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25-08-2020 Notas

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Por Bárbara Pistoia

“Esto ya se debatió en las asambleas” es una de las respuestas cerradas que más se repite cuando se habla de escraches, y aunque no es la única, a pesar de su errática configuración, es brutalmente honesta tanto en su posición localista y sectorial como en su visión conservadora y su abordaje de jerarquización, características que se repiten una y otra vez en las muletillas que el feminismo “mainstream” adopta y también en sus demandas. 

Creer que un tema que afecta a diferentes escalas sociales y culturales es caso cerrado o exclusivo porque se debate en una asamblea determinada es el mayor pecado al que un movimiento que se pretende político se puede entregar. Justamente porque le quita su movilidad política y lo viste de consorcio. Y en el caso puntual de los escraches, para más, no estamos hablando de “un tema”, estamos hablando de un escenario vivo y motivado por la pulsión de diferentes narrativas exaltadas los últimos años, narrativas a conciencia, arengadas por esencialismos que parten de una inocencia incuestionable de la mujer, consecuentemente devenida en una noción de “todas somos víctimas”, y complicidades sobreactuadas (“yo te creo, hermana”). Todo este ideario expresado en bloques y con ritmo mántrico ha causado más daños y perjuicios que transformaciones tangibles favorables. En tanto, sí se dieron los cambios de paradigmas suficientes como para afectar la razón de ser del escrache, yendo mucho más allá de los blogs anónimos o redes sociales, afectando directamente los procesos formativos, emocionales, personales.

El escrache funciona en un sentido anímico y se habilita por una época que se burla de todo lo privado y evade lo íntimo. Patricia Hill Collins explica que “lo que se ve es más una fuerza de género que una ideología de género”, esa fuerza sin ideología, o sea sin dirección, lo que termina haciendo es moldear las masculinidades, pero también a las mujeres, como si fuéramos todas una misma mujer a la que es posible llevar hacia una idea estandarizada del feminismo. Esa idea estandarizada es no casualmente poco representativa cuando se la cruza bajo la óptica de la raza y la clase, pero también pensándola en cuanto a edades, entornos, etapas, elecciones, deseo, personalidades. En una palabra: cuerpos.

Prácticamente normalizamos ver historias de madres y padres contando los desafíos a enfrentar en estos contextos con sus hijos/as adolescentes, haciendo de la asistencia al colegio una disputa y complejizando de una manera tan violenta como desamparada las relaciones entre la institución, el alumnado y sus familiares. La falta de herramientas de contención —tanto para el escrachado y su entorno como para la adolescente que elige esa manera de abordarlo— sacuden la estructura. Sea verdad o sea mentira su escrache, esos adolescentes necesitan un espacio de escucha genuina, acompañamiento objetivo y de trabajo vincular. Pero más aún, ¿cómo se previenen estas situaciones? ¿Cómo se prepara a los docentes y autoridades para evitar estos momentos o enfrentar estos casos de situación? ¿Qué herramientas tienen los padres afectados frente a los protocolos impuestos que ya dan por hecho que la alumna no miente? Hay demasiadas preguntas abiertas que se traducen en heridas, conflictos tangibles y perdurables, desordenadores de vida. ¿Será que habrá que llevar a todos los colegios del país a las asambleas? Probablemente ahí necesitemos al Estado más que definiciones asambleístas. Lo que plantea la pregunta inexorable de qué Estado se está construyendo en estos aspectos. 

¿Y qué hacemos con todas las situaciones que suceden fuera de algún tipo de contención institucional? ¿O si no nos enteramos, no importa? Esa idea asambleísta no solo desconoce y desacredita al feminismo que sucede más allá de las capitales, de las posibilidades de participación o simplemente de las preferencias militantes de compañeras que eligen otros espacios —ya sean organizaciones sociales, partidistas o simplemente agrupaciones independientes— sino que también desconoce y desacredita otras realidades y márgenes. Incurre en ese desconocimiento y desacreditación también hacia cualquiera de las otras tantas formas de intervención política, social y cultural existentes, que no son pocas, que no son burocráticas ni netamente intelectuales, sino que son enérgicas y dinámicas, sobre todo cuando miramos más allá de las zonas céntricas de las ciudades, cuando pensamos a nivel federal, y vuelvo sobre las tensiones de raza y clase y destaco aún más el activismo territorial en un sentido bruto: comedores, clases de apoyo, deportivos, lúdicos, etcétera. Un activismo territorial que tiene como única agenda posible las necesidades de inclusión que cada zona demande. ¿O acaso creen que ahí no sucede el feminismo? Quizás ahí el feminismo no sucede en modo “girl power” y sucede como un móvil hacia una construcción social más justa. La organización comunitaria emerge y no siempre lleva los nombres que las épocas exigen ni que sus propias acciones representan.  

Porque esta mirada hacia el exterior de esas asambleas propias también subraya ese otro mal de época que es la pasión por el enunciado: solo hay feminismo donde se lo dice, donde se pronuncia, donde hay mujeres. Un feminismo de autodefinición que basta con ponerse “feminista” en la bio de twitter, atarse un pañuelo verde a la mochila, festejar mujeres en las fotos, con suerte, quizás, ir a una que otra marcha y subir la selfie. Un feminismo de autodefinición en el que no importa qué haga cada una ni con quien desde su lugar de poder frente a otras y otros, importa la sola presencia. Casualmente, las mujeres que se toman como pauta, se muestran y/o cuentan, están siempre disputando un tipo de poder, recitando slogans que no resisten más allá de los barrios principales de las ciudades ni por debajo de ciertos salarios o sin ciertas redes de contención. Lisa y llanamente, un feminismo sosteniendo el statu quo. Como lo escribieron Kum-Kum Bhavnani y Margaret Coulson, “no es solo que haya diferencias entre los distintos grupos de mujeres, sino que esas diferencias son a menudo escenario de un conflicto de intereses”.

Siempre se da el crédito directo a Rita Segato por la expresión «que la mujer del futuro no sea el hombre que estamos dejando atrás». Pero ella misma cuenta que fue un jefe de policía de El Salvador, donde estuvo trabajando un largo tiempo, que se la dijo a ella. Además de lo maravilloso que es que ella misma lo cuente así, la anécdota completa le da un contexto interseccional a la idea. Aunque en nuestra dinámica también se acostumbra a la exclusión de toda voz masculina, porque “ellos ya hablaron durante siglos, ahora les toca escuchar”, Segato también plantea que el feminismo “no puede y no debe construir a los hombres como sus enemigos naturales”. 

Pero todavía tenemos una narrativa de acción que es aún más grave, que se da cuando se silencia o minimiza el testimonio masculino frente al escrache falso: “lastimaron tantos años, ahora que se la banquen”, “estamos en un momento de aprendizaje, puede fallar”, “quizás no fue tan así ahora, pero seguro alguna vez lo hizo”. Si el “no nos callamos más” es a fuerza del silencio del otro, de otro que también pudo ser abusado o violentado, y de hecho lo está siendo, no hay tal liberación ni tal empoderamiento. Mucho menos podemos hablar de una idea alternativa de justicia. Una vez más, se trata de una disputa de poder que, cuando no moldea, moraliza, alecciona, espectaculariza en una época anímica que funciona a ritmo de reality show y con ego de “empleado/a del mes”. 

Otra frase común cuando se habla de varones abusados o violentados es “pero son los menos, no marcan la regla”. Es de mínima cínico decir eso en un país que —según el informe CORREPI 2019— el Estado asesina a una persona cada 19 horas, y el gran denominador, el gran objeto de criminalización y abuso cae sobre los varones, pero no todos: los varones racializados, la clase trabajadora, las clases bajas. Podríamos hablar de las estadísticas de la violencia institucional y represión estatal durante el ASPO, con mujeres policías teniendo protagonismo, pero lo cierto es que el abordaje que ejerce el feminismo hegemónico está tan alejado de la cosa política que no solo no interesa ninguna otredad social, sino que su crecimiento se da construyendo muros y márgenes bastos. Porque en el solo decir “son los menos” también muestran una mirada arbitraria que aún no comprendió la intimidad que tienen todas las violencias, por eso luego sus reacciones de comprensión social también son elitistas y las mujeres a las que abrazan nunca son las Madres contra el paco, las familiares de los presos, las que paran la olla en los comedores, mujeres de pueblos originarios, afroargentinas, migrantes, etcétera. Incluso toman el envión de salir a reclamar que no se está prestando tanta atención a la agenda feminista como a otros casos de violencias. 

En este sentido, Barbara Smith destaca la importancia del feminismo interseccional que “no sirve para clasificar las opresiones, sino que demuestra la simultaneidad de las opresiones a medida que afectan la vida de las mujeres del Tercer Mundo”. Más afectivamente expresado por Audre Lorde, “por las vinculaciones políticas y emocionales, nuestros hermanos negros son hermanos de luchas”. El contrapunto es que acá se cree que el enemigo opresor es el hombre, al que se lo identifica cotidianamente como “El Patriarcado”. Por lo que sin reconocer verdaderamente cuáles son las estructuras de las violencias, sus entramados y sus efectos transversales más allá del género de la víctima, no solo que el feminismo no termina de combatir ninguna estructura, sino que milita por el acceso a ellas. Y todas las noticias del Ministerio de Género, festejadas una a una como grandes victorias colectivas, cuando en realidad son sectoriales y/o simbólicas, confirman esto. 

bell hooks explica que uno de los mayores problemas que enfrenta el feminismo es el tabú de su propia violencia y principalmente el tabú de la violencia doméstica. “Al no poseer la infancia una voz colectiva organizada, es difícil saber la frecuencia de estos casos; si no fuera por la atención médica que requieren los niños y niñas que han sufrido violencia ejercida por mujeres y hombres, puede que no hubiera pruebas que documentaran la violencia de las mujeres. (…) El hecho de que las mujeres no cometan actos violentos con tanta frecuencia como los hombres no niega la realidad de la violencia de las mujeres (…) que siguen siendo las principales cuidadoras de la infancia y en ese contexto nuestro sistema jerárquico y nuestra cultura de la dominación da poder a las mujeres, y estas usan con demasiada frecuencia la fuerza coercitiva para mantener el control”, explica la autora. A los niños que no tienen posibilidades de hablar y a los adultos que se la tienen que bancar “por todos los siglos que hicieron daño”, hay que sumar, acá, que cuando alguna violencia logra filtrarse, cuando el escrache es errático o falso, grandes sectores del feminismo replican el “pacto de hombres”, ese que tanto se pide abolir. 

“Si no hiciste nada, no te tenés que preocupar”, suelen advertir los mismos sectores esencialistas que ignoran que hay una decantación propia del pensamiento “mujer inocente” por el solo hecho de ser mujer, y esa decantación es “varón culpable” por el solo hecho de ser varón. Más allá de que esto también se ha dicho literal, todo lo que intermedie, todo lo que se materialice o se reflexione por fuera de esa lógica es recibido de forma amenazante. Tanto como para que el propio discurso del “¡más mujeres!” se desdoble cuando la que cuestiona las prácticas del feminismo dominante es otra mujer; entonces rápidamente se transforma en un “más mujeres, pero con perspectiva de género”, como si el abordaje interseccional no fuera una perspectiva de género, como si plantear la necesidad urgente de revisar prácticas, contemplar herramientas políticas, escenarios sociales e impactos culturales no fueran parte posible de un feminismo que se pretende emancipador, justo y se llena la boca hablando de las mujeres más vulnerables. Y por supuesto que esto lo saben, porque a esta altura no se puede fingir inocencia o ingenuidad. La dinámica que construyeron se sostiene bajo estas tensiones, tensiones que fortalecen una jerarquización y que permiten una salida fácil: “nos atacan por ser mujer”, “nos ataca una machista que quiere quedar bien con otro machirulo”, “nos envidian”, “que sigan hablando mientras nosotras seguimos trabajando”, etcétera.

Mientras tanto, los escraches están acá. Siguen sucediendo. Suceden hace demasiado tiempo y bajo tal complicidad que calaron hondo en las dinámicas sin nunca dar un intento de alternativa política al respecto. La comodidad y el efecto narcisista que el escrache representa es tal que hasta las justificaciones son siempre las mismas, y más aún, con una realidad que demuestra por donde se la mire que no es así, se los sigue comparando con los escraches de HIJOS, los cuales no tienen punto en común con la práctica actual. Acá mismo hablamos hace más de un año sobre estas diferencias: Apuntes sobre los escraches.

La metodología actual no tiene rumbo y está instalada como única alternativa válida. Uno de sus peores legados es que pone en una convivencia igualitaria a experiencias desafortunadas, torpes, desilusiones, malentendidos, etcétera, con violencias de género, acoso y abuso. Lo grave de esa igualdad de condiciones es que, en su recurrencia y banalidad, convirtió al término escrachado en sinónimo de violador y a todos sus entornos en “defensores de violadores”. Cuando las culpabilidades no suelen ser tales, algo que ocurre con frecuencia, no hay un revisar y volver atrás con el mismo énfasis de la acusación, ni siquiera con un mínimo énfasis. Pero incluso cuando el escrache también se traslada a vías judiciales o funciona como presión hacia esa justicia que no llega, la víctima, luego de ser revictimizada fervorosamente, queda completamente anulada por el efecto multitudinario del escrache. Todos opinan, todos reclaman reacciones de los escrachados y de sus entornos, todos se ofenden porque esas reacciones no conforman, como si algo pudiera conformar a una turba iracunda. Al no tener dirección funciona como una primicia que se consume y se descarta. Y en ese descarte, en el que debería desvanecerse la religiosidad con la que se mal tomó “lo personal es político”, la mayor violencia se la lleva puesta a la víctima. 

Muchas y muchos tropezaron con su propia retórica pro-escrache cuando escracharon a algún amigo. Muchas de las voces que agitaron estos climas ocupan diferentes lugares de poder a distintas escalas y son llamadas referentes. Otras fueron llevadas a la justicia por escrachar con mentiras o sin pruebas, posibilidad que no tienen todos los escrachados ni sus entornos, y que tampoco resuelve el problema de raíz. Porque esto ya tiene raíces. Están los que miran para otro lado y los que opinan en contra de los escraches en privado, no lo dicen públicamente porque gozan del sentido de la jerarquización y no quieren perder ciertos lugares de representación o por temor a las reacciones de otras. ¿Quién se hace responsable? ¿Cómo se para esto ahora? ¿Cómo se sale de este clima en el que hay que medir todo el tiempo lo que se tiene que decir? ¿Cómo se planea una construcción social si cuando por no repetir discursos sos automáticamente “El Patriarcado”? ¿Qué hace pensar que esta práctica no se va a replicar en otros planos o que va a mutar en algo aún peor de lo que ya es? Tal vez ya sea demasiado tarde para estas preguntas, el panorama también indica que son en vano, la necedad manda porque rindió, rindió a mínimos grupos, pero a los exactos para poder ir también acomodándose de acuerdo con las agendas y tendencias, siempre con un tono a medida. Tal vez, solamente nos quede prepararnos para un futuro en el que todos seamos escrachados por quince minutos. Y lo que es seguro es que ese futuro ya llegó hace rato. El resto, lo dirá la historia y los archivos que miran de frente. 

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