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30-12-2020 Ficciones

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Por Enrique Balbo Falivene

Escogí la pared del pasillo más transitado del consulado, una encrucijada entre la sala de reuniones, un cuarto de servicio y el office para  colgar el poema; busqué el equilibrio con la ayuda del alambre del marco y me alejé un par de pasos para comprobar la simetría. “Wordsworth…”, afirmó la voz de la borrosa silueta que ya había visto reflejada desde el cristal del cuadro. “Baladas Líricas, aún lo recuerdo. En mi época de estudiante podía recitar hasta cien versos de memoria. En fin, la enseñanza de mis tiempos…” suspiró una de las secretarias de Relaciones Internacionales. “Por cierto, John, te acabo de enviar un correo, hay una reunión la semana próxima, creo que viene el embajador”.

Entré al office y en la máquina de café seleccioné un espresso. Mientras veía gotear el café empecé a meditar qué autor colgaría el mes próximo; quizá algo de Keats o tal vez Swimburne… “¿Te has enterado?”, preguntó el cónsul que había ingresado al office silenciado por la alfombra del pasillo. “Ya veo que no…” dijo condescendiente. “Hemos fichado a Bielsa. Esto lo cambia todo, este hombre llevará al Leeds a la Premier, estoy seguro; dejará su sello en las inferiores, en el club, en los aficionados. Es un pensador, un maestro del juego, haremos grandes cosas con él”, vaticinó y empezó a salir. Estaba tan emocionado con el flamante míster que no me dejó responder. “Revisa tu correo”, ordenó cuando retomaba el pasillo hacia su oficina. “Nos interesan las imágenes, busca información a ver qué encuentras. Nos reunimos la semana próxima, el lunes creo. Viene el embajador”.

Ocupé el resto del día con dos estudiantes de sajón antiguo y, más tarde, con un grupo de niños del Colegio Británico hicimos una lectura conjunta de Harry Potter. Hacia la tarde, cuando volvía a casa en el subterráneo de Buenos Aires, llamé a una amiga para confirmar nuestro partido de tennis de los viernes y después cenar en algún restaurante de Palermo. A salir a la calle desde la escalera del subterráneo recordé el correo y lo abrí desde el teléfono. Llamé a mi amiga para suspender la cita: tenía tres días para recabar información, debía preparar un dossier para la reunión.

El lunes a las 9 en punto antes de entrar a la sala de reuniones volví a mover el poema, me pareció que el marco se había inclinado hacia la izquierda; entré y conté once personas incluido el embajador y Marcus, jefe de seguridad de la embajada. “John…”, dijo el embajador invitándome con la mano. Proyecté desde el portátil la primera imagen en la pantalla desplegable. Ajusté las líneas y el encuadre y le di valor a  negros y grises sobre el blanco. En la pantalla podía leerse:

THE ORIGIN OF SPECIES
by means of Natural Selection
by CHARLES DARWIN, M. A;
London, JOHN MURRAY
Albemarle Street.
1859.

“Se trata sin duda de la primera edición del Origen de las Especies”, expuse. “Según la imagen creo que es la anteportada del libro; su estado es excelente: no presenta hongos ni manchas, parece auténtico. Lo único llamativo es que la foto remite sólo a esta página pero es posible que haya sido escaneada; no deja de ser una curiosidad que no hayamos recibido también el libro completo o alguna fotografía del lomo. De todos modos, y aunque es sabido que no se puede falsificar un libro, no me atrevería a darlo por auténtico hasta tener el ejemplar entre mis manos”, completé y todos asintieron en silencio. “La segunda imagen es más compleja”, afirmé mientras se cargaba con lentitud en la pantalla por los diversos programas a la que la había sometido. Cuando por fin estuvo completa la amplié sin que perdiera nitidez y le bajé los tonos. “Es una obra de William Turner, una acuarela titulada Bamborough Castle“, alegué. “El paisaje responde al castillo de la costa de Northumberlad, que seguramente todos conocéis, el que fuera antaño refugio de marineros durante las tormentas del mar del norte. He consultado los catálogos razonados y toda la información que pude recoger en internet y no tengo dudas que responde con exactitud. También tengo que agregar que es una obra que se creía perdida; perteneció a la familia Vanderbilt de Nueva York y después, hacia 1903, la adquirió telefónicamente un comprador anónimo en la casa Sotheby’s de Londres. Claro que no puedo certificar la autenticidad de la misma, tendría que verla, comprobar los registros, etiquetas, sellos, firmas y un sinfín de detalles”, rematé. “Y vas a ir a verla”, expresó el embajador. “Marcus te acompañará, luego te dará los detalles del viaje. Está a una dos horas de aquí en un pueblo de la provincia…”, buscó con la mirada a una de sus asistentes y esta dijo: “Chivilcoy”.

Conocí a Marcus hace más de diez años en mi primer destino: la Embajada Británica de Lima; después nos hemos vuelto a cruzar en Madrid, Santiago de Chile y Caracas. No puedo decir que seamos amigos pero es alguien a quien respeto; sirve a la Corona desde que tenía veinte años, se rumorea que estuvo con la Guardia Galesa en Belfast, Bosnia, y que integró algunas de las fuerzas especiales, quizá las S.A.S. Hoy con algo más de cincuenta años es el encargado de la seguridad de los diplomáticos, el custodio personal del embajador y de cuanto británico ilustre aterrice en Sudamérica.

Marcus me había enviado un correo con las indicaciones a seguir. Íbamos a viajar en uno de los coches de la Embajada pero con matrícula argentina, un potente BMW negro con los cristales tintados. También me pedía que vistiera de manera informal y que pareciera lo menos inglés posible. Debía sentarme a su lado y no detrás, tampoco convenía que mencionara nuestro viaje a Chivilcoy. Todo esto me resultaba una exageración, pero sé respetar el trabajo de los demás así que me remití a cumplir  las órdenes que no eran pocas. Junto con las indicaciones también venía una copia del correo de las imágenes pero con un texto breve. Al principio juzgué que quizá se debía a un error, luego admití que Marcus jamás cometería ese tipo de faltas. El correo que contenía la obra de Turner y la portadilla del Origen de las Especies lo firmaba un tal G. Bethancourt y ofrecía a la embajada los bienes en concepto de  donación.

Hace calor y la humedad molesta; Marcus viste una camisa blanca impecable y un fino pantalón de lino, sé que va armado pero nadie lo notaría. Desde el coche veo pobreza y desolación, la diferencia entre Buenos Aires y el interior es abismal: las sucesivas administraciones durante décadas han empobrecido el territorio. La carretera es suicida: tiene sólo dos direcciones, está en pésimo estado y el tránsito es profuso. Marcus, que tiene todos los sentidos puestos en el entorno y su intuición puesta en mis inquietudes me dice: “No te preocupes, vas seguro. En un par de horas estamos».

Chivilcoy se advierte desolado, sucio, quebrado. ¿Cómo puede haber un Turner en este lugar? Marcus ha tenido que apurar el freno un par de veces: aquí nadie parece querer cumplir las normas de tránsito.

La casa se alza a mitad de la calle; la fachada responde a fines del siglo pasado, de estilo español de gruesos muros y bajos balcones. Marcus aparca a la sombra de unos plátanos casi en la puerta, dice que después que entre a la casa va a controlar la zona para volver a aparcar en el mismo lugar. Ha programado mi teléfono aunque no sabría decir en qué momento lo ha hecho: “si pulsas el 1 es una llamada directa y hablamos, pero si pulsas el 9 yo entro”.  Lo ha dicho con tanta seguridad que  he hundido un poco la cabeza entre mis hombros; espero que no tenga que entrar. Marcus da miedo.

Iba a llamar desde una aldaba con cabeza de león cuando la puerta se abrió y no pude hacer otra cosa que sonrojarme. “El señor John Wainwright. Pase por favor, le esperábamos…”, dijo la mujer estrechándome la mano. “Soy Olga Kirylenko, la asistente personal del señor Bethancourt”. Me olvidé de Marcus, del Turner y de Darwin  mientras me conducía hacia el interior; era tan alta como yo, vestía un elegante traje color malva de corte francés y unos altísimos tacones que apenas sonaban en las añosas maderas del suelo de la casa. Sus caderas se movían con sensualidad segura de que mis ojos estaban puestos en ese balanceo hipnótico. Cuando llegamos a una sala apenas iluminada me invitó a sentarme; vislumbré en las paredes un enorme tapiz (¿gótico flamenco quizá?) y una serie de óleos enmarcados en dorado con bruñido italiano. Me ofreció un té o un refresco pero dije que no, que me interesaba ver las obras, que tenía que regresar a Buenos Aires lo antes posible. Se dirigió a un mueble y de uno de los estantes extrajo un grueso archivador. “Aquí tiene el detalle de la obras. Voy a encender las luces de la biblioteca, está al final de ese pasillo”, señaló. “Si necesita algo al lado del mueble hay un llamador. Cuando termine me avisa”.

Atravesé el pasillo, abrí la puerta y vi la biblioteca. No soy amigo de efusiones pero debo reconocer que la visión del espacio me emocionó, haciéndome retroceder en un espasmo: tenía que haber más de treinta mil ejemplares. Había sido hecha en nogal, aún podía sentir el olor profundo de la madera; de las paredes colgaban óleos –conté una veintena- y en cada esquina o rincón había algún busto. Reconocí a Shakespeare, Cervantes, Marco Aurelio. Al fondo se veía el Turner, pero ¿dónde estaría el Origen de las Especies? Decidí volver a buscar el archivador, seguramente me indicaría a qué anaquel dirigirme. Me senté y empecé a pasar las páginas mecanografiadas y descubrí que el archivador era en realidad un inventario de todos los bienes de la casa. Allí constaba el mobiliario, vajilla, antigüedades, arte, arañas de techo, platería, lozas. Llegué al apartado biblioteca y efectivamente constaban unos veinticuatro mil ejemplares más cuatro incunables. Bethancourt tenía una colección mayor que muchas de las bibliotecas nacionales de Sudamérica. Recorrí con el dedo la lista hasta llegar a Darwin, Origin of… cuando una luz detrás de mí se encendió. Giré desde el basculante de la silla deseando volver  a ver a Olga pero ahí estaba él (¿o había estado todo el tiempo?); de pie y altivo como un mascarón de proa, vestido completamente de negro, reclinaba su cuerpo en un bastón con una cabeza de serpiente plateada. A sus pies había un enorme gato atigrado que me miraba con curiosidad. “El señor Bethancourt, I presume”, dije y me arrepentí: nunca fui bueno para las ironías. Sin embargo el anciano rio de buena gana, o al menos con la energía con la que podía reír alguien de su edad. “Le doy la bienvenida y le pido disculpas por no haberme presentado antes”, expresó con amabilidad. “Veo que ya está consultando el inventario…”. Me acerqué un paso: la piel de su cara tenía un tono amarillo casi transparente, unas venas azules le surcaban la frente, las cuencas de los ojos parecían hundidas, los pómulos afilados. “Así es”, afirmé, “estaba intentando localizar el Darwin de la donación para  luego…”. “¿El Darwin?”, interrumpió, “lo que quiero donar a la Corona es la casa y todo lo que contiene, eso incluye, naturalmente, la biblioteca. Lo único que le pediré es celeridad en la gestión, a mi edad no me está permitido hacer muchos planes. Bien, ahora debo dejarlo, pero quiero regalarle algo en agradecimiento a su visita y su buena voluntad”. Extendió el brazo  y me entregó una moneda. Empezó a salir muy lentamente ayudado por el bastón mientras el gato continuaba clavándome la mirada. Puse la moneda bajo la lámpara y comprobé que en la palma de mi mano brillaba un denario romano.

¿Qué debía hacer ahora? ¿Estudiar las pinturas, los libros, esculturas y todos los bienes de la casa? Iba a necesitar al menos seis meses para documentarlo todo… Me sentía tan confuso que opté por pulsar el llamador, más por la necesidad de volver a ver a Olga que por cualquier otra decisión. “Tengo que marcharme”, le dije y me pareció que llevaba la blusa algo más abierta que antes. “He de comunicarme con la embajada; ellos me darán las directivas y luego se las comunicaré al señor Bethancout o a usted”, dije esperando conseguir su teléfono. Pero Olga asintió sin responder y me acompañó hasta la puerta. “Se va pero volverá, ¿verdad?”, suplicó y yo creí que me derretía.

Subí al coche y me adelanté explicándole a Marcus que todo había ido bien, “inusualmente bien”, le dije. Pensé en llamar al cónsul para explicarle la novedad pero no era el canal adecuado, así que abrí mi portátil y empecé a redactar un correo para convocar una reunión de carácter urgente. Ya habíamos salido a la carretera cuando saqué del bolsillo el denario de oro y me abstraje en contemplarlo. De inmediato escuché una serie de golpes o detonaciones y ya no recordé nada más. Todo fue oscuridad con unos breves chispazos  luminosos.

Unas voces me despertaron. Estaba aturdido y me dolía todo el cuerpo. Intenté moverme pero estaba conectado a unos cables, tenía sondas en la nariz y en el brazo izquierdo; el derecho estaba escayolado. No conseguía mover las piernas

–Tranquilo, lo peor ya pasó –dijo el cónsul-, ahora descansa. Estás en el Hospital Británico, estás en buenas manos.

Supe después, cuando empezaron a retirarme los calmantes y conseguí mantenerme despierto con alguna coherencia, que habíamos tenido un accidente en la autopista. Tenía contusiones por todo el cuerpo, me costaba respirar, un brazo roto; me habían operado una pierna para salvarla pero iba a quedarme una cojera permanente. Marcus había muerto: en el choque en cadena a un camión se le había desprendido una viga de la carga golpeando a Marcus en la espalda. También me dijeron que íbamos hacia el aeropuerto a recoger a no sé quién que venía desde Manchester a Buenos Aires. No mencioné a Olga ni a Bethancourt; me habían inducido el coma y seguramente todo había sido un desvarío a causa de la morfina.

Al mes me dieron el alta pero debía permanecer otro mes en reposo antes de empezar a funcionar con escasa normalidad. Desde el consulado me trajeron algo de ropa, salvo mi chaqueta que estaba intacta porque me la había quitado antes de entrar al coche. Metí la mano en uno de los bolsillos interiores buscando mis documentos pero hallé otra cosa: un denario romano.

No cumplí las indicaciones de los médicos, a la semana, como un furtivo, cogí mi coche y me dirigí a Chivilcoy. La carretera y el paisaje se me presentaron tal como lo había conocido con Marcus. La pobreza también. Al entrar en el pueblo tampoco necesité programar el GPS, recordé con exactitud cada calle y cada esquina, cada árbol y cada solar abandonado. Sin embargo al llegar a la casa un profundo mareo me nubló la vista; cerré los ojos y recité mentalmente un pasaje del poema de Wordsworth que había colgado en el consulado; confuso, atribuí el mareo a los fuertes analgésicos que había tomado sin prescripción médica y a la visión que tenía delante de mis ojos: allí estaba la casa, en el mismo lugar, enclavada en el mismo paisaje, las mismas ventanas, la misma puerta sólo que parecía que hubieran pasado cien años. Las paredes estaban desconchadas, la puerta de madera tenía sendos agujeros, la aldaba con cabeza de león ya no estaba, los hierros forjados de los balcones yacían oxidados como los de un viejo cementerio. Me recosté en la puerta del coche, noté que la tensión arterial bajaba y apenas tenía fuerzas para mantener el equilibrio.

–¿Le interesa la casa? Saldrá a la venta en subasta pública a fin de año. Sólo quedan por terminar algunos documentos, papelerío vaya… Pero es una casa noble, de las de antes…

El hombre, un anciano de edad imprecisa, me miró esperando una respuesta.

–Sí, la he visto anunciada y quizá me interese –mentí–, pero veo que está en muy mal estado…
–Los políticos la saquearon, entraron como hienas y de a poco se fueron llevando todo. Le aseguro que había auténticos tesoros aquí dentro.
–No entiendo –arriesgué.
–El dueño anterior la compró y la restauró completa. En su mejores años esto era una auténtica joya, aunque nadie entraba ya se podía ver en la fachada el gusto de aquel hombre. Después empezaron a llegar camiones con los enseres y esto sí que lo vi: había esculturas, muebles, cuadros. Cuando se puso mayor tuvo la pésima idea de donar todo al municipio y ya ve…
–¿Usted lo conoció?
–Claro, le decíamos el fantasma porque jamás abandonaba la casa y tenía la piel muy blanca, casi transparente. Se llamaba Bethancourt.

La mención del nombre me agudizó el mareo. Apoyé mis manos en el capó del coche para sostenerme. Respiré profundo, fingí que la noticia no me importaba.

–¿Entonces Bethancourt no tenía familia? –pregunté con el recuerdo de los rasgos de Olga navegándome la piel.
–Trajo a una niña con él; la gente especulaba que era adoptada porque no se parecían en nada. Y hay que decir que salía tan poco como el fantasma; pero yo la vi crecer: creo que era rusa, o sueca, o alemana. Una auténtica belleza, de esas que no suelen verse por aquí…

Le di las gracias y me despedí. En la carretera noté que ya no tenía ningún mareo y que no me dolía nada. Conduje hasta Buenos Aires con una extraña sensación de perpetuidad, como si alguien me estuviera estirando la vida, como si me destino me hubiera abrazado.

El cónsul me recibió en su despacho y lo primero que me dijo fue que estaba siguiendo por internet la pretemporada de Bielsa en el Leeds. Como repuesta puse sobre el escritorio mi renuncia. No aduje razones, sólo comenté, y no mentía, que deseaba volver a Londres. No fue tan sencillo como había supuesto: tuvimos, después de este primer encuentro, varias reuniones; me ofrecieron otros destinos, doblar mi salario, trabajar desde Londres. A todo dije que no. Finalmente accedieron obligándome a firmar una serie de cláusulas de confidencialidad. No podía mencionar mis actividades en el consulado, ni siquiera los nombres de las personas que había conocido durante mi trabajo para la Corona durante casi doce años.

Ya en las islas vendí mi apartamento con los muebles y todo lo que contenía. Tuve suerte: la operación fue casi inmediata. Después visité a algunos de los viejos libreros de Covent Garden y compré varios ejemplares entre clásicos y novedades, que despaché desde el puerto hacia Buenos Aires.

De vuelta en la Argentina contraté un abogado que con un poder y mucho sigilo compró en mi nombre la casa de Chivilcoy. En un mes, cuando tuve las escrituras firmadas y selladas ante notario, me instalé e inicié la restauración por mi cuenta. En el banco tenía libras esterlinas y aún después de adquirir la casa y calcular los gastos de los arreglos, me quedaría dinero para otros cinco años: el peso argentino vale lo mismo que la rupia. Después, cuando las libras se agotaran, quizá podría dar clases de inglés.

En la casa descubrí que todo estaba como lo recordaba; también comprobé sin asombro que la habían vaciado, salvo los libros que seguían reposando en los anaqueles de nogal.

Trabajé con paciencia diseñando y cuidando cada metro cuadrado, con el tiempo mis manos se fueron agrietando y me fueron ganando los callos, las heridas. Por las tardes, cuando acababa el trabajo me sentaba en el jardín a tomar el té frente al huerto, las plantas y flores iban embelleciendo el espacio.

Una de esas tardes advertí un movimiento entre las calabazas. Esforcé mis ojos y vi que un gato asomaba la cabeza entre las hojas carnosas. Después se acercó  a mí con un andar elegante  y se echó a dormitar entre mis piernas.

Me fue ganando el sueño, los párpados empezaron a caer y me sentí como si estuviera en brazos de alguien. Antes de dormirme pensé que no había formado una familia y que acaso ya no tendría herederos, quizá debía pensar en una donación. Pero eso sería más adelante, mucho más adelante.

“Olga vendrá”, me dijo la voz que me durmió profundamente.

 

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