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28-12-2020 Notas

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Por Julián Ferreyra

“el mito es la entrada secreta, por la cual las inagotables energías del
cosmos se vierten sobre las manifestaciones culturales humanas”
Joseph Campbell. El héroe de las mil caras: psicoanálisis del mito (1949)

 

¡Spoiler alert! El episodio en cuestión causa el deseo.

Por si a este 2020 le faltaba alguna sorpresa, asistimos al verdadero retorno de uno de los personajes más populares de la historia del cine [de aventura] o ciencia ficción: el mítico Luke Skywalker.

 

I.

The Mandalorian, dirigida por John Favreau, es la primera live-action del universo de Star Wars (SW): por lejos el mejor contenido de la era Disney, y quizás uno de los más logrados de toda su historia. Se trata de un spaghetti western galáctico, con homenajes a Kurosawa y un sinfín de guiños a la trilogía original de SW. Tiene como protagonista a Din Djarin (Pedro Pascal), que oficia de cazarrecompensas y sigue con ortodoxia el culto mandaloriano antiguo, del que sabe casi nada, pero que lo torna incorruptible e implacable. El primer rasgo llamativo, y uno muy importante, es que no tiene permitido mostrar su rostro, por lo cual se pasa prácticamente toda la serie con su casco puesto.

El núcleo problemático de la trama se da hacia el inicio, al momento de aceptar una peligrosa pero muy redituable misión: cazar vivo a un extraño ser del que sólo conoce su edad, 50 años. Para sorpresa de todos, espectadores y protagonista, ese alienígena de avanzada edad tiene la apariencia de un niño-bebé y, más aun, ¡es de la misma raza del Maestro Yoda! The child, “bebé Yoda” o Grogu, su nombre, el cual conocemos hacia el final de la segunda temporada. Arrepentido de haberlo entregado a un oficial de los remanentes Imperiales (protagonizado por el mismísimo Werner Herzog), persuadido por los rígidos valores morales de su culto, y con tenues pero crecientes muestras de afecto, se encarga de recuperar al niño y, como lo dicta su credo, hacerse cargo de él en tanto huérfano hasta lograr hacerlo retornar con los de su clase. No con los de su misma especie, la cual es aún desconocida, sino con quienes manifiestan sus mismas habilidades “mágicas”: los casi extintos jedis. Un detalle que no es menor para la dramaturgia antes que para la psicología del personaje: nuestro protagonista quedó huérfano durante las Guerras Clon, fue rescatado y criado por mandalorianos.

Ubicándonos temporalmente en un período caótico ─5 años después de El retorno del jedi─ y en planetas marginales, carentes de toda ley ─mayoritariamente el llamado Borde Exterior, una especie de lejano oeste de esa galaxia─, las dos temporadas de la serie no sólo (re)introdujeron personajes populares para la historia global de SW ─Ashoka Tano, nunca vista más allá de series animadas o cómics, la alusión al Gran Almirante Thrawn, o la confirmación de que Boba Fett está vivo─ sino que nos regaló una reparación histórica: el retorno emocionante de un héroe que vence al tiempo, recuperando así cierta estética y mí(s)tica tradicionales de la saga.

Vimos algo que en mucho rebalsó la ficción, ya que no se trató simplemente de una prestidigitación tridimensional, fruto de la “magia del cine”. Sucedió un verdadero acontecimiento que torció el tiempo, hizo caer la cuarta pared y antes que nostalgia nos hizo sentir una algarabía tan actual como infantil.

Porque SW no es ficción: a esta altura es un universo que incluye su propia historia, tiempo y legalidades. Es más que una franquicia o un negocio, es una modesta e inofensiva cosmovisión.

 

II.

Somos testigos de un Luke caracterizado por un doble, que como buen maestro jedi lleva una capucha que le cubre su cara, y lo vemos realizar una secuencia de combate sublime. Pero el episodio cuenta con la participación directa del mítico Mark Hamill, quien pone el cuerpo y voz, sellando un genuino reencuentro con un Luke de 30 y pico de años que hacia el final se quita su capucha e interpela hablándonos ─a los personajes, a nosotros─ con semblante de madurez juvenil. Al mejor estilo de la reciente película de Scorsese, The Irishman, la tecnología CGI nos resulta creíble aún con sus imperfecciones: más parecida a un maquillaje que a un montaje, una genuina máscara antes que una careta. Un maquillaje 3D que, al decir de Walter Benjamin, permite una potencia aurática.

Tal es así que el propio actor se la acaba de elegir como nueva foto de perfil en sus redes.

Luke retornó finalmente, luego de 37 años. Retornó de un modo conocido, tridimensionalmente familiar, pero de una forma en la que nunca lo habíamos visto, ni siquiera en las malogradas secuelas: en su esplendor como maestro jedi. Y la trama del episodio nos lo hace reencontrar, verlo, por TV, por pantallas similares a los que existían cuando veíamos las películas hace 20, 30 o casi 40 años. Ahí la belleza, el acierto estético de SW: un futurismo pretérito y bizarro, con tecnología de punta pero arcaica, eternamente analógica.

Todos nosotros, espectadores y fans, estamos en ese puente de mando, encerrados de intriga, desconcierto y emoción, contemplando lo que más anhelábamos, lo que resultaba cronológicamente posible pero al mismo tiempo inimaginable. Por la irrupción del milagro-Luke, estamos dentro y fuera del cuadro. Se trata de un milagro terrenal, que recién ahora aconteció: recién ahora retornaron los jedis, y recién ahora nos liberamos de ese encierro de puertas acorazadas con mala calidad dramatúrgica.

Los personajes ─y el espectador─ se encuentran en una encerrona y en el último momento ven venir a una única nave, un X-Wing, y a través de las cámaras de seguridad observan atónitos a un misterioso encapuchado recorriendo a paso decidido pero calmo los corredores del crucero imperial en el que se encuentran, destruyendo con maestría pero sin dificultades a los temibles Death troopers que los acechan. Triunfa frente a un terror maquínico sólo comparable en letalidad e invencibilidad a los robots asesinos de Terminator.

Los jedis se valen de un sable muy complejo desde lo técnico, pero que incluye como fuente de poder algo muy simple, los cristales kyber, que serían minerales casi divinos que emergen luego del colapso de una estrella. Los mismos que, en cantidades enormes, fueron la fuente de poder de la Estrella de la Muerte. Luke se vale únicamente de su sable, su mano robótica ─a causa de la laceración hecha por Vader en su primer duelo─, y un droide vetusto pero brillante y demasiado humano: R2-D2. Con eso, y con su nave X-Wing que también es modelo viejo, le alcanza para enfrentar a cualquier terror tecnológico los cuales, al decir de un lúcido Vader, son insignificantes al lado del poder de La Fuerza.

Lo vemos avanzar victorioso, pero aun así recordamos que es humano y finalmente falible. Por eso nadie festeja, todos esperamos, disfrutamos secretamente esa espera. La atmósfera es la del creyente que se dispone, con respeto activo, para atestiguar algo maravilloso, sin saber a ciencia cierta si se trata de lo profano o lo sagrado. Quizás se trate de ambas, de una mezcla, o de otra cosa. Luke no es un superhéroe que salva el día: la retórica de SW es superadora al vulgar desenlace propia del deus ex machina.

 

III.

Return of the jedi, el título original del episodio VI, presta al equívoco de la traducción: return podría ser retorno o regreso. Pudiéndolos tomar como sinónimos, preferiré una diferencia: allí donde regreso implica una reversibilidad mecánica, sin contratiempos, a priori, como quien regresa de noche a la casa desde la cual partió a la mañana, diremos que retornar remite a una (re)vuelta pero a un estado anterior, connotando una operación en torno al tiempo no carente de conflicto. Se puede, en la realidad antes que en la ficción, retornar a un lugar donde nunca se estuvo, así como el retorno podrá ser hacia el porvenir. Freud enseñó que lo reprimido no regresa, sino que retorna.

¿Habrá venido siendo Luke Skywalker lo reprimido en el inconciente ficcional de ese universo que es SW? ¿Estaremos siendo testigos del retorno de La Fuerza, la del mito, a esta saga? ¿Se trata del retorno o de un nuevo comienzo?

Considero que la última trilogía expresó meramente el regreso de eso reprimido, y por tal motivo su fracaso en la seducción y emoción hacia los fans: no nos mostró un Luke fallido, ni demasiado humano, sino uno decadente, errante sin causa, “de vuelta” y simplemente avejentado. Un Luke que regresaba no de una ausencia sino que se presentificaba desde la más lata inautenticidad, intentando un trasvasamiento generacional sin ninguna pasión. Un Luke burocrático, repitente de la historia paterna, que únicamente tuvo coraje en el instante final, cuando traspasó los límites de lo terrenal y dejó su cuerpo para convertirse en fantasma. Quizás fue desde este renunciamiento que, a posteriori, pudo finalmente retornar. Y no creo que haya sido solamente por una decisión de management, guión o dirección, sino también por una suerte de justicia poético-ficcional.

En las secuelas lo vimos como ermitaño amargado, pedante y resentido. Un holograma. El actor con su rostro actual, de carne y hueso, pero puesto como proyección o mero fantasma de La Fuerza, forzando un papel secundario en vez de una actuación de reparto. Decadente, pero holograma al fin. Un Luke [con] careta.

IV.

Las secuelas se estacionaron en la comodidad de la innovación y creación de nuevos personajes, pero en detrimento de la complejidad de los héroes preexistentes. Se desentendieron del mito y ponderaron lo edulcorado de la leyenda. Pintaron a un Luke cuyo regreso se presentificó en su impotencia: él mismo decidiendo neuróticamente cortar todo vínculo con La Fuerza y los sucesos mundanos, nihilista y viviendo solo-culpándose por todo lo sucedido. Un Luke menos fracasado que totalmente abúlico, un vulgar culpógeno.

Mientras que, por el contrario, hace unos días Luke retornó por primera vez. Lo suponíamos y conjeturábamos pero que nunca lo habíamos contemplado: ya no como Caballero Jedi, simple iniciado, sino como un verdadero Maestro. Por eso su soltura, simpleza y economía de fuerzas: cual maestro del tao, desde una completa entrega a lo wu wei ─o a La Fuerza─ produce frente a unos pocos testigos, incluido el fan, una intervención estelar, mejor dicho, una intervención imposible. El oficio del jedi, como el del analista, es uno imposible, y nosotros, sus testigos, no hacemos más que quedarnos boquiabiertos: paso previo y necesario para simplemente decir.

Luke retornó a su origen, el cual preexiste a las películas y se asienta, según dicen, en una de las tantas influencias literarias de George Lucas: Luke es El héroe de las mil caras. Muchacho tímido y entusiasta que ansía salir de su decadente planeta “natal”, Tatooine, pero intuyendo de manera informulada un enigma en torno a su origen. Luke, doblemente huérfano, es el que se lanza con su nave, sin ayudas tecnocientíficas sino encomendándose a la voz de su primer maestro, Obi Wan Kenobi, y destruye él ¿sólo? un arma de destrucción masiva: La Estrella de la muerte.

V.

Habiendo retornado, Luke es el héroe que interviene sin hacer demasiadas olas. Un héroe con perfil bajo, porque no nos salva ni rescata, sino que va más allá de lo maquínicamente obvio, del lado oscuro de la normalidad. Y nos deja ahí, nuevamente, solos, pero algo más cerca.

Cual héroe mítico, tuvo su partida, una iniciación, un regreso funesto…y ahora su retorno apoteótico. Como en el film Rogue One (2016), se demuestra que el fanservice puede ser bueno: no necesariamente debe implicar reiteración sino también, como en este caso, retorno artístico.

Sos un Jedi?”, le pregunta El Mandaloriano. “”, responde él, con amabilidad pero sin tantas vueltas. Y nosotros, adentro y fuera de la pantalla, no podemos creer lo que estamos viendo. Retornó el jedi, el héroe, el aura, la ilusión. Lo sabíamos pero no lo creíamos, no podíamos, nos resistíamos, temíamos algo tan anhelado. Y las reacciones de los fans, salvando las distancias, semblantes y estilos, no son las mismas pero sí totalmente comunes: hay lo común de experimentar, desde muchas distancias íntimas, un desear.

Ocurrió el milagro de la comunión: el episodio puede haber estado muy bien logrado, ser entretenido o intrigante, pero lo que verdaderamente aconteció es un retorno con signo de reencuentro: no entre personajes, sino entre un mito y el público que tejió fantasías y anhelos sobre éste. No fuimos espectadores entusiastas pero pasivos del retorno de un mito, ni ocurrió una mera representación de un reencuentro: tuvimos la oportunidad de transferir nuestra fe poética, produciendo y participando de un verdadero encuentro. ¡Y vaya que se extrañan en este momento los encuentros! Googleen los videos donde se ve a fans, juntos presencialmente o vía Zoom, reaccionando en tiempo real a este momento cúlmine del episodio.

Luke es un jedi porque nos causa, con su deseo, sino otro deseo al menos alguna modesta ilusión. Las ilusiones y La Fuerza son poderosas aliadas, dirían Freud y Yoda. Eso no ocurrió en las secuelas, y por eso el encono indisimulable de Mark Hamill frente al destrato sobre “su” personaje. Había personas sensibles a la fuerza con espadas láser, pero no hubo estrictamente jedis. No sabemos qué pasará a continuación con este retorno, pero al menos tenemos el porvenir de una ilusión: Luke Skywalker, con su lightsaber verde, el cual no veíamos hace décadas, que aunque clisé es signo de esperanza.

Mistificar es condición para elaborar, producir, inventar, fantasear o asociar libremente. Una vez ubicado un mito, conjeturado inicialmente como “individual”, la cosa puede empezar a caminar. Así comenzaría el camino del jedi o del analizante. El mito es una especie de frontón artificial y contundente frente al cual alguien podrá operar sobre las ligaduras perecederas que otrora fueron bastones y andamios. No hay porvenir, no hay ascenso de Skywalker sin un retorno productivo que permita luego una posible reelaboración. El creador literario está advertido de ello, aquí y en cualquier galaxia.

Antes que psicoanalizar el mito, sepultándolo en cualquier clase de parafernalia metapsicológica o estructura prolija, se trata de recordar que toda historia requiere de la ponderación lúcida y crítica del mito para no devenir historia oficialmente aburrida y des apasionante.

 

VI.

Luke salvó a su padre yendo más allá del perdón y más acá del resentimiento: asumió sus profundas limitaciones, se diferenció y decidió amarlo, abrazando su ser fallido, imperfecto y derrotado. Soportó su odio resentido y lo sirvió honestamente, hasta permitirle llegar a ese umbral sin retorno desde el cual pudo responder por sus cobardes crímenes…y morir en paz. Hizo que su padre volviera a ser un jedi, es decir, que volviera a sentir y soñar, a existir más allá de su carne quemada y doliente, así como a romper esa armadura, implacable porque antes que nada era su prisión.

Vader era el padre de Luke, al tiempo de haber sido también el que asesinó a su padre no nacido. La verdad, al decir de Lacan y Obi Wan, se dice siempre a medias. El retorno del jedi original no se refería a Luke, quien recién se iba a convertir en uno, sino estrictamente a Darth Vader redimido: el retorno del jedi Anakin Skywalker, que se convierte en padre cuando deja de ser niño-edípico: “el elegido”. Un más acá de la profecía y sus estragos.

Aunque también el retorno de un jedi nunca es sin los otros jedis: convertirse en un jedi será siempre que todos los jedis retornen, que florezcan mil jedis. Se reivindica el legado simbólico antes que un linaje.

Luke y sus atuendos oscuros ─que el personaje aun porta en este retorno─ nos recuerdan que su luminosidad no esconde sus pasiones, sobre todo su ira. Luke llegó a ser el jedi definitivo porque fue más allá del purismo edípico propio de la crianza/entrenamiento típico de los jedis en su etapa institucional. Luke es un jedi que se entrega a los otros pero no por buen samaritano, sino por ser-para-el-conflicto, y también para-la-muerte.

Luke es un jedi como su padre antes que él, y The Mandalorian es una serie sobre el arte de la paternidad: elegible pero no necesariamente planificada. Fortuita y esperada. Tiernamente áspera. Ese sujeto anónimo que va dando la cara, literalmente, hasta convertirse en una ausencia que ama, protege y puede dejar ir a su crianza.

El Mando, Din Djarin, ve con sus propios ojos a su “hijo”, cual Vader a Luke, sin mediaciones tecnocientíficas. Le da lo que no tiene, un rostro, a quien no es su hijo. ¿Qué hijo no es adoptado?

Lo deja ir porque no comprende sus poderes y no puede entrenarlo. Puede protegerlo, dar la vida por él, tutelarlo, pero no necesariamente cuidarlo. Porque “talento sin entrenamiento es nada”, nos dice el retornado Luke, planteando así un más allá de la descendencia o del “conteo de midiclorianos” como fundamentación a la afinidad en La Fuerza de un ser. Y recuerda que si Grogu no aprende a controlar y utilizar sus poderes, siempre estará en peligro. Un eco a las enseñanzas fundamentales de su último maestro, Yoda, quien catalogaba de oxímoron el mote “gran-guerreo”: un jedi no es poderoso, nos decía, ni hace del poder un fin, sino que es ante todo un ser sensible. Un jedi será fuerte y sabio por añadidura de su sensibilidad…al deseo.

Retornó el mito, y por ende también un tema arcaico en la saga: el padre y su cercanía ausente. Comenzando con Anakin, quien no tuvo padre; luego Obi Wan y su fugaz tutelaje iniciático con Luke; padre y madre de Rey, aún más huérfanos que ella misma; Leia y Han Solo con Ben, ese niño problemático con tendencias al lado oscuro frente al que se angustian y no saben qué hacer; Ben, devenido Kylo Ren, y ese tío avunculado que es Luke, capaz de entrenarlo pero impotente para paternar; fue en las precuelas la orden jedi caída para esos pocos sobrevivientes a la Orden 66; y ahora El Mando y Grogu, huérfanos recuperados.

El retorno de R2-D2, reluciente y con apariencia de robot nuevo, quien hace las veces de objeto transicional para que Grogu pueda ir más allá de su padre: tener un maestro e ir a una escuela [jedi]. Empezó así a dejar de tener un destino, y por eso su devenir se torna afortunadamente incierto, una incógnita hasta al menos la siguiente temporada.

Grogu, el hijo adoptado, es también un símbolo de retorno: el retorno de Yoda, el gran maestro de la orden, quien aunque no fue el primer Jedi sí se ubica como el primario, la fuente de toda referencia: un gran maestro. Ese que nos recuerda que no hay Otro del Otro, sino que el mismo está fallado.

Allí, en esa falla, es donde puede advenir lo inesperado del arte, de las artes jedi de Luke. Ahora que retornó: ¡luche y vuelve!

 

 

 

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