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La literatura como religiosidad, según Hernán Vanoli

Por Luciano Sáliche

“Estoy en mi casa, acompañado por el zumbido estridente de la heladera y el zumbido sigiloso de mi conexión wifi”. El que habla, el que escribe, es Hernán Vanoli. Desde esta cuarentena mundial, nuevo paisaje del futuro digital, el escritor, editor y crítico cultural conversa con Polvo sobre su último libro. Se titula El amor por la literatura en tiempos de algoritmos y tiene una leyenda que funciona, no sólo como subtítulo, también como un clickbait de lo que hay en sus 150 páginas: 11 hipótesis para discutir con escritores, editores, lectores, gestores y demás militancias. Editado por Siglo Veintiuno y Crisis —revista que Vanoli integra—, el libro funciona como un mapa general del universo literario donde esas once hipótesis, que son once capítulos + un bonus track, son los alfileres clavados en los puntos nodales del ecosistema.

“Es el primer libro de ensayo que publico. Siempre me interesó el ensayo, y lo considero una de las variantes más atractivas de eso que coincidimos en llamar literatura. No lo veo separado de mis libros de ficción, sino en una continuidad tensa. El libro sale como un intento de sistematizar algunas ideas sobre qué significa escribir hoy, cómo se vincula la literatura con las identidades digitales y qué pasa en un campo literario tan particular como el argentino. Pero también surge de mi vida cotidiana, y de cosas que venía experimentando desde que la sociabilidad literaria en gran medida se digitalizó. Creo que a veces está bueno hacer un alto y detenerse a reflexionar sobre las prácticas, las rutinas y las formas de construcción de valor de los mundos en los que uno participa porque le interesan y lo nutren”, sostiene.

Efectivamente, Vanoli es un autor de ficción: Varadero y Habana maravillosa (2009), Pinamar (2010), Castores (2012), Cataratas (2015), Pyongyang (2017). Pero también Los dueños del futuro (2017), un libro de entrevistas y crónicas sobre los tigres del capitalismo argentino en coautoría con Alejandro Galliano con el que empezó a bifurcar el camino, aunque su trabajo fuera de esa alquimia llamada ficción lo confirma: es sociólogo, investigador y crítico cultural. La pregunta sobre cómo se mueven los discursos sociales y qué materialidades los sostienen siempre estuvo presente. Aquí, en El amor por la literatura… , también. Ya en la introducción se lee: “La literatura nos hace, por regla general, más pobres en lo material, más conservadores en lo político y, tal vez por eso, en algunos casos, más mezquinos en lo espiritual”.

«El amor por la literatura en tiempos de algoritmos» (Siglo Veintiuno) de Hernán Vanoli

—Decís que la literatura “rara vez pudo oponerse al mercado” y que “nos aleja del deseo de transformar el mundo”. ¿Es posible pensar, en un mundo como este y en un presente como este, una literatura que vaya en el sentido contrario al mercado y al status quo? ¿La hay?

—Yo pienso a la literatura como una religiosidad, con sus bienes de salvación, sus dogmas, su fe. Para mí eso es un elogio, yo creo en la literatura. Y la fe en la literatura, en gran parte del siglo XX, se sustentó en un horizonte de transformación. La literatura adquiere su prestigio social, quizás merecido, cuando se propone como un dispositivo para transformar la organización de la vida colectiva y no se conforma con el estatuto de entretenimiento o de arte que le intenta otorgar la primera modernidad. Ahora bien, ese horizonte de transformación se oponía a una industria cultural muy diferente a la que experimentamos hoy. Y entonces el libro quiere preguntarse qué sería retomar ese horizonte transformador, si querés utópico, en el mundo de Instagram, multinacionales del libro y series de televisión con cuatro temporadas de más donde vivimos. Cuando digo que “rara vez pudo oponerse al mercado” o que “nos aleja del deseo de transformar el mundo” me refiero a una doxa literaria que, al calor de sus instituciones del siglo XX, se fue consolidando. No digo que la literatura no tuviera este horizonte, sino que un sistema de especialistas fue administrando sus bienes de salvación y codificando su gracia con una bizarra combinación de formalismo, post-estructuralismo y fetichización del lenguaje, importados bajo el packaging de teoría europea. Yo rescato el componente crítico de esta tradición, y de ninguna manera niego sus aportes. Sin embargo hoy me interesan la dimensión ética y la dimensión activista de la literatura, que se enlazan en una posible renovación de su horizonte utópico, y su vinculación con la cuestión nacional. Voy a dar un ejemplo que utilizo en el libro, pero abordado desde otra óptica. César Aira es quizás el mejor escritor argentino del final del siglo XX. No lo es porque escriba “bien”, que lo hace, sino porque su proyecto literario, su interpretación de los textos sagrados de la fe en la literatura, lleva al límite del horizonte epistemológico de su época. Aira no puede terminar de enfrentar al nuevo mundo que nace, el mundo de la digitalización y monetarización de la identidad, pero se burla un poco de la descomposición del antiguo mundo, y lo hace de una forma constructiva, certera y utópica a la vez. Es un profeta del cambio de época. Por eso en literatura no se trata necesariamente de ir en contra del mercado o del statu quo, sino de construir un horizonte colectivo de imaginación técnica y una ética capaces de proponer alternativas y al mismo tiempo las paradojas que habitan a estas alternativas. Es una tarea que podría tranquilamente pensarse como una ciencia económica, que es una variante de la ciencia ficción, aunque por supuesto que se encuentra en tensión con la organización política y no puede soslayarla.  

—Decís también que la figura de intelectual ha sido reemplazada por la de influencer. ¿Qué diferencias hay, si es que aún las hay, entre uno y otro? ¿Aún quedan intelectuales a secas?

—El intelectual se basaba en dos capitales: la formación académica y cierto monopolio de las apariciones en los medios de comunicación de masas. Sartre es el ejemplo quizás más acabado. Estudiaba, escribía, militaba en el PC, tenía una revista, etc. Era muy difícil hacerle competencia. Pocos accedían a la academia y no había tantos medios de transmisión de las ideas. Hoy la academia se masificó relativamente y se consolidó como “playa de estacionamiento” para franjas de las clases medias que no pueden acceder a una inserción en el mercado laboral (la idea es de Juan Carlos Portantiero) y los medios de comunicación se diversificaron y fueron hackeados por las plataformas de extracción de datos como Instagram o Google, donde cada uno puede transmitir a sus pequeñas audiencias siempre y cuando le regale todos los datos a estas plataformas. En este contexto es lógico que los intelectuales ya no tengan el lugar central que tenían en el siglo XX, lo que no significa que sigan siendo importantes como movilizadores de ideas ante pequeñas audiencias. Pensemos en Harari, un intelectual global contemporáneo. Harari es muy parecido a los influencers en el sentido de que su prestigio ya no surge de su rigurosidad académica, de su trayectoria investigativa o de su extrema sensibilidad, tampoco de su militancia en círculos intelectuales, sino de una fuente misteriosa. Harari necesita menos ciertos pergaminos académicos o cierto reconocimiento de sus pares que el manejo de una serie de protocolos de intervención capaces de articular visiones por lo general celebratorias del statu quo para que las entiendan los pocos diarios liberales con algo de prestigio que aún sobreviven. Los influencers hacen lo mismo. No hacen nada del todo bien, pero manejan una ritualística en la difusión que los hace eficaces. Incluso Zizek, que tiene visiones que me resultan mucho más interesantes que las de Harari, es hasta cierto punto un influencer en sus formas de intervención. Esto no es una crítica sino un elogio a ambos, son personas que transportan ciertos gestos del antiguo intelectual del siglo XX, que se unía a un movimiento político, que interpelaba al sentido común, que trabajaba en la universidad en forma cotidiana y era una suerte de primus inter pares universitario, pero las trasladan a un mundo regido por las plataformas de extracción de datos y su competencia por captar la atención. 

Literatura y religiosidad

Once hipótesis, once sentencias que constituyen la constelación del mundo editorial. Ya no se trata de pensar solamente a la tríada editor-escritor-lector sino de ubicarla en el contexto actual, repensarla y volverla a desmenuzar. Si el nuevo campo de batalla es internet (“la nueva propietaria de los textos” y “el lugar de las performances políticas de la vida cotidiana”), los vínculos se modifican, las identidades se reconstruyen y la acumulación de capital simbólico tiene que ver, ya no tanto con lectores, sino también con “seguidores”, pero sobre todo por bailar bien la canción que ponen las plataformas de extracción de datos como Google, Facebook e Instagram. ¿Es un apocalipsis acaso? No todavía. “Las pequeñas editoriales alternativas son el corazón de la cultura literaria”, afirma Hernán Vanoli, sentado frente a una computadora sobre un escritorio lleno de libros y, probablemente, algún barbijo.

“El problema —continúa— es que la cultura funciona hoy, entre otras dimensiones, bajo una forma de existencia que yo denomino festivalera, y con distanciamiento social se suspenden los festivales como horizonte. Anulada esta dimensión co-presencial que diferencia a la cultura del streaming, sus perspectivas son difíciles. A esto se suma que el sistema de productores culturales venía muy golpeado por las políticas destructivas del macrismo, y la pandemia fue justamente como si un anciano de 80 años que fumó durante 60 y tiene un bronquio inutilizado se infectase de Covid-19. Me preocupa y por eso me conmueven los intentos de salir a flote en este contexto. Ojalá en el mediano plazo esta crisis tan espantosa nos ayude a pensar en otras formas de gestión de la cultura, con una relación diferente entre el estado, las comunidades y el supuesto mercado de bienes culturales”. 

—¿Ya no es posible, con internet, separar vida y obra o, mejor dicho, la figura del escritor de su literatura?

—Es posible, pero ocurre con cada vez menos frecuencia. Hay casos, como Elena Ferrante por ejemplo. Pero hoy todos tendemos a interesarnos por la vida del escritor, en especial si vive. Es una condición de producción. La vida se volvió tan cambiante e incierta que la ficción, a veces, parece algo barroco. Y necesitamos anclarla a la vida. A mi no me interesa si estéticamente es interesante o no vincular al escritor a su literatura, porque éticamente sí me parece interesante pensar las rupturas y las continuidades entre ambas instancias. 

—Hablás de los escritores como portadores del capital de la sinceridad. ¿Se ha convertido en un mandato la micromilitancia de causas nobles?

—La sinceridad es lo que puede captar la atención en un mundo lleno de artilugios y donde la mentira es lo normal. Es la vida desnuda del espíritu, que por supuesto no es transparencia, sino un tipo de construcción donde el sujeto exhibe sus traumas. Eso por un lado. Por otro, la micromilitancia en causas nobles es una reacción al cinismo, pero una reacción que no atiende a la contradicción principal, que a mi juicio no tiene que ver tanto con la propiedad de los medios de producción sino con las formas colectivas de gestión de la información y con el estatuto otorgado a la vida. Quizás no es un mandato, quizás es un síntoma. Por otra parte: ¿qué sería una macromilitancia? ¿Una militancia en un partido político? Creo que la subjetividad contemporánea ya no puede militar en partidos políticos. Puede militar en contra de cosas, pero no apoyando un programa de un partido político, simplemente porque los partidos políticos no son sinceros. Por supuesto que aún hay militantes, pero nadie les cree, lo que pone en crisis su estatuto. A lo sumo se los puede preferir por sobre una opción peor. A los micromilitantes, por el contrario, se les cree. No son cínicos. Pero sin embargo caen en la trampa de las redes sociales, que es justamente codificar problemas complejos como causas morales donde uno termina viéndose obligado a estar a favor de todo lo bueno porque es bueno, es correcto y le conviene a las plataformas de extracción de datos y al capital financiero. Las preguntas que acompañan a estas contradicciones podrían ser: ¿Cómo sería una micromilitancia en contra de estos factores de poder hoy? ¿Es posible por fuera de la macromilitancia, que sin embargo se caracteriza justamente por no enfrentarlos porque es evidente que los estados nacionales de occidente son débiles ante las plataformas de extracción de datos? ¿Es posible “militar” por fuera de estas plataformas?

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