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¿Sueñan los niños con matar a sus madres desnudas?

Por Bernabé De Vinsenci | Portada: Kahn & Selesnick

I.

El niño tiene cayos de escarbar tierra. Es la primera o segunda vez que siente dolor en la carne. Una vez le extrajeron dos verrugas con huesitos de halcón. El padre le aconsejó que no contara estrellas.

—Son muchas, hijo, y te salen pelotitas en las manos, no seas porfiado —y él contaba, en vísperas del anochecer, tendido en el suelo, cuando comenzaban a aparecer. Una a una las apuntaba con el dedo.

Cavar y pozo de la voz del padre lo volvieron infeliz. No pensó que su turno llegaría. Ahí tenés la pala, le había dicho ofreciéndosela, más vale que la cuides.

Le punzan las articulaciones de los dedos, tanto que lejos del dolor le parecen ajenos, la ampolla de la palma reventó en pus. Cada cual a base de sudor y días perdidos creó en el pozo su lugar. Cuando mueren los clausuran. Ninguno vivió a salvo de heredar un lugar. Primero fue el bisabuelo, a los treinta, con una pala oxidada sin mango ni filo, encorvado durante horas, impertérrito al sol, yendo al río a calmar la sed, a menudo el agua con olor a escamas o la hediondez de animales muertos, y a enjuagarse la suciedad. Acampó sobre pajonales, paja que acarreaba, en idas y venidas, a orillas del monte, casi dos horas de caminatas, a pasos lentos para no desanimarse, o montículos de hojas secas de sauces llorones, a la espera, reposando la cabeza en cadáveres de mulitas hasta que el pozo, palada tras palada, mano tras mano, fue cobrando profundidad. El niño supo que a los seis perdería los juegos de caza: ir tras huevos de avestruces o rebanarle la cabeza a una culebra y adornarse el cuerpo o usarla de soga. Cavar y pozo definen un antes y un después. Nunca imaginó el vozarrón del padre diciéndoselo.

A medida que las uñas malgastan vigorosidad —la greda es la capa más persistente, sólida— hasta volverse carne, carne con tierra, pus entre la piel, los días son cuentagotas, los minutos pesadumbre de horas. Quisiera que anochezca para descansar. Con huesos de osamentas —siempre buscan los más rugosos que asemejen a limas— afilan los dientes para masticar con más eficacia. La madre le trituró hierbas, menjunjes de yuyos, cardos o mentas, formando una pasta verdosa o bolitas digeribles con saliva, amasada a dedos, de su boca a la boca del niño, hasta obligarlo a buscar osamenta por cuenta propia. No te pongas mañero, lo amonestaba la madre, y él lloraba a destajo.

Hace tres días que escarba. La madre espía o juega a espiar, lejos de entrometerse.

De a ratos, ya cansado, con la pala del bisabuelo. De a ratos, ya aburrido, con las manos; alterna, a menudo descansa o bebe agua del río, para evadirse, a menos por un rato, del cansancio. Prueba introducir el cuerpo en el pequeño orificio, apenas de cincuenta centímetros. Prueba, forcejeando embutirse, la tierra virgen congelándole las piernas, y cabe la mitad. La intemperie lo espera hasta acabar, como a su bisabuelo. Ni un milímetro afuera puede quedar, sea cabeza o mechón de pelo. Sabe: el pozo, su parcelita, o empezar otro lejos de allí. Caminar en búsqueda de un terruño, más inconsistente, blando, más fácil para él, volver a comenzar y emprender de nuevo la excavación. No quisiera morir lejos de los padres —aunque a veces irse sería una opción—, los mismos que le dieron vida, lo mismos que como una pelota en picada lanzada de la atmósfera, sin destino y a la crueldad del azar, lo arrojaron al mundo.

Sale a la superficie, deshecho de tierra, con olor a lombriz. Las más gordas las comió, recobrando energía, sin secarlas al sol o aguardar el fuego de la noche. Afuera, acuclillada, la madre mea en una vejiga de animal. Con el pis curan heridas o paspaduras. O lo ingieren, cuando la sed es mordaz, solo o con menta.

—Ma, duelen mis manos —dice, mirándoselas, todas tierra, y encoge los hombros en signo de “no puedo más”, apocado, desistido.
—¿Dolor? ¿Desde cuándo, hijo? No seas maricón —achina los párpados por la luz. Ve una figura borrosa del hijo, avergonzada de su desnudez. Eso no es mío, piensa.
—Desde que perdí la caza, ma, no hace mucho —solo sabe decir “ma”; todos apelan unos a los otros como “pa”, “ma” o “hijo”.

En presencia del padre no puede suscitar quejas. Salió a campo traviesa por el monte, a muchos kilómetros del pozo, con un palo de quebracho sobre el hombro a desmayar una vaca salvaje. Antes afiló una pata de caballo, también salvaje, con piedras de la montaña para darle muerte de un zarpazo en el corazón. Hace caminar al animal con un jarabe de hierbas que prepara antes de salir. Lo domina a punto de domesticarlo, cada media legua le da jarabe, y obedece. Abre la boca del animal, agonizante, mitad muerto mitad vivo, y lo deposita en la lengua. La vaca pierde rudeza, impulso, y somete su instinto animal a órdenes.

—Vas a tener que terminar, hijo, tres días llevás —dice la madre, y enfatiza— tres días es mucho.
—No es mi culpa.
—Tampoco la mía, hijo —no brota decirle con la lengua que lo alimentó “yo no puedo ayudarte”. No brota decirle de la lengua que lo alimentó “ahora que tu padre no está puedo ayudarte”. Prefiere verlo, entregarse al ocio.
—Esta noche hela, ma. Casi seguro —piensa que si duerme afuera la hipotermia lo encontrará muerto, ovillado rígido, tieso y tiritando.

¿Importará entonces el dolor de las manos? ¿Cavar el pozo si la muerte, de súbito, bajo la cruel intemperie, lo llevará antes? Los últimos rayos de luz anuncian la noche. Del cansancio no podrá contar estrellas.

—¿Y papá? —dice el niño, viendo desaparecer el sol, a lo lejos, en el horizonte, aunque quisiera que no regresara.
—El brujo ese dice que sale a cazar.

Silencio. Al rato escupe eufórica:

—Seguro anda con otra el hijo de puta —dice “otra” como si fuesen muchos, o hubiese posibilidad de conocer a otra mujer, apenas a cincuenta kilómetros saben de oídas que existe otra familia como ellos, también embutidas en la profundidad de un pozo. Es más superstición que veracidad.

El niño tapa sus oídos, piensa que es desmerecedora la adultez, piensa en los huevos de avestruces y en las culebras, piensa que debe acabar, y vuelve a introducirse en el pozo.

II.

El padre no regresó, ya es bien de noche. Se fue con otra, piensa el niño, má tiene razón.

—Se fue con otra —repite entre dientes.

A los lejos chillan lechuzas, sobre la tierra retumban, lento y acompasadamente, tucu tucus. El viento silva dentro del pozo. Parece la continuidad humana de una voz entonando una melodía.

—¿Tenés hambre, hijo? —dice preocupada la madre, oyendo al niño afuera, acomodándose entre pajas, con persistencia inquieta, y cadáveres de mulitas. El eco del pozo le devuelve la pregunta— Yo no —susurra para sí misma.

El niño piensa que la madre sueña o conversa sola, poseída por un alma suelta de la carne, fresca, reciente, aún con la sangre caliente, entibiándose, o una osamenta fermentada o fermentándose en la lejanía, de animal o trashumante. Muchas veces reparó en uno, siempre en sueños, temeroso y percibiéndolo como pesadilla o señales del más allá, o cerrando los ojos, parpadeando apenas, con la vista al sol, creyó que era su bisabuelo. La imagen que recreó de él: una voz que conjuraba el sacrificio “sangre de mi sangre”, exhortándolo para engrandecer su culpa de hijo único, “sangre de mi sangre”, repitiendo a viva voz, “¿quién seguirá la sangre de mi sangre?”, macerándole los tímpanos, la excavación del pozo, alcanzar la vertiente. O también creyó que posiblemente era uno de los hijos perdido del bisabuelo, su pena más grande, muerto rígido de frío, a la intemperie como él, extenuado de cavar su parcela. Una parcela que no alcanzó a conocer y que fue clausurada poco después.

Asoma la cabeza al  pozo, leal a su visión joven: la madre tendida, los ojos fijos arriba del pozo, con un cadáver de mulita en la nuca y otro en los pies. Las manos aunadas en el pecho, descansando la extenuación en las tetas flácidas de amantar. Traga saliva, la boca pastosa le dificulta abrir los labios, y habla:

—Hijo, ¿tenés hambre? ¿me escuchás? —repite, elevando la voz, con un mínimo de risibilidad. Aunque tampoco, sabe, puede resistirse a acostarlo junto a ella, compartirle el calor de su cuerpo, con un rictus de preocupación; enseguida murmura— Me vas a escuchar o no me vas a escuchar, desgraciado.

El frío es cuerpo acechando cuerpo, de pies a cabeza, del último mechón de pelo a los talones. La paja en el cuerpo del niño tiene hendijas, mal acomodada o cubriendo partes, separándose en cada movimiento imperceptible, inapreciable; los pies congelados, fríos como el río, donde el viento rebasando la carne, antes la paja, antes la piel, le tiemblan los huesos. La piel recubierta de pelotitas, como una gallina desplumada: es una gallina desplumada porque, salvo los genitales, donde él dice que pierda panza con el chorrito de pis, con el pipí, dice, tiene el cuerpo desnudo.

El menguante no le permite ver con claridad el pozo. Ni siquiera su cuerpo, las manos o los pies. Por fin oye. Desgraciado, le traspasó los oídos, nítido, diáfano. Dice:

—No, mamá —no dice “ma”, dice “mamá” en tono de ruego —el frío me llena el estómago.

Miente. La madre percibe las palabras malogradas en la mentira.

—Si ves a tu padre, que te dé el cuero de vaca, ¿entendés? —la madre piensa: acá no cabe un grano de arena, por más que quepa, por más antojo mío, no puede.

El niño entrecierra los ojos pero a la menor correntada de aire le da escalofríos. A cada movimiento la paja cruje, fastidiándolo y retorciéndolo, y lo despierta. Debe tener piojillo o pulgas de un jabalí, porque le sobreviene picazón. Rasca y rasca a pesar del dolor. Un prurito incontrolable y la piel rojiza. No tiene uñas, tal vez los callos o un hueso para rascarse. Los jabalíes son inalcanzables —una vez comieron uno pero el padre terminó lesionado, tendido en el pozo una semana, alimentado por la mujer—, adoptaron la costumbre de huir al menor sonido, además topan, altivos y briosos, y ocasionan fracturas de fémur, fracturas expuestas, imposibles de curar; antes existían las rémington o las escopetas o las tramperas. Antes eran menos brutales, con el tiempo fueron haciéndose más salvajes, feroces, sanguinarios, aprendieron a escabullirse en cuevas, ya hechas, en los bordos de los ríos, o en matorrales al acecho de animales más débiles, cada vez más haraganes.

—¿Las lombrices te van a salir por el culo? —dice burlona la madre, y ríe: una risa que el niño desoye— no querés entender, ¿crudas las vas a comer?

No saben leer ni escribir, aunque la escritura, aunque la lectura fueron olvidadas; maniobran, de oídas, de escucharse uno a los otros, en la herencia de palabras, señales, mensajes o gestos. La madre le enseñó, a fuerza de paciencia. “A”, decía. “Ave”, seguía. “Avestruz”. El niño quedaba estancado en “avestrú”, no pudo pronunciar la zeta hasta después de los cinco años. “Truzzzz”, enloquecía reparando que no podía.

—¿Por qué no viene papá, má?
—Debe tener otro pozo, andá a saber.
—¿Otro pozo? ¿Y con qué pala?
—Con las manos, nomás.

Otro pozo. ¿Si pudiera seguirle los rastros, ir tras las huellas de su padre? No debe distar mucho del de ellos. Otro pozo. ¿Entonces tiene más hermanos? ¿De la misma edad? ¿Más chicos o más grandes? Podrían ayudarlo; a él que poco le importa la sangre de su sangre en el vientre de otra mujer.

—¿Frío, hijo? —dice rabiosa la madre ya en duermevela, ya culpando las viejas costumbres, mordiendo las palabras: si pudiera lo cubriría con la tibieza de sus órganos.

El niño ronca perceptiblemente. Todos arrastran problemas de bronquios.

III.

Le sangran los dedos, la madre desentiende el color rojizo. Le postra el pecho en tristeza. Decírselo podría ocasionar desazón, falta de esfuerzo para excavar. Achina los ojos, aligera la visión. Ese no es mío, la sangre morada, se preocupa, y lo ve, entretenido y meticuloso, escarbar con manos de peludo. La tierra bulle entre sus piernas al exterior. Un afluente de terrones apilándose en una montañita. Ese hijo es de otra, piensa. Pocos meses después de parir le dijo al esposo:

—¿Y yo cómo sé que es mío?
—Y yo, ¿cómo? —le respondió tajante él— explicámelo.

Tampoco tendría escrúpulos para confiarle su desconfianza a la pareja. Prefiere el engaño, la susceptibilidad de verse engañada. No podría decirle “no es mío, mujeriego, malparido”.

Para parir, seis años antes, la anestesiaron con falso perejil. Así paren las mujeres: adormecidas, deslucidas, en lo profundo del pozo, con el sudor mezclándose en la tierra. Los fetos ocupan un mínimo de espacio en el vientre, apenas una pronunciación pequeñísima, igual que una panza llena, después de comer; cualquiera puede decir que una mujer embarazada no pare hasta que pare, o hasta que la duermen con falso perejil y con huesos y manos le extraen el bebé. “Vieja costumbre del bisa”, dijo el papá del niño, suministrándole la ingesta de parición, “así crece más fuerte el chico”, y por medio del brebaje, el parto se desenvolvió con naturalidad.

—Vos me querés matar —le dijo ella, mientras él, ciego de ferocidad, le sujetaba las manos, oprimiéndoselas contra el pecho— Vos me querés matar, hijo de puta —repetía y lloraba tragando su propio llanto.
—Ese hijo es mío, vos pusiste el vientre, nomás —la bofeteó, maltratando su pómulo inmaculado, nunca antes golpeado; en el desmayo, en el vértigo que genera el falso perejil, en la debilidad del cuerpo— A ver, tragá, malparida.

Siempre usando “malparido”, y tragó, acabó ingiriendo el brebaje, la mandíbula doliéndole, la boca pastosa, el gusto amargo, agrio, áspero, y tras cabecear con la vista nublada y adormecerse —él contando hasta diez, él viéndola desvanecerse— en la confusión de pozo con muerte, la cicuta en la sangre, poco menos mortífera que antes, poco menos letal, tóxica e insalubre que antes, fluyéndole en las venas, la despertaron cinco horas más tarde, dolorida en los ovarios y las muñecas, con el bebé gimiendo en un llanto que por primera vez ella oyó, y conoció y le pareció insoportable, a punto de querer ahogarlo, y le desbordó de felicidad el corazón, y el cuerpecito mojado de flujos en sus manos, siempre con una mueca de asco.

—Es un bebé hermoso —dijo ella, y lo acercó a la teta, al pezón que tras las succiones fue agrandándose, y le dio de beber leche.
—Es hermoso —dijo él, con los ojos brillosos, el corazón latiéndole precipitadamente.
—Sí —afirmó.

El niño apoya el culo en el montículo de tierra. Con el antebrazo limpia la frente sucia de greda. La pala flexiona cuando choca contra la dureza, mellando el filo; ya no siente las manos, el dolor se las despojó del cuerpo. Bebe pis de la culebra, cabizbajo, cada vez que decapitan una emplean el cuerpo para mear adentro y saciar la sed. Irme lejos, piensa, volverme pez en los cañaverales. La madre lo interrumpe:

—¿Qué tanto pensar? —se lleva un dedo a la sien —vas quedar loco.
—Mis dedos, má, ya no son mis dedos sino mi mano entera —el pequeño cabo de la pala oxidada del bisabuelo le sacó ampollas. Ampollas sobre ampollas.

Vos heredaste tu parcela, piensa: tus días hechos por la sangre de otros. Vivías en las cuevas de los carpinchos, atareada solamente por comer, no conociste el sacrificio de la excavación, no tuviste la falta de no sentir las manos, el dolor, el ardor.

Irme lejos, piensa, volverme río en la desembocadura de un mar tempestuoso.

—¿Qué tanto pensar? —repite. “Puro pensar”, piensa; otra vez lleva un dedo a la sien —loco como tu padre.
—Má —la interrumpe.
—¿Qué, hijito? —piensa “si fueras mío te hubiese dado nombre. Lito o Noel, nombres hermosos”. Cada vez que dice “hijo” o “hijito” siente un falso sentimiento.
—¿Dónde está, papá? —el niño rumia en el cuero de vaca; lo quiere, cuanto antes, para prevenir un resfrío —¿tanto va a tardar?
—Ese desgraciado debe tener las manos en otra.

Imagina: las caricias en el cuerpo de una mujer tetuda, con el pubis velloso y el olor virgen.

Acomoda la paja, apesadumbrado. Acolchonándola, dilata el cuerpo, cae y rebota. La madre lo observa, los ojos todavía achinados, el pecho postrado de tristeza. Acuclillada orina. El niño le devuelve la mirada decaída de cansancio. A lo lejos sobre los matorrales, charcos y montones de piedras, roedores aligeran la marcha buscando que comer o presas de otras alimañas. Las nubes avanzan con lentitud, ensombreciendo el día. El niño con el dedo tapa un orificio de la nariz, levanta la cabeza, y hace fuerza para destapar el otro, al rato acciona inversamente. Expulsa moco negruzco.

La luz lo adormece. Olvida el pozo, la madre, los ojos achinados, el pecho postrado de tristeza.

IV.

Otra vez la noche. Las estrellas desaparecieron. No podrá contarlas. Ni con los dedos ni con la mirada. No podrá distraerse ni dispersarse.

Las nubes batiéndose con la impulso del viento. Desde el pozo retumban los truenos, rayos carbonizando árboles o huesos de animales, y caen granitos de tierra; a lo lejos la bravura del río llevándose ramas y vegetales, tempestuosamente, y los quejidos de nutrias o carpinchos o un animal desconocido.

La madre cabecea, bajo la cadencia de las primeras gotas, con el crepitar del agua, queda dormida.

Olvidó: al niño desguarnecido. Olvidó: la lluvia mojando la paja. Olvidó: al niño desguarnecido con la lluvia mojando la paja.

Molesto por la humedad el niño se levanta, de nuevo la piel de gallina desplumada. Espía el pozo, lo juzga más espacioso de lo que pensaba. Ve a la madre con los pelos desordenados, parecen un árbol mal crecido. La lluvia le limpia la tierra, le lava las carnes abiertas de los dedos. Saca provecho y lava la pala del bisabuelo, aunque sigue oxidada, desgastándose, aunque las melladuras siguen intactas. Camina bordeando el pozo, ensimismado, entumeciéndose de a poco por el frío. Prueba caminar en cuatro patas, prueba sentirse un mamífero salvaje vigilando su presa. Quisiera aullar con la voz de un lobo, o mugir idéntico a la vaca salvaje que su padre jamás trajo. Siente que es un puntito en una inmensa mancha negra. Igual que una estrellas en la galaxia. Por más que quisiera, no puede avizorar el mundo que lo antecedió. El bisabuelo hablaba de un Nuevo y Viejo Testamento. Puede que la historia del bisabuelo sea falsa. Aferra las manos a la pala, tanto que la quemazón de las manos desaparecen. El frío del metal le tirita los brazos, la espalda, los pies. Camina porque siente el cuerpo brioso, sobrexcitado. Camina porque la carne, el malestar de la carne, lo asaltó en un profundo pesar de culpa. No le basta caminar. Oye el ronquido de la madre. ¿Será acaso que fue el ronquido y no la lluvia? ¿O lo despertó el fastidio, la bronca acumulada? Camina y de respirar, suspira. La energía lo excede. Es tanta que podría dar la vuelta al mundo: atravesar ríos y montañas, desiertos y pedregullos, ya nada le importa. Ni el regreso del padre ni el hambre. Baja al pozo con cautela, moderando cada movimiento. No tiene ánimos de bordear el pozo ya. El mareo lo irritó ya. Piensa: es más fácil marearse que excavar o caminar que excavar. La pala aferrada contra el pecho. Una vez en el pozo, pide perdón. Un perdón sin pecado. Un perdón sin redentor. Yo no quise, dice. Es tanto el énfasis en el perdón que llora. Frunce la cara del llanto. Yo no quise, repite. La madre le enseñó a decir “papá”. Pá, decía ella, y él repetía. Papá, anticipaba a la madre. Lo hacía sentir favorito, agasajado, amado. Con el pozo no podrá volver a apoyar la cabeza en el vientre de la madre. Ni ella le dirá que nació de su panza, mostrándole el ombligo. No podrá usar el brazo para besarlo. Ni sentir la temperatura de su cuerpo. El pozo distrajo su vida, la hizo jirones, aniquiló su ternura, y volvió férrea a la madre, implacable. El padre siempre fue un metal frío, como ella o más que ella. Más que la pala oxidada cubierta de escarcha.

Olvidó: el cuerpo de su madre. Olvidó: la temperatura de su madre. Olvidó: el cuerpo de su madre procurándole temperatura.

El ronquido le permite dar cuenta de que duerme. Afuera la lluvia aminora, aunque persiste garuando. La paja es un mazacote maloliente. Sabe: no podrá regresar y guarecerse. Baja un pie, después el otro. Apoya el culo en el borde y lanza el cuerpo al pozo. Cae a un costado de la madre. La pala aferrada en las manos. Repara en el cuerpo. Como él, tiene la piel de gallina desplumada. La mezquindad es un gusanito que lo perfora por dentro. El mismo frío de afuera es el que le recorre por la carne. Gira sobre la madre. Una y otra, y otra vez. Le saca los pelos de la frente. Apoya sus labios en los de ella. Recuerda la vez que le dijo que con él morirían las personas. Que ya no habría vida sino de animales, insectos y bichos. Que los animales serían los únicos habitantes de la tierra. Primero, le dijo, tendría que pasar la vejez. Morirse él, morirse solo, y volverse presa y por fin esqueleto. Ella no le daría un hermano. Parir es peor que morir, le dijo. O tendría que abandonar el pozo, le explicó, y probar. Recuerda que “papá” sería la palabra que lo condenaría. Fue el padre que, antes de ir por la vaca, le dijo que excavara. Jugando a la cacería apareció con la pala. Él creyó que era un obsequio. Nombró “pozo” y “cavar”, y él cavó y cavó. Obedeció.

—No puedo, pa —le dijo.
—Vos vas a poder, como todos.

El metal de la pala es frío. La levanta a la altura de la cabeza. Un poco más arriba. Deposita toda su fuerza, aferrándola. La madre ya parece muerta hasta que le asesta el golpe decisivo. Lo único que oye, después del ruido seco, es su respiración excesiva. La alteración de su cuerpo, trémulo, estremecido. El párpado punzándole y una lágrima que confunde con gota de lluvia.

V.

A un costado de su cabeza el charco, esparciéndose, lo despierta. Abre los ojos. Es sangre. Espesa y bien rojiza; con pequeños coágulos, condensándose cada vez más. El niño prueba. La toca con el dedo, fija la vista en el tono, rojizo y negruzco, y la lame. El gusto amargo le produce arcadas, le retuerce el cuerpo, exacto a la mitad, como un gusano. Despereza las articulaciones, primero los brazos, los dedos y las muñecas y después, sintiéndolos acalambrados, los pies. Todavía el golpe, retumbándole, seco, incansable en los oídos, con leve dolor de cabeza. Sale a la superficie. Afuera: la paja desparramada, sus huellas alrededor del pozo. Apoya el culo en el montículo de tierra, cansado, desanimado, sediento. Medita pocos segundos. El cuerpo de la madre empalidece, poco a poco. El perdón ya le parece concedido. Le expiaron la culpa. Debe sepultarla antes de que el padre regrese. Cava un pocito en el que, hecha un bollo, quepa la madre. Con los cuerpos de culebra, anudados unos con otros, la sube a la superficie. Es menos pesada de lo que creía.

La da sepultura.

Ve asomarse una lombriz, y otra y otra. Usa las manos para perforar la tierra. La humedad las hace agitarse fuera de sus escondites. Con los dedos le aplasta los extremos, formando un montón. Las pone arriba de la pala, una encima de la otra, y las apisona con los pies. De a poco va cubriéndose el óxido de una capa oscura. Las come, crudas son más vitamínicas. La cocción les quitaría los nutrientes.

Dice, mirando la tierra que tapa el cadáver de la madre:

—Qué vas a entender vos de lombrices —tiene la boca colmada, el hambre atrasado y tenaz y las comisuras ennegrecidas; de comerlas hizo que el gusto amargo se volviese dulce.

Una vez lleno salta regocijado. Salta sobre la sepultura de la madre. Danza saltando, flexiona las rodillas, extiende los brazos. Vuelve a saltar, una y otra vez con más altura. Íntegramente desnudo, mea dentro del pozo. El chorrito brota potente de su pito. Juega a saltar por encima del pozo, va y viene, atravesándolo sin inconvenientes. De un borde a otro, va y viene. Lo repite varias veces, con éxito. Grita avasallando el silencio de la madre muerta.

—Qué vas a entender vos de lombrices —canturrea a todo pulmón.

Toma distancia, llena las piernas de impulso y salta, y vuelve hacerlo, una y otra y otra vez, al punto de gastar fuerza atlética. Hasta que una mala maniobra de los pies, de distancia, de centímetros, justo en el borde, le quiebra el tobillo, trastabilla, y cae al pozo. Choca la cabeza contra un cadáver de mulita, quebrándolo a la mitad, y queda desmayado, inconsciente.

Sueña que la madre es un alma buscándolo: yo no quise el pozo, hijo, le dice. Tu padre quiso, tu padre mató la vaca y comió la mitad con otros. ¿Hay otros, má?, quiere saber el niño, estremecido, espantado, ¿cómo puede hablarle la madre?, piensa. Sí, hijo, no somos el ombligo de nada, ni los únicos que excavan su pozo. ¿Quiénes son los otros, má?, pregunta el niño. Que el padre le haya mentido lo resiente. Otros como vos y yo, dice. ¿Y usan nombres?, la madre despierta curiosidad en el niño. No, hijo, los nombres no hacen falta, ¿o ves que los animales tienen nombres? Un escuerzo es un escuerzo, lisa y llanamente, y un pez un pez, dice. ¿A dónde vas, má?, dice viéndola alejarse, evaporarse igual que la neblina de la madrugada con el sol. ¿Adónde, má?, grita y de a poco oye otra voz, varonil, familiar, que lo devuelve a la realidad.

Nítidamente oye:

—¿Qué se hizo tu madre? —una voz, como la de él, cansada, trasnochada, agónica.

Es el padre. Apenas puede responder. Inspecciona el pozo, desesperado: no hay indicios de sangre. Ve el cadáver de la mulita intacta.

—No sé… —dice el niño, tímido en la voz, y escucha que el padre, desde arriba, hace caer al suelo media res del hombro.
—Seguro se fue con otro la malparida.

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