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Por Juan Jorrat
Escribió el escritor Vicente Blasco Ibáñez que él era enemigo del Paul Bourget apostólico, monárquico y católico de alma estrecha, pero que admiraba a este gran constructor de historias con su perspicacia para trasladar los dramas íntimos al papel permitiendo a sus lectores que fueran ellos los que juzgaran a los personajes. Nacido en Amiens el 2 de septiembre de 1852 y muerto en 1935, Bourget fue un prolífico ensayista y novelista que plasmó en buena parte de sus obras el conflicto entre la fe católica y el ateísmo decimonónico de la Francia laica que le tocó vivir.
Junto a otros dos escritores -hoy también olvidados- como René Bazin y Henri Bordeaux, Bourget llevó en sus novelas la marca de un catolicismo tradicionalista que se negaba a morir frente a una sociedad marcada por las ideas de la Revolución francesa que significaron un duro golpe para el catolicismo y la monarquía francesa. Bourget creció durante el segundo imperio en el que Luis Bonaparte fue nombrado como emperador de los franceses e instauró lo que conoció como Segundo Imperio, hasta que finalmente este cae y surge la Tercera República, que gobernó de 1870 a 1940. Este último gobierno, en el que Bourget le tocó vivir buena parte de su vida, se caracterizó por su fuerte secularismo.
Sus novelas estaban atravesadas por personajes enfrentados entre corrientes de pensamientos que oscilaban entre la fe y la razón, disyuntiva que la vocación literaria de Bourget sufrió al ser hijo de un catedrático de matemáticas y nieto de un ingeniero civil. La rama paterna de su familia era hostil a cualquier rasgo de arte literario y auguraba para quien sería escritor un destino ligado a la modernidad técnica similar al de ellos. Su madre, por el contrario, fue más afín a los gustos románticos y la poesía, lo cual hizo que Bourget creciera en un escenario signado entre estas dos tendencias discordantes y que nunca pudieron reconciliarse. Si bien es cierto que fue criado como católico, de joven perdió la fe, aunque retornaría a la religión de su infancia casi llegando a sus cuarenta años.
Estas dos tendencias, el materialismo de su padre y la religiosidad materna, se representan de manera cabal en su obra, hasta tal punto que es una obsesión del autor mostrar el clivaje que hay entre las personas religiosas y las que no lo son. Inmerso en la Francia donde predominaba el naturalismo de Émile Zola, que en sus novelas mostró su predilección por los bajos fondos, los sectores más marginales de la sociedad, las descripciones grotescas de personajes y situaciones repelentes, Bourget hizo objeto de sus análisis a la aristocracia francesa, “la verdadera vida digna de ser observada”, como le confesó al escritor Octave Mirbeau.
A su vez, frente a la tendencia de mostrar la realidad tal cual es, Bourget trató en sus novelas de indagar en el interior de sus personajes, ver qué los motiva y por qué actúan como lo hacen, lo que hizo que fuera señalado como uno de los pioneros de la novela psicológica moderna francesa. Contemporáneo de Marcel Proust, sus novelas compartieron el análisis del carácter de los personajes, aunque sin lograr la profundidad y densidad del autor de En busca del tiempo perdido. De hecho, su retrato de los sectores más pudientes le valió las críticas de aquellas personas que vieron a Bourget como un escritor interesado en retratar pura y exclusivamente a un solo sector social, y que desdeñó a los sectores populares, a tal punto que sus novelas llegaron a ser consideradas como un simple rejunte de millonarios carcomidos por el peso de la culpa o la religión. Sin embargo, Bourget nunca buscó rédito por retratar a estos sectores, y si bien al principio de su carrera pudo tener alguna esperanza de progreso a la hora de mostrar las costumbres de los más poderosos de su tiempo, también fue genuino en su intención (y su necesidad) de llevar adelante un análisis del mundo que a él le interesaba retratar.
La conversión
En sus primeros trabajos, como Cruel enigma (1885) o Andrés Cornelis (1887), Bourget se limitó a escribir y analizar los sentimientos de sus protagonistas, lo cual lo transformaba en una suerte de psicólogo sin interés en establecer juicios. Fue precisamente antes de convertirse al catolicismo que sus descripciones eran más radicalizadas.
Su novela más famosa fue El discípulo, publicada en 1889, donde se pueden observar los rasgos característicos de su obra como son los dilemas que enfrenta el protagonista de la historia, un filósofo ateo que al final de su vida se reencuentra con la religión de su niñez que creía olvidada y superada, lo cual constituye un espejo de la biografía del propio autor. El discípulo le reportó un éxito notable y marcó para algunos el inicio del “Bourget moralista” o su etapa de “conversión”. Para sus críticos, por eso mismo, terminó siendo una especie de predicador que exhortaba las virtudes del catolicismo y del consuelo que la religión otorga a aquellas pobres almas que transitan este mundo. En esta novela que lo catapultó a la fama se narra la historia de un crimen en el que la hija de un marqués es hallada muerta y todas las miradas recaen sobre el tutor y maestro, que es un discípulo del protagonista e influenciado por sus ideas positivistas. Ante la negativa a declarar y su decisión de guardar silencio a la inculpación que se le formula, el juez a cargo de la investigación está convencido de que el protagonista de la novela tiene una responsabilidad moral del hecho por haber corrompido a su discípulo. Un tema que se repitió en varias de sus obras: la influencia perniciosa que tienen las ideas, doctrinas o pensamientos, sean estos religiosos o no, en los seres humanos y cómo estás pueden ser las máximes responsables de ocasionar grandes tragedias.
El sentido del consuelo
Publicada en 1915, El sentido de la muerte es otra novela que transcurre durante la Primera Guerra Mundial en una clínica que recibía a los heridos franceses luchando en el frente alemán. Los protagonistas son el doctor Ortegue, arquetipo del científico ateo que es enemigo de la religión y del nacionalismo francés, su mujer Catalina, joven religiosa que perdió la fe a causa de la influencia de su esposo y quien narra esta historia, y el ayudante del doctor, el médico Marsal, alter ego del propio Bourget, un testigo imparcial de los hechos y que solo al final dará su veredicto.
El tema de esta novela no es tanto las consecuencias que se viven en el hospital producto de la guerra sino, como buena parte de la obra de Bourget, un drama amoroso que transcurre de manera paralela al trasfondo religioso. En este caso, con la irrupción de un cuarto personaje, que es el típico joven idealista y religioso de las obras de Bourget: el teniente Le Gallic, primo de Catalina, secretamente enamorado de ella y que, además, es un fervoroso defensor de la guerra y del sufrimiento humano como métodos de expiación. Entre el médico Ortegue y Le Gallic somos testigos de los intensos debates que hay entre las dos posturas irreconciliables.
Al principio de la novela, Ortegue dice: “El no tener el cerebro dotado de los mismos componentes químicos jamás impidió que dos hombres de corazón se quisiesen y estimasen”. Pero cuando Ortegue es diagnosticado con un cáncer de páncreas y sabe que va a morir, logra convencer a su mujer de que esta no lo sobreviva y se suiciden juntos, lo que terminaría sucediendo si no fuera por la aparición repentina de Le Gallic, que llega herido desde el frente de batalla. Sin embargo, lejos de condenar o rechazar la guerra, Le Gallic persiste en su idea de aceptar el sufrimiento propio y ajeno.
Al final de la novela, los personajes antagónicos mueren y el narrador no puede refrenarse a la hora de dar sus conclusiones con respecto a cómo los dos enfrentaron la muerte. La esposa de Ortegue, que finalmente decide no suicidarse, sigue el mismo camino del personaje principal de la novela El discípulo, inicialmente criada como católica pierde la fe cuando conoce a su esposo médico, pero la aparición de su primo hace que vuelvan los recuerdos de su infancia y que se reencuentre con la religión perdida. Con su esposo recientemente fallecido, se entrega con abnegación al cuidado de los heridos en la contienda. “No hay tarea humilde si es consuelo”, dice Catalina, que parece haber cumplido la última voluntad de su primo dedicándose a los primeros auxilios.
El gran problema que viene a tratar esta novela es el consuelo. Como en sus ensayos y novelas, el cristianismo para Bourget otorgaba una protección contra las pasiones y debilidades a las que los seres humanos sucumben. Este libro no fue la excepción. Por un lado, para el ateo la muerte no es más que la anulación total de su psiquis sentimental, mientras que para el hombre religioso, sencillo y algo torpe intelectualmente, la doctrina católica le permite aceptar el fin. “La salvación consiste en conservar vivo lo mejor de su ser. Su resignación es entusiasmo”, sostendrá sobre el creyente ante las puertas de la muerte.
Un residuo ineluctable
Es entendible que la obra de Bourget genere juicios negativos al pronunciarse de manera tan contundente sobre lo que el propio autor piensa de sus personajes. Pero lo que no podemos soslayar fue su capacidad de observar y examinar cómo influyeron las ideas de su tiempo en la sociedad que le tocó vivir. Su conversión al catolicismo pudo haber alterado su obra y haberla convertido en una arenga religiosa; sus detractores lo vieron como un fanático religioso que en sus escritos puso la mira exclusivamente en su principal enemigo: el ateísmo. Intransigente e intolerante, Bourget fue una suerte de Don Quijote solitario y aislado en su propia obra, que bregó por el retorno de los reyes, la Edad Media y la destrucción de la Revolución francesa, en definitiva, un mundo que jamás volvería. Pero en este rechazo a su presente que le tocó transitar, Bourget se propuso demostrar que la religión actualmente no solo es necesaria, sino que es inherente a la condición humana, pese al paso de los años. En otro autor sin el talento de Bourget, estas historias hubiesen sido intrascendentes o meros panfletos religiosos a favor del catolicismo. Si Bourget escapa a esa categoría es porque su obra nos habla de un residuo ineluctable y permanente a la mayoría de los seres humanos. Algo que no puede ser relegado. La última frase de la novela da cuenta de esto: “Cuando sentimos que Dios está ausente, es porque está muy cerca”.
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