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21-07-2025 Notas

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Por Pedro Fernández Quiroga

Un día me pregunté cómo sería la vida -nuestra vida- sin los perros. Si nunca hubiéramos acariciado a un perro, nunca hubiéramos sido lambeteados por un perro o nunca hubiéramos visto a un perro mover la cola.  

Venía manejando con el auto cuando uno -raza perro y gris niebla- se me cruzó. Hacer cosas automáticamente es expulsar un deseo intrínseco e incontrolable o es el resultado de algo exageradamente naturalizado.  Así -exagerado, automático y sin pensarlo- maniobré: casi me mato.

Cuando el ruido de la escena se disipó me pregunté eso: ¿cómo sería la vida – nuestra vida- sin los perros? Me respondí palabras vagas. Pensé, entonces, que la vida sería muda, agria y aburrida. 

Una abominable calesita de conceptos. Después escarbé: ¿de dónde venía ese respeto mastodóntico por un animal? 

Y por qué…

¿Por qué no soporto la idea de un perro herido? 

***

No me acuerdo cuántos años tenía la primera vez que tuve un perro. Me acuerdo su nombre -Connie-, me acuerdo raza -labrador-, su color -dorado- y rasgos que destacaban los más grandes: es cabezona – cabezona, digamos, tiene papeles y no es berreta

Junto a mis hermanos la usábamos de caballo, mi hermano mellizo pasaba horas agarrándole las orejas y Connie no se cabreaba. Comía todo: alimento para perros de marcas más o menos conocidas, carnes, frutas, verduras y mierda ajena y propia. Todo, menos lechuga. Tuvo nueve cachorros y nos quedamos con una; Olivia. Nunca me pregunté cómo fuimos capaces de separarla de los otros ocho.

Hay algunas razones que se me ocurren para pensar en por qué una persona busca un perro. De las más sensatas a las menos: cariño y lealtad -en un mundo sumamente antagónico-, algo similar a lo anterior; compañía, el insostenible deseo de los niños -en este caso hijos- y la necesidad funcional de los padres, que ven a los perros como a un juguete que puede llevar a sus hijos a ciertos límites de excitación para cansarlos y regalarle al adulto un poco más de tiempo libre. Y otra que escuché una vez: la necesidad de reavivar una pareja que se carboniza.

El razonamiento es -a grandes rasgos- el siguiente: no alcanza el temerario punto de dar un paso evolutivo más trascendente como casarse o tener un hijo, pero intentan algo no tan osado; acaparar a un animal. Hay verdades evidentes que repelen todos los esfuerzos por erradicarlas. Una: si tomás cerveza vas a tener panza. No importan los manuales de autoayuda fit, la granola ni las dietas que fusilan harinas. Dos: a una pareja desgarrada no la salvan ni los niños, ni la plata, ¿hace falta que diga lo evidente? Tampoco un animal.   

Siempre creí que en mi familia habíamos cobijado a esa labradora por -de todas las razones- la número tres. 

***

No hay nada más horroroso que dejar de pensar. Los pensamientos van y vuelven, se entrelazan, se reciclan con nuevos matices, pero pululan para intentar comprender algunas cosas de este mundo. Y certifico: no hay relación que se haya distorsionado tanto -o que esa distorsión haya proliferado de manera tan extrema por culpa de canales digitales- como la del humano con el pensamiento.

No es solo el hecho de apagar el pensamiento con, por ejemplo, meditaciones empaquetadas en formatos diversos. También lo es encenderlo para otras cuestiones: pensar solo en negocios, pensar solo en dinero o pensar solo en uno mismo. El salvataje individual.

Hay algo que personas que respeto, quiero, leo y/o admiro dicen: no humanicemos a los animales. El argumento, en mayor o menor medida, se vincula directamente con la fórmula humano-perro. 

Es cierto: el perro tiene la inusual habilidad de otorgar nobleza a cualquier persona que lo acaricia. Hasta el más hijo de puta puede parecer bueno si está cerca de un perro. Hitler se cargó a más de 10 millones personas, pero le gustaban los perros. Y más cerca: Dylan y la sonrisa de -presunto violento, presunto corrupto y probado promiscuo- Alberto Fernández, Conan -su séquito- y el presidente que grita –valida“mogólico” y “negro de mierda”.

Pensar eso; que pueda haber una pizca -esa pizquita- de empatía con el más hijo de puta, corrupto, violento y racista solo por su relación con los perros es parte de un problema humano que se suma a otro; iconizar cualquier cosa sin razonar. El perro, lo solidario y noble son tan solo víctimas en la era de la posverdad.

***

Lo que amamos y más nos ama es lo que más duele. Hace pocos días vi una foto: mi mamá y todos sus perros. En verdad no eran todos, eran tres -Mr Brown, Nena y Jacko- que reemplazaban a la otra comitiva: Connie y Olivia. Brown, Nena y Jacko miraban a mamá como yo la miraba a mis 10: como mami, te quiero, mami, sos lo más lindo del mundo.

Todo es susceptible a un ranking: leí que Argentina es el país con más perros per cápita en el mundo y Allpetfood ofrece algunos datos verosímiles; el 80% de los hogares argentinos tienen al menos una mascota, y en la mayoría de los casos, se trata de perros. E imaginé a esos dueños o al menos a algunos; personas con más o menos capacidad de seducción que ejercen todo su poder contra el animal. Que levantan la mano y tienen la ilusión de que el perro reaccione. Que para bien o para mal haga eso; reaccione.

Personas que asedian -les compran pulóveres- y les atribuyen los mismos daños emocionales que ellos acarrean y los obligan a terapias. Imaginé a esos dueños muy distintos a mi mamá. 

Mi mamá, digamos, se vestía mal: remera de los All Blacks large en un cuerpo small, jogging gris y zapatillas de correr. Así caminaba con sus perros: Brown –negrito– y Nena -blanquimarrón- eran de esquina: cruzaban bien la calle, comían lo justo y mostraban los dientes si era necesario. Jacko -labrador-, en cambio, una metáfora de un mundo que no sé si alguna vez existió, saludaba a todos y se frenaba para recibir eso que siempre queremos y nunca admitimos: un mimo. Lo recibía y después miraba a mamá. 

Caquito, Brownie, Nenuna. Todos diminutivos que usaba –usábamos– para llamarlos. Siempre pensé que eso -la voz aniñada, boba e inaguantable para hablar con un animal-  era un vicio de la clase acomodada, y que con más urgencias no habría tiempo para construir una relación estrecha con un perro. Que mi mamá se vestía rotosa con sus animales, pero después se permitía ediciones: la doctora refinada en la Cámara del Poder Judicial. Puede ser, o no. 

El documental Happy People retrata la vida de un pueblo rural en la Taiga de Siberia, Rusia. Palabras no hay muchas, pero sí miradas entre los cazadores y sus perros. Caquito, Brownie, Nenuna.

Agbogbloshie es un barrio de la ciudad Accra,  la capital de Ghana. O algo así: es un amasijo de hogares y desechos. Hay niños corriendo,  hombres quemando chatarra y rompiendo motores de motos para vender las partes más valiosas, hay mujeres vendiendo alimentos y ancianos contemplando. Hay vacas peregrinando hacia una montaña de residuos y hay camiones que entran vacíos y salen llenos de infinidad de restos de productos industriales a los que le falta maquillaje, pero que, evidentemente, aún tienen algún valor. Agbogbloshie es considerado uno de los mayores vertederos de basura del mundo y, para 100.000 personas, hay una vida allí dentro.

Muhammad no mide más de 1,60 y su cara y sus brazos son la prueba de aquello que se comprende como una vida dura. Cicatrices y músculos vestidos por una camisa verde gastada  y una sonrisa que se esfuerza y sostiene a unos ojos que siempre miran como si el sol los estuviera atacando. Al lado: su perro. Caquito, Brownie, Nenuna.

***

Ese era Jacko –caquito– saltando, ese era lamiendo la cara de mamá y moviendo la cola. Ese era Jacko llorando porque mamá se había alejado unos metros. Nena y Brown murieron hace mucho, Jacko hace días. Escribo para verlo una vez más hacer cosas que hace un año me parecían atolondradas.  

Escribo, también, para saltar al pasado y acá estoy: esa es mamá paseando a Connie que ejerce todo su poder contra ella. Esa es mamá paseando a Olivia, soltando a Nena y a Brown y hablándole a Jacko –caquito– para que no se ponga celoso.

Esa es mamá haciendo algo que nunca le gustó: ser el centro de la escena. Salvo con sus perros. Nuestros perros.

***

No, Connie. No.

No me acuerdo cuántos años tenía la primera vez que te vi. Ni cuántos cuando moriste, solo me acuerdo el llanto: lloré mucho. Nunca volví a hacerlo por un animal.

Sí. Sí me acuerdo cuántos años tengo ahora después que murió Jacko. Me acuerdo: se me humedecieron un poco los ojos y acaricié la espalda de mamá. Mami te quiero, mami sos la más linda del mundo. Y nada más.  

El paso de los años no son solo la caída del pelo, los dolores de espalda y las canas en la barba, también es acuñar duelos propios y ajenos. Cuando era un chico prefería que los duelos fuesen de otros, ahora prefiero que sean míos.

Míos, únicamente.

* Portada: Detalle de «Las meninas» (1734) de Diego Velázquez

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