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28-07-2020 Notas

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Por @horaciogris y Sebastián Montoya

El encierro de cuarentena es excusa perfecta para los rewatchs y, presente en la mente de todos, BoJack Horseman es una serie que merece ser vista dos o tres veces para debatir con la incomodidad que genera. En un momento en que Noam Chomsky, Margaret Atwood, Martin Amis y centena y media de pensadores se animan a alzar la voz ante una cultura de la cancelación que empieza a sofocar más que el uso de barbijo, el show del caballo más neurótico de Hollywoo(d) abre líneas de análisis para intentar saltar la tranquera de la corrección política. 

Proclamada la mejor serie animada del siglo XXI por la BBC, quizás sea más conveniente ubicar a BoJack Horseman como serie de transición entre el XX y XXI, es decir de matices, donde elementos de ambos siglos pasan de uno al otro generando, gracias a la sátira y el ridículo, el efecto de extrañeza necesario para una fina lectura. Amor, activismo vegano, sexo, fama, soledad y otros temas de lo más disímiles son abordados intentando mostrar sus facetas, que se disputarán el título de auténtica perspectiva del asunto, encontrándose y disolviéndose en un juego de espejos y deformaciones en el que no se sabe qué es verdadero y qué es reflejo; algo que funciona a escala del programa pero a la vez como fractal en Netflix, Hollywood y la sociedad, y que también pone en juego, incluso padeciéndola, a la corrección política y la cancel culture.

Cancelin’ around

El fenómeno de las plataformas de streaming haciendo malabares morales no es nuevo pero, día tras día, nos ofrece otro capítulo en la saga del canceling around. Entre las últimas novedades podríamos enumerar a Netflix prohibiendo el tabaco en sus producciones y eliminando un capítulo de Community por un personaje disfrazado de elfo y la cara pintada de negro en un juego de rol, a HBO Max dando de baja Lo que el viento se llevó por “insensibilidad racial” para después pretender subirla con una introducción que “explica” el contexto histórico del film, y a la inglesa Sky agregando la descripción “esta película tiene actitudes, lenguaje y representaciones culturales anticuadas que hoy podrían ofender» a Desayuno en Tiffany’s, El último Samurai, Alien e incluso algunas de Disney como Dumbo o el Libro de la Selva, junto con otros clásicos. La indistinción entre una representación racista y la representación de la representación racista (el “blackface elfo” en Community), y entre mostrar y apologizar (el tabaco), la pretensión de explicarlo todo y necesitar despegarse ante la imposibilidad de dar por entendido algo tan básico como que cada época es distinta y que la adecuación a la matriz cultural entera de lo políticamente correcto hoy no siempre es lo más importante en un producto, son emergentes paradigmáticos de la tónica cultural actual. 

BoJack Horseman pone en juego estas complejidades, muchas veces a través de Diane en su función de intelectual y crítica, alguien que además de ser la biógrafa del protagonista de Horsin’ Around guarda un vínculo de intimidad confesional que le permite a él narrarse, encontrar un sentido a su presente a través de su pasado y formular distintas hipótesis en torno a sí mismo. Esta autonarración, junto con los flashbacks, son solidarios de la trama y la estética de la serie pero además constituyen el camino a través del cual el espectador acompaña a BoJack y donde se enfrenta uno con verdades contracíclicas a la época: no sólo los buenos sufren, hacer algo incorrecto no es ser agente del mal, hay grados -y no absolutos- en la interpretación y nadie escapa al error.

Por supuesto que la serie no es novedosa en la presentación de un simpático incorregible. Californication quizás sea el antecedente más cercano, con un Hank Moody (escritor) al que le gusta emborracharse y el sexo sin preguntarse por el afecto con mujeres jóvenes mientras se mueve en un tedio que espera encontrar algún desafío. Pero el protagonista (encarnado por David Duchovny) resulta mucho menos dramático por recaer sobre el personaje la mirada amorosa de Karen (interpretada por Natascha McElhone) que funciona como manto piadoso. Y también, admitámoslo, por su campera de cuero, la pose canchera con anteojos de sol y esa mueca en media sonrisa como buscando una complicidad en el televidente que, a los ojos del 2020, sólo genera una distancia insalvable que condena a envejecer a Californication y la lleva al riesgo de ser rotulada con «actitudes y representaciones culturales anticuadas que hoy podrían ofender» aunque la serie inició en 2007 y finalizó en 2014, año en que se estrenó BH. Por otro lado, Californication tampoco consigue explicar demasiado a Hank y entonces su alegre promiscuidad es una suerte de excusa para mostrar cuerpos desnudos (hegemónicos, no es necesario aclarar). Y aunque Hank de cierta forma paga por sus comportamientos libertinos, que van desde falta de responsabilidad afectiva al crimen de abuso de menores (statutory rape), la poca profundidad vuelve al papel de Duchovny una caricatura bukowskiana anacrónica, incluso para quienes lo queremos desde X-Files, lo contrario que ocurre con BoJack a quien su sufrimiento e historia lo vuelven de carne y hueso.

No me hagas cancelarte

La gente solo quiere escuchar aquello en lo que ya cree, afirma el caballo en el segundo capítulo de la primera temporada. Afirmación medio en lacaniano si recordamos la pregunta mediante la que se introduce al gran Otro en el segundo de los seminarios: ¿Por qué no hablan los planetas?. Y es que pareciera existir una imposibilidad operacional en la cultura del Canceling de alojar aquello que no es lo esperado, es decir una respuesta verdadera. Acaso -siguiendo a Lacan- si la respuesta es lo que justamente esperábamos obtener, ¿es realmente una respuesta?

La indignación es el sentir de la cancel culture. Un sentir que nos golpea directo y no podemos asimilar. No es que nos indignamos ante algo (activos), sino -aunque parezca lo mismo- algo viene a indignarnos (somos pasivos), nos viene a perturbar y, ante ello, somos presa. Tan pronto vemos la ola venir, nuestras manos se apresuran al cielo. El movimiento, considerado un ataque entonces, exige una defensa: cancelar. La indignación nos posiciona en víctimas del ataque. Como defensa, el rayo cancelador tiende a inmovilizar al otro con categorías a priori, fáciles de aplicar y de larga durabilidad. Encerrando la complejidad en un saber pretérito, no hace más que cortarle paso a lo diverso, se apodera de ello, de lo incómodo, y le cierra el pico.

El mecanismo de cancelación no sólo pretende separar lo bueno de lo malo sino que, al hacerlo, ubica al cancelador del lado del bien. Gracias a su posición, no es quien debe comprender. Tal exigencia queda circunscripta al “agresor”. De la misma manera que el cliente no tiene porqué comprender y, siguiendo aquella premisa capitalista de principios de siglo XX -el cliente siempre tiene la razón-, hoy quien siempre tiene la razón es el indignado, que sólo pide explicaciones al artista para decidir incorporarlo o desecharlo, reduciéndolo a objeto para un consumo, digamos, esterilizado. En lo concreto, el efecto de dejar de consumir algo parece caer del lado del consumidor, quien en una lógica donde nada más es posible amar u odiar sin medias tintas, expulsa sin pregunta sólo para hacer espacio a una nueva consumición. Quien cancela, por más que en la vida sea un estafador, por ejemplo, obtiene su certificado de bondad; mientras que aquel que mira una de Polanski o Woody Allen es moralmente cuestionable.

La operación del cancel cierra su circuito con una necesaria mostración (poco hay de social y mucho de narcisístico en las redes), evidenciando el carácter imaginario de la escena y poniendo de manifiesto que aquello que podría ser una experiencia singular es en verdad una burocracia moral que imposibilita la pregunta y que lleva idéntico sello de cancelado, escena tras escena. Y así se fantasea con la caricia del Bien. Si el rostro de la santa anuncia el goce místico en El éxtasis de Santa Teresa, de Bernini, la indignación anuncia un nuevo goce moral basado en una expectativa previa de imposible cumplimiento. En este caso, la justificación es sencilla: “no soy yo quien me privo, es el otro que falla en cumplir”. Y, si bien pareciera ello un acto obligado y cargado a la cuenta del artista, nadie obliga a nadie a gozar, salvo el superyó.

El problema del caballo

En ajedrez, el Knight’s tour es un desafío matemático sobre cómo hacer pasar al caballo por todos los casilleros del tablero sin posicionarse en ninguno anterior. Los movimientos poco fluidos parecerían un impedimento para avanzar, pero se calcula que hay más de treinta billones de soluciones posibles, con lo cual la falta de elegancia  en comparación con los otros trebejos no resulta en impedimento.

Quejoso, delirantemente narcisista y con terror a ser dañado pero también a vérselas con la soledad, a lo largo de las seis temporadas, este ejemplar purangustia traza un sólido tablero por el cual va moviéndose entre casilleros sin quizás advertir que éstos no son más que su propia cárcel. Tal vez, el mérito de la serie sea no pretender jamás sorprendernos con lo que BoJack hace, pero sí dilucidar las lógicas y móviles del personaje en una psicobiografía que constituye la verdadera trama; y al recorrerla en un sentido inverso se vuelve el hilo de Ariadna con el que BoJack intenta salir del laberinto de Minos donde en vez de un monstruo toro habita la posibilidad de encuentro consigo mismo. Algo sobre lo que hoy casi nadie quiere en verdad saber y aquello sobre lo que el caballo antropomórfico teme: ¿quién es él en realidad?

Si fuésemos una pieza de poco valor como BoJack mientras todas las otras pueden trazar líneas de rectitud moral, nos sentiríamos en menos. Pero los pasos de BJ lo distinguen del resto: es un inmoral intentando delinear una ética en un despliegue donde, a diferencia de los que siguen la misma dirección, no cree conocer de antemano hacia dónde va. Su virtud son sus titubeos.

Alexandra Kohan en Psicoanálisis: por una erótica contra natura, plantea que “bajo la segura apariencia de lo certero no hay sino inhibición” y que por efecto de ciertos discursos domesticadores “ya no se toleran las vacilaciones, las ambigüedades, los caprichos, la sorpresa, la contingencia, el no saber casi nada de lo que uno desea”. Acomodándose en la pasividad del bien y lo correcto, al cancelar, uno no hace más que detener la pregunta, confinándose al silencio, a la inmovilidad que produce (y reproduce) la ilusoria identificación a la pegajosa masa del falso nosotros los buenos. En la operación de cancelación, en definitiva, quien pareciera terminar cancelado es el propio deseo. Así, la moralidad de la cancel culture viene a reforzar esa inhibición anulando toda posibilidad de contingencia, de encuentro con algo del orden del deseo. Esta ilusión de cancelar la disidencia, de evitar lo polémico, nos coagula en un imperativo epocal que exige erradicar todo posible desencuentro o desajuste entre deseo y moral. Nada quiere saberse hoy con esa pregunta que nos posiciona frente a la angustia del no saber, pretendiendo sacar de circulación lo contradictorio, lo incierto.

El caballo incomoda, todo ajedrecista lo sabe. BH hace eso, es -siguiendo a Kohan- la piedra quitada del camino que ahora se hizo lugar en el zapato monocromático de una cultura anestésica. La serie del caballo descoloca, des-arma, hace lugar a diversos matices. Algo roto, dañado, de paso esquivo y errante. Su jugada escapa a la lógica lineal, siempre yendo un poco más allá, o más acá. Su tranco resulta diferente, difícil de aprehender en tanto que su lectura trasciende la lógica de la completud y el entendimiento circular. Uno no encuentra en BH ese sentido que otorga forma, no hay compensación ni cierre de ecuación. El caballo, pero no sólo él, sino que el resto del elenco como Diane, P. Caroline, Mr. PeanutButter y Todd son todos personajes paradigmáticos coloreados con tonalidades de angustia que rebasan la trampa bimodal del bien y el mal, pudiendo advertirse en todos ellos singulares modos de vérselas con eso inasible que es del orden del deseo. El desarrollo de la serie los posiciona una y otra vez frente a lo incierto, escapan así del voluntarismo de la comprensión -esfuerzo tan tozudamente anhelado por los empatizadores seriales- deslizan una pregunta irreverente, soltada al vacío y que va hacia ninguna parte, sin punto de llegada, como a medio camino.

Arma Moral

Además de con Diane, muchas veces BJ monologa -incluso con otros- intentando llegar a algo. En entrevistas de televisión, después de tener sexo, en el funeral de su madre a lo largo de todo un magistral episodio. El número de veces que habla de sí sólo es equiparable a la cantidad de cosas repudiables que hizo durante la serie: estuvo a punto -¿estuvo en verdad a punto?- de tener sexo con una cervatilla de 17 años y habilitó alcohol a otros menores, plantó el videojuego adictivo a Todd para hacerlo caer de nuevo buscando que fracase, no lo deje y así seguir evitando enfrentar la soledad, permitió caer hasta el fondo a Sarah Lynn para después borrarse, no apoyó cuando lo necesitaba al creador de la sitcom que lo lanzó a la fama y también, interpretando a Philbert y estando drogado, atacó a Gina en pleno set de filmación, entre otras. 

Es fácil adivinar a un público de atentos universitarios, indignómetro en mano, siguiendo estos galopes de BoJack. Teniendo en cuenta ese auditorio y habiendo finalizado en 2020, BH se desplegó siempre con cuidado para contar una historia de alguien políticamente incorrecto sin que pueda decirse de ella que es un intento aleccionador ni tampoco, por el contrario, una oda a la incorrección (como sí podrían tildar algunos a Californication). Es una historia en el sentido más intuitivo del término: hay ahí algo interesante para contar, una narración que por momentos puede emparentarse y por otros no con la moral de época, al igual que ciertos aspectos de los personajes. Y eso, en sí mismo, hoy no es poco.

BH tiene al menos cuatro escenas que involucran cancelamientos y en todos los casos el foco y tratamiento es distinto, apostando a que no puede rotularse el asunto con un mismo sello incuestionable: La más dramática es la cancelación del mismo BJ en el arco del final de la serie, con juicios encima y su imagen mancillada, cuando le ofrecen una salida económica de Horsin’ Around ante el contexto. Es decir, quieren lanzar «All around», una revisión y reversión de su serie pero cortando las escenas donde él aparece, un bluray políticamente correcto que lo extirpa de lo único que hasta entonces lo sostenía a nivel identitario.

Otra, tiene un tratamiento hilarante: Mr PenautButter, el personaje más inofensivo, ingenuo e intachable de la serie le es infiel a su novia influencer en el único momento donde el perro se muestra humano y, luego de confesar su accionar, ella, “por ser de Géminis” y no poder contenerse, comparte el hecho con sus followers y al otro día él recibe el odio de colegas y público en general, hasta que su manager idea un plan para que todos crean que sufre de depresión y así, transformándose él también en víctima de algo, vuelve a lograr aceptación. 

Existe una escena poco recordada pero sin dudas compleja e interesante: El robot sexual creado por Todd para intentar satisfacer a su novia termina como CEO del canal. Si bien el robot, por su programación, sólo pronuncia «Lindas tetas», «Te voy a comer el culo» y soeces similares mientras camina moviendo dildos, sus compañeros interpretan todo como metáfora de otra cosa, al estilo que ocurre en Desde el Jardín de Kosinski. Pero en su oficina, a solas con una mujer, pronuncia «Entrando en modo suspensión, conectar a fuente de alimentación» por quedarse sin batería y eso es interpretado como acoso sexual, situación que resulta en un escándalo donde se reinterpretan las soeces previas como lo que son y donde el directorio decide echarlo con una buena indemnización, complicando los balances y por ello precisando dar de baja sus producciones, con lo cual la ejecutiva que da la noticia informa que «es un gran día de para las mujeres de esta compañía aunque muchas de ellas serán despedidas».

Por último, mostrando el lado más ácido de la serie, el canceladísimo Mel Gibson tiene su parodia a través de Vance Waggoner galardonado en los “We Forgive You Awards”. Capítulo memorable que evidencia la indignación como herramienta de beneficio personal en lugar de un reclamo de justicia y donde BoJack, sin hacer ninguna reflexión al respecto, le pisa la cabeza sin dudar a Vance al escuchar los aplausos que recibe cuando empieza a ubicarse, de casualidad, del lado del bien. 

Pero no es necesario tener el combo Arma Mortal de racista, sexista, violento y judeófobo para ser cuestionado. La misma serie tuvo que vérselas con el eco de lo incorrecto, que quizás replicó hacia adentro en un intento por asimilarlo, por algo más sutil: en esa misma temporada, la cinco, BoJack le pide a Diane que sea asesora en cuestiones de género en Phillbert y poco antes de eso Raphael Bob-Waksberg, creador de la serie, tuvo que pedir disculpas por whitewashing, porque la voz de Diane Nguyen -personaje de ascendencia vietnamita- es interpretada por Alison Brie (mujer blanca). Asimismo intentó matizar en una entrevista con la crítica Inkoo Kang su pecado original de que todas las voces del elenco sean de personas blancas con el hecho de que contrataron una asesora vietnamita para el capítulo de Vietnam. 

Estos hechos le dan una dimensión mucho menos inocente a la decisión del creador de utilizar animales antropomórficos en muchos personaje y así, quizás, evitar herir susceptibilidades por la distancia entre una representación, cualquiera que sea, y lo real, algo que quienes desenfundan rápido la moral de época parecen creer de verdad que es de sencilla y automática aprehensión. 

Su pregunta [no] molesta

Los pasos en falso de Bob-Waksberg tal vez puedan convertirse en preguntas legítimas para el arte: ¿cuál es la parte o el rasgo indispensable de lo representado que debe estar sí o sí presente en la representación para no estar haciendo algo malo (malvado)?, ¿hay algún rastro vietnamita en el registro fonético de un personaje estadounidense pero de ascendencia asiática que exija optar sí o sí en el casting de voces por una actriz con calcadas características identitarias? Antes de responder quizás valga la pena aclarar que Diane sólo habla inglés, y que de hecho eso es usado de pie para chistes durante el episodio del viaje. Y si -por ejemplo- un personaje dibujado fuese viejo, ¿la voz debe ser de alguien anciano?, ¿y si vamos a algo más complejo como que el personaje es trans?, ¿o algo menos perceptual como que es gay?, ¿y si es musulmán?. ¿Implica cuestiones idénticas un casting para el papel en película que uno para voces en animación?. ¿En qué punto esas exigencias de inclusión son necesarias y cuándo se vuelven mero goce moral?. En cierta medida algunas preguntas podrían canalizarse a través de la necesidad de políticas de cupo (como el femenino y trans en Argentina) y son atendibles, más en el país del #BlackLivesMatter, pero no pueden confundirse con fundamentos artísticos. Las preguntas que remitan a referente y estereotipo no son ni más ni menos que por la abstracción, algo que resulta peligroso cuando eso puede significar líneas de análisis de lo más disímiles, equívocos y dudas por la bonhomía del artista, quien no es ni más ni menos que un creador.

Las respuestas a los interrogantes planteados sin dudas deben contestarse por el lado de la visión y el proyecto artístico, algo difícil en un contexto donde lo principal, antes que nada, pareciera ser el dejar en claro que se es bueno o que se está del lado del bien. 

La escena crucial de la película sobre Secretariat que protagoniza BJ, donde el corredor arregla con Nixon para evitar ir a la guerra a cambio de su hermano (quien muere en combate) y que daba sentido al film, es eliminada por «controversial» (S02E09) a partir de un sondeo de la productora. En su reemplazo, se opta por una escena familiar a los pies de la chimenea y el protagonista con un sweater navideño. Ese capítulo va más allá del programa: en cuanto al arte hoy, no resulta descabellado suponer que lo que el público busque sean productos sin pathos, secuencias sin profundidad, es decir superficies planas y pulidas -siguiendo a Han en La salvación de lo bello– donde la oscuridad no puede jamás prender y donde la narración sea una excusa para esa mostración. Tal vez esa sea la característica de los productos epocales, la proclamación cada vez más explícita de que están del lado del bien, mostrándolo, y que por lo tanto se prestan a consumo y a mejorar a quien los incorpore, algo que separa a BoJack de otras producciones como Poco ortodoxa, que a los diez minutos de darle play tiene suficientes guiños hacia el bien como para poder tragar tranquilos y sin preguntas, donde los ortodoxos son todos malos o brutos y los jóvenes cultos de conservatorio -¿el público detrás de la pantalla?- son todos buenos, miniserie que para estar basada en hechos reales parece ser, en todo caso, la versión en libro con hojas de cartón para niños de eso real que sucedió.

Los guiños hacia el bien en los productos originales de las plataformas de streaming son tildes en la cheklist de lo Correcto que se irá repasando por afán de la transparencia -que nada tiene que ver con la sinceridad- y que, según Han en La sociedad de la transparencia, indica un hambre insaciable por incorporar lo igual, lo que encaja, sin posibilidad de tolerar Negatividad y donde el dato nunca forma relato; una pornografía acumulatoria que jamás llega a otorgar sentido y donde, podríamos concluir, el Bien no importa como valor trascendental sino como excusa para competencia gimnástica ante un público celebratorio. El canceling junto a su primo hermano el counseling parecieran, entre otros, ser nuevos paradigmas de Positividad. Doxas que reinan y reglan, guiando por el camino fácil, barranco abajo, la forma de sentir y vivir. 

Lo complaciente se expande como lógica paradigmal y la pregunta que surge es si terminará moldeando no ya los productos -que lo consigue- sino los parámetros con que evaluarlos. Y en ese punto la falta de distancia entre obra y artista parece ser no una falla sino un fundamento. Como señaló Ariana Harwicz, es tendencia dejar asentada orientación sexual, opinión política y composición familiar de un autor en solapas y contratapas. Eso quizás nos dé una clave: bajo el estrado de la corrección política, la obra pasa a ser -de nuevo- reflejo del autor y, para asegurar ventas, el producto implica la condensación de sus bondades. Pero cuando alguien esté del otro lado, si no es automáticamente cancelado se buscará comprobar que hay algo dañino en su trabajo a través de una hermenéutica de la obra intentando encontrarle nuevos sentidos a la luz de los hechos. La ilusión de simetría perfecta entre obra y artista también alojará la fantasía de trazabilidad de los sentidos, direccionados ahora hacia el lado del mal y por lo tanto de lo que no vale la pena. Así, alguien malo no podría generar nada valioso, situación que produce cortocircuito en cientos de jóvenes que aman la saga de Harry Potter y no saben cómo encajar la pieza de que J. K. Rowling pueda ser transfóbica en su rompecabezas, y también en muchos no tan jóvenes que no pueden creer que las canciones de Michael Jackson les sigan resultando, pese a todo el horror de Neverland, tan pegadizas.

Pero estar cercado por productos inocuos, historias sin conflictos y personajes binarios no es el principal problema. El inconveniente mayor pareciera ser, traspolando el pensamiento de Žižek en torno a la política, que la presencia masiva del goce moral socava el pensamiento crítico pero, podríamos agregar, también el deseo. En un futuro próximo, quienes opten por no consumir los productos complacientes ¿sentirán aquella bourdieuana vergüenza cultural como modo de experimentar la dominación de lo Bueno?

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