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Por Enrique Balbo Falivene
La gran tarea es justificarnos.
Justificarnos es celebrar un rito. Siempre.
El oficio de vivir (1952), Césare Pavese
Cuando la mañana de agosto de mil novecientos cincuenta y dos Isabel Peyrou, después de ventilar las estancias de la augusta casa y regar las plantas del patio acusó un fuerte dolor detrás de los ojos, unos pinchazos agudos y acompasados que la empujaron a la horizontalidad de la cama no supo, no podía saber, que ya no volvería a levantarse y que el simple acto de abandonar este mundo iba a desarrollar en su marido Juan Pesce, que transcurría los días entre la radiofonía y los discos de pasta de música napolitana, una tercera afición: hablar con los muertos.
Es verdad que la patología de Isabel tuvo un proceso, un andar silencioso, pero no vamos a detenernos en ello ya que no suscita ningún interés, salvo para la estadística; el proceso que requerirá nuestra atención es el de Juan porque atañe al mundo de los vivos; digamos, para intentar seguir la traza del viudo, que Juan abandonó el ostracismo, el contemplar los días desde la invisibilidad de los rincones y empezó, sin saber exactamente por qué, a actuar con contundencia, como si la repentina muerte de su mujer le hubiera puesto en marcha algún mecanismo secreto.
Ordenó a la funeraria la preparación del cadáver en la habitación principal de la casa porque, se dijo, cada uno de nosotros es de donde muere; impidió el acceso a los vecinos que se presentaron ante su puerta, más por saber cómo vivía esa solitaria pareja que por auténticos deseos de despedir los restos de la difunta. Aquel pueblo, o debiera decir aldea, dividido en dos facciones perfectamente diferenciadas entre hijos de puta y melancólicos, en perfecta simbiosis y absoluta armonía, no consiguieron recorrer el zaguán hacia los enigmas que los centenarios muros ocultarían para siempre.
Al otro día del entierro Juan Pesce sacó el maniquí del cuarto de costura de Isabel, lo vistió con camisa, abrigo y pañuelo al cuello porque era invierno, le sumó también una peluca y las gafas de la aludida. Lo sentó a su lado para desayunar, sirvió café, pan con miel y una naranja. Le preguntó con la voz más tierna que un marido pudiera tener cómo había pasado la noche. El maniquí no respondió porque los objetos, esto lo saben hasta los niños, no tienen vida ni espíritu y no pueden, aunque quieran, obedecer los impulsos humanos por más nobles que se presenten. Años después de aquel primer soliloquio, Juan Pesce admitió que creyó ver algún destello detrás de las gafas, algún brillo en la cabeza roma del maniquí.
Los días se sucedieron, Juan Pesce no cambió una coma de sus actividades junto a Isabel, a la que desplazaba por cada estancia de la casa. Hacían juntos las cuatro comidas, la siesta, el cuidado obsesivo de rododendros y azaleas, la limpieza de todas las habitaciones porque el viudo eligió no cerrar ninguna. Los sábados escuchaban los discos de pasta de música napolitana: Napule é mille culure/Napule é mille paure, entonaba Juan mientras se afanaba con laca y fijador en la peluca del maniquí. El único día que Juan prescindía de Isabel era el domingo por la tarde que se encerraba en su burbuja de radioaficionado y compartía desde su alias con gente que no conocía, ni iba a conocer en su larguísima vida, su estrés matrimonial.
Por la noche antes de acostarse le quitaba la ropa y le ponía un pijama estampado con margaritas, cerdos y nubes. La acostaba mirando al techo donde, por cierto, había dos enormes manchas de humedad que parecía que Sudamérica navegaba al encuentro de África. La luz de Isabel siempre la dejaba encendida.
Cuando llegó la primavera, que estalló en todas las plantas del patio, pensó que deberían salir a dar paseos y tomar el aire. Ató una cuerda a la cintura de sesenta centímetros del maniquí y construyó una base de madera como un cajón al que acopló cuatro sendas ruedas. (Hago aquí un alto para rescatar las diferentes versiones del artilugio; juzgo vital este paréntesis para la tormenta que sobrevino después. Hay quienes dicen que las ruedas eran de silicona, otros de goma, metal o madera y otros, los más, que Juan había dotado al artilugio con un sistema de resortes y muelles que daba autonomía a cada rueda. De todos modos, es difícil explicar y mucho menos probar, el comportamiento físico del maniquí).
Al principio todo fueron risas; los niños corrían en círculo dando voces en torno a Juan, la cuerda y el maniquí; las dos grandes facciones de hijos de puta y melancólicos sonreían mientras se giraban los índices en la sien; los perros de la calle ladeaban la cabeza y después acompañaban el cortejo con ladridos intermitentes; los vehículos se detenían provocando atascos en la circulación; hasta un partido de fútbol que se desarrollaba en un descampado en un muy atractivo empate a cero, se vio detenido por el desfile. A Juan no lo arrastraba otra preocupación que la de sortear grietas, pozos, juntas de alquitrán, que podían dar con Isabel en el suelo.
Cansado de alternar entre las losetas rotas por la desidia de los vecinos y el asfaltado corrupto de la gestión pública, tuvo que empezar a alzar el maniquí. Una tarde, frente a un socavón por hundimiento natural de las raíces de un álamo, el milagro se produjo. Juan Pesce notó en la mano que tiraba de la cuerda un calor extremo y luego un pequeño golpe en el suelo. Siguió la andadura y advirtió que ante el mínimo defecto Isabel rompía el deslizar de las ruedas con un pequeño salto. Juan Pesce describió ese momento de calor en su mano como la que debe sentir el zahorí que busca acuíferos y torrentes, cuando los dedos le empujan las varillas hacia las profundidades invisibles de la tierra.
Este pequeño milagro, físico, sólido y notorio, sembró la inquietud en los vecinos de las dos facciones del pueblo, que pasaron de la risa al asombro y del asombro al llanto. Y mientras intentaban desentrañar de qué forma y con qué secretos activaba el viudo los saltitos de Isabel ocurrió el segundo milagro: el maniquí comenzó a rodar solo por delante de Juan y a detenerse, como en un trance, delante de alguna puerta, como el perdiguero que levanta la presa de los rastrojos.
Juan empezó a entrar en esas casas, sin llamar, sin anunciarse, para permanecer dentro por tiempo indeterminado. Al salir volvía al camino con el maniquí hasta la próxima puerta que Isabel le señalara. Cuando Juan entraba los vecinos aprovechaban para acercarse con cautela al mecanismo para intentar desvelar sus secretos, y cuando Juan dejaba la casa corrían a inquirir a los visitados, pero no obtenían respuestas, sólo un puñado de emociones y balbuceos.
Así visitó docenas de casas durante años, hasta que un fallo isquémico llevó a Juan al hospital municipal. Logró recuperarse, aunque un brazo se le encogió para siempre. De allí lo trasladaron al área de salud mental, donde también le dieron el alta con el pasar de los meses, pero Juan pidió quedarse recorriendo diariamente a los nuevos ingresos y a todo el personal de salud.
Murió en el ochenta y tres, con 101 años. Fue enterrado en el cementerio municipal al lado de su amada Isabel. No hubo placa en su tumba.
NdA: Mi madre me llevó a visitar a Juan Pesce en el año ochenta y uno. Yo tenía nueve años y un doloroso orzuelo en un párpado que al final resultó ser un herpes zóster que Juan me quitó imponiendo su mano buena, la otra la tenía como apagada, sin movimiento y de un extraño color morado. Supe muchos años después de aquello que un grupo de intelectuales locales, escindido de la facción de los melancólicos, se propuso investigar la vida de Juan y hallar el maniquí. Hasta el día de hoy esa investigación no ha arrojado ningún resultado. La casa de Isabel y Juan fue demolida por la otra facción, la de los hijos de puta.
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