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Me acariciaba la cara y repetía siempre la misma frase

Por @horaciogris | Ilustración: Von Brandis

Un vecino suyo le preguntó por mí. Indirectamente, al menos: hizo referencia a los gritos que le llegaron durante todo el día que estuve con ella, encerrados, cogiendo, acabando, descansando y volviendo a coger para intentar conseguir una calma que duraría un par de horas después de que nos despidiéramos, hasta que el recuerdo volviera a quemar, hasta que las sensaciones del último encuentro cavaran más profundo en la carne, convirtiéndonos en herida que sangra ante cada imagen o indicio que nos haga presentes.

Yo no entendía, ¿tanto había gritado? Ella se mostró desconcertada ante mi pregunta.

— ¿Vos no escuchaste los gritos? — insistió

— No sé. Me concentro en cogerte y todo lo demás deja de existir, así que no recuerdo escucharte gritar ni si tu gata maulló, ni si cayó una bomba ni nada.

— No fueron sólo gritos míos. Vos también gritaste.

No hizo falta que dijera cuándo. Si bien tampoco me escuché gritar, recordé el momento más intenso de ese día. Yo la cogía por el culo. Era la segunda vez que la cogía así, pero ya veníamos cogiendo desde bastante antes. Ella acostada, la almohada bajo su pubis y yo subido atrás, una posición que en mi kamasutra personal debería bautizar con su nombre. Pajeándola con una mano mientras con la otra le apretaba las tetas y, alternadamente, subía a su nuca para enredar mis dedos en su pelo ondulado. Su culo me alojaba de manera estrecha pero sin buscar ahogarme. Era complaciente ante esa segunda vez que yo buscaba acabar ahí ese día y a la vez parecía entender que era mi cuarto orgasmo en la contienda; por lo cual me permitía entrar aún faltándome dureza. Entonces los dos encontramos un ritmo de choques violentos pero espaciados que se asemejaba a un desfibrilador sexual que después de varios intentos nos resucitaría al acabar. Esa misma escena la recordaría muchísimo después, leyendo a Levrero hablar del sexo anal, mientras yo intentaba subrayar el libro con mi pulso tembloroso, los ojos casi ciegos tras la cortina de agua, al borde del llanto que me provocó la evocación inmediata de su figura.

Después de que se mudara su vecino, algo que nos habilitaba a coger todavía con más libertad de gritos, me llamó por teléfono. La atendí y su respiración turbada me hizo entender que se pajeaba.

— Haceme acabar. Por favor. No puedo aguantar a que nos veamos.

Yo salí de la oficina y, en el pasillo, comencé a contarle algunas ideas que me daba, deseos pendientes y ganas de volver a repetir otras cosas. Ella me escuchaba y pedía más. Yo alimenté su excitación todo lo que pude pero, cuando corté, sentía un regusto amargo en el paladar, algo que tomaba relieve recién en ese momento y que no tardé en identificar. Las palabras que había usado para ayudarla a llegar no eran más que distractores para intentar aplacar su voracidad inextinguible, pero no buscaban acompañarla al centro del deseo para fundirme con ella en la calentura. No porque me faltaran ganas sino porque me sobraba miedo. En mi boca se esparcía una vez más la fría amargura de la parálisis ante su entrega.

Días más tarde nos calentábamos por mensaje y, al decirle que necesitaba vaciarme en ella, preguntó si lo decía de forma literal, si en verdad quería que ella recibiera mi descarga. Ahí la duda surgida no fue por el deseo de hacerlo sino por las implicaciones. La imaginé ruborizarse del otro lado de la pantalla; era evidente que no temía a cosas que yo sí.

Y así, fui al que sería nuestro último encuentro sin saber todavía que lo sería.

En el taxi, otra llamada de ella, desesperada por escuchar mi voz aún sabiendo que yo estaba en camino, me hacía sentir el mismo resabio de cobardía en la boca. Después su abrazo en el ascensor me impregnaría más adentro su perfume, metiéndose por las fisuras de mis dudas, a profundidades que permiten hoy a mi nariz hacerla aparecer de la nada ante la más nimia percepción olfativa, en cualquier free shop que visite.

Esa oportunidad nos encontrábamos tarde, al ocaso, y su monoambiente se ensombrecía pero nuestro deseo brillaba incluso pese a mi traición germinando. Ella me acariciaba la cara y repetía siempre la misma frase.

— Sos muy lindo, sos muy lindo.

Era un mantra con el que se entregaba por completo, me di cuenta porque nunca jamás me había hablado así. Y yo, que siempre fui rápido para sacar una palabra de la manga para tapar el agujero de la angustia, no conseguía responderle nada.

Ya en completa oscuridad, yo me movía guiado por el tacto de su cuerpo y acababa así. Entonces, recostándome a su lado, al prender la luz del velador, descubriría que el preservativo había quedado adentro suyo. Su gata me miraba desde una silla con expresión severa que parecía a punto de comunicarme algo. Si maulló, no la escuché, porque me sentí aturdido y tan desnudo que sólo atiné a buscar una sabana -que no encontré- y que terminé reemplazando por un almohadón para colocar sobre mi entrepierna abatida y avergonzada.

La vuelta en colectivo se me hizo eterna. Por un desperfecto mecánico, la puerta del medio iba siempre abierta y yo, parado cerca, tomaba cada sacudida como una invitación a dejarme caer, a dejarme ir del todo. El olor de ella impregnado en mis manos y mi cara, su perfume en lo más profundo de mí, ya parte mío para siempre, sentenciaba una intimidad que no estaba dispuesto a asumir. Su aroma, su humedad, el recuerdo del tacto de sus tetas mientras nos bañábamos, todo lo que habíamos compartido, apadrinaban una ceremonia en la que yo, a partir de ese día, dejaba mi lugar vacante. Cada indicio de su cuerpo en el mío eran pruebas de un crimen que yo nunca terminaba de cometer pero por el cual me pesa condena.

Ella quedaba, con todo ofreciéndolo, sola. Y yo, que quería todo pero sin él peso de ese desear, nunca más volvería a tener tanto. Los dos solos, incluso sin estarlo. Acompañados por aquello que secunda a la ausencia: recuerdos dolorosos (porque los más bellos recuerdos siempre duelen) y después estupideces (porque todo lo que no duele es estúpido), como mi propuesta de poner paños fríos y atenernos a una amistad sexual. Y lo demás. Lo que pudimos haber sido pero nunca me animé a que fuéramos. Todos los capítulos que no escribimos. Y los vacíos que fuimos repartiéndonos de forma tan equitativa. Ella por lo menos se quedaría con la gata, sustituto del hijo que nunca habríamos de tener.

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