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Mi propio hijo del viento

Por Mariano Cervini

El Mundial de Italia ´90 siempre tendrá en mi memoria olor a nafta quemada y sabor a riñón a la parrilla condimentado con ajo y perejil. Empecemos por la nafta.

Papá se había comprado un Auto Unión o DKW, un coche parecido al Volkswagen Escarabajo del vecino pero bastante más viejo y hecho pelota. El garage de mi casa en Almagro era demasiado angosto y el auto entraba justo. Cuando Papá estacionaba El Deca en el garage había que abrir sus puertas con mucho cuidado porque chocaban contra las paredes . Para bajar había que meter panza, aguantar la respiración y salir por el hueco que quedaba entre la pared y la puerta.

Papá decía que El Deca, tenía un motor a dos tiempos, algo que lo hacía un auto mucho mejor que las mierdas de ahora. El asunto era que el motor quemaba nafta y aceite a la vez y cuando Papá lo aceleraba, la combustión salía por el caño de escape formando una nube que duraba varios minutos; incluso hasta dificultar la visión de los que estábamos allí. Toda la casa se llenaba de ese humo blanco. A mi me hacía acordar a la niebla de una historieta que me había prestado un compañero de clases. El protagonista era un argentino que combatía contra unos extraterrestres y una nevada mortal.

A mí me gustaba ese olor a nafta quemada. Y la nube tóxica también. Me hacía pensar que vivía adentro de una historieta.

Aclaro que este no es el típico olor a nafta que a todos les gusta, ese que se siente en las estaciones de servicio. Este olor era un residuo. Esa niebla espesa del humo del Deca hacía parecer que un plato volador había llegado a casa.

Faltaban tres días para el partido. A mis viejos les chupaba un huevo el fútbol pero en época de Mundial todos enloquecían. Mamá compraba esas banderitas argentinas de plástico que usábamos en los actos del colegio y cortaba papelitos de diarios viejos, prolijísimos, con su tijera ultra afilada de costura para tirarlos cuando hacíamos un gol. Nos daba un puñado a cada uno. Los apilaba como si fueran las figuritas del Mundial del álbum de Panini que yo coleccionaba. Había figuritas bastante difíciles: Islas, Maradona, un rubio alemán con cara de borracho. Yo tenía todas pero me faltaba la de Caniggia. Esa semana en el colegio había visto que Gonzalo Inera la tenía. Le conté a Papá y me dijo:

– Mariano, para cambiar figuritas tenés que dejar de ser un pelotudo. Cuando veas que alguien tiene una figurita que te interesa, mostrale un pilón de repetidas sin valor y ofreceselo; no lo dejes pensar. El pibe va a creer que le conviene por la cantidad, ¿Entendés? y cuando las tenga en la mano se va a dar cuenta que son una cagada pero va a ser tarde y vos ya vas a tener la figurita que querés –dijo entre eructos y pedazos de lechugas de la ensalada del almuerzo que volaban de su boca.

Apliqué algunas veces la táctica de Papá y funcionó bien. Le conté y se puso contento. Más vale, cómo carajo querés que no funcione si te la canté yo. Faltaban tres días para el partido de Argentina contra Brasil.

Aquel mediodía mientras almorzábamos le conté a Papá que Inera tenía la figurita de Caniggia. Él abrió los ojos celestes bien grandes y gritando mientras escupía pedazos de lechuga de otra ensalada me explicó lo que tenía que hacer.

–No seas pelotudo y prestá atención. El Inera ese debe ser un gil. Vos sos un tipo inteligente. Escuchame bien lo que te voy a decir. Tenés que agarrarlo con la guardia baja. ¿Qué hace Inera en el recreo?
–Y, no sé, Pá, sale a jugar como todos los demás.
–Ya, sé, pelotudo. Ahora contame algo que no sepa. A ver… ¿Le gusta comer algo en el recreo?
–Sí.
–¿Qué come?
–Siempre come un sánguche de milanesa con Coca.
–Bueno, escuchame bien. A ver Alicia, me das una hoja y una birome –le pidió a Mamá. Ahí Papá desplegó todo su bilardismo. En aquel momento no sabía que significaba esa palabra, pero ahora entiendo. Mi padre era bilardista al mango. Aquel día me dio una clase gratis.
–Bueno, mirá Mariano. Este de acá sos vos, me decía mientras dibujaba en la hoja un muñequito. Este es el famoso Inera que decís, el dueño de la figurita –dijo y esbozó un circulo con patas, manos y cabeza–. Vos lo que tenés que hacer, antes de salir al recreo es robarle la plata a este gil. ¿En qué recreo se compra la milanesa con la Coca?
–En el largo, el segundo.
–Bueno entonces en el primer recreo vos le afanás la guita. ¿Cómo es Inera? ¿Tiene alguna marca particular?
–Es chueco.
–Bueno. Entonces dejás que todos salgan y buscás bien. Seguro la guarda en la cartuchera. Los chuecos siempre guardan mal la guita. Fijate bien que nadie te vea. Cuando tengas la plata, salís al recreo como todos los demás. ¿Se sienta cerca tuyo?
–Sí, a un banco.
–Mejor. La tenés más fácil. Después de eso viene la mejor parte. El tipo ni se va a dar cuenta que le falta la plata hasta el segundo recreo, cuando quiera morfar.
–Pero, Pá… le va a decir a la maestra…
–¡¡¡Vos callate y dejame hablar a mí pelotudazo!!! Nadie le va a decir nada a la maestra porque ahí es cuando vos tenés que actuar. ¿Querés tener la figurita de Caniggia o no, pelotudo?
–Sí, la quiero.
–Bueno entonces no me interrumpas más con pelotudeces. Son todos pelotudos en esta casa. Vos, tu madre, tu hermano que no para de llorar… A ver si me entendés por una vez en tu puta vida, Mariano. Vos no sos pelotudo las 24 horas. Tenés lapsus. Avivate y escuchame.
–Bueno, Pá. Entonces, ¿Qué hago cuando ya tenga la plata y se de cuenta que le falta?
–Tenés que decirle que no la trajo. Tenés que convencerlo de que se la olvidó. Que hablaste con él en el recreo anterior y que te dijo que la plata se la dejó en la casa.
–No me va a creer…
–¡¡¡Callate, ¿querés?!!! Claro que te va a creer, porque vos no sólo le vas a decir eso, sino que le vas a invitar el sánguche y la Coca.
–¿Yo?
–Sí, pelotudo, vos. ¿Para qué te pensás que te estoy haciendo este dibujito? Le decís que se la olvidó, que no importa, que vos lo invitás. Van al kiosko y ahí le comprás vos el sánguche y la Coca. Ahora, ¡prestamos muchísima atención!, que viene la parte más importante de todas.

Papá se limpió la boca con un repasador en el que quedaron restos de lechuga y cebolla. Se paró. Pensé que iba al baño pero volvió en seguida con todo su bilardismo hecho ser humano. Traía una cajita de remedios.

–¿Ves esta pastillita? Se llama Rohipnol. Es una pastilla que toma tu madre para dormir bien y olvidarse un poco de esta vida de mierda que tiene – Papá cortó una mitad de la pastilla blanca con los dientes, escupió la otra mitad en el blister y la otra me la dio–. Tomá. Esto es para que le pongas al Inera ese en la Coca. Antes de dársela le metés la pastilla adentro. Revolvé un poco con el dedo si podés. A los cinco, seis minutos va a quedar medio forfai. Cuando esté en la fila no va a dar más y ahí es cuando le ofrecés el pilón de figuritas de mierda repetidas por la de Caniggia. No podés fallar. Ahora andá, dale. Me tengo que ir a buscar una sorpresa para esta familia de imbéciles que tengo. Ni se la merecen, pero al menos también voy a disfrutarla yo.
–¿Qué es Pá?
–Ya vas a ver. Ahora andá y mañana en el recreo hacé todo lo que te dije. Si no doy indicaciones esta familia se va al carajo.

Me quedé mirando la media pastilla blanca mientras Papá aceleraba el Deca en el garage y me llegaba el olor del humo del caño de escape que armaba su niebla.

II.

Gonzalo Inera tenía rulos y era petiso. Muy de madera jugando al fútbol pero lo intentaba igual. Los pibes se burlaban de él porque era un poco chueco. En vez de Inera le decían Chuequera. Ese viernes se había pasado todo el primer recreo mostrando la figurita de Caniggia a los pibes de todos los cursos y los cachetes se le ponían rojos de orgullo.

El plan venía saliendo bien. En el primer recreo le había sacado la plata de la cartuchera. Cuando sonó el timbre del segundo, estaba hurgando como loco con la cabeza metida adentro de la mochila. Casi todos habían salido al recreo y no lo veían con la piel colorada debajo de los rulos, bufando por la plata. En ese instante me acordé de Caniggia. Ya no de la figurita, del jugador real, de ese tipo que tenía un nombre tan raro como Claudio Paul.

Lo había visto jugar como ninguno en el primer partido contra Camerún, cuando entró en el segundo tiempo y lo re cagaron a patadas. Ahí escuché que le decían El Hijo del Viento. Lo entendí enseguida. Volaba en la cancha. Se inclinaba para adelante como un pájaro. Corría como nunca había visto correr a ningún jugador de fútbol, ni siquiera a Maradona. Encaraba para adelante. Siempre en línea recta. Imparable. Una gacela.

Este tipo es libre, dijo Papá la primera vez que lo vio jugar.

Ahí estaba Caniggia con su libertad al frente. No retrocedía nunca. No marcaba. Su marca era por la negativa. Despegarse de los rivales, correr como si estuviera enajenado, como si la utopía -algo que nunca se alcanza realmente pero sirve para avanzar como diría el gran Galeano- lo esperase para abrazarlo en el arco contrario. Como si él pudiera realmente alcanzar la utopía de la gloria con sus zancadas enormes. Entonces ahí, adelante de Gonzalo Chuequera, mientras buscaba su plata llorisqueando con la cabeza metida adentro de la mochila, entendí que el coraje de Caniggia no merecía un acto tan bajo. Tiré al piso la mitad de Rohipnol que me había dado Papá y le dije a Gonzalo:

–Gonza, mirá, ¿Esta plata es tuya?

El pibe, que ni se había dado cuenta de que yo estaba ahí, se dio vuelta con la cara violeta y me dijo:

–¡Cervini, ladrón de mierda!, ¡Dame mi plata!, me la arrancó de las manos y salió corriendo al recreo.

III.

El sábado a la mañana Papá descendió del DKW. El humo tóxico de la nafta quemada junto al aceite del motor de dos tiempos lo hacían ver como un viajero del espacio. El viajero apagó el motor, abrió la puerta y se estiró lo más que pudo para bajar por el hueco que le quedaba entre la puerta y la pared. Desde la densidad de la humareda pude ver cómo abría el baúl que hizo un sonido similar al de una escotilla interplanetaria. La figura humeante de Papá tomó entre sus manos una caja que parecía muy pesada. No le importó y la bajó solo. Entre las nubes le distinguí una sonrisa.

–Miren los que les traje.

Era un televisor a color marca Grundig. Papá estaba orgulloso. Le había contado a Mamá que se había decidido por esa marca porque le gustaba la publicidad y el slogan: Grundig; caro, pero el mejor. Lo extraño de la publicidad era que esta frase la decía un tipo vestido de traje con una cresta de indio Sioux. El falso Sioux no tenía rasgos indígenas, todo lo contrario. Parecía un actor de cine a lo Humprey Bogart pero hablaba imitando a un supuesto indio vestido de gala. Nunca entendí a qué niveles funcionó esa publicidad en Papá. Tal vez porque a él le gustaban los westerns. Vaya a saber.

La niebla se disipó. Estábamos alegres. Mamá abrazaba a Papá y le daba besos en la mejilla mientras él le decía bueno, ya está, dejame de joder, y se reían ambos y gritaban y cantaban partes de canciones de Cacho Castaña y revoloteaban alrededor de la caja del televisor que según Papá tenía control remoto, era binorma y venía con entrada para computador, y nadie tenía la menor idea de lo que significaba todo eso. A medida que fue bajando la excitación, después de conectarlo y ver los canales a color y felicitarse en voz alta para que los hijos de puta de los vecinos escuchen que a este gil le va bastante bien en la vida, ¿O, no, Alicia?, después de todo eso, a Papá se le ocurrió preguntar por la figurita de Caniggia.

–¿Y? ¿La conseguiste?, me preguntó mientras se tomaba un vaso de tinto con soda y leía el manual del Grundig.
–Sí, ya la tengo, le mentí.
–Muy bien, ¿Viste? Así se hacen las cosas en la vida, Mariano. O sos un hijo de puta muy vivo o te pasan por arriba como un tractor. ¡Alicia!, ¡Al final tu hijo parece que no es tan pelotudo como creíamos! Tu madre no escucha. Está atendiendo a tu hermano que no para de llorar. No sé por qué llora así ese pendejo de mierda. Tiene un año y se la pasa mariconeando. Al final no sé para qué me esfuerzo tanto yo.

IV.

El día del partido papá invitó a toda la cuadra. Les dijo que tenía un televisor a color nuevo y que era para disfrutarlo entre vecinos. Vinieron dos. Frente a la poca concurrencia mi padre sentenció: son todos una manga de envidiosos ojalá se atraganten con un hueso de pollo y se mueran. Los dos que vinieron eran: el diariero Luis Palmi, el pajero más grande que ví en mi vida -según Papá- y el ingeniero Taimani, un viudo que vivía a dos casas de la nuestra y tenía noventa y dos años. Papá respetaba a la gente vieja y culta. Taimani era uno de ellos. Además de ser ingeniero, había estudiado historia y antropología. Era pelado, pausado para hablar, a pesar de los años no había perdido su estatura. Estaba bien derecho, de espalda amplia, con un físico que aparentaba haber hecho boxeo o algún deporte parecido. Fumaba la marca de cigarrillos 43/70 de empaque dorado y siempre usaba trajes color caqui y unos anteojos culo de botella de marco grueso de carey. Yo lo veía bastante parecido a Míster Magoo.

–¡Ingeniero! ¿Cómo le va? ¡Usted siempre de punta en blanco! –lo saludó Papá.
–¡Y vos también, Luisito! ¡Tan laburante! ¡Qué bueno que viniste! –le decía a Palmi que era flaco y alto como un poste de luz y había traído un vino blanco debajo del brazo.

Papá estaba en cuero, en el fondo de casa. Los miles de pelos de su pecho se apretujaban contra el sudor de su piel formando rulos gruesos pegoteados. Usaba un jean Angelo Paolo azul que tenía mil años, manchado con gotas de pintura blanca de haber pintado una medianera de la quinta de mi abuelo. Brillaba su pelada al sol. En la mano llevaba una pinza para dar vuelta los chorizos de la parrilla.

–¡Alicia! ¡Traé una picadita para esta gente!

El partido empezaba al mediodía. Mamá había adornado el living con las banderitas de plástico de los actos del colegio y acomodó los sillones mirando al Santo Grial a todo color, binorma y con entrada para computador del que un joven Marcelo Araujo comenzaba a adelantar las formaciones de cada equipo.

A Papá le gustaba alardear adelante de otras personas de los logros de sus hijos. En privado éramos basura; idiotas que se aprovechaban de su dinero, tarados que seguramente en la vida íbamos a ser drogadictos u homosexuales. Pero en público resaltaba nuestras cualidades. Cuando estábamos todos acomodados en los sillones a Papá se le ocurrió alardear conmigo.

–¿A qué no saben quién consiguió la figurita de Caniggia esta semana? – tiró al aire y en mi corazón explotó una bomba–. Traé el álbum, Mariano, así le mostrás al ingeniero cómo te quedó.

Me empezaron a sudar la manos. Miraba al piso y respiraba profundo. Intentaba no mirar a los ojos a Papá, que a esta altura ya dudaba de que algo no andaba bien.

–Dejalo, Raúl, ahora estamos por ver el partido que ya empieza – lo aplacó mamá.
–Bueno pero después se lo vas a mostrar. Porque esa figurita fue muy difícil de conseguir –dijo y me guiñó un ojo.

Caniggia sin tocar el suelo. Caniggia en el aire. El Pájaro herido de muerte.

Sonaron los primeros acordes del Himno Nacional y el ingeniero Taimani se puso de pie. Todos lo imitamos. Todavía no existía el Ohuohohohoh, ese horrible tarareo argentino que inventaría la hinchada en un Mundial del futuro. Cuando terminó, Taimani sacó un pañuelo de tela de su bolsillo para secarse una lágrima. De vez en cuando Papá me miraba con cara cómplice. Ya sabía que no se iba a olvidar de la figurita.

V.

El partido empezó mal. Nos cagaron a pelotazos. Dunga clavó un cabezazo en el palo que era gol. Papá iba y venía. Fue la única vez que lo vi abandonar una parrilla mientras se hacía el asado. En cada ataque brasilero Mamá aspiraba hacia adentro como si le estuviesen cortando la piel con un cúter. En los partidos era el único momento en que Papá le tenía permitido insultar. Entonces Mamá decía: brasileros de miuurrrda. No decía “mierda”, decía “miurda”, con “u” y apretaba las erres, las estiraba y después cerraba los dientes con bronca. El ingeniero se concentraba en la pantalla en silencio como un Platón futbolero mirando las sombras de la caverna. Palmi se dormía en el sillón y cuando todos saltaban por alguna jugada se despertaba de golpe y gritaba: ¡qué bárbaro, viejo! Mi hermano jugaba con una pelota en la alfombra. Yo pensaba en Caniggia, en la figurita y en cómo me iba a salvar de todo esto.

En el primer tiempo Papá se había tomado uno o dos vinos. Cada vez que volvía de la parrilla estaba más eufórico. Gritaba laterales, pedía orsai todo el tiempo, le reclamaba la hora al ingeniero como si él fuera el árbitro del partido. Tamiani contestaba siempre igual: en estos instantes están faltando veinte minutos para la finalización del tiempo reglamentario.

Diez. Ahora quedan diez.

Tiene la pelota Maradona. Su luz en el campo se agranda. Un Maradona doliente, con el tobillo hinchado como un melón. Diego la baja en la mitad de la cancha. No puede correr, pienso. No va a correr. Está destrozado. Le duele el alma a ese hombre. Le duele la vida. Y sin embargo corre. Ahí va Diego. Ahí va su historia del pibe que quería ganar un Mundial desde la nada, desde el potrero de su villa. Ahí va Maradona, con sus pies de serpiente; si ya sé que las serpientes no tienen pies, pero si los tuvieran se escurrirían como lo hace el argentino, el Pelusa, el que de pibe subía las escaleras de la estación del tren haciendo jueguito con una naranja y si se caía volvía a empezar. Diego volviendo a empezar. Diego siempre volviendo. Ahí va Maradona con su ángel diezmado con su demonio furioso. Corre Diego destruido como un guerrero que parece haber perdido el corazón pero lo retiene en el alma de su armadura invisible, de su pecho elevado, en ese espacio que forma -inexistente- entre el dolor y la gloria. Usa Diego su pie izquierdo. De repente los brasileros se asustan. Ahí está Maradona. El único. El falso dios al que todos le rezan, lo odian, lo adoran y le temen por igual. Se hace presente en su avance. Los brasileros reculan. Se olvidan de Dios. No saben rezar. Pierden las palabras, las piernas. Ahí va Maradona. No se cae. Encara el genio del fútbol mundial. Resiste los golpes y rehace la historia. Siempre Maradona. Los brasileños se apilan, se desordenan. Olvidan. Y no hay cosa peor que olvidar. Se olvidan de Caniggia que espera con el instinto el pase del guerrero, del que siempre va para adelante igual que él. Viene desde el piso. Maradona se desarma y con el último aliento como un Cabral soldado heroico cae y se tiñe de gloria. Desliza el toque de aquel Juicio Final de la Sixtina. El dedo de Dios que señala al hombre. Caniggia queda mano a mano con el destino. Lo achica Taffarel, demasiado cerca. El Hijo del Viento hace lo que hay que hacer cuando la salida no existe: se pone a crear. Parece que va a poner la pelota al palo izquierdo del arquero pero en un milisegundo, Caniggia inventa y se inventa; se convierte en leyenda. Amaga a patear y se queda con la pelota. Sigue por su flanco izquierdo y deja en el suelo a Taffarel. Después el grito sagrado. Después la locura. No lo grita mucho. Sabe que faltan nueve minutos. Aunque la imagen de Taffarel arrodillado en el área con la cabeza gacha, diga que ya está, que esta historia ya es historia y que no le pertenece a él, sino a la celeste y blanca y al amor por esa camiseta que aquel pájaro descolgado y rockero supo conseguir.

La casa gritó. Papá abrazó a mi madre que lloraba de alegría. Palmi había agarrado el velador de la mesita de luz del living y lo levantaba en el aire como si fuese la Copa del Mundo. El ingeniero aplaudía sentado detrás de sus anteojos culo de botella. Justo antes del gol Mamá había traído unos riñoncitos a la provenzal que Papá había sacado de la parrilla para matar el hambre. Me atraganté en el gol. Se podría decir que en aquel gol, el que más grité en mi vida, escupí los riñones.

VI.

–Bueno, Mariano ahora que terminó el partido y estamos todos contentos ¿Qué te parece si le mostrás al ingeniero la figurita que conseguimos?

Papá hablaba con aquel tono entre jocoso y de orden imposible de evadir. Entonces se me ocurrió una idea. Fui a buscar el álbum. Busqué entre las repetidas. Encontré a Gustavo Dezotti, un delantero cordobés que había jugado algún partido pero que Papá no conocía ni en pedo. Con un fibrón le estiré un poco, apenas, el pelo. Dezotti tenía rulos y no se parecía a Caniggia pero mi fraude de darle más cabello podía llegar a funcionar. Recorté unas veinte figuritas más para formar el nombre: Claudio Paul Caniggia. Letra por letra, lo pegué encima. A la media hora mi falso Caniggia estaba listo. Le daba a la conversión de Dezotti por El Hijo del Viento un siete puntos. A esto sumaba a mi favor que Papá estaba un poco escabio. Le recé a Bilardo, a Olarticoechea y al Diego. Me acuerdo que dije: Diego, por favor, salvame, y pegué la figurita temblando. Los adultos conversaban. Le di el álbum a mi padre.

–Ah, pero acá está con más pelo, Caniggia –dijo Papá. Lo miró un segundo más, muy por arriba, me lo devolvió–. Andá, mostrale al ingeniero que éstas cosas le gustan.
–A ver, Marianito, ¿Qué me querés mostrar?

El ingeniero excrutó al falso Caniggia por un rato. Del labio le asomaba una sonrisa monalisesca. Sabía que él sabía del engaño. Ambos guardamos silencio. En un momento me devolvió el álbum y me dijo:

–¿Sabés cómo le dicen a Caniggia?
–Sí.
–A ver, ¿Cómo?
–El Hijo del Viento.
–Muy bien. Esto está muy bien. Así es la vida. Ser creativos. Muy lindo, Marianito. Has construído tu propio Hijo del Viento.

El asado estuvo bien. Aplauso para el asador incluido. El ingeniero murió a los dos años. No pudo ver otro mundial. Me hubiese gustado saber su opinión de lo que pasó después. Del ´94 y el corte de piernas, del palo de Bati contra Holanda, de Bielsa y Crespo o Batistuta, de Verón y sus pases a la nada contra Inglaterra, de Messi, de Diego técnico. De lo que nos enteramos años después: del bidón de Bilardo. Pero no pudo ser.

El álbum todavía lo tengo guardado con Dezotti fraguando a Caniggia como si en aquella ilusión de crear a mi propio Hijo del Viento aún quedara vivo el recuerdo del ingeniero y también el de Papá. De tantas cosas que se fueron y hoy recuerdo.

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