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Extracción insegura de una memoria viruseada

Por Santiago Berisso

La invasión de los hombres de Miércoles es el nombre de la novela con la que Pablo María Sorondo se topó cuando tenía entre ocho y diez años. Cuenta la historia de un científico que mientras explora el cielo con un telescopio advierte la existencia de otro planeta: Miércoles. Ahí gobierna un dictador llamado Petardo Stallin, quien planea invadir la Tierra, hastiado de la enorme cantidad de polvo que lo rodea. Encabezada por científicos, la defensa de nuestro planeta contra la llegada de los miercolanos luego consistirá en enviarle al dictador foráneo una mujer voluptuosa que lo hará elevar su temperatura corporal y, finalmente, estallar. 

La escribió Carlos Raúl Martínez, su abuelo, en 1951. Mecanografiada y encuadernada por él mismo –en un bourdeax o rojo gastado–, no tiene más que una copia. Casi setenta años después de que su abuelo escribiera ese libro, Pablo María Sorondo le hace algo más que un guiño a ese libro objeto que le fascinó cuando era chico y que hoy es, de alguna manera, parte esencial de Pasajes, su debut literario, editado por el poeta y periodista Camilo Sánchez, quien dirige El Bien del Sauce Edita.

Los obstáculos propios del servicio de internet en nuestro país hacen que uno quiera racionar las interrupciones en una conversación vía pantallas. Lo que se pierde con el solo hecho de no estar en un mismo lugar puede significar una buena oportunidad para que el periodista recoja el guante de desenamorarse de la pregunta propia, calle un poco y administre los bocados. Que ayude a la conexión, en resumen.

“Siempre hay un insumo que te genera una idea. Voy como juntando ideas que cuando puedo elaboro un poco. Lo que sí tengo todo el tiempo es ganas de escribir. Pero es difícil convivir con las ganas de hacer algo que no podés hacer. A mí me cuesta mucho escribir, al mismo tiempo que tengo la necesidad de hacerlo. Esa incompatibilidad es tremenda”, cuenta Pablo, periodista que hoy subdivide su labor entre la ficción y tareas de prensa y comunicación institucional. En el segundo mes de la pandemia pudo sacar a la calle una novela que terminó en 2016 y que le tomó seis años de escritura. 

En su mayor parte, la escribió en bares y plazas. Es así que a la complejidad propia de escribir se suman los impedimentos estrictamente físicos del encierro. Vive solo en un barrio que no está seguro si es Recoleta o Barrio Norte. “Es la zona de la estación de subte Agüero”, aclara. En agosto se mudó a un departamento que cuenta con mucha luz natural, con sol, eso que no tenía en la planta baja de Palermo en la que estaba antes y que se transformó en un bien de lujo en este invierno. 

Pasajes cuenta la historia de un joven cuyo nombre jamás conocemos y de su historia apenas algunas migas que vamos agarrando a partir de lo que cuentan los demás personajes, que son muchos y que, en algunos fragmentos, parecen salidos de un crossover entre “Los siete locos”, de Arlt, y “El gran Lebowski”, de los Coen. Al siempre dispuesto Graziani, entre otros, se le suman el actor Daniel Cucurbita; el librero Malveta; Cervantes, el prestidigitador manco y ebrio; el posfeta –que ejerce con similitud a un profeta, pero en el sentido temporal opuesto– Pedro Teodoro Rusco; un gato sabio que levita, y dos radioescuchas en una parrilla del noroeste del conurbano bonaerense que disfrutan de un Temperley-Fénix que, en verdad, no está sucediendo. 

Lo errático de su búsqueda lo lleva a cruzarse con todos ellos, mientras intenta dar con su amigo de la infancia Popovsky, quien parece ser el único que puede conocer el paradero del Cuaderno de tapas rojas que escribió su padre. Un derrotero signado por lo endeble de la memoria y la desesperación que puede generar ponerla en práctica; por la imposibilidad de acceder a ciertos intersticios de nuestra propia historia que quedaron sellados después de una criba involuntaria y, en definitiva, la corta distancia que hay entre recordar y crear recuerdos. En suma, la historia de este muchacho sin nombre, empeñado en la búsqueda de este libro, invita a pensar que quizás, como sospecha Pablo, “en el fondo, todo es literatura”.   

Si aceptáramos que el recuerdo es impreciso, si la huella puede verse apenas, si nuestra noción del pasado es una mera fantasmagoría, ¿qué clase de memoria nos queda? ¿Dónde apoyarían los pilares de la pequeña historia que cada uno construye dentro de sí, de nuestra identidad individual?, dice este joven que no hace otra cosa que iniciar la tarea noble de juntar los pedazos de su pasado –de la historia de su familia y por lo tanto la de él–. El entorno no le devuelve más que fantasmagorías de lo que habría sucedido, entre discos de Dave Brubeck, Miles Davis, Charles Mingus y Chet Baker, el humo de copiosos cigarros y largas caminatas porteñas y conurbanas.    

“El narrador de Pasajes apareció antes de que yo lo conceptualizara. Me llevó esfuerzo entenderlo. Recién cuando pude tener ese identikit del narrador, me fue más fácil avanzar en la historia. Lo pienso como una especie de síntesis entre Horacio Oliveira de Rayuela y de un personaje cuyo nombre no recuerdo, creo que Rodolfo, de la novela de Jorge Asís Flores robadas en los jardines de Quilmes. Son muy distintos, pero yo veo algunas cosas comunes que ellos tienen. Es una persona que está paralizada y que está tratando de encontrarle a su vida, algo que la traccione”, cuenta Pablo. 

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En cuanto al trabajo de edición, señala que a priori la idea lo llenaba de inquietudes, sin embargo los encuentros de disección del texto con Camilo Sánchez le resultaron un lujo por su calidez como persona y por lo fino de sus devoluciones. Como invitando al lector a hacerlo, recuerda: “Te juntás con él y llevás dos copias impresas del texto. Se lee en voz alta y él interviene cada una cantidad de frases. Cuando hay algo que hace ruido, se objeta de manera que se discuta, se conversa y se exploran posibilidades. Pero no avanzábamos de un párrafo sin resolver el problema que había en ese párrafo”.

Considera que el trabajo del editor, sin tener que llegar a reescribir, pasa por encontrar la mejor versión posible de un texto, a partir de un análisis que emerja “desde sus aguas más profundas”. Durante el proceso de relectura y edición, Camilio se detuvo en el comienzo de un capítulo en el que el protagonista está tratando de tocar una partitura de Schumann. “El tipo está tocando y hace una descripción del movimiento de sus manos sobre el piano y la asocia, como le sale mal, a una araña un poco renga. Un poco frustrado, decide dejar de tocar y pone un disco de Marta Argerich y piensa en las manos de Argerich haciendo los movimientos que él no podía hacer y ahí todo vuelve a funcionar”. Originalmente, en el texto, Pablo volvía a utilizar la imagen de la araña sobre el piano para describir el talento de Argerich. Entonces Camilo advirtió el ruido de estar utilizando la misma imagen para describir lo infructuoso y lo eficaz. Para continuar con la línea animalesca en la metáfora, empezaron a pensar en distintas especies hasta que, al unísono, dijeron: “una gacela”. Esos pequeños triunfos, a puño cerrado, cuando se llega al lugar indicado en una edición a cincel.   

Un escenario similar se daba, muchos años atrás, cuando pasaba el rato con su abuelo, quien atento a los intereses de sus nietos, detectó que Pablo disfrutaba de escuchar historias. No duda de que fue él quien le enseñó a escribir, el que advirtió algo y ayudó a encauzar ese disfrute. Cuando tenía entre 12 o 13 años, junto a sus padres, sus cinco hermanos y dos hermanas, se mudó a la localidad de Tortuguitas, en Malvinas Argentinas. Cuatro cuadras lo separaban de la casa de su abuelo, que era preciosa, dice. Había una escalera que le llamaba la atención, era extraña, con escalones de hierro alternados, que llevaba a una suerte de estudio en el que su abuelo tenía sus libros y su computadora, y al que se accedía por fuera de la casa. 

“Yo creo que la raíz de mi interés por escribir –cuenta– está en esas tardes de jugar con palabras con mi abuelo. Y en el recuerdo tan cálido que tengo de eso”. Leían, revisaban textos y Raúl le tiraba ideas a su nieto para escribir. “Era crítico cuando tenía que serlo. Festejaba cuando había algo digno de ser festejado. Sobre todo, me ayudaba a explorar posibilidades”, dice Pablo, y aclara, hoy consciente de que se trataba de un proceso de aprendizaje, que “lo más probable es que todos esos textos no sirvieran para nada en términos de calidad literaria”. 

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Con el correr de los minutos, la tarde se va haciendo noche y el granulado de la imagen que aparece en la pantalla entorpece la visual. La oscuridad exige a la cámara de la computadora, hasta que enciende el velador que tiene al lado. Su gata –Kai– se mete en el plano y pide algunos mimos. El gesto grácil con el que lo busca a su compañero de hogar lo hace pensar a uno en la teoría más replicada del ámbito no científico, que sostiene el fenómeno del parecido entre el animal y el dueño. En este caso, la cuestión no pasa tanto por el aspecto sino más bien por el ritmo de algunos movimientos, que, cuando menos, jamás podrían remitir a un golden retriever. Al cebarse un mate, pensar las respuestas, o tirar para atrás el mechón que cae sobre sus anteojos, todo parece seguir un criterio de pulcritud gestual. Nada barroco, sólo atildado. 

“Me costó muchos años encontrar un punto en el que me sienta cómodo en cuanto a la enunciación y la manera de encontrar el lenguaje que sienta propio. Con muchos años quiero decir 20 años. Es un trabajo agotador. Es un camino de sufrimiento, casi, cuando uno se lo toma en serio”. Pablo piensa en cómo fue dando forma a su escritura con el tiempo, en la búsqueda de la voz propia, o la voz extraña, diría Fabián Casas. Recae en lo extraño, lo ajeno, la otredad en general, dentro de su proceso de escritura: “Ahí aparece esa referencia a Whitman tan citada de las multitudes que hay dentro de cada uno y eso es rigurosamente cierto. La escritura es un buen lugar para exorcizar a esas multitudes interiores. Se produce ese fenómeno, que es casi un lugar común pero no deja de ser real, de que los personajes tienen vida propia, deciden por sí mismos. Ahí aparece la voz extraña, está dentro tuyo sin que vos te des cuenta y emerge en algunos momentos sin que la busques”.

Señala que no se haya en sintonía con el estilo al que tienden muchos autores contemporáneos, aunque confiesa que sus lecturas tienden más a lo clásico que a se produce en la actualidad. Se refiere a un “coloquialismo demasiado exacerbado” cuando describe la impronta que suele encontrar en lo contemporáneo. Es una mera cuestión, dice él, de que se ve más interpelado, seducido, por aquel texto “que tiene un abordaje más desde lo artesanal y no tanto desde el frenesí”. 

“Lo que me pasa muchas veces –continúa– es que, como lector, siento predilección por los estilos del 70 para atrás. No estoy juzgando a los contemporáneos, sino que es solamente lo que a mí me gusta leer. Estoy leyendo mucho hacia atrás. Descubrí hace poco a Néstor Sánchez, que tiene una vida increíble y que me recomendó Camilo Sánchez”. 

De sus últimas lecturas, destaca a Las aventuras de la China Iron, de Gabriela Cabezón Cámara y algunos cuentos de Hebe Uhart, pero hace un párrafo aparte para lo que le generó Stoner, de John Williams, editado por Fiordo y que ya va por su décima edición. “Se la recomendé a un amigo, le encantó y se la recomendó a un amigo estadounidense y él trató de comprarla allá y no la encontró. Sólo encontraba online la edición de acá”, cuenta.  

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La conexión apenas juega alguna que otra mala pasada en la conversación. Su parecido con Pedro Mairal se va difuminando con los minutos. No obstante, hay cimientos innegables que ameritan el comentario. En simultáneo, empieza a emerger una similitud con una época de Steve Hackett, por lo que entonces surge la pregunta de si hay un verdadero parecido entre el guitarrista de Genesis y el escritor argentino. Acá es cuando la digresión llega a su punto más injustificable.

Por lo pronto, la intermediación de la pantalla tiene un elemento que hace que la tosquedad vincular ganada durante la pandemia disminuya o, en última instancia, sea más disimulable. De cualquier modo, a pesar de la distancia, hay cierta intimidad que se mantiene producto de no transmitir nada de esto por Instagram Live, por lo que no hay necesidad de sacarle punta al narcisismo streamer que lleva a acomodarse y reacomodarse el pelo con los ojos entrecerrados. 

Después de advertir que no se esconde del mundo y que tiene redes sociales, Pablo explica que las usa más como lector que como creador. “Todo lo que sea exponerme me inquieta un poco. Eso va un poco al revés de lo que el mercado te está pidiendo que hagas cuando querés mostrar algo, y tiene sentido. Si yo te quiero vender mi libro, lo tengo que mostrar y se supone que la gente va a querer saber algo sobre mí”, señala. Tiene bien claro que esos son los mecanismos de la promoción y que los de la creación pasan por otro lado, al menos en su caso. 

“El mercado editorial es raro, yo soy un outsider, lo conozco muy poco y, por otra parte, me fatigan los mecanismos que hay que tocar para ser parte de ese nicho”, dice. Como toda industria, la editorial tiene sus tiempos, con los que Pablo se topó cuando le contó a su editor que, días después de publicar Pasajes, tenía otra novela escrita llamada Los enigmáticos y le preguntó cuándo podían empezar a verla juntos. Camilo Sánchez le dijo que ahora era momento de “acompañar” la publicación hecha.   

Al momento de pensar el concepto de autor, se inclina a pensarse a sí mismo como una persona a la que le gusta escribir. Confiesa que no publicar lo llenaba de frustraciones y que, “si bien escribir es un acto solitario, el proceso necesita que en algún punto tu obra se toque con el alma de alguien, si no pierde sentido. En el sentido estricto de la palabra, sí te digo que soy un autor porque soy el creador de algo, pero mi identidad como persona no se reduce a eso”. 

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Como periodista que es, la consulta por su incursión en el terreno de la no ficción resulta ineludible. Es grato el recuerdo de su paso por la contratapa de Ámbito Financiero en 2017, en la que periódicamente el medio daba lugar a un suplemento de campo en el que escribía crónicas. En ellas contaba historias sobre problemas sociales del ámbito rural –acceso al agua potable por red, por ejemplo– que se corrían un poco de lo productivo en sí del sector. Gracias a la convocatoria de la editora Yanina Otero, Pablo pudo darle al suplemento un enfoque con el que se sentía a gusto. En aquel entonces, en paralelo, trabajaba como consultor para el programa Pro Huera, iniciativa del INTA y el Ministerio de Desarrollo Social, que buscaba desarrollar proyectos de infraestructura en el país.

Muchos de los textos que fueron publicados en esa contratapa surgieron de estas experiencias de trabajo en comunidades rurales, a veces muy aisladas, a las que el Estado se acercaba. “No era llegar, sacar el grabador, hacer la nota e irme. De pronto estaba hablando con una persona que vive en un lugar al que para llegar tenés que caminar ocho horas por la quebrada jujeña. Una persona que quizás no habla con nadie en semanas. Teníamos la posibilidad de quedarnos dos o tres días en el lugar, compartías un montón de cosas con esa persona. Compartías algo con la persona, no sólo ibas a extraer textual”. 

Las colaboraciones se extendieron por un lapso de más o menos un año. Reconoce que le hubiera gustado por darle una continuidad a esas crónicas. “A veces creo que hay que demorar las cosas”, dice, consciente de que esa experiencia fue una rareza, más aún al tratarse de gráfica. En un contexto en el que la tiranía del click tiñe una gran parte del contenido web y el diario papel desconfía de todo lo que no sea editorializable, da la sensación de que la batalla que presenta el texto de largo aliento no deja de ser marginal.      

Desde hace muchos años que se dedica más a la comunicación que al periodismo. Aunque el texto sea el insumo común, entiende que el realismo mágico con el que se entretiene cuando crea historias no se toca de ningún modo con la labor que hoy le da de comer. Uno es el que hace periodismo y otro el que hace literatura. Dos vetas que no se preocupan por lo que hace la otra. 

Ahora resuena algo que dijo minutos antes: “La incertidumbre siempre acecha. Parte de la complejidad que tiene vivir está en encontrar el equilibrio para seguir adelante en medio de todas esas incertidumbres”. Y qué mayor incertidumbre que la que rodea a la palabra escrita.  

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