encontrarle algún significado pero desisto. No todo tiene explicación. En Buenos Aires hace un calor insoportable. 

Pienso en qué voy a ponerme para la cena. Si voy muy informal seguro piensan que soy un pobre tipo. Si me arreglo demasiado, o soy un homosexual excluido por su familia, o soy un tipo que lo echaron de su casa por infiel y gatero. Qué estupidez. Mirá si hay alguna chica sola, o dos, o una piba con la familia que tiene cara de no querer estar ahí y nos miramos durante toda la cena. Brindamos y nos vamos a pasar la noche juntos. Cuánta capacidad para crear escenarios que nunca suceden. A veces me asombro. 

Tengo un poco de ansiedad. Ya puedo sentir la mirada de todos al verme llegar y sentarme en una mesita para mi solo. Voy a escribirle al dueño del lugar para decirle que arme la mesa para dos. Después me hago el que hablo por teléfono y le digo que al final no viene nadie. No, eso es peor. Además de pobre tipo, homosexual excluido, gatero y comer solo en navidad, le voy a sumar que me plantaron. 

Voy a llevar el cargador portátil y los auriculares por las dudas. Uno nunca sabe, le digo a Rex que mira atento todos mis movimientos. El siempre se da cuenta cuando me estoy por ir. Me da pena dejarlo solo con los cohetes. Le hacen tan mal y se asusta tanto. Le dejo todo cerrado, el aire acondicionado prendido y la radio prendida en un volumen bastante alto. ¿Estará bien esto? Gotas ni en pedo. Hablé con la veterinaria y me dijo que jamás hay que sedarlos porque el miedo sigue estando ahí pero tenes menos capacidad de reacción. Debe ser terrible. Me siento mal por dejarlo. El me acompaña siempre. En todo. Cuando estudio, cuando miro la tele, cuando viene algún garche desconocido y le trae todo los juguetes para completar la escena del perro tierno.

Me bajo del Uber dos cuadras antes. Fue un viaje corto. El chofer parecía estar alegre pero fuimos todo el viaje en silencio. No quiero bajar en la puerta y camino por la vereda contraria. Son las 21.17hs. Quiero ver el lugar desde lejos. Me freno justo en diagonal. En el interior hay bastante gente. Se me acelera el corazón y la respiración se entrecorta. Me tranquilizo y prendo un cigarrillo. Las calles están inundadas de olor a asado y gente que lleva bolsas reciclables y tuppers con comida. Todos sonríen y se saludan demasiado.

La chica de la entrada es lenta pero muy amable. Está con una sonrisa recibiendo a todos los desconocidos. Por un momento siento que me mira. Que me reconoce. Que sabe que estoy ahí juzgandolos a todos y sobretodo a mi. La situación me da risa de los nervios y camino en dirección contraria hasta perderme en una calle que da a las vías. Me siento mal. Pienso en Rex solo en el departamento y me angustio. 

Suena mi celular y me sobresalto. Miro la pantalla, es del restaurante. No lo atiendo y empiezo a caminar sin saber muy bien a dónde. La llamada me pone inquieto y mi cabeza no para de pensar. Es una máquina trabajando a toda velocidad. Mis oídos se sumergen en un sonido agudo y me cuesta respirar. Me quedo parado y respiro profundo. Cuando estoy más tranquilo, un estruendo me trae de vuelta al presente. ¿Qué estoy haciendo? Pienso en Rex y en que debe estar asustado. En un momento se me aclaran los pensamientos y me cae la ficha. Debería haber sido así desde el principio, me digo. Reconozco una de las avenidas y camino a paso firme. 

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