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Nunca una caricia

Por Tita Martínez | Ilustraciones: Sakai Hôitsu

A Nina, para que nunca descanse en paz.

Creo que Luz, mi vecina, está muerta. Desde ayer a la noche no se escucha. Pensé que dormía. Hasta puse la radio bajita para no despertarla. En estos departamentos, las paredes son muy finas, se escucha el sonido de las sábanas cuando alguien cambia de posición. Me imaginé que Luz dormía tan profundo que ni siquiera se había movido, pero ya pasaron quince horas. Y ella, por lo general, inclusive los domingos, duerme entre ocho y nueve. Así que está muerta. No entiendo qué le pudo haber pasado. 

Era tan buena Luz. Yo no la quería, pero por mi incapacidad afectiva. Al principio, hubo de su parte intentos de crear una amistad, sobre todo, cuando yo llegaba de cuidar a la abuela Nina. Volvía a casa a eso de las seis de la tarde, arrastrando los pies por el pasillo y la veía a Luz desde el portón, con su regadera y a pura charla con las plantas. No tenemos mucho espacio, solo un cuadradito de cemento para poner un tender y algunas macetas. Tampoco están definidos, por eso, una tarde, cuando yo volví a casa, Luz estaba en mi ventana regando mis plantas. Le dije que no se preocupe, pero ella con esa sonrisa tan… tan viva me respondió que no era molestia echarles un poco de agua y tierra de vez en cuando. 

Entré a casa sin responderle, como si no la hubiera escuchado. Me dio bronca llegar tan cansada y verla tan fresca. La abuela Nina había estado fatal, el calor me había aplastado durante toda la tarde, sin ventilador, Nina decía que gastaba mucha electricidad. 

Todo eso me hacía pensar que Luz tenía suerte, mucha suerte. Trabajaba en una obra social y en la recepción había aire acondicionado. A la mañana nos encontrábamos en el portón de salida. Siempre tenía el pelo brillante y perfume caro que olía a madera. Yo salía con un jogging viejo y una remera grande porque bañar a Nina siempre me dejaba olor. Que tengas un lindo día, China, me decía y agitaba la mano para saludarme mientras cruzaba la calle. Pensar que dentro de un rato Luz va oler tan feo como los muertos y mi ropa percudida de esa agua lechosa del cuerpo de Nina no va a ser tan agria. 

Me hubiera gustado tener la piel de Luz, tan elástica, tan clara. Las tardes de verano se las pasaba de soleros con flores chiquitas regando nuestras plantas. Yo miraba mi piel, corroída entre tanta lavandina para desinfectar. Tan marrón, tan dura. Pensaba que la mía era la más fea del mundo, aunque de la piel de Nina qué decir. Si Nina hubiera conocido a Luz, también la hubiera envidiado. Era de esas personas que prefieren envidiar a pensar. A Nina se le caían los pedazos de piel, secos. Se iba descascarando como una pared con humedad. Al principio, para que no se angustiara, levantaba los pedazos de su piel muerta con la mano, pero después eran tantos y yo estaba tan cansada que antes de irme, agarraba la escoba y los barría. 

Cuando Luz regaba mis plantas, ellas parecían moverse de la alegría. Hasta llegué a sentir celos y le dije: Creo que te quieren más, te las podés quedar, vos sabés cuidarlas, yo con mi abuela apenas tengo tiempo para mí. Ella insistió que las plantas estaban felices en mi ventana, que sacarlas de ahí sería asesinarlas. Asesinarlas, dijo. Una noche de viento aproveché: las tiré todas al suelo.  

A la mañana, cuando Luz salió de su casa, las encontró desparramadas en el piso. Me dijo, casi con lágrimas en los ojos, si se las podía llevar a su patio para recuperarlas. Le dije que sí y fingí una angustia que ni siquiera sentí cuando la abuela Nina murió. Las arropó entre sus brazos como si fueran bebés y me dijo: ¡somos tan frágiles! 

Me daba alegría llegar a casa y no ver a Luz entre mis plantas, hablándole de lo lindo que estaba el día. Si había sol, era motivo para alegrarse porque la clorofila era mejor. Si había nubes y se presagiaba lluvia, las alegraba prometiéndoles agua de cielo. Así decía “agüita del cielo” y las acariciaba, hasta a los cactus. Yo pensaba que algún día se iba a pinchar, pero jamás pasaba. Tenía la fuerza necesaria para acariciar y no lastimarse. Algo que me hubiera gustado tener a mí: coraje para acariciar. El día que la abuela Nina murió le tuve que cerrar los ojos, creo que fue la única vez que la acaricié. 

Pienso si ahora Luz tendrá los ojos abiertos o sí tendré que cerrárselos. Voy a esperar a la noche. De día los ojos de los muertos son más opacos, en cambio, en la oscuridad, parecen cansados. 

Me hubiera gustado que la abuela Nina muriera de noche, pero lo hizo cuando las ventanas estaban abiertas y el sol se metía entre los muebles. 

El último tiempo fue difícil para mí, la abuela Nina no quería vivir, pero tampoco quería morirse. Todas las tardes me tocaba curarle las úlceras de las piernas, aunque la izquierda estaba más tomada. Yo tenía paciencia, pero ella lograba agotarla enseguida. Me decía: despacio, nena, despacio, y llorisqueaba apenas le empezaba a sacar la venda. Se agarraba de las sábanas como si se fuera a caer y cerraba los ojos. Yo me tomaba la precaución de humedecer con agua tibia las vendas para que no fuera tan doloroso, pero Nina nunca estaba conforme, siempre pensaba que había alguien que podría haberlo hecho mejor.

Estaba tan fea el último tiempo, ya ni se dejaba peinar. La lavaba con un trapito y gasas. Mientras le pasaba jabón me decía: esto no es vida, esto no es vida. Yo pensaba que pasarle un trapo con agua tibia y jabón blanco por su piel nacarada, a punto de abrirse, tampoco era vida, pero me callaba. La abuela Nina me tenía solo a mí y yo no tenía a nadie. Es decir, estaba postrada, era un saco de papas que supuraba líquido rosa de las piernas, tener lo que se dice tener, no era precisamente eso. 

Un tarde, llegó Choly, amiga de la abuela. Su cara se parece mucho a una tortuga, tiene la parte del labio superior en forma de pico y la mandíbula para adentro. Se pinta siempre la boca de color naranja. Vino entusiasmada, dijo que Susana, una amiga de ella,  había curado la lastimadura de su perro con azúcar. Parece ser que el perro se agusanó y que lo pudieron aliviar con el curabichera, pero no había caso con que el agujero se cerrara. Hasta que un peón del campo de Gómez le dijo que el azúcar era bueno. A los tres días el perro andaba como si nada. Y Nina le dijo: yo no soy un perro, y yo, para mis adentros, pensé que un perro agusanado era más lindo que ella. Le dijo que estaba loca, que no lo iba a hacer. La Choly movió la boca como una tortuga comiendo lechuga y se fue a poner la pava. 

Una de las últimas noches, Nina estaba muy mal y me quedé a dormir. Cerca de las tres de la madrugada, me llamó a los gritos y me dijo: traé el tarro de azúcar. Fui rápido. Los gritos me lastimaban tanto los oídos que, por momentos, fantaseaba con sacarle un almohadón de la pierna y ponérselo arriba de la boca. Agarré el azucarero del mate, a la Nina le gustaba dulce, con dos cucharadas. Me dijo: tirame en la pata, no doy más. Tenía la herida que de tan roja parecía amarilla y la carne pegajosa. Le tiré con el pico como al mate. Lloró de dolor, se retorcía como una lombriz ciega al sol. 

Al otro día, la pata mejoró. Esa tarde volví a casa. Luz me dijo que se me notaba la alegría en la cara y me invitó a su patio a ver mis plantas. Estaban hermosas. Los rayitos de sol estallaban de luces y los cactus tenían hijitos. Me subió un líquido acuoso y ácido por la garganta, pero me lo tragué. Me dijo que ya me las podía llevar. Le pedí que esperáramos, porque anunciaban lluvia para el otro día. 

Ahora que Luz está muerta voy a tener que traer mis plantas y las de ellas. Nunca hablábamos de qué hacer si alguna moría, pero entiendo que me toca a mí. Eso sí, yo no les voy a hablar, quizás eso sea matarlas de a poco, pero a mí no me salen las palabras. El día que Nina murió, cuando los chicos de emergencia me preguntaron cómo, no me salieron las palabras. Me quedé callada, la Choly habló. Dijo que aparentaba ser un día normal, pero que Nina se había despertado de buen humor, como nunca. 

Ese día, la Choly me lo dijo cuando estábamos en la cocina haciendo el mate cocido: preparate, Chinita, que se nos va, es la mejoría de la muerte: florecen y se marchitan el mismo día, como las dama de la noche y mordió con su pico una factura con crema pastelera y granas de colores. No pudimos hablar más porque Nina gritaba desde la cama que la ayudáramos a levantarse, que quería ir al jardín. Para mí era una locura, pero la Choly me dijo: no hay nada que hacer, dale la última alegría. 

Entre las dos la cargamos a la silla de ruedas. No alcanzó a llegar al patio. Cuando abrí la puerta y la luz entró como perfume, largó un suspiro y quedó dura, mirando el jardín desde la silla. La Choly me dijo: yo sabía, yo sabía.

Fue triste que se muera Nina, y pensar que Luz también. Ahora, con tanto tiempo libre, voy cuidar bien a las plantas. Podría llamar a Choly para que les hable. Ella no tiene vergüenza, menos cuando está borracha. Dice que toma vino solo para el almuerzo, pero… 

También podría cortarle un poquito de pelo a Luz, antes de enterrarla, y dejarlo en las macetas para que no se sientan solas. Luz no tendría problema, es más, creo que le gustaría la idea. 

No sé porqué se habrá querido morir o si alguien la mató, pero de verdad que es una lástima. La abuela Nina siempre decía que nadie se muere en la víspera. Así que Luz murió el día que tenía que morir y punto. 

Pienso que, por ahí, es mejor enterrar las plantas con ella, porque el día que yo me muera: ¿quién las va a cuidar?

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