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Traicioneros

Por Giovanny Jaramillo Rojas

Rodolfo Gutiérrez tiene cuarenta y tres años, diecinueve hijos y una voz dulce que desentona con su fibrosa corpulencia. Aunque sabe que la realidad lo contradice, él asegura no ser un mujeriego. “Cuestiones de azar”, dice, mientras soba sus manos, y empieza a enumerar toda su descendencia, con orgullo y con el respectivo nombre de la madre. Cuando llega a Yesica, la décimo sexta, se queda en silencio, mira hacia el suelo y pasa saliva. Contiene una lágrima.

El pasado sábado 30 de junio, después de un incomodísimo viaje de dieciocho horas, Yonais Faríñez llegó a Bogotá. El semblante que cargaba era deplorable, casi fantasmagórico: estaba sucia, mareada, tenía taquicardia y sus sangrantes labios intentaban cicatrizar. La deshidratación ya había empezado a pasarle factura.

Rodolfo afirma que ningún ser humano para de morir. Que en la vida, antes del llamado definitivo de Dios, la muerte más jodida, la más fatal y dolorosa de todas, ocurre cuando le niegan la posibilidad a alguien de vivir tranquilamente en su propia tierra. “Yo vivo una muerte de estas”, termina.

Aquello que dio la bienvenida a Yonais, a un lugar en el mundo que jamás pensó visitar, fueron los varios garrotazos que impartió el ayudante del bus en el que viajaba. Estos golpes, para sus fatigados oídos, florecieron como una hermosa percusión en medio de la férrea cacofonía del motor. A continuación, dos gritos secos: ¡Llegamos! ¡Bájense!

Cuando se refiere a su país, Rodolfo siempre habla en futuro: “yo volveré a mi patria, a ser un buen policía, actuaré en favor de la ley y jamás me saldré de ella. Mi misión en la vida es esa. Venezuela volverá a ser un país próspero y libre. Ese día celebraré al lado de mi familia, con un buen Pabellón Criollo (plato típico nacional) y varias Polarcitas (cervezas)”. Su voz se pierde en el fastidioso silbido de una pistola de gravedad que, a dos metros de la transitoria sala de su casa, es usada para pintar un auto. Para amenizar la charla Rodolfo ofrece el café que vende su mujer a los clientes del taller de latonería y pintura en el que trabaja y vive. Es la hora del almuerzo y su jefe le tiene la comida empaquetada. El señor mira el reloj y Rodolfo asiente. Tiene que hablar rápido y comer rápido para volver a trabajar rápido.

Cuando Yonais percibió la luz de la ciudad se encandiló. “Yo pensé que me iba a desmayar, que no iba a aguantar, fue un momento horrible”, dice. La repentina ceguera le impidió moverse con la pericia propia de sus veintiséis años, entonces tuvo que pedir ayuda para salir del maletero del bus interdepartamental en el que se transportó, hacinada, con otros ocho venezolanos, desde la fronteriza ciudad de Cúcuta.

Los casos de Rodolfo y Yonais son un par más en medio de la horda migratoria que tiene trastornada a una ciudad de poco más de ocho millones de habitantes como Bogotá. Una ciudad que nunca recibió elementos externos masivos, más por una política internacional asumida por un gobierno híper conservador que, por ejemplo, para evitar la llegada de extranjeros, decidió prácticamente cerrar todos los trámites en los consulados y embajadas en Europa durante la convulsa primera mitad del siglo XX. De esta manera, la migración venezolana actual ha puesto a pulso tanto la tolerancia como la solidaridad de los bogotanos. El transporte público y las calles son los principales espacios de trabajo y supervivencia. Muchos ejercen la venta ambulante, reparan tecnología, atienden negocios, asean viviendas, cuidan lugares, se prostituyen, cocinan, algunos cantan y bailan, otros simplemente piden. Pocos han podido insertarse formal y determinantemente en la vida económica del país, mientras los demás, en su gran mayoría, no tienen más remedio, para poder comer, que entrar en las infinitas cadenas de explotación que la ciudad ofrece.

Para poder entrar a Colombia, Yonais pasó por debajo del Puente Internacional Simón Bolívar. El río Táchira no estaba tan crecido y, siguiendo algunas recomendaciones de otros migrantes, levantó su precario equipaje y empezó a cruzar. Una mala pisada hizo que se cayera, mojando así todas sus pertenencias y perdiendo la gorra vinotinto (con la V de Venezuela) que el hermano menor le había regalado en Maracay, su ciudad natal, minutos antes de abordar el colectivo que la llevaría hasta la frontera.

Mil trescientos kilómetros separan a Rodolfo de su natal Maracay, estado Aragua, Venezuela. Una pequeña ciudad ubicada a ciento veinte kilómetros al occidente de Caracas. Lleva un año en Bogotá, Colombia, ciudad a la cual llegó por invitación de su hermano, que no era policía, sino militar. Ambos salieron de Venezuela, sin pedir la baja, es decir, ilegalmente, y no podrán regresar hasta que haya un cambio total de gobierno, a menos de que quieran ir presos. Ambos son desertores de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, “solo desertores”, recalca Rodolfo, porque le parecen muy pesadas y liosas las palabras “traición a la patria”, palabras que titulan los expedientes que el gobierno venezolano tiene abiertos en contra de él y su hermano.

“Con noventa mil pesos (30 USD) habría viajado a Bogotá, sentada, tranquila, como cualquier persona, pero como no tenía ningún papel que me acreditara como persona legal, se aprovecharon de eso. Es un negocio perfecto: ninguna línea vende boletos a indocumentados, pero los conductores, a las afueras de la terminal, ofrecen lugares en los maleteros y cobran trescientos mil pesos (100 USD). Saben que los pagas porque tienes la necesidad pintada en la cara”, dice Yonais.

Rodolfo entró a la policía en febrero de 1999, el mismo mes que Hugo Chávez se posesionó como Presidente de la República. Salía Carlos Andrés Pérez y todo el país sabía que las transformaciones, además de inminentes serían estrictas y fundamentales. “En ese entonces había mucha incertidumbre, pero también expectativa, sobre todo en las clases populares se podía percibir cierto optimismo”, dice. En los dieciocho años de carrera como policía, Rodolfo llegó al rango de Oficial Agregado. También pudo estudiar, sin poner un solo bolívar, una licenciatura en Ciencia Policial y un técnico medio en Administración Policial. En total seis años y medio de instrucción académica.

Para viajar, Yonais no gastó nada. Ella solo tenía que llegar a Bogotá con el dinero que William Bohórquez, un colombiano, profesor universitario de matemáticas, le había hecho llegar. De cualquier manera, si Yonais hubiera decidido abandonar Venezuela, por cuenta propia, no habría tenido cómo, ya que ni el diploma que la acreditaba como Contadora Pública, ni el bajo sueldo que percibía como soldado de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana le valían para sobrellevar una subsistencia digna, por lo menos capaz de atajar las necesidades más básicas.

En 2014, Rodolfo empezó a hartarse de la realidad de su país. Chávez no llevaba ni un año muerto y las cosas ya empezaban a tornarse oscuras. La policía cada vez se corrompía más, le quitaron el transporte, no le pagaban a tiempo, le hacían trabajar más horas y el dinero percibido no le alcanzaba para cubrir las numerosas necesidades de los suyos. Sin embargo, estaban los varios subsidios estatales que recibía por su numerosa descendencia, una ayuda inconmensurable que pronto fue decreciendo, hasta desaparecer totalmente.

Su adhesión castrense, además, le ponía varios inconvenientes al frente: 1) Sabía que si pedía la baja no se la darían. 2) Seguir trabajando significaba defender la doctrina de un gobierno que a sus ojos no hace otra cosa más que hundir al país. 3) Si desertaba, se haría acreedora de una causa penal en su contra con el pomposo título de “Traición a la Patria”.

Yonais optó por la última opción.

Una noche, Rodolfo soñó que lo abandonaba todo: agarró el primer avión de su vida y, después de extasiarse con la sensación de volar, repentinamente, se encontró en un lugar desconocido haciendo fila en una jefatura de policía para entregar su currículo. “Desde esa época, hasta hoy, llevar comida a la casa es prácticamente imposible, no solo porque no hay plata suficiente, sino también porque no se consigue lo necesario, lo básico, y si hay, toca meterse en una filas interminables para que al final te digan: se acabó. Todo en Venezuela es corrupción, escases, especulación, no hay estabilidad de nada.”.

Carmen Lucía abandonó su trabajo. De un día para otro notificó que no volvería. Cuando William le preguntó el porqué de su repentina decisión, ella se limitó a responder: “cuestiones personales”. La noticia consternó a la familia, sobre todo a Susana, la pequeña de ochos años que, después de cuatro años de convivencia, consideraba a Carmen Lucía su segunda madre. William no quiso ahondar en el asunto, más por irritación que por otra cosa y, por el contrario, empezó a preguntar a conocidos si sabían de alguien que estuviera disponible. Una noche, William recibió la llamada de un amigo que le proponía poner un aviso en la plataforma OLX. “Se busca nana, venezolana, Bogotá”. A él le había funcionado: después de haber entrevistado y haber enviado dinero a dos chicas para que vinieran a Colombia, la tercera fue la que llegó. A William le hizo ruido la propuesta, pero a los pocos días reaccionó: “¿y si en vez de poner un anuncio le preguntamos a tu nana si conoce a alguna que esté dispuesta a venirse?”.

Ese sueño sería la primera pulsación de una posibilidad que empezaría a gestarse lentamente en la cabeza de Rodolfo: irse afuera, a buscar la vida, un futuro para su familia. Una posibilidad que, gracias al creciente miedo de no poder cumplir, de fracasar, se consumaría tres años después, pero sin avión, sin éxtasis, sin nada. O bueno, sí: con una pequeña mochila llena de ropa, una bolsa plástica con billetes y una botella de agua. Todo el asunto del viaje fue bastante engorroso. Primero la plata: endeudarse para poder salir. Después las despedidas. Silenciosas, para no despertar sospechas. Pensó en pedir la baja pero sabía que no se la darían. Estaba al tanto a propósito de las implicaciones judiciales que tenía su decisión. Eso lo afectó mucho. Pero nada pudo detenerlo; era asumir el riesgo que toda migración “obligada” conlleva o quedarse viendo el desmoronamiento de un proyecto que él mismo, en teoría, debía defender.

Naturalmente, la nana del amigo intentó involucrar primero a un par de hermanas y después a una prima, pero ninguno de los perfiles presentados convenció a Susana. Algunas semanas después de estar buscando por todos lados, llegó una solicitud de amistad y un mensaje al perfil de Facebook de William: “Hola, mi nombre es Yonais y estoy interesada en trabajar como nana. Nunca antes lo hice pero me gustan los niños. No tengo problema en viajar. Su contacto me lo pasó una amiga que ya está allá. Quedo atenta. Gracias”. William aceptó la solicitud de amistad y respondió al mensaje solicitando el currículo. Mientras tanto revisó el perfil de Yonais. Lo visto le entusiasmó: joven, profesional, amante de los animales, muchas fotos familiares, publicaciones con frases de superación personal.

Finalmente llegó el día. El primer tramo: de Maracay a San Antonio del Táchira. Diez horas de trayecto. “Todo bien, fue un viaje triste pero calmo, como de reflexión”, alude. Rodolfo tenía su pasaporte y, una vez en la frontera, pasó tranquilamente por el puente internacional Simón Bolívar hasta llegar a Cúcuta (Colombia). Le sellaron la salida de Venezuela pero no la entrada a Colombia, según él: “por no tener pasaje de vuelta a Venezuela”. Entonces se devolvió y después de analizar la situación, decidió seguir a un grupo de caminantes que lo llevaron por debajo del puente. Con ellos, Rodolfo cruzó el río que allí sirve de frontera natural. “Así entré a Colombia, sin ningún tipo de control y literalmente con el agua hasta el cuello”.

Al día siguiente llegó el currículo:
“Experiencia laboral:
2010–2011 Cajera Supermercado José Félix Rivas.
2012–2014 Mucama Hotel Princesa Plaza.
2015–Actualmente Militar Fuerza Armada Nacional Bolivariana.”

Una vez en territorio colombiano, lo primero que hizo Rodolfo fue buscar una casa de cambio para convertir a la moneda local los quinientos mil bolívares que llevaba. Cuando supo el cambio que recibiría se puso a llorar: setenta mil pesos colombianos (25USD). Ni siquiera le alcanzaba para comprar el pasaje a Bogotá, que valía noventa mil. Le faltaban cinco dólares. Nada. Mucho. Ya en la terminal de buses de Cúcuta, una persona le ayudó a conseguir el pasaje al precio que Rodolfo podía pagar. “Salí una noche cualquiera, porque cuando uno está en una situación de esas no hay diferencias en el tiempo, todo es igual”, dice. Diecisiete horas después estaría en la capital de Colombia, reencontrándose con el hermano en una pequeña casa en la que paraban veintitrés venezolanos más. Rodolfo recuerda que la primera plata que se ganó fuera de su país, se la ganó a las pocas horas de haber llegado a Bogotá: cargó y descargó bultos de arena. Trabajó cuatro horas y sacó diez mil pesos (3.5USD).

A William se le ocurrió que podría ser una broma y, después de consultarlo con su mujer, ambos decidieron, por mera curiosidad, citarla a una entrevista virtual. Después de la presentación, la primera pregunta, directa: “¿Por qué no quieres seguir siendo militar si supuestamente Venezuela está en las manos de ustedes? Yonais sonrió y replicó: “Señor, mi país está en las manos de unos pocos. Yo solo sigo órdenes y si eso me diera para vivir seguiría haciéndolo, es más, si pudiera ejercer mi profesión ¿qué necesidad tendría yo de irme? Yo no sé nada de política, pero sí sé que aquí lo único que da es irse”.

El primer trabajo “formal” que Rodolfo tuvo fue en un lavadero de autos. Lo consiguió al décimo día de estancia en la ciudad. Ahí duró nueve meses. Trabajó todos los días desde las siete de la mañana hasta las diez de la noche, hasta que llegó una nueva administración que quería reducirle el sueldo a la mitad por no tener los papeles en regla. Rodolfo renunció y acudió a una oferta laboral que le había hecho un cliente del lavadero. Así entró al taller de latonería y pintura. Rodolfo gana ciento ochenta mil pesos por semana (60USD) y de ahí su jefe le descuenta el 70% de ese valor por razón del hospedaje y el almuerzo diario. Rodolfo entiende que el pago que recibe no es justo pero no se queja, intenta ahorrar todo lo que puede y valora el trato horizontal que su jefe le brinda. Rodolfo se refiere a él como “el ángel”.

Cinco días después de la entrevista, además de ir a buscar el dinero que William le había enviado, Yonais se encontró redactando una carta en la que muy formalmente pedía la baja. Una carta que llegaría a feliz destino gracias a su mejor amiga, también militar. La carta sería entregada una vez Yonais ya no estuviera en Venezuela y, para evitar sospechas de complicidad, la amiga diría que la carta amaneció debajo de la puerta de su casa.

Ni el estudio universitario, ni el técnico, ni la experiencia como policía le sirven para algo. Solo sus manos le son útiles y verdaderamente productivas en una ciudad gris y naturalmente gélida para cualquier persona proveniente del caribe. Hace nueve meses, Rodolfo fue por primera vez al edificio de Migración Colombia para obtener el dichoso sello de entrada al país y, de paso, arroparse con el permiso especial de permanencia que el gobierno de Colombia abrió como una medida urgente para auxiliar a los más de novecientos mil migrantes venezolanos que, sin querer, alberga el país. Ahora bien, esta cifra no tiene en cuenta a aquellos migrantes que están en situación irregular o en tránsito que, grosso modo, pueden llegar a ser unos doscientos mil. El permiso referido permite a los venezolanos practicar cualquier actividad u ocupación legal en el país. Pueden vincularse laboralmente, estudiar, ser cubiertos en salud, pensión, etc., pero tiene una duración máxima de dos años. Desde su visita a Migración, Rodolfo no ha recibido ningún tipo de respuesta y tampoco tiene el tiempo necesario para ir a averiguar qué pasó con su solicitud.

Yonais le ha contado una y otra vez su historia de migración a Susana. Lo que más interesa a la pequeña es el episodio del viaje en el maletero. Le parece tan asombroso el relato que siempre quiere saber más: “¿Te daba miedo la oscuridad? ¿Qué comías? ¿En qué pensabas? ¿Hacía mucho frío? ¿Qué pasaba en las curvas? ¿Cómo hacías para hacer pis?”. Yonais permanece tranquila y responde cosas que ni siquiera ella misma sabe cómo sobrellevó: “Sí le temo a la oscuridad, no comí nada porque no tenía, no pensaba nada porque estaba muy asustada, la segunda mitad del viaje fue terriblemente gélida, en las curvas todos nos apretujábamos y nos golpeábamos entre sí y no había donde hacer pis. Algunas personas no aguantaron las ganas y no tuvieron más remedio que hacerse en los pantalones”.

–Rodolfo, ¿cuánto tiempo más cree que durará la crisis?
–La gente cree que eso va a ser rápido, pero eso es porque no saben realmente lo que está pasando.
–¿Qué es lo que está pasando?
–Que el gobierno lo tiene todo controlado, excepto lo que se dice de él en el exterior. Ojo: y cuando digo todo es todo.
–¿Considera que su país está solo en esto?
–Mira, desde que me acuerdo mi país ha ayudado a muchos países y es triste que ahora cuando Venezuela necesita la ayuda de otros países muchos han dado la espalda.
–¿Qué expectativas tiene?
–Que me regularicen la situación aquí para trabajar mejor y poder traer a mi familia. Y ojalá mi Dios no se vaya a llevar a mi mamá antes de que la pueda volver a ver. Mi lugar ahora es acá y no quiero mirar atrás.
–¿Regresará?
–Claro, algún día, no sé si mañana o dentro de treinta años, pero seguro cuando se caiga esa dictadura y no me pongan preso y pueda volver a trabajar como cualquier cristiano.
–¿Quiere añadir algo?
–Sí, aunque no es algo importante: al principio, cuando empezamos a hablar y me puse sentimental, olvidé decirte los nombres de mis últimos tres hijos… 

Lo que más descolocó a Yonais no fue el nebuloso viaje entre Cúcuta y Bogotá, sino, paradójicamente, el desplazamiento que realizó entre Maracay y San Antonio del Táchira: “Cada kilómetro recorrido significó para mí una herida profunda de la que no creo poder recuperarme tan fácilmente. Ver tu país, tu gente, tus montañas y saber que vas a llegar a un punto en el que todo eso que eres se va a convertir en pasado, en memoria, que ya no vas a pertenecer más a tu lugar, es muy triste. Lloré muchísimo.” Por ahora, Yonais vive con la familia Bohórquez. Allí no le falta nada y tampoco tiene que aportar económicamente. En un principio, ella temía que William le fuera a cobrar los quinientos mil pesos (170 USD) que invirtió para traerla a Bogotá, pero eso nunca pasó. Contrariamente, afirma que ha sido acogida de una manera que ella no esperaba, más cuando en Venezuela había escuchado historias de mujeres que una vez cruzaban a Colombia las secuestraban y las obligaban a prostituirse o a transportar drogas. Su trabajo es cuidar a Susana: llevarla, traerla, atenderla, alistarla, escucharla, supervisarla. Gana ciento cincuenta mil pesos semanales (50 USD) y, en dos meses de trabajo, Yonais ha enviado la mitad de los sueldos a su familia. El resto intenta ahorrarlo, pero confiesa que se ha topado con algunas tiendas de ropa que la tienen seducida. Los fines de semana tiene salida y, hasta ahora, siempre se ha ido con la amiga que la animó a ponerse en contacto con William.

–¿Con qué sueñas?
–Sueño con volver a soñar. Desde que salí de Venezuela no sueño nada.
–¿Cuando vuelvas a soñar con qué te gustaría soñar?
–Con volver, obvio, pero eso es imposible mientras ellos sigan mandando, por lo menos para mí: si vuelvo me meten a la cárcel por supuesta traición a la patria…

***
Nota: Según datos de la ONU, 2,3 millones de personas abandonaron Venezuela en los últimos tres años. Se calcula que un setenta por ciento de esa migración se trasladó a países sudamericanos y del caribe. El caso colombiano es el más espinoso, ya que al ser el país limítrofe más accesible es, por supuesto, al que llega la gente más empobrecida. Desde 2018, por ejemplo, se han empezado a visibilizar largas marchas de venezolanos a lo largo y ancho del territorio colombiano. Miles de personas han cruzado el país a pie desde Cúcuta (frontera con Venezuela) hasta Ipiales (Frontera con Ecuador) con el objetivo de seguir bajando hasta países como Perú, Chile y Argentina. Mil cuatrocientos treinta kilómetros separan las dos ciudades colombianas; hay que subir y bajar varias cordilleras, pasar por todo tipo de climas y se corren innumerables riesgos, no solo humanitarios, sino también de seguridad. Colombia, aún después del acuerdo de paz, sigue alojando una guerra multilateral, una guerra taciturna pero igual de feroz y decisiva.

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