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Por Enrique Balbo Falivenep
La tradición no es la adoración de las cenizas,
sino la transmisión del fuego.
Gilbert Keith Chesterton (1874-1936)
Fue a principios del setenta y ocho, en un pastoso verano porteño, cuando mi abuela me llevó a un cine de la calle San Martín a ver The Quiet Man de John Ford. Las salas, por aquellos tiempos, tenían un reclamo al que nadie se resistía: el aire acondicionado; después me propuso cenar en Pumper Nic o en el Palacio de la Papa Frita; elegí el segundo porque el nombre del local me resultaba irresistible. Durante la cena comentó la cantidad de puñetazos que había dado Sean Thornton (John Wayne) y cómo Mary Kate Danaher (Maureen O´Hara), caminaba con brío, sacudiendo su hermosa melena roja por las colinas de Innisfree. A los postres, mientras movía las manos con elegancia doblando las servilletas, como pensando en voz alta, exclamó: los irlandeses y los argentinos están cortados por el mismo patrón, les gusta pelearse para después terminar en un bar enjuagándose la sangre de las encías. Animales…
Mi primera impresión de Irlanda, y de los irlandeses, fue ilustrativa; con los años sumé otras no menos sugestivas: a uno de mis hermanos iban a llamarle Patricio porque nació el día que ese Santo murió, el 17 de marzo, pero algo ocurrió en el Registro civil, algo que nunca quisieron contarme y que aún hoy reverbera en la familia; en casa de mis padres, en el anaquel más alto de la biblioteca, cubierto por el polvo, dormía un ejemplar del Ulises de Joyce en español editado por Santiago Rueda, de los años cincuenta (creo), con el mérito que todos intentamos leer y ninguno lo consiguió. También vi en un teatro de Almagro (¿cuántas cosas ocurren en Buenos Aires?) Esperando a Godot de Beckett; leí a Óscar Wilde, una maquinita de producir frases célebres, seguí vida y obra de Sinéad O´Connor, bebí alguna que otra cerveza tostada de espuma cremosa, la Guinness, el emblema nacional.
Todo esto así junto puede que sea un desplegable turístico sobre Irlanda; representa al menos axiomáticamente a las Highland y sus suaves colinas, sus flautas celtas y sus danzas de enérgicos saltitos; esto podría ser también la mutación recesiva del gen pelirrojo, una disputa de borrachines en un bar, unos versos de Yeats y podría ser, que es a lo que quiero arribar, el front man de The Pogues, Shane Mac Gowan.
Al mencionado lo descubrimos a fines de los ochenta, gracias a un amigo que volvió de las islas y trajo un sencillo: Fairytale of New York (en nuestra juventud cuando alguien volvía de viaje traía discos y libros; luego, nos reuníamos a escuchar esos vinilos y a comentar los libros que empezaban a recorrer una y otra casa. Esta costumbre creo que está (ay) extinguida. Pero digamos que hay otras, aunque más individuales, más solitarias).
La canción, escrita por Mac Gowan y Jem Finer, es sencillamente soberbia. La historia es narrada por un borracho que, desde un calabozo de la ciudad de Nueva York, recuerda a su amante. Es en realidad una conversación que sucede entre versos lapidarios, frases románticas e insultos de todo género. Interpretada a dos voces por el propio Mac Gowan y Kirsty Mac Coll, describen cómo sus sueños y esperanzas como pareja han sido derrotados por el alcohol y las drogas.
¿Pero cómo se pueden transformar unos versos en una canción de apenas un par de minutos en una historia sólida? (¿cómo se escribe un relato corto?) ¿En qué circunstancia hicieron Rubén Blades y Willie Colón Pedro Navaja y Nina Simone Ain’t got no, i got life? ¿Cómo consiguió Jacques Brel que Puerto de Ámsterdam sea un colorido cuadro impresionista, Ernesto Pesqueda el desaliento de los wetback (espaldas mojadas) en el cruce del rio Bravo con El bracero fracasado? ¿Y Freddie Mercury Rapsodia Bohemia y Georges Moustaki La meteque?
No lo sé y quizá nadie lo sepa. En el caso de Mac Gowan podemos contemplar algún tipo de destierro por herencia. De un recuperado de la tierra prometida porque el autor, aunque nacido en Pembury, Kent, de padres emigrados de Irlanda, siempre añoró lo que hasta entonces conocía por las canciones de sus mayores. Formó la banda anglo irlandesa The Pogues (póg mo thóin es bésame el culo en gaélico irlandés), de corte punk rock con toques de música tradicional irlandesa. Mac Gowan, un dipsómano desde antes de la adolescencia, fue comparado con algunos de los poetas y marginales de su tiempo, Tom Waits, Nick Cave, Johnny Cash, Charles Bukowski, Brendan Behan, por su compromiso con el desarraigo laboral, por ser la voz de la clase obrera, por ser la semilla y el germen de los descontentos, los expulsados, los irlandeses criados y hechos en Londres.
Sus letras, especialmente la de este cuento de hadas, y su música influenciada por extremos tan lejanos como los Sex Pistols y The Dublinners, consigue rozar el punto más sensible, la derrota en todos los frentes, la caída de todos los sueños: Can’t make it all alone/I’ve built my dreams around you, afirma sobre el final, después de una sonora catarata de improperios.
Escuchar esta canción es como contemplar por primera vez el perro semi hundido de Goya, descubrir las interpretaciones de MacGowan es hallar en el fondo de un cajón las gafas de alguien que ya no está. Murió en 2023, en Dublín, hizo lo que tenía que hacer con lo que le contaron y se transformó en una abrupta colina verde, en la que él se desliza mientras los demás mantenemos apenas el equilibrio.
Etiquetas: Cine, Enrique Balbo Falivene, Literatura, Mac Gowan, Música

