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Por Luciano Sáliche
I
¿Qué posibilidades se abren en un nuevo año? Curioso el tenor de estas festivas expectativas cuando el universo, calculan los científicos, tiene entre 13761 y 13835 millones de años. Siempre hace frío a la sombra de la finitud humana, aún más cuando se la contrasta con la eternidad. ¿Y qué es lo realmente eterno en un mundo tan coyuntural y fugaz? ¿Hay algo que dure para siempre? De algún modo, todo lo que nos trasciende, sí. Mientras nuestro ínfimo radio vital se achica, lo externo, el afuera, la realidad se expande.
II
Con las investigaciones de Einstein desplegadas sobre la mesa, el ruso Aleksandr Fridman y el belga Georges Lamaitre propusieron que el universo se estaba expandiendo. Pero fue Edwin Hubble en la cumbre del Monte Wilson, mientras fumaba tabaco negro y miraba el cielo con el Telescopio Hooker —en ese momento, 1929, el más grande del mundo—, que encontró las pruebas concretas. Por un fenómeno de radiación electromagnética conocido como corrimiento al rojo, Hubble observó que las galaxias se alejaban unas de otras a una velocidad proporcional a su distancia.
Si quitamos todos los números y las ecuaciones de encima, lo que queda son dos definiciones: que las cosas que nos rodean se nos alejan, y que la realidad se expande al infinito. Hubble quiso fundirse en ella. El infarto que tuvo en 1949 le dejó las pistas suficientes de que el final, su final, estaba cerca. Lo habrá meditado en una soledad abrumadora hasta que una madrugada, cadavérico por el insomnio, con una lucidez ebria, le dijo a su esposa que no quería velorio, entierro, ni nada parecido.
Pasaron cuatro años y dos meses. Estaba de vacaciones en San Marino, California, con su esposa. Primero, unas nubes amarillas le enturbian el campo de visión, después una puntada en la cabeza, bien adentro, en el centro del cerebro. Luego las convulsiones, finalmente el desmayo. Y la muerte. No hubo velorio. Su esposa nunca dijo dónde están sus restos. Están las actas médicas de su muerte, sí, pero lo que pasó después nadie lo sabe.
III
La pulsión por desaparecer puede estar referida a la vergüenza. También a la depresión. Lo que hizo Ryan Borgwardt fue fingir su muerte. Dejó un kayak roto junto a varias de sus pertenencias en el lago Green, en Wisconsin, y se fue a otra ciudad con una ucraniana que acababa de conocer. Tenía una familia, hijos, una vida que siguió creciendo con su ausencia. Un año después lo encontraron. Cuando le preguntaron el motivo de la fuga dijo que había “fracasado en todos los aspectos de la vida”. Estaba más flaco, ojeroso, mal dormido. En esa nueva vida, confesó, tampoco encontró redención.
IV
A Giordano Bruno hay que imaginarlo en la estela de la Edad Media, entre escrituras sagradas y lecturas cerradas, en monasterios oscuros de vidriales aún más oscuros, donde el tiempo se hamaca entre el Cielo y la Tierra. Pero en esta escena no. Ahora hay que imaginar a otro Giordano Bruno, a uno exiliado de la vida eclesiástica, alejado de su mundo de referencia, librado de su mapa de certezas inviolables, solitario, perseguido, aventurero, leyendo con una curiosidad nueva, como si el panóptico religioso acabara de ser burlado.
Las hojas ajadas, secas, rebalsadas de caligrafía, pasan como látigos. Una lectura que de tan pormenorizada se vuelve interpretativa, y por consiguiente, peligrosa. Cuando Giordano Bruno leyó a Nicolás de Cusa sintió el ardor de la revelación. Estaba en el norte de Italia, en un viaje que inició en 1576, lejos de la “prisión angosta y negra del convento”, alumbrado por una vela amarillenta. Hacía más de un siglo que esos textos habían sido escritos y a nadie se le había ocurrido hacer una interpretación formal.
En La docta ignorancia, un texto de 1440, en latín, conocido como Libro II, Nicolás de Cusa escribe que “este mundo no es infinito” pero enseguida viene un enorme “sin embargo”. ¿Sin embargo qué? Sin embargo no hay centro, o mejor: “La máquina del mundo tendrá el centro en cualquier lugar y la circunferencia en ninguno, pues la circunferencia y el centro es Dios, que está en todas y en ninguna parte”. Cuando habla de circunferencia habla de límites. Solo Dios es infinito, porque está en todos lados, es decir, en todo el universo. ¿Qué posibilidades habilita una afirmación así?
Hijo de un destacado soldado de caballería del ejército español, Giordano Bruno nació en Nola, Nápoles, en los tiempos en que la dinastía Habsburgo dirigía la Monarquía Hispánica. Hizo vida de monasterio, de rezo diario, sermón, rituales, normas, reglas y mucha lectura. Pero, ¿qué es leer? Giordano Bruno fue encontrando, poco a poco, algo de luz en las ideas subversivas. También en las pequeñas provocaciones, como aferrarse al crucifijo y evitar las imágenes de santos o recomendarle a algunos hermanos de convento lecturas “prohibidas”. Y si toda acción implica una reacción, entonces llegó la sanción. Mientras se trataba el procesamiento, a días de ser juzgado, huyó.
V
Si la realidad es eso que está afuera, la única forma de escapar es ensimismarse, replegarse, meterse adentro de uno mismo. La propia quintita. El individualismo radical se posiciona ajeno a lo común y no le queda otra que adoptar la máscara del cinismo. Pero la realidad es una fuerza que tarde o temprano se impone, una fuerza que cuanto más la evitás, más te aplasta. En La realidad y la ficción, un texto que en dos meses cumple cien años, José Carlos Mariátegui decía que no hay que escapar de la realidad, sino todo lo contrario. Está pensando en la literatura, en su fuego de injerencia.
Mariátegui sostiene que “la ficción no es libre” porque “más que descubrirnos lo maravilloso, parece destinada a revelarnos lo real”. También dice, rechazando la idea de la literatura como pasatiempo o refugio, que “la fantasía, cuando no nos acerca a la realidad, nos sirve bien poco”, dado que “la fantasía no tiene valor sino cuando crea algo real”. La literatura como expansión de la realidad, pero no en un sentido de crecimiento tradicional, como un árbol que engorda su copa, sino como ramas raras que surgen a los costados, con hojas deformes, que atraen a las hormigas y a los pájaros, que inciden en la morfología de la planta. Una operación estética e ideológica sobre la realidad.
VI
Con la capucha puesta, Giordano Bruno caminó y caminó hasta llegar a Roma. Caminó y caminó hasta llegar a Génova, Turín, Venecia, Savona. Y es en el norte de Italia, donde se ganó la vida enseñando gramática y cosmogonía a los niños, que leyó con atención a Nicolás de Cusa. Pero, ¿qué es leer: la repetición de una doxa, la memorización de una cosmovisión fija o la interpretación subjetiva de una idea, la constitución de un nuevo sentido, la expansión argumental? Eso, además, es escribir. En 1584, en Londres, viviendo en la casa de Michel de Castelnau, embajador de Francia ante la corte inglesa, escribe Sobre el infinito universo y los mundos.
Sobre el infinito universo y los mundos pertenece a una saga. Junto con Sobre la causa, el principio y el uno y La cena de las cenizas forman lo que se conoce como sus Diálogos metafísicos. Los tres están dedicados a Castelnau. Tiene forma de diálogo, como muchos de sus escritos. Ahí retoma a Cusa (“el divino Cusano”, lo llama) y escribe que “el universo infinito es uno solo, como un continuo compuesto de regiones etéreas y mundos; que los mundos son infinitos”, y que “en diversas regiones de aquellos se deben entender y deben existir, por la misma razón que se entienden y existen éste en el que nosotros habitamos, este espacio y esta región”.
La realidad, entonces, se abre en una totalidad inabarcable. La infinitud del universo habilita la posibilidad de otros mundos, de otras inteligencias. En esos años, en esa parte de Europa, mientras daba clases en diferentes universidades sobre cosmología, filosofía y matemáticas, apareció la posibilidad de volver. Giovanni Mocenigo, un seguidor de sus ideas, noble de cuna, le ofreció su protección para instalarse en Venecia y dar clases allá. Pero algo pasó, tal vez una discusión, un malentendido, un problema serio o nimio, no sabemos, que Mocenigo se da vuelta y lo denuncia a la Inquisición por herejía.
VII
Van a cumplirse treinta y cinco años de la creación de la World Wide Web, la triple w, el navegador, y aún no consensuamos una definición precisa de internet. ¿Un mundo dentro de otro? ¿Un universo paralelo o una extensión del nuestro? ¿Se puede seguir hablando de virtualidad o internet es la expansión de la realidad? ¿Simulación de la realidad que se traduce en un ensimismamiento extremo o creación de nueva realidad, como la literatura, pero con la huella de la colonización, donde las vidas digitales están tan aplastadas que ya ni sueñan con escapar?
Javier Argüello lo pone en otros términos. En su último libro, El día que inventamos la realidad, escribe que “hemos reducido las posibilidades de lo existente a lo que es susceptible de ser representado en forma de datos”. En una entrevista que le hice hace dos meses dijo que “esta discusión en torno a la inteligencia artificial, que parece que es muy novedosa y muy nueva, en el fondo es una conversación que estamos teniendo hace tres siglos, cuando decidimos que todo lo que existe en el universo es plausible de ser representado en dígitos, en números matemáticos. Ahí ya preparamos el terreno para que venga una tecnología como esta y haga parecer que nos puede reemplazar”.
VIII
Giordano Bruno, el hombre del universo infinito, de los múltiples mundos, luego de pasar ocho años preso y de que le quemaran todos sus trabajos, el 17 de febrero de 1600 fue atado a un palo en el Campo de Fiori de Roma, desnudo y con la lengua inmovilizada, y un verdugo anónimo, más anónimo que los pájaros que surcaron el cielo aquella tarde fatal, se acercó con una antorcha y prendió fuego su cuerpo, que ardió y ardió hasta que la realidad se puso espesa, muy espesa, tan espesa que nadie, ni en ese entonces ni ahora, nadie pudo y nadie puede combatirla con su pequeño gran ego, nadie puede ejercer la suficiente fuerza como para que deje de expandirse, para arrase con todo, para que nos borre del mapa.
* Portada: «Vista de la Tierra desde la Luna» (1910) de Lucien Rudaux
Etiquetas: Edwin Hubble, Espacio, Giordano Bruno, Javier Argüello, José Carlos Mariátegui, Lucien Rudaux, Nicolás de Cusa, Realidad, Ryan Borgwardt

