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05-12-2025 Notas

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Por Luciano Sáliche

“Los escritores no tienen tiempo para leer”, dice Juan Pablo Correa. Por eso lee desde siempre y escribe desde nunca. “Es mucho más placentero leer que escribir. Puede que mi narcisismo esté subdesarrollado o quizá sea sólo holgazanería pero no me dan ganas de ponerme a escribir. Ahora empecé a jugar con la idea de hacer traducciones pero quién sabe. Y abrí un substack, ahí voy a poner cosas que me diviertan y también haré recomendaciones. Además leo mucho y me encanta”, agrega este gestor cultural y librero desde Zapiola, partido de Lobos, extremo oeste de la tercera sección electoral, en la librería Mastronardi, bajo un cielo limpio como un anhelo.

En el año de la pandemia encarnizó la metáfora: se escapó de Buenos Aires y se fue a vivir al campo. El campo es otra metáfora, claro. Zapiola se llama el pueblo. Pampa bonaerense. Desde allá sigue con sus proyectos culturales y cada tanto viaja a la ciudad del Obelisco. En la librería Mastronardi montó una gran curaduría: literatura latinoamericana, cosas de cine, arte, mucha novela, surrealismo, literatura de vanguardia, una sección de lesbianas, policiales involuntarios, diarios, plagios (“a favor”, aclara), naturaleza, viajeros. También algunas rarezas (“ahora estoy con Raúl Rosetti”, dice), pero sobre todo sus escritores favoritos: Laiseca, Feiling, Puig, Aira.

Mail viene, mail va, intercambiamos lecturas, nos detenemos en La madre de Beckett tenía un burro de Matías Battistón, una suerte de diario de traducción. Battistón tradujo a Levé, Barthes, Pessoa, y en ese trabajo técnico y sobrecalificado se filtra algo del orden lúdico, casi infantil: la fascinación por los datos insólitos e inútiles. Este libro lo escribió mientras traducía varios libros de Beckett. “Me hizo pensar que está cambiando el modo en que se escribe”, comenta Correa. Luego tipea una risa y agrega: “Es obvio que está cambiando pero en los flujos y reflujos del tema de la traducción creí ver una innovación, o mejor dicho la cristalización de algo que se viene haciendo”.

Hace más de treinta años que se encarga de mover libros. Escritores, editoriales, artistas, obras, comunicación. La literatura lo trasciende: estuvo antes que él y estará después. En su árbol genealógico aparece el nombre del legendario poeta Carlos Ortíz, asesinado en el Club Social de Chivilcoy en 1910. Ana Correa, autora de Belén, es su hermana; Julieta Correa, autora de ¿Por qué son tan lindos los caballos?, es su hija. Nació en Chivilcoy, desciende de Valentín Fernández Coria, fundador de la ciudad. “Hace muchísimo que no voy pero me siento muy ligado al pueblo”, confiesa. Ahora, desde Zapiola, habla de sus aficiones y tempestades, recomienda cosas, conversa.

A Zapiola vengo desde hace más de treinta años invitado por una amiga que tiene una chacra. Hace veinte compramos un quintón al que veníamos los fines de semana. Y en marzo del 2020 nos instalamos huyendo del encierro. Después de unos meses de vivir acá nos dimos cuenta de que no íbamos a volver más a la ciudad. Por eso abrimos la librería y el vivero, para sobrevivir y para agitar. El pueblo es un paraje de 300 habitantes aunque en los últimos años muchos de capital se están viniendo. La mayoría para los fines de semana. Tienen sus actividades y no es puro idilio la vida en la naturaleza. En broma hablamos del gótico rural. Y es muy frecuente que a la tardecita, la hora más linda, los que vienen de la ciudad empiecen a romper las pelotas con el “qué hacemos”. No tiene nada que ver con la vida country, los vecinos están lejos y no hay un club house, bah sí, el boliche en el pueblo. No hay nada más hermoso que vivir en el campo, ver cómo va cambiando la luz, la vida de las plantas, los animales. Pero no me gusta cuando vienen y empiezan a decir “¡Qué paz!”, inmediatamente saco el tema de la reforma agraria.

¿Buenos Aires? “Fascinante”, dice. Subraya un elemento, su elemento: las librerías. La mayor cantidad en relación al número de habitantes. Gemini, la IA de Google, dice que son 25 librerías cada 100 mil habitantes. Está por encima de Hong Kong (22) y Madrid (16), pero por debajo de Melbourne (33,9) y Lisboa (41,6). Bueno, eso es lo que dice una IA. Volvamos. Lo mejor de Buenos Aires, insiste Correa, es que “todos los días pasan cosas”. Aunque relativiza: “También está sucia, ruidosa, violenta. Los primeros años me volvía volando, muchas veces fui por 24 horas. Ahora me divierto más, la disfruto más, pero nunca más de una semana, en general bastante menos”.

¿Cuánto influye el territorio en la mirada literaria del mundo? ¿Cambia la forma de pensar y leer desde un lugar como Zapiola? “Si, me parece que cambió mi manera de leer, leo más intensamente y más. Desde pibe leo mucho pero algo debe influir leer en un ambiente electrificado e histérico. Es cierto que la lectura te aísla pero seguro que el ambiente te influye”, responde. “Como me estoy viniendo viejo trato de estar al tanto de lo que se escribe, y con la librería debo hacerlo para no quedar anacrónico. No están mal las librerías anacrónicas, y la literatura es infinita, si hubiera una que sólo vende siglo XIX habrían muchísimas cosas para descubrir”, agrega. 

Soy autodidacta, mis lecturas están llenas de lagunas, no es que me haya puesto sistemáticamente a leer determinados períodos o autores pero voy armando sistemas, siempre tratando de esquivar las altas cumbres. El Diccionario de Aira es una guía fascinante para la literatura latinoamericana, la literatura inglesa de la primera mitad del XX, ¡Estela Canto! ¡Ernesto Schoo! Ahora estoy con la Rosa Chacel. Pero como leo mucho más me puedo permitir (jaja) leer a los novísimos, y mi hija Julieta me habla sobre sus lecturas y me trae los libros que le gustaron. Y además veo mucho cine, a los 20 fui cineclubista y siempre gocé del cine pero ahora que se encuentra todo en la web armo unos ciclos muy placenteros. Cuando nos instalamos en el 20 veíamos sobre todo cine mudo y de los 30 y los 40. Estábamos chochos pero nos estábamos quedando sin tema con nuestros hijos. Y yo pensaba que el cine se había terminado en los 70 pero resulta que no: se siguen haciendo films geniales. 

A veces, ese pequeño paraíso puede convertirse en el foco del realismo. Acaba de descubrir dos cosas, dice. La primera: “Que a la mayoría de los consumidores de libros no les gustan los libros viejos, prefieren una edición gallega que cuesta diez veces más y está mal traducida a un viejo y manoseado ejemplar de los 50 o los 60 publicado en la Argentina, tal vez traducido por Wilcock”. La segunda: “Que a la mayoría de las personas no les gusta buscar libros en las bibliotecas. Los estuve observando y enseguida se cansan. Saco el tema porque voy a experimentar con formas de exhibición, quién te dice por ahí algún día se me ocurre poner una mesa con los recomendados”.

Para el 21 de diciembre prepara una actividad. Se llama: “Arriba, corazones”. El flyer divide el tiempo en dos: “Con el sol de la tarde: sembrar pradera con Laura Scot, hacer gajos con Cecilia Perkins. Con la puesta de sol: Melodías de Axel Krygier y rituales paganos”. Será, por supuesto, en la librería Mastronardi, Zapiola, Lobos. “Es apasionante tener una librería y necesariamente va cambiando, a veces pienso que se transformará en una biblioteca, es decir en un lugar a donde la gente venga a leer y a conversar sobre libros”, concluye Juan Pablo Correa, en este intercambio de mails, desde allá. Ni torre de cristal ni caverna platónica. Un lugar, uno más, en el laberinto del mundo.

 

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