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Institucionalizaciones II: cosas que pasan o las consecuencias de la intuición

Por Sergio Fitte

La otra a la que empecé a ver un poco con recelo es a la señorita Patricia. Porque eso sí, ellas se hacen llamar señorita de aquí y señorita de allí todo el tiempo. Y nada les importa que estén dialogando con un niño o con un adulto. Ellas sí o sí son las Señoritas. 

Patricia no era la maestra titular de la salita rosa, la de mi muchacho. Sino que alternaba con otra que se estaba reintegrando a sus tareas porque había estado con licencia por embarazo y tenía que cuidar de su bebito y por eso faltaba mucho. Las malas lenguas decían que el nene había nacido malformado. Que a lo primero se lo cuidaba una tía de Córdoba -ella también es de Córdoba, Córdoba Capital si no me equivoco-, pero que ya no podía continuar haciéndolo porque la fealdad de la criatura le provocaba tremendos episodios de pesadillas y que hacía como sesenta días que no podía conciliar el sueño durante una noche entera. Que en los últimos tiempos se había venido muy abajo con el peso ella, la tía, la tía de Córdoba, que siempre había sido tan esplendorosa y de buen comer. Que el no poder dormir por las noches la había convertido en una fábrica repleta de anhídrido carbónico o no sé cómo se llama esa otra sustancia que se libera cuando uno duerme, que se encontraba a punto de estallar por dentro. A esto lo había notado el marido de la maestra titular de mi muchacho y no le quedaban dudas, porque sobre la repisa que está en la habitación donde dormían la tía y la criatura, había un potus que se fue secando hasta dejar de existir por completo. Y cuando vino un sobrino del marido que estudia botánica en la Universidad le dijo que la planta se había muerto por exceso de anhídrido carbónico o algo así. Desde ese momento el marido no tuvo más dudas. Además, a la tía le comenzaron a salir unas ronchas rojas chiquitas a lo largo de todo el cuerpo. Y eso por algo tiene que ser. Y no me acuerdo qué otra cosa se comentaba. Pero que la mujer se volvía a Córdoba era cierto, porque yo misma la vi sacar el pasaje correspondiente en la ventanilla de la Terminal de ómnibus, “La Terminal”, ubicada frente a la casa de Roberta. Igual yo no sé si todo esto es verdad. Lo único cierto es que por todas estas circunstancias la maestra titular no es de las que más concurre a impartir enseñanza. En esos casos la señorita Patricia se hacía cargo de la salita.

Soy de buena intuición. Muy buena diría yo, cuando se tiene que reconocer a alguien en un abrir y cerrar de ojos. Y a esto de que a la señorita Patricia le tengo cierto recelo lo dije desde un primer momento. Me lo decía a mi misma para ser más exactos, mentalmente, porque viene al paso aclarar que no me di con nadie hasta muy entrado el año calendario. 

Desde el primer momento en que el muchacho comenzó a recibir su enseñanza me intrigaba lo que ocurría puertas adentro de la Institución. Bien está agregar que las puertas de entrada y salida se cerraban bajo candado una vez terminada la oración a la bandera. A partir de allí los alumnos se retiraban a sus correspondientes salitas. Cosa que me parece correcto. Pero el hecho de tener que entregárselos a ellos, y más aun en los primeros meses, lloriqueando y pidiendo volver a los brazos de papá o mamá, me llenaba de interrogantes. No faltó mucho para que se me ocurriera que más allá de las rígidas reglas estipuladas yo me las arreglaría, aunque más no sea, para ver un cuadradito, una mínima expresión de lo que puertas para adentro realizaban los niños. Así fue que, una jornada invernal, de llovizna, cuando todos entregamos nuestros hijos al régimen, me quedé acodada contra una ventana que me resguardaba medianamente del agua.

—Con esta lluvia yo no voy a ningún lado. No señor. Están los resbalones. Las baldosas flojas. Los milenarios agujeros hechos por los viejos administradores de la municipalidad que los gobernantes actuales no saben para qué fueron realizados y por tal motivo no se atreven a taparlos. Y por sobre todas las cosas, están los imprevistos. Los imprevistos. Por eso yo de acá no me muevo hasta que no pase esta llovizna. No. No. Y mil veces. No.

Repetí esta frase unas cuantas veces en voz alta, pero muy alta no, solo lo suficiente como para que si había alguien interesado en saber qué era lo que yo estaba esperando acodada contra la ventana lo supiera de mi propia boca, y no se tuviese que contentar con hacer conjeturas que me colocaran en una posición incómoda. Por ejemplo dejando deslizar que yo, una señora de la alta sociedad, pudiese estar un tanto débil de la cabeza. Fue luego de aguardar un rato, corto, a que todos abandonaran las inmediaciones, que di comienzo a mi plan. Ya de chiquita siempre me había destacado por mis dotes de trepadora. No trepadora de las de ahora, porque la palabra es como que ha cambiado un poco su significado, o yo me lo vengo a enterar de más grande. Trepadora de nacimiento me decía mi tío Lito y yo subía hasta lo más alto de cualquier copa. A la del árbol me refiero. Sí, ya sé que copa también quiere decir muchas cosas. Decía que retomando movimientos de mi más corta juventud pese a la pertinaz llovizna y lo resbaloso del tronco del álamo que se levantaba en la vereda, me trepé hasta alcanzar una inmejorable visión de la Dirección de la Institución, siempre y cuando a nadie se le ocurriera cerrar la persiana de la misma.

Bien acomodada contra el tronco central del árbol y un poco inclinada hacía adelante, tenía despejado por el follaje el lugar perfecto para la observancia. A lo primero no vi nada. Después tampoco. Y cuando los pensamientos me hacían suponer que había realizado una maniobra de exageración, empezaron a ocurrir cosas. Cosas adentro de la dirección, quiero decir, que eran cosas dignas de ser sabidas. Fue allí donde mis sospechas en cuanto a la verdadera Señorita Patricia se confirmaron. Cerré el puño derecho y me lo golpeé contra la parte superior izquierda de mi pecho. No me equivocaba en lo más mínimo.

A pasos agigantados como si se tratara del caminar de una gacela asustada, irrumpió a la Dirección la Subdirectora; yo ya le había notado esa forma de desplazamiento en especial los días de lluvia cuando se retiraba del establecimiento, vaya a saberse para dirigirse dónde; me habían contado que vivía en un “barrio” de Luz y Fuerza o algo por el estilo, un dato digamos negativo en las expectativas que tengo en relación a los docentes de mi muchacho y más teniendo en cuenta la categoría de la Institución. Lo que está claro es que ella era divorciada y con un hijo adolescente, el marido se le había ido a Entre Ríos lugar donde vivía su familia, ahora que lo digo no sé si no hay demasiada gente del interior en todo este asunto. 

Para decirlo mejor, volvió a ubicarse delante de mi campo visual, mi sector de observancia, porque yo no veía la Dirección completa; solo la parte que la ventana abierta me permitía, siempre y cuando a nadie se le pusiera en la cabeza cerrar la persiana. A lo primero con parsimonia y luego con un frenesí inusitado Patricia comenzó a afilar un cuchillo. Y no un cuchillo cualquiera como el que una puede tener en su casa. Un cuchillo como el de los carniceros -o algo más grande aun, que se asemejaba a una espada-, similar a esos que se usan para despostar las medias reces, que tienen cabo de plástico blanco; el mismo que el dependiente agarra cuando una le pide dos kilitos de “pesheto” porque se dice así y no peceto como me discutían cada vez que iba a visitar a alguno de los amigos o parientes que me quedaron en la orilla. No se me pasaba nunca sacar ese tema con cualquiera de los que se me cruzara. Siempre me gustó ayudar a los ignorantes, pero nunca hubo caso, ellos siempre con que peceto, peceto. Y bueno que se quedan con sus sabidurías. A esto lo digo en pasado porque ya casi no voy o voy mucho menos que antes, allá, a la orilla. Me parece que cada vez son menos amigos y los parientes menos parientes, desde que me volví rica de la alta sociedad. La alcurnia como diría mi tía Nena; a ella sí que la iría a visitar, pero ella está muerta y enterrada, no bien enterrada, porque pensar que cuando se descompuso y se murió con Carlitos la tuvimos que sacar a la vereda. Su marido Juan, que no era tan bueno como algunos creían, había hablado con el del sindicato y le habían informado que los cajones todavía no estaban disponibles para los empleados de su jerarquía, entonces quién lo iba a pagar. Así, que la tuvimos que agarrar de los pies y de las manos y como pudimos la sacamos a la vereda. Transcurrieron casi dos días hasta que los del Municipio vinieran a llevársela a la pobre. Si hasta me acuerdo del dolor de muñecas que tenía de tanto apantallarla para que no la caminaran las moscas, nos turnábamos para hacer esa tarea, pero fui yo sin duda, quien más se ocupó de las moscas. Con las hormigas, en cambio, era otro tema. Con las hormigas no hay forma. Si aquello hubiese pasado acá en el centro se la hubiesen llevado de lo más pronto, y sí que la hubiesen enterrado bien enterrada. Además, mi dolor de muñecas se hubiese llamado tendinitis y no haraganería como me querían hacer creer allá en la orilla.

Entonces, Patricia estaba dale que dale con el cuchillo-espada para un lado y el cuchillo-espada para el otro sobre la piedra de afilar. Como debe ocurrir con cualquier madre interesada en la educación de su muchacho, comencé a hacerme algunas preguntas. Para qué afilaba con semejante frenesí aquel cuchillo. Nadie estaba al tanto de lo que la señorita Subdirectora realizaba puertas adentro de la Dirección; o lo hacía directamente a puerta abierta. Yo no estaba en condiciones de aseverar lo uno ni lo otro, atenta a que no alcanzaba a visualizar el estado de la puerta durante sus actividades. Todos serían cómplices y la dejaban hacer a sus anchas. Dudas. Interrogantes. Que me hacían subir las pulsaciones.

Cada tanto se ve que la llamaban de otro lado porque dejaba sus quehaceres y salía disparada con sus pasos de gacela vaya a saber una a donde. Eso sí, al cuchillo se lo llevaba. Me imagino que apretando la empuñadura hasta que las yemas de los dedos se le ponían blancas y levantándolo hasta la altura de los hombros. Entonces desaparecía por un buen rato. Cualquiera que prestase un poco de atención advertiría que la Señorita Subdirectora Patricia proviene de una familia cuchillera. La destreza con la que manejaba aquella arma blanca, porque el cuchillo quieran o no, es un arma blanca, no dejan dudas. Probablemente, a esto lo digo yo no me lo contó nadie -pero hay cosas que no se me escapan porque soy muy intuitiva- me juego a que esta chica al momento de haber tenido que mover hilos para lograr el nombramiento dentro de la Institución debe haber utilizado todos sus recursos. Y cuando digo todos, digo todos. De seguro debe de haber amenazado a Dios y a María Santísima diciendo que si no la nombraban los apuñalaba a todos. De haber sido necesario creo que no debe de haber tenido reparo de apurar hasta al mismísimo Ministro para que le firme su nombramiento. Igual qué le vamos a hacer, estamos en una sociedad muy compleja; si hasta con un dejo de tristeza debo confesar que en más de cuatro oportunidades me acerqué hasta las oficinas municipales, a los fines de solicitar entrevista con el Jefe comunal para advertirlo de la situación que acabo de describir y la verdad nunca me contestaron. Nunca.

De repente, Patricia volvía a ubicarse en mi centro visual. Era hermoso contemplarla realizando sus movimientos de afilado. Se ve que la piba sabe. Claro que me hubiera pasado todo el día contemplándola, pero el tiempo apremia, como se suele decir en ciertos casos, y aunque las piernas continuaban en equilibrio sobre el ramaje con fuerza para continuar mucho tiempo más en esa posición, se hacía la hora de egreso de mi muchacho. Decidí bajar del árbol antes de que se amontonaran todas las madres al aguardo de la entrega formal de sus hijos. Moví primero una pierna. Luego la otra. Y luego la que moví primero. Realizando ya un franco descenso. Fue inevitable que los fantasmas del miedo viniesen a buscarme al igual a como me ocurría en mi más tierna infancia. Un paso más y ya estaba completamente maniatada de las enaguas. Era indudable que no llevaba el mejor de los atuendos para andar escalando, pero cómo habría de haber previsto de antemano que me iba a terminar subiendo al árbol que se encuentra ubicado en la vereda del Jardín para espiar los movimientos de niños y maestros, si cuando fui a depositar al muchacho en la Institución iba sin ningún propósito adicional. Todo había sido de repente. Sin premeditación. 

En fin, ya no podía moverme ni para arriba ni para abajo. Culpa de la ropa. Claro que era culpa de la ropa. Ropa de primera línea de alta sociedad digamos. Porque cuando me ocurría esta clase de accidentes en mi niñez enseguida la ropa se rompía, se desgarraba, a lo sumo se le hacía un siete y una continuaba bajando de donde hubiese escalado. Sabiendo que por la noche la madre le pegaría a una por el descuido, pero el tema no pasaba de ahí. Nunca había sufrido un atascamiento. Este no era el caso. Esto era mucho más complicado. Este era el caso de ropa buena. Donde por más que una tirase, la ropa continuaba resistiendo. Un problema de “marcas” se podría decir. No lo podía negar de ninguna manera, estaba trabada. A lo mejor nadie me hubiese descubierto de no ser por la intrepidez de un niño que acompañó a su madre a buscar a uno de sus hermanitos porque había faltado al dictado de clases, o que aprovechando a que iba al turno mañana iba con su madre a que le entregasen a su hermanito o lo que sea. Lo cierto es que le escuché decir:

—Mami arriba del árbol hay una vieja.

Nadie le llevó el apunte al nene. A lo primero.

—Mami, mami. Arriba del árbol hay una vieja— reiteró. Con el mismo resultado que a lo primero.

—Mami. Mami. Ma mi. Ma mi —gritó como solo los niños saben hacerlo cuando quieren ser oídos.

Fueron varias las madres y menos (por suerte) los padres que me descubrieron en aquella humillante situación. Para peor me di cuenta enseguida que uno de los señores, que ni se cómo se llama, que se hacía el que me quería ayudar, solo quería mirarme las partes. Las partes íntimas. Haciéndose el distraído daba vueltas y vueltas alrededor del árbol mirando para arriba buscando los mejores ángulos. Se agachaba, se acuclillaba, saltaba como tratando de tocarme. Un asco la verdad.

—No se puede hacer nada —sentenció en voz alta después de haberme mirado bien mirada y se perdió entre la gente que ya comenzaba a ser una multitud.

—Hay que llamar a los del ejército —dijo alguien y a mí me pareció atinado. No estaba en posición de seguir experimentando con incapaces.

Cuando abrieron la puerta y antes de que comenzaran a juntarse padres con hijos, le expusieron al Gendarme de turno lo que estaba ocurriendo. Solidarizados con mi desgracia la mayoría de los presentes señaló con su índice y brazo extendido, mi posición.

—Que nadie se mueva —advirtió casi gritando el uniformado y habló algo a través de su radio de mano que no pude escuchar bien.

En un segundo eran tres los del Ejército que con un método no del todo ortodoxo, pero a la postre muy eficaz, se ocupaban de mi situación. Una especie de varilla de algo más de tres metros se esmeraba en desenroscar mis ropas de las ramas que me tenían prisionera. Y que placer poder ver cuando alguien sabe realmente qué es lo que hace. Estos muchachos del Ejército tienen ganado el cielo por toda la eternidad. Bastaron unos movimientos para que yo pudiese continuar con mi descenso.

Pero algo debía salir mal y salió mal nomás. Antes de que pudiese tocar tierra firme volví a ser presa de aquellas malditas ramas. Y caí de cabeza a la tierra del cantero, al menos no lo hice sobre la vereda. Un papelón. Igual no todas eran malas. El hecho ocurrió a principio de año cuando aun los padres no nos conocíamos bien entre sí. Cuando terminé de pararme y de sacudirme un poco la tierra que me había quedado adherida por todas partes alguien me consultó:

—Se encuentra bien señora de Campagnoli —y en ese momento tuve una idea brillante para salir del paso lo mejor parada posible.

—Sí, me encuentro bien, gracias. Pero por qué me dijo señora de Campagnoli. Yo soy Gutiérrez, Clarisa Gutiérrez y a mucha honra.

Entonces yo vi que venía el nene de la de Gutiérrez y me adelanté por ante los demás padres. Lo agarré fuerte del brazo y me lo llevé como si tal cosa. Igual el nene mucho no se dejaba, pero de todas formas me lo llevé. Caminé a paso acelerado y una vez que doblé en la esquina lo dejé allí. Sin dudas en treinta minutos a más tardar alguien lo recogería. Di media vuelta y me fui en busca de mi muchacho. 

Y a la de Gutiérrez la ubico de esa oportunidad más o menos, porque si me pongo a pensar no sé, si yo en ese momento sabía que se llamaba Clarisa, pero lo escuché en algún momento o algo, porque de otra forma cómo iba yo a saber que ese era su nombre. Y después pasó lo que pasó cuando se vio que no pagó o no pudo pagar y la cosa se le complicó. O capaz, a lo mejor, es como siempre me decían los orilleros que tengo mucha intuición y hasta puedo llegar a adivinar los nombres de las personas con solo verles las caras. En fin, tampoco me puedo andar haciendo cargo de todo lo que pasa en la vida de los demás.

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