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15-02-2021 Notas

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Por Leandro Germán

1

El lunes 15 de mayo de 1989, fui al colegio como todos los días. Estaba en segundo año del secundario en el Liceo 8 de Mataderos. Un día antes, el domingo 14, Menem había sido electo presidente. No percibí que hubiera habido grandes festejos en Mataderos, clásicamente percibido y autopercibido como barrio peronista “tradicional” (aún hoy, cuando Mataderos vota al PRO o a Cambiemos —es decir, casi siempre: 2019 fue una excepción—, lo hace, dicho esto sin pretensiones de exhaustividad, desde el peronismo “ritondista” —en Mataderos, los locales del PRO son color celeste y blanco y tienen bustos de Perón—, aunque es muy probable que a esta altura, Ritondo, macrista, sea más peronista que Mataderos y Mataderos, pegado a La Matanza, más “porteño” de lo que algunos —los peronistas no ritondistas, que en Mataderos son minoría— estarían dispuestos a aceptar), a excepción de un vecino, Jorge, que salió con el auto y pegó un afiche de campaña de Menem en la luneta.

Cuando llegamos al colegio, nos enteramos de que ese día no habría clases: el día anterior, el colegio había sido lugar de votación y ese lunes habría desinfección. Me vine caminando para mi casa con Emilio Javier de Tomaso y Mauro Núñez, dos compañeros de división. A Emilio lo conocía de la primaria, porque la habíamos hecho en el mismo colegio, la escuela número 11, distrito escolar 20. Estuvo con nosotros hasta 1990; ese año, repitió tercero y nunca más lo vi. A Mauro lo conocí en el Liceo 8 y nos recibimos juntos en 1992. Emilio vivía en Los Perales, el barrio de monoblocks (pero monoblocks lindos —no moles de cemento—, no muy altos y con mucho verde, porque en la época en que se edificaron había otra “cabeza” respecto de lo que debían ser las viviendas populares) construido en años del primer peronismo, entre fines de la década del 40 y principios de la del 50 (hay un libro sobre la historia política del barrio escrito por la arquitecta Rosa Aboy, lo publicó Fondo de Cultura Económica hace poco más de una década), cerca de la cancha de Chicago y cerca de mi casa.

El barrio Los Perales se llama en realidad Manuel Dorrego, pero nadie lo llama así. Mauro vivía en La Matanza, pero tenía familiares que vivían en Mataderos, sobre avenida Coronel Cárdenas, casi llegando a Eva Perón, a tres cuadras de provincia. Ese lunes, Mauro iba a lo de sus familiares. Cuando nos enteramos de que no habría clases, nos fuimos caminando tranquilos. Agarramos Juan Bautista Alberdi (el colegio quedaba y sigue quedando en Alberdi y Murguiondo), luego Lisandro de la Torre, la avenida que hasta pocos años antes (la democracia la rebautizó como rebautizó Eva Perón a la avenida del Trabajo que separa Mataderos de Lugano) se había llamado Tellier y sobre la que hasta 1978, cuando lo demolió la dictadura, se había ubicado el imponente edificio del Frigorífico Nacional de la no menos imponente huelga contra el gobierno de Frondizi de enero de 1959 (la de la “Comuna de Mataderos” aplastada por los tanques M4 Sherman de la Segunda Guerra Mundial que mi vieja, adolescente, vio pasar por la puerta de su casa —aún pervive en el barrio, maltrecha, una memoria de esa época: el año pasado, en enero, escuché que pasaba por la calle una camionetita con equipito de sonido clamando la consigna “Patria sí, colonia no” de la huelga del 59; no hice a tiempo a salir y ver de qué agrupación era. También hay varios murales “verdinegros” en homenaje a Sebastián Borro, todos ellos confeccionados por la unidad básica homónima), luego avenida de los Corrales, luego Cárdenas y de ahí cada uno fue para su casa.

Mientras caminábamos por Lisandro de la Torre, casi a la altura de la comisaría 42, nos pusimos a hablar de las elecciones y del triunfo de Menem. Los pibes percibieron mi desazón. Lo hicieron sin que yo hubiera dicho mucho al respecto. Se ve que se me notaba a simple vista. A esa edad, cuando las preocupaciones no tienen que ver con la política sino con otros temas, esas cosas se notan más. Me percibieron también ligeramente preocupado (tanto como puede estarlo un adolescente que ni siquiera vota, pero no porque no tenga deseos de hacerlo). Tengo que remover sedimentos de sentido para saber en qué consistirían mi desazón y mi preocupación hace más de tres décadas; es la única forma de capturarlas tal cual eran, virginales, sin que los sentidos posteriores que los recuerdos llevan adheridos las metamorfoseen en lo que no fueron y coloquen una cosa en lugar de otra. Nunca se es tan anacrónico como cuando la memoria es la de uno mismo. Una arqueología ideológica personal.

Quiero decir: fui antimenemista siempre, pero no al mismo modo (entre otras cosas porque el menemismo fue larguísimo y tuvo varios ciclos y alianzas, desde la entente “temprana” con Roig, Rapanelli y Bunge&Born —bloque en el que algunos, como José Pablo Feinmann en las páginas de la revista HUMOR, quisieron ver un menemismo “industrialista” y nacional-desarrollista— hasta el compromiso “tardío” con Roque Fernández y el CEMA, pasando por Cavallo y la Fundación Mediterránea), y desazón es lo que el menemismo me generó en todo momento. Lo que trato de saber es en qué podría llegar a consistir esa pesadumbre la mañana del 15 de mayo de 1989, cuando tenía catorce años. No tenía que ver con la economía o con los planes económicos venideros, a pesar de que el país estaba devastado (faltaban días para el estallido definitivo y brutal de la híper, cuyo primer capítulo habíamos apreciado en febrero) y de economía se discutía y mucho (Angeloz había logrado arrancar la renuncia de Sourrouille en plena campaña electoral).

No se hablaba de liberalismo (mucho menos de neoliberalismo, como comenzaría a ocurrir en los años siguientes —en gran medida gracias a Alfonsín, que contribuyó como nadie a poner en circulación el término y a nimbarlo de una investidura ideológica indisimulablemente negativa y tan aparentemente definitiva que los liberales no han podido sacudírsela) en 1989; ni en general ni tampoco a propósito de Menem, que había hecho una campaña electoral a la usanza peronista. Tampoco pasaba mi temor por las posibles y anunciadas (incluso por Menem) privatizaciones, a pesar de que habría tenido motivos para ello (mi viejo trabajaba en ENTEL y, de hecho, sería delegado gremial y huelguista en 1990 contra la privatización de la empresa). Mis miedos tenían que ver con “la política” (las instituciones democráticas) y “lo político” (los talantes antidemocráticos); más concretamente, con una posible regresión “autoritaria”. Era eso lo que temía.

Menem, él mismo un miembro de la renovación peronista, le había ganado la interna a Cafiero pasando la ambulancia para recoger a los heridos del cafierismo (vide Duhalde, factótum de la victoria de Menem en el conurbano en la interna peronista de julio de 1988, postergado por Cafiero, que eligió al tandilense Luis Macaya, en sus aspiraciones a la candidatura a vicegobernador de la provincia de Buenos Aires por el peronismo para las elecciones del 6 de septiembre de 1987: Duhalde se había tomado revancha del desaire que se le había infligido pasándose a Menem), pero también a los de la renovación, como lo que quedaba de un herminismo derrotado en 1985 por Cafiero, que había competido con la personería electoral de la democracia cristiana de Auyero, que alguna vez, no mucho antes, en un momento en que el peronismo aún se lamía las heridas de su primera derrota en elecciones libres y en que todo lo que tuviera que ver con él era escandaloso, bizarro (es la época del debate entre Caputo y Saadi por el canal de Beagle) y violento (el “peronismo de la derrota”, según la fórmula de aquel volumen de la Biblioteca Política Argentina del CEAL, de 1984, a cargo de Julio Bárbaro, Miguel Unamuno, Antonio Cafiero, Guido Di Tella y otros), lo había corrido a patadas (literales) de un cónclave partidario, casi como si la quema del cajón, poco antes, no hubiese bastado. Hasta los “mariscales de la derrota” de 1983, aún dolidos por algunas declaraciones despectivas de José Manuel De la Sota, compañero de fórmula de Cafiero en la interna de 1988, se habían subido al menemóvil.

2

Todavía recuerdo el rostro de preocupación de mi vieja, que en 1983 había votado a Alfonsín, el sábado 9 de julio de 1988, cuando Menem le ganó la interna a Cafiero. Aún estaba fresco el recuerdo del caos que habían significado el tercer gobierno de Perón y el gobierno de su viuda, y sobre todo sus consecuencias. Cafiero estaba más identificado que Menem con esa experiencia (había sido ministro de Economía —el penúltimo de todos ellos— del gobierno de Isabel mientras Menem estaba lejos, en La Rioja), algo que el alfonsinismo había exprimido hasta donde pudo (es decir, hasta el 6 de septiembre de 1987), pero era Menem el que se había vinculado en la interna peronista a grupos ya para entonces fantasmales, pero que aún tenían capacidad evocativa, como el Comando de Organización de nuestro “vecino” Alberto Brito Lima. Era, claro, el mío y el de mi familia (debería exceptuar a mi viejo), un temor “alfonsinista”, a pesar de que ninguno lo era; ni siquiera mi vieja, porque en 1983 había votado a Alfonsín cortando boleta para todo lo demás (en 1983 se votaba todo, por lo que la boleta era larguísima) a favor del PI.

Pero el alfonsinismo estaba en el aire, y a pesar de que el gobierno de Alfonsín era una ruina que disimulaba su anterior pregnancia política, rastreable hasta en las mutaciones más exitosas del peronismo (el alfonsinismo obligó al peronismo a mutar y terminó siendo víctima de la mutación, por lo que en la derrota electoral del alfonsinismo es posible leer, empero, y de alguna manera, su triunfo cultural, porque, también de alguna manera, hablar del fin de la “transición democrática”, es decir, de la perdurabilidad de lo que ella incubó, es hablar del agotamiento del alfonsinismo: Alfonsín como profeta desarmado —¿y como “causa ausente”, en el sentido de Zizek, no en el de Althusser, de la década menemista?), era imposible no “aspirar” algo de su aroma ideológico, ya para 1989 transformado en baho democratizante. Era el alfonsinismo el que había agitado el fantasma de Khadafi, los países árabes y esas cosas.

Una mañana, Buenos Aires había amanecido empapelada con afiches que mostraban en un collage a un Menem informalmente vestido, acompañado de los muy formalmente ataviados Mitterrand, Felipe González, Bush y Gorbachov y la leyenda “¿Se lo imagina?” Así y todo, había sido Menem el que había declarado que Argentina recuperaría las Malvinas sin importar cuánta sangre hubiera que derramar (y sin importar tampoco que su hermano Eduardo hubiera salido, como tantas otras veces durante la campaña electoral de 1989, a corregirlo). Otras cosas que se veían venir eran el indulto y la “reconciliación nacional”, misión para la que Menem había reclutado a lo que quedaba, tanto en la legalidad como en la clandestinidad, de Montoneros. Por ese lado venían los temores de un progresismo que aún no portaba ese nombre, porque progresismo y neoliberalismo son conceptos que llegaron, de alguna manera, juntos, para marcar un nuevo tiempo político, más “líquido”, más atenuado, signado por la caducidad de otras e ilustres referencias, y que por el momento, y hasta 2003, no se solaparon: en los 90, si se era “neoliberal” no se era progresista y si se era progresista no se era “neoliberal”, aunque probablemente, en ambos casos, por los motivos equivocados: luego, el kirchnerismo prohijó un maridaje improbable durante la década menemista, pero también más perdurable que la anterior aversión recíproca, aunque tampoco libre de equívocos.

Nunca la política en Argentina fue tan sencilla como cuando los peronistas eran… liberales, aunque aquí la “sobredeterminación” de semejante sencillez interpretativa es el trotskismo (y su reverso derechista, el sebrelismo). Pronto, apenas asumió, Menem se desembarazó de lo más impresentable del peronismo que lo había acompañado hasta allí (y esto incluye a los carapintadas, usados por Menem como Perón había usado a las “formaciones especiales”, según la analogía que propuso en 1991 el entonces ministro del Interior, Julio Mera Figueroa, que no sabía entonces que le quedaba poco al frente de la cartera, en una entrevista con la revista Página/30 —tengo el ejemplar con ese reportaje en mi archivo) y reperfiló su gobierno y su elenco gubernamental. Nada se pareció menos al gobierno de Isabel y al peronismo de los 70 que sus dos presidencias.

3

Veníamos caminando entonces por Lisandro de la Torre, habíamos pasado el parque que construyó la dictadura en Lisandro de la Torre y Directorio, estábamos casi llegando al Resero y a la Recova, en la entrada del mercado de hacienda, y los pibes (sobre todo Emilio) me empezaron a cargar. Bien, pero me cargaban. Alguna chanza tenía que ver con un posible y futuro exilio familiar una vez que Menem hubiera asumido. Difícilmente yo hubiera dicho algo relevante sobre Menem antes de eso. Lo fabuloso del caso es que las cargadas estaban en la misma sintonía que mis preocupaciones. Bromas y desazón compartían coordenadas. Los motivos de mi abatimiento no eran “intraducibles”, aunque fueran exclusivamente míos. Respirábamos, de alguna manera, el mismo aire ideológico, aunque lo que a mí me generaba desasosiego, a ellos les generaba indiferencia; así y todo, no dejaba de ser un buen motivo para la cargada adolescente. Teníamos todos trece o catorce años.

Menem asumió un sábado. 8 de julio de 1989, cinco meses antes de lo previsto y un día antes de cumplirse el primer aniversario de su inesperado triunfo sobre Cafiero. Vi la ceremonia por televisión. Cerca del Congreso, Pablo Codevila se declaraba feliz de que asumiera un gobierno peronista. No percibí que hubiera mucha gente pocas horas después en Plaza de Mayo; había, fácil, menos gente que en la asunción de Alfonsín, en la que había habido hasta peronistas entre la multitud que acompañó una vuelta de la democracia que nadie quiso perderse. A la tarde, tuve clase de inglés. Rendía libre en Cultural Inglesa a fines de ese mes. Mis clases de inglés eran particulares, con una profesora del barrio. Se llamaba Norma. Falleció a fines de 2013. En julio de 1989, mi vieja me dijo que no sabía si mi familia iba a poder seguir pagando esas clases de inglés que yo tanto quería. También se lo dijo a Norma. Lo sé porque Norma me hizo un comentario al respecto. Ese sábado estuvo nublado (el 10 de diciembre de 1983 había sido un día a pleno sol). Mi abuela cumplía ochenta y dos años unos días después.

4

El lunes 15 de mayo de 1995 llegué del laburo poco después del mediodía. El día anterior, Menem había obtenido su reelección. A mí me había tocado fiscalizar para el PO, en el que militaba desde hacía dos años y medio, en la zona de Chacarita. Pensé que quería tener el diario de ese lunes; finalmente, el domingo había habido nada menos que elecciones presidenciales, las primeras en las que había podido votar para presidente. Pero los kioscos de diarios que están cerca de mi casa cierran al mediodía y ya no abren sino hasta la mañana siguiente. Iba a tener que tomarme un colectivo a algún lugar con kioscos de diarios abiertos. Me tomé el 92 hasta Flores. El colectivo estaba casi vacío. Me senté en el primero de los asientos de la hilera de a uno que tenían los bondis de esa época. Quedé justo detrás del conductor del bondi. El chofer venía hablando con un acompañante. (Los bondis de entonces tenían la escalera por la que suben los pasajeros y otra escalera más corta, a la izquierda del asiento del chofer, que usaban los conductores en el caso de que tuvieran que descender del vehículo por algún motivo: en esa escalerita estaba parado el acompañante del chofer). Pude escuchar parte de la conversación.

Estaban hablando de las elecciones y de Menem. Se cagaban de risa. “Ahora parece que no lo votó nadie, jaja”. Iban y venían en la conversación y lo volvían a decir. “No lo votó nadie, jaja”. Yo lo sabía. Gran parte del voto a Menem era vergonzante. Mucha gente que lo votaba no decía que lo hacía. Los encuestadores estaban al tanto y preocupados por el efecto que pudiera tener el fenómeno en la “medición” de la intención de voto. Así y todo, la mayoría acertó que Menem ganaba en primera vuelta. La conversación entre el chofer y su compañero decía mucho del tipo de consenso que tenía Menem al promediar la década. Una suerte de consenso pasivo, verificable en las urnas (en 1995, Menem ganó por más de veinte puntos porcentuales sobre José Octavio Bordón, el candidato del Frepaso, y sacó más votos y más porcentaje que en 1989) pero ajeno a ciertas demostraciones, como los actos masivos (que sí hubo en los inicios de su presidencia, como la Plaza del Sí fogoneada por Neustadt, Julio Ramos y Sofovich en abril de 1990, colmada por las “multitudes” ucedeístas —una plaza peronista “blanca”—, aunque también se dejó ver la bandera de algún que otro gremio, como el de gastronómicos), tan típicos del peronismo (pero no sólo de él), y esas cosas.

Hago esta reflexión hoy, pero también la hice hace veintiséis años, cuando tenía veinte: así de notorio parecía ser el fenómeno. Menem incluso aceptaba los apoyos cínicos. Muchos lo eran. Acaso el chofer y su contertulio, que se burlaban de Menem y de su electorado, lo hubieran votado. Lo fabuloso de la conversación entre el colectivero y su compadre es que no permitía saber si los tipos estaban a favor o en contra de Menem, ni el modo en que habían sufragado. Se podía hablar pestes de Menem y votarlo (de Menem se decía hasta que era mufa: difícilmente se hubiera dicho eso de un presidente cuya popularidad fuera del tipo de la que habíamos conocido o conoceríamos, sobre todo dentro del universo peronista —y esta es la razón por la cual, en materia de una eventual tipología de las lealtades políticas, no me imagino nada más distinto del menemismo que el kirchnerismo). Menem estaba al tanto de que se decía que era mufa, de que se decía que era corrupto, de que se decía que era mujeriego (esto último parecía agradarle), de que se decía que era frívolo, de que se decía que era vendepatria, de que se decía que era entreguista, de que se decía que era garca, de que se decía que era antiobrero y de todo lo demás. Se cagaba de risa, incluso con los que se cagaban de risa de él (como Tato Bores en 1992, antes o después —no recuerdo— del “ludibrio” y la “eutrapelia”).

Alguna vez, a propósito del eclipse de la revista HUMOR en los 90, Tomás Sanz le dijo a RADAR que no tenía mucho sentido reírse de Menem cuando era el propio Menem el primero en reírse de sí mismo. Estaba mal visto ser menemista en 1995; pocos lo eran, pocos eran menemistas “ideológicos”, pero Menem arrasaba. Seis años de menemismo no habían pasado en vano. Todos (el chofer, su acompañante, la sociedad, yo mismo, que nunca puse en duda su triunfo y hasta lo “normalicé” —por el momento, sin la ayuda de la sociología) éramos un poco más cínicos. Ese lunes compré Página/12. Todavía lo tengo.

El sábado 8 de julio de 1995, Menem asumió su segundo mandato, el último permitido por la nueva Constitución, reformada en 1994. Ese día, yo estaba en Córdoba. Tenía veinte años. En Córdoba, se había reunido el encuentro nacional de estudiantes combativos. 1995 fue el año de la lucha contra la Ley de Educación Superior. Yo ya era un antimenemista consumado. Lo era desde 1989, pero en 1992, contra la Ley Federal de Educación, me había transformado en un antimenemista militante, aún adolescente, pero ya en las calles (es imposible olvidar un “estreno” en las calles, sobre todo cuando se tienen diecisiete años —aunque mi primera manifestación contra Menem había sido la marcha contra el indulto, el domingo 30 de diciembre de 1990, no es lo mismo marchar con tu viejo que con tus compañeros del secundario, y habiendo organizado a tu propio colegio), y a fines de ese año en un antimenemista del PO, un antimenemista trotskista. El domingo 9 de julio no hice nada. Estaba agotado por el viaje y por las dos noches prácticamente sin dormir. El encuentro estudiantil, además, había sido un fiasco y se había consumido en peleas entre la izquierda. Mi viejo había comprado el diario. “He recibido una pesada herencia”, decía, sobreimpreso a una foto de Menem sentado en el sillón presidencial con la banda y el bastón, el título en la tapa de Página/12.

5

El jueves 9 de diciembre de 1999, fuimos a volantear la entrada de médicos y enfermeros del Hospital Italiano. Estábamos por abrir un local en la zona, Almagro, y el Italiano nos tocaba como frente. Después de la actividad, fuimos a desayunar a un bar cerca de allí, sobre Gascón. Compré Página/12. El suplemento NO, que salía los jueves, traía un balance de la década en materia de cultura rock. Supongo que fue por eso que compré Página ese día, aunque no estoy del todo seguro. Un día después, el viernes 10, Menem dejaría de ser presidente luego de más de una década. Sabía que era un hecho histórico. Ya tenía para entonces veinticinco años. Menem era presidente desde que tenía catorce. Un Menem eterno. En el trascurso de su segunda presidencia, me había ido del PO y había vuelto. El cuarenta por ciento de mi vida la había vivido con Menem como presidente. Supongo que en algún momento llegué a pensar que Menem iba a ser presidente para siempre.

Pero ese jueves, en el bar cerca del Italiano, sabía que la presidencia de Menem se terminaba y sabía que el acontecimiento reclamaba de mí cierta disposición “espiritual”; que debía prepararme, de alguna forma, para afrontar el final del menemismo. Sentí algo cercano a la nostalgia, pero también cierta emoción. Me gustaba que Menem se fuera, pero sabía que algo mío se iba con él. Mis años de formación, por ejemplo: con Menem (contra Menem) había empezado a militar; con Menem había empezado la Facultad. Esa combinación de sensaciones me producía una excitación extraña aunque ligera; en cualquiera de los casos, agradable. Una suerte de melancolía dulce. Lo hablé en terapia a principios de enero de 2000, después de las fiestas: mi “fin de siglo” (y de milenio) había sido el fin del menemismo, dije casi textualmente. Había tenido un mal fin de año, solo y enojado, y me “justifiqué” de esa forma, trastocando fechas y acontecimientos y bajándole el precio al Y2K.

Un día (y ese día había llegado), el siglo no sería menemista. Mi terapeuta, Silvia, tan antimenemista como yo (había militado en el peronismo de los 80 y cursado hasta tercer año en Ciencias Económicas), asintió. Nunca le pregunté a Silvia si seguía siendo peronista: de alguna manera, la década había hecho que la pregunta se volviera irrelevante. El viernes 10, viví con mucha alegría la asunción de un presidente que me resultaba enteramente ajeno y de cuyo derrocamiento, dos años después, participé, como Fernando de la Rúa.

6

Coda. Soy más noventista que los goles del Manteca Martínez en Boca (1992–1997; Veira le dio salida a pesar de que el uruguayo se había consagrado goleador del Clausura ’97, lo cual incluye cuatro goles —ninguno de penal— contra Huracán de Corrientes en un 4-1 en cancha de Boca y otros cuatro goles —ninguno de penal— contra Gimnasia y Esgrima de La Plata en un 6-1 también en cancha de Boca). Debe ser por eso que durante mucho tiempo (demasiado: soy contumaz en el error) no me “cerró” del todo el decembrismo dosmilunero. No soy hijo de lo que aún hoy no llamo Argentinazo, aunque estuve allí y lo recuerdo con orgullo. Le empecé a buscar la quinta pata al gato el propio jueves 20 de diciembre a la tarde, en “tiempo real”, entre gases, piedras y helicópteros, en parte por algo que menciona Ignacio Lewkowicz en su libro Sucesos Argentinos: no es fácil para un trotskista decodificar la “dignidad” de la pequeña burguesía. Supongo que el 19 y 20 no me “cerró” nunca del todo, hegelianismo torpe (¿qué otra cosa puede ser el hegelianismo sino ineptitud?) mediante (no hay torpeza intelectual o política que no encuentre “inspiración” en el siempre a la mano Hegel o que no se valga de él: vale incluso para el propio Marx —al que le habría venido bien un Castoriadis por otra parte imposible sin el propio Marx, incluso sin el propio Marx hegeliano—, algo de lo que ya dio cuenta, como desnudándolo en “estrategias” que acaso no hayan sido —¡enajenación que “hace estremecer al mundo”!—, del todo suyas, Hayden White, aunque en mi caso el hegelianismo era un “antídoto” —un mal antídoto, sobre todo por innecesario, pero también porque era peor que la “enfermedad”— contra el situacionismo reinante aquellos días y durante algunos años más, aunque por entonces, aún no había leído al Macherey de 1977, que no por nada se reeditó en 2004 y que en nuestro país publicó Tinta Limón), porque fue efectivamente un cierre.

Y fue un cierre de los noventa. A partir de ahí, otra cosa. Para el país y para mí. Si los 90 terminaron en diciembre de 2001, lo menos que puede decirse es que terminaron a lo grande. Un final a toda orquesta. Como respetando cierta simetría (la misma que propongo en los recuerdos que vierto en el texto, que empiezan un día después del primer triunfo de Menem y terminan un día antes de su último día como presidente), el menemismo había empezado antes de lo 90, cuando Menem le ganó la interna a Cafiero, pero también sobrevivió a los propios 90, porque el menemismo llegó (y aquí no hablo de menemismo “cultural” sino político, esto es, de un menemismo inescindible de la trayectoria político–vital del propio Menem) hasta el 14 de mayo de 2003, cuando Menem se bajó de la segunda vuelta electoral (y vaya si la metáfora es potente) nada menos que en el decimocuarto y octavo aniversarios de los triunfos electorales que le dieron dos mandatos presidenciales. 2001 le puso fin a una cosa, Kirchner a otra.

Se comprende facilmente que esa intercambiabilidad que existe entre menemismo y década del 90 propicie una intercambiabilidad mucho más problemática políticamente pero también algo mítica (en sentido estrictamente barthesiano) entre kirchnerismo y 2001; una “consanguinidad” que puede ser equivalencia o disparidad y que ha tenido infinidad de versiones y reversiones, como dice Lévi-Strauss de los mitos en Antropología Estructural, que van de la atracción mutua (¿2003?) a la repulsión recíproca (¿2008?), con la diferencia de que efectivamente hoy hay alguien que hable en nombre de uno de los polos, mientras que el otro, y desde hace mucho, ya no tiene portavoces (acaso porque ni siquiera los tuvo en el momento del advenimiento, o porque tuvo demasiados, incluso demasiados que no se sumaban “aritméticamente”, cuando el otro polo suele tener resuelto, por las buenas o por las malas, su propio “álgebra” —recupero para el término el sentido que le da Trotsky en su reflexión restrospectiva en La Revolución Permanente sobre la “dictadura democrática” de Lenin— en alguna fórmula, y cuando no lo hace, arrastra detrás suyo a la sociedad —vide 2003: “el peronismo le transfiere su interna a toda la sociedad”, se decía—, esto es, a todos los elementos —a los de dentro y a los de fuera—, a los que les “encarga” la resolución de una fórmula nueva, incluso contra sí mismo —vide 1975—, es decir, una fórmula para conjurar su propia aritmética, esto es, un nuevo álgebra no ya para el polo mismo sino para la sociedad que lo incluye y con la que a veces se confunde), lo que facilita la exégesis y favorece la unilateralidad y no reciprocidad (2001 es “hablado” —bien, mal y, desde hace ya mucho, aporéticamente— por el kirchnerismo, pero no al revés —no hay relato decembrista o dosmilunero del kirchnerismo, entre otras cosas porque dentro de la izquierda, sólo el kirchnerismo relata al kirchnerismo, y lo relata como izquierda, aunque no como 2001, que ha dejado, kirchnerismo mediante, de ser izquierda). Por su intermedio, y aunque parezca injusto, es Kirchner quien les pone fin a los 90.

No me pone contento la muerte de Menem. Menem muere “amortizado”: todo el mal que pudo hacer en vida, lo hizo. De pocos presidentes puede predicarse, como de Menem, que no se privaron de nada. Vivo su muerte con la misma actitud con que lo hace la sociedad argentina: con indiferencia. El peronismo lo despedirá, pero lo despedirá protocolarmente, porque la actual encarnación del peronismo se cansó de patalear contra la década del 90, aunque en la faena sobresalieran muchos de sus protagonistas (que acaso se destacaron —estamos hablando, finalmente, del peronismo— precisamente por el protagonismo de entonces). Los demás partidos simplemente lo despedirán como a un ex presidente.

Se ha dicho con muy mala intención (pero sobre todo con ignorancia) que las muestras de algarabía de militantes de izquierda ante la muerte de Menem (en rigor, muchas menos de las que se cree) contrastan con las exhibiciones de tristeza de esos mismos militantes en oportunidad de las muertes de Alfonsín y Kirchner. Es falso. La izquierda vivió la muerte de Alfonsín con absoluto desdén. Mal podría la izquierda sentir dolor por quien ordenó encarcelar a la dirección del PO en 1989. En lo personal, viví las muestras de solidaridad de la gente que acompañó los restos de Alfonsín del Congreso al cementerio de la Recoleta en 2009 con odio de clase. Era la misma gente que se había manifestado a favor del campo un año antes. Sin el conflicto del campo, Alfonsín habría muerto en el mismo marco de indiferencia general en que murió De la Rúa y en que muere Menem. Una “sobredeterminación histórica”, sobredeterminada a su vez por la voloshinoviana lucha de clases en la arena del signo, que acaso sea su testamento póstumo, su legado no del todo voluntario y no escrito.

Nadie es enteramente dueño del sentido de sus actos; menos lo es del de su memoria. Kirchner murió exactamente una semana después del asesinato de Mariano Ferreyra. Leí por esos días, en redes sociales, comentarios muy agresivos hacia Kirchner. Decir que la izquierda exhibió sin más, ante la muerte del santacruceño, muestras de fraternidad política hacia sus deudos, cuando aún estaba duelando a Mariano y como si hubiera podido repentinamente olvidar o hacer a un lado lo que había ocurrido una semana antes, roza la canallada. Me recuerdo como un témpano ante la muerte de Kirchner. Si Mariano no hubiera sido asesinado una semana antes, me habría gustado lamentar la muerte de quien impulsó la derogación de la obediencia debida y reivindicó a los desaparecidos. No me fue posible. El paso del tiempo fue ablandando el juicio, pero cada vez que pienso en la muerte de Kirchner, pienso inmediatamente en el asesinato de Mariano. Así y todo, Menem pasó a la historia como el presidente que indultó a Videla; Kirchner, como el que impulsó la declaración de inconstitucionalidad de ese y otros indultos (incluidos los indultos encubiertos del alfonsinismo).

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La muerte de Menem no es la de Alfonsín ni es la de Kirchner. No tiene la misma significación política. No servirá para revitalizar a un bando u otro de la política argentina. Menem no será bandera. Su último acto político como dirigente de primer nivel, hace dieciocho años, fue demasiado mezquino y deshonroso. Como ocurría con la de Alfonsín, hacía mucho que la figura de Menem sólo evocaba recuerdos; a diferencia de Alfonsín, ninguna corriente social contribuyó ni contribuirá a revigorizar su memoria. A diferencia, también, de lo que ocurrió con los años de Kirchner en los años de su sucesora o de lo que ocurrió dos décadas después de 1989 con los años de Alfonsín, la sociedad argentina parece haber trazado un balance de los 90 bastante lapidario y definitivo. Es mucho lo que debería ocurrir para que lo revise.

El balance seco y tajante de los años de Menem tiene hasta la capacidad de convivir en armonía ideológica con la preferencia política por las derechas. Es un mérito político de esas mismas derechas, pero que contó con el invalorable auxilio peronista, que hizo la mayor parte del trabajo “preparatorio” (aunque una parte lo hizo en beneficio propio y la otra parte lo hizo en beneficio ajeno). Hoy, Menem no encaja en ningún lado, pero no porque esté por encima de la grieta; más bien está “después”, como él mismo quiso que fuera (revisar su discurso de asunción del 8 de julio de 1989: está en YouTube y los anacronismos —los de Menem en su discurso de aquel día y los que tal vez contenga esta reflexión— no importan, porque los anacronismos nunca importan en política —al menos no “epistemológicamente”, aunque la política tiene su propia “epistemología”: ahí sí importan, pero importan para bien—, porque la política no es sino la suma de todos los anacronismos —no hay política sin anacronismo, leve o mayúsculo, y simetría—; revisar también qué se dijo el 30 de septiembre de 1989 y qué pasó ese día), pero en un “después” que la historia transformó en prólogo (y hasta en prólogo —esto es importante— innecesario), no importando, para el caso, cuántas de las “antinomias” que Menem enumeró entonces fueran un pasado más que superado, porque la política es también la fundación mítica de ese pasado.

La indiferencia alrededor de la muerte de Menem está “sobredeterminada” por un cambio de piel del peronismo que es su última metamorfosis a la fecha y la inmediatamente posterior a la década menemista, y que se reveló más perdurable de lo que muchos aventuraban, y por el hecho de que quienes fueron sus aliados en los 90 hoy pueden prescindir del peronismo (que también prescinde de ellos), para alegría del alfonsinismo más realista y más autoconciente (y del peronismo más abismado, más arrebatado y más ingenuo, es decir, más… alfonsinista). En una escena política tan “clásica” (aunque “clásica” a la manera “nacional” —y aquí sí hay que darle la derecha al Menem del 8 de julio de 1989) como la actual escena política argentina, no parece haber lugar para la reivindicación de los paréntesis históricos y las excepcionalidades políticas e ideológicas. El menemismo fue eso.

 

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