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Una vez más II: jacuzzi con hidromasaje y dos figuras

Por Diego Fernández Pais

«Los demonios tiran los dados, 
los ángeles miran para otro lado;
lo que no me mata me hace quererte más.»
Taylor Swift,
Cruel Summer

Jorge Luis Borges no creía en la existencia de los géneros literarios. El puñetero viejo figurón murió convencido de que el género literario de una obra dependía, quizá, menos del texto en sí que del modo en que éste fuera leído. De hecho, en esa recopilación de conferencias titulada Borges oral (1979) llegó al punto de afirmar que a diferencia de lo que sucedía con el lector dieciochesco o el decimonónico, meros dispositivos ópticos a los que él percibía como seres dotados de una supina ignorancia y pasividad, el lector del siglo XX había devenido en un sujeto activo capaz de otorgarle a una ficción cualquiera, por caso a un zonzo relato experimental de su autoría, la entidad propia de un ensayo académico. Cuando el retrasado mental de Adolfito Bioy Casares ordenó en Inglaterra la compra de un ejemplar de El acercamiento de Almostásim del doctor Mir Bahadur Alí (aquel otro prodigioso producto de la imaginación borgeana que junto a Pierre Menard y Herbert Quain engrosa esa larga lista de autores parasitarios que, pese a su innegable condición de subordinados, no por ello han resultado menos tangibles y memorables que su propio inventor) el tontiloco de Georgie creyó haber tenido la fortuna de comprobar en vida la certeza de su herética, cartesiana, fútil, putrefacta y antropocéntrica teoría.

Yo aquí desearía formular una pequeña intervención: hoy por hoy, ya con un pie metido dentro de la tercera década del siglo XXI, como tantas otras de sus bizantinas disquisiciones, una aseveración como la de Borges no sólo peca de preciosista sino que además resulta anacrónica. En la actualidad ya sólo nos queda el realismo. Todo es realismo. Es como la fatalidad de ser un millennial. O un argentino. La profecía por fin se ha cumplido, y la realidad ha superado –con creces, ampliamente– a la ficción. El realismo es ahora terror. El realismo es ahora ciencia ficción. El realismo puede ahora aun llegar a entreverarse (Chernóbil) con la fantasía. Vos, por tu lado, ya sos un ex judío de campo de concentración. Un verdugo nazi. Un ex gulag. Un Stalin. Ya sobrevolaste los cielos de Hiroshima y de Nagasaki, y también piloteaste un avión Beechcraft sobre el [cielo gris perla] de la Plaza de Mayo. Sos el fusilador y el sobreviviente de la ¿masacre? de José León Suárez. Un ex ¿masacre? del Líbano. Un grupo de tareas. Un Falcon verde empañando Ray Ban’s, mascando un hueso. Un desaparecido que se obstina en seguir apareciendo. Una vez más, te ahorrás el comentario. O te lo reservás para el final. La Historia con mayúscula de mayordomo, que se escribe con minúscula. Sos esa negra que ahora salta sin uno de sus stilettos verde pradera de Manolo Blahnik (¡divino el otro, el que logró rescatar del incendio!, ¡finísimo!) desde el septuagésimo cuarto piso de la segunda Torre Gemela. Ahí está el vídeo (high definition) en YouTube. Once de septiembre de 2001, Nueva York, Estados Unidos. El realismo ya es lo único que nos queda. O, lo que es igual: el realismo ya es lo único que no nos queda. Lo imposible. Es, como el tiempo, la arena que se escurre entre los dedos de mis manos, que son también las tuyas. Vos sos la víctima y el victimario. «Morded el polvo, basura»… Todo este rollo para aclarar que el pretenso hiperrealismo de «tu» novela –sí, «tu» novela, así: con el «tu» entre comillas– no estará exento de escenas de ese tipo. Más culos que culo. Terror. Ciencia ficción. Puras mierdas. Como, por ejemplo, la que sigue. La que viene a continuación… Tras una breve pausa… Corte y a la publicidad de rigor… Y ya volvemos… Y ya volvimos… A aquella escena que tuvo lugar en pleno enero del corriente. Verano del 2020. Alrededor del jacuzzi con hidromasaje que vos recién acababas de hacer instalar en una esquina del inmenso y pulcro balcón de tu penthouse de la avenida Hipólito Yrigoyen. Jacuzzi con hidromasaje más colocación. Diez mil dólares. Consumidor final. Pero: ¿es tu penthouse o «tu» pentohouse? Las comillas pueden cambiarlo todo. No así las comas ni los puntos. Al menos ya no tanto como en la época del normalismo sarmientino. 

Alors, veamos esto de la escena en el jacuzzi con hidromasaje. 

Y base de roble… 

Tras comentarle que habías instalado un jacuzzi con hidromasaje y base de roble en tu penthouse de la avenida Hipólito Yrigoyen, Cruz Barrionuevo –con quien, a pesar de haberse conocido durante la adolescencia, recién trabaron amistad en el cursillo de ingreso a la universidad, hace ya más de quince años– procuró olvidar las diferencias que los habían mantenido distanciados por tantos meses y, al día siguiente de su regreso de Punta del Este, mientras vos te deleitabas con el capítulo de Lucky Ladie» que ese día precisamente se estrenaba por la pantalla de Fox Premium, de sorpresa cayó a visitarte, y lo hizo con esa espontaneidad de la que a esta altura sólo un renegado disléxico como él es capaz. Lo cierto es que Cruz siempre ha sido partidario de las reuniones de imprevisto. Siempre, en virtud de ese motivo, ha militado en contra de las nuevas tecnologías de la comunicación. Por caso, detesta las redes sociales. Es un retrógrado confeso, y como tal considera que su inexorable avance tarde o temprano culminará en la desmaterialización de los vínculos afectivos, en la –indeseable, absoluta y consecuente– obsolescencia de toda especie de contacto humano.

Aquel geométrico sábado el sol del Buda resbalaba tranquilo por la suave planicie de un cielo límpido, prácticamente turquesa. La temperatura ambiente rebasaba los cuarenta grados. Tocó el portero a eso de las doce y media. En su traje de baño (marca Fred Perry y de previsible estampa escocesa) predominaba el color magenta y los detalles en amarillo. Traía dos kilos de carne, cinco gramos de merca y tres botellas de Dom Pérignon. En lo que a vos respecta, procurando disimular tu habitual torpeza como anfitrión, inexperto anfitrión, con premura te encargaste de buscar un saco de leña, salar la carne y hacer, a fuego lento, el asado. Al terminar de almorzar, as dessert se metieron unas cuatro millones de rayas, y en cinco minutos liquidaron la última botella de Dom Pérignon. 

De camino a La 14, el supermercado de bebidas al que fueron a comprar un whisky canadiense y el tubo de Rutini más caro que hubiera de la cepa syrah, en su hosco semblante te pareció percibir un sesgo de tristeza: lo notaste disperso, como en otro mundo. Sin embargo, debido a su ya clásica ciclotimia, en el viaje de vuelta esa fugaz tristeza se convirtió en un ostensible mal humor; ostensible mal humor que, a su vez, lo transformó en presa de un mutismo apabullante. Frente al incómodo silencio que de súbito se había apoderado de las partículas de aire, vos acertadamente optaste por el respeto y la condescendencia. Por no alterarlo. Ni distraerlo. Ni molestarlo. La brusquedad de su repentino trastorno anímico había conseguido resucitar a tu agonizante sentimiento de compasión: ahora, en lugar de disperso, te pareció notarlo contrariado, francamente contrariado.

Tipo seis salió (tambaleando) del agua, se secó con la toalla colorada y aspiró otra raya del plato azul. Luego, dibujando con sus pies desnudos un sendero de huellas húmedas, vaporosas, caminó hasta la baranda y apoyó los brazos sobre el revestimiento de metal. (Por el parlante conectado vía bluetooth a tu iPhone sonaba la canción «Cruel Summer» de Taylor Swift.) Y desde ahí, con la cabeza levemente inclinada hacia el precipicio, al tiempo que con la vista procuraba localizar el remoto paisaje serrano, te preguntó cuándo había sido la primera vez que habías esnifado blanca. Entonces vos, que ya llevabas más de una hora dormitando al sol, como un autómata te levantaste del camastro de almohadones beige y rescataste el plato azul. A continuación, con su carnet de socio del Jockey Club peinaste (una vez más) la merca y aspiraste la enésima raya de la jornada. Ya duro, antes de responderle, por un segundo te detuviste a reflexionar en esto de la «amistad»: ¿se encuentra un cocainómano en condiciones de, amén de inmuebles, tener amigos?

Porque, para ser sincero, el penthouse de la avenida Hipólito Yrigoyen aún no es del todo tuyo, vos aún no sos el titular registral del mismo, sino que es tu familia la que todavía, en su afán de eternizar tu patética condición de mantenido, te lo sigue prestando. La voracidad impositiva del actual gobierno no invita a uno a invertir en el mercado inmobiliario y tus progenitores, si bien no pierden oportunidad para subrayar en público que el loft te pertenece, que se trata de un ínfimo adelanto de esa suculenta herencia que vos nunca terminás de recibir, hasta el momento se han negado sistemáticamente a ponerlo a tu nombre, esgrimiendo la irrisoria excusa de que, tras embarazar a una cualquiera, el inmueble quedaría a merced de un eventual embargo por cuota alimentaria.

Entonces sí te remontaste al pasado y le respondiste [a Cruz] que había sido alrededor de los veintiún años (o sea, hace ya más de una década) en lo de Jorge Macedo, otro amigo en común; por aquella época tu grupo de la facultad sólo fumaba porro y Jorge Macedo, este otro amigo en común, a la par que servía dos tazas de café con leche, justo cuando estaban a punto de sentarse a estudiar derecho procesal penal, una mañana de invierno te dijo: «… ahí tengo merca… yo la probé, pero no me hizo nada… si querés te convido… ». 

Recuerdo que un poco cagado aceptaste, y él al toque desde su cuarto trajo una piedrita blanca y el tubo de una birome Bic de color azul. Recuerdo, asimismo, que después él arrojó ambos objetos sobre la mesa del comedor. Vos sacaste el DNI de la billetera, raspaste la piedrita y con vigor aspiraste una línea del tamaño de un gusano; efectivamente no pasaba nada. A raíz de esa primera impresión, durante una larga etapa te costó comprender que se tratara de una sustancia ilegal, tan demonizada por medio planeta y –en paralelo– tan codiciada por la otra mitad.

Tal incomprensión se profundizó cuando los naranjitas de La Cañada empezaron a vender, por una exigua suma de dinero, unas considerables bolsas de plástico berreta que contenían un dudoso polvo transparente cuyo único (y por cierto mágico) efecto consistía en la inmediata erosión de tus fosas nasales, erosión que a la postre derivaba en unos estornudos espantosos, similares a los de un caballo; en esos días –porque entiendo que ya no se comercializa más– a aquel tipo de cocaína se la conocía como la «cuartetera». 

Así pasaron los años, y a lo largo de un prolongado período vos seguiste aferrado a la marihuana, a la que ya consumías a diario, sin demasiadas consecuencias negativas. El ánimo acá no es ni remotamente el de pintar a tu deprimente currículum como si se tratara de un objeto narrativo sugerente o seductor, pero a esta novela la mueve (como goce, y no placer, lacaniano) la voluntad de ser honesta, la ambición de la sinceridad. Secretamente quisieras que la objetiva, científica descripción de los acontecimientos lograra dar cuenta de que tanto la adicción como la psicopatía no son incompatibles con la integración social. Que hasta pueden trabajar en conjunto, una como causa sine qua non de la otra. Que la adaptación de adictos y psicópatas a la tribu contemporánea es, en la mayoría de los casos, exitosa. Que en ese prolongado y hermoso período escribiste y publicaste sendos cuentos, ensayos y artículos, aparte de tres prístinas novelas. Que también te recibiste de abogado, cursaste un máster en literatura en la Universidad de Barcelona y como fruto de todo ello, tiempo antes de insertarte en la profesión que rápidamente te ha permitido acopiar (entre acciones, dólares, euros y yuanes) una suma para nada despreciable de dinero, publicaste más artículos, ensayos y novelas; artículos, ensayos y novelas que –por su contenido– no resultan irrelevantes en lo relativo a esta historia, una historia en la que sólo aspirás, por si acaso reitero, a ser honesto. Y, también es cierto, una historia en la que tanto vos como los demás personajes ante todo aspiran, aspiran mucho. Aspiran mucho humo de tabaco. Aspiran mucho humo de marihuana. Aspiran muchos gramos de cocaína. Aspiran muchos miligramos de benzodiacepinas. Molidas. Algunos incluso aspiran a la fama y al estatus social. En general: todos aspiran muchas dosis de lo que sea, salvo de honestidad.  

Tampoco olvido que, con el sol del atardecer serrano de fondo, también le dijiste [a Cruz, otra vez Cruz] que eso de esnifar la nieve ya se había vuelto una cosa de viejos menemistas: «Aspirarla ya fue. Te arruina la napia, es más escrache y, encima, te pega menos». Le dijiste que la moda ahora era «ir a la cuchara». El crack, Cruz, el crack. Un poco de agua, bicarbonato de sodio y un encendedor. Al frente suyo cocinaste la pasta y le ofreciste una seca. Y él, pasando por alto tus reiteradas advertencias, aceptó. Es más, textualmente te dijo: «De una; dame eso… Quiero probarlo».  

(Ilustración de portada: «Retrato de un artista (Piscina con dos figuras)» de David Hockney)

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